Capitulo I: Avispas amarillas
Una bandada de aves migró volando tras el estruendo de un disparo. El sonido recorrió quinientos metros de planicie, desde el interior de un bosque frondoso hasta los oídos de Jason, quien, temiendo lo peor, asomó media cabeza desde el interior de la trinchera. La luna y las estrellas bañaban la planicie en una claridad plateada; distinguir los contornos no era un problema, sino un peligro.
La brisa gélida que acariciaba las hojas de los árboles acompañaba un susurro peculiar. El bosque parecía respirar, parecía moverse en conjunto como un ser vivo y, además, parecía regresarle la mirada.
Varios soldados asomaron el cañón de sus armas hacia la arboleda espesa, desplegados a lo largo de una amplia línea defensiva. Las trompetillas de su fusiles sobresalen de los parapetos como espinas de un puercoespín.
El silencio abrumaba.
Con las expectativas al límite durante tanto tiempo, la mayoría habían desarrollado oídos agudos, por lo que un único disparo a la deriva, sobró para disipar el ensueño de la tropa.
Inteligencia predijo un posible ataque desde el interior del bosque en los próximas semanas, como parte de un movimiento de pinza lo suficientemente grande como para ser seguido solo por los cartógrafos; por lo que decir que estaban alertados sería poco.
Jason relajó sus hombros a la vez que meditaba, hasta que vio a dos soldados de la legión acercándose al trote.
—¡Teniente! —soltó sin aliento uno de ellos—. Llegaron noticias del flanco occidental.
Parece que los Nortman asaltaron la posición y la línea se retiró con la segunda compañía. Jason puso los ojos en blanco a la vez que liberaba un suspiro quejumbroso. Haló el rifle desde su espalda y destapó la mira telescópica, apuntando el gran cañón fuera de la trinchera.
—Ya nos informaron —agregó el soldado con un palpable tono de preocupación—. No vamos a tener refuerzos hasta mañana.
Al teniente se le escapó otro suspiro pensativo; era la desilusión amasando su estado de ánimo. El imponente rifle giraba la trompa de un lado a otro, sincronizado al pelo con su ojo sobrepuesto en la mira.
—Acaba de caer el sol —murmuró.
El arma se quedó quieta; su usuario también. Los dos soldados se miraban las caras mientras el francotirador perfilaba un objetivo. Entre el relieve vertical de los árboles, una, dos, tres siluetas aparecieron en la cima de una pequeña meseta portando algo pesado.
Por la forma y las patas sobresalientes, Jason creyó que se trataba de un mortero, pero se equivocó: en realidad se preparaban para instalar una robusta ametralladora fija. Exhaló el aire despacio.
—¿Teniente? —Preguntó uno de los soldados.
—Agachen la cabeza —fue la respuesta.
Acto seguido, su dedo presionó el disparador. Ante el fogonazo, el brusco movimiento del conjunto mecánico y el retroceso del cañón retráctil, una fuerte patada fue apenas contenida por los pequeños amortiguadores de su traje de batalla. El gas se expandió como una burbuja, barrió el polvo golpeando el pecho de los soldados como una barrera invisible, y ante una extracción tosca, el casquillo se propulsó a sus pies.
—¡Mierda! —espetó uno, agachando la frente como si su vida dependiera de ello.
En la guerra de francotiradores, por lo general, un disparo certero hacía el enemigo suele significar disparos certeros de regreso a esa posición.
—Va uno —murmuró Jason suavemente.
El violento latigazo de su rifle hizo eco en la trinchera, llamando el interés del resto de la tropa de guardia. Hace días que la legión se acostumbró al agresivo ladrido de su rifle antimaterial, para ellos era normal escuchar el eco una a dos veces cada par de días.
Un segundo destello hizo brillar el freno de boca, y un segundo cuerpo cayó con un enorme agujero en el pecho. Jason soltaba el aire lentamente, igual que la recámara de su rifle.
—Van dos.
—¿Será otra patrulla? —Murmuraban los legionarios al mismo tiempo—Es la tercera esta semana —Replicó otro.
algo interrumpió los susurros de golpe.
El zumbido ascendente de gas en combustión predijo un estallido que golpeó la trinchera. La vibración estremeció a los soldados, y el rugido feroz desprendió una onda cinética que derribó todo en un radio de ocho metros.
Jason giró, divisando una estela blanca que culminaba en una nube de polvo. El parapeto desvió la mayor parte de las metrallas, aún así, todo lo vivo en un radio de tres a cuatro metros fue arrasado.
—Mierda —repitió, imitando las palabras del soldado.
El último de la cuadrilla enemiga había disparado un lanzacohetes en desesperación; pero a esa distancia los cohetes analógicos son extremadamente volubles a desvíos por las corrientes de viento. Luego, el soldado enemigo tomó la ametralladora, disparando un torrente de balas hacia donde creía que habían salido los disparos. En su mente, creía que la cortina de fuego sería suficiente disuasorio para escapar mientras el francotirador se cubría.
Jason escuchó los proyectiles zumbando y las rocas volando por los impactos ciegos, pero en medio de la tormenta, amansó su pulso con una respiración, precisando un disparo que explotó la cabeza del operador como un globo de confeti.
—Tres.
Alzó el rifle y se apartó de la ladera. Los soldados lo siguieron en su paciente recorrido por la trinchera.
—Teniente, el sismómetro de campaña en Casa Grande reveló maquinaria pesada movilizándose bosque adentro.
Jason paró y, pacientemente, dio media vuelta. —Se ve grave. Pero eso no tiene que ver conmigo, cabo. Yo solo estoy asignado para dar cobertura contra tiradores.
Los dos soldados se miraron extrañados; se veían los cascos planos como un par de latas huecas, dando a entender que no se hallaban en la misma página.
—Si tienen que informar a alguien, dígaselo al primer teniente Viuler. Él está a cargo. —Señor —replicó el cabo—, al primer teniente lo mataron hace como seis horas, durante el bombardeo en el flanco oeste.
Jason no supo qué decir. Parpadeó una y otra vez con la boca abierta, contagiado por la misma expresión estúpida de los soldados. Lo que ya se imaginaba era lo que iban a decirle, y era lo último que quería escuchar.
—Usted es el más antiguo aquí.
Respiró hondo, masajeando su frente para disipar el enojo. Miró la estrella tallada en la hombrera de su armadura, ahora manchada de barro. Apenas era unos años mayor que esos soldados, pero era consciente de que la jerarquía acababa de morderle los talones.
En ese instante, un silbido sonó en el viento y una explosión sacudió la trinchera esta vez lo suficientemente cerca para derribar al grupo. Jason fue lanzado contra el muro, golpeándose la cabeza.
Los soldados fueron arrojados contra el suelo, como si un búfalo los hubiera embestido, pero gracias a sus cascos, no recibieron ninguna contusión, el cabo, tirado boca arriba, observó cómo caían del cielo los últimos escombros, y a media que se incorporaba, logró distinguir que la detonación ocurrió exactamente donde Jason acababa de disparar.
—¿Eso fue donde estábamos antes? —Murmuró con un nudo en el estómago.
Jason se sobó el chichón en la sien con una clara expresión de dolor —Tus capacidades observación son impresionantes, cabo.
El francotirador se levantó con una expresión amarga —Parece que el sismómetro no se equivocó, esta vez no es una simple patrulla.
De un instante a otro, la linde del bosque se prendió como luces de Navidad, y una centena de trazadoras se dispersó desde el bosque hacia la trinchera zumbando en el viento como un enjambre de avispas amarillas.
Había dado inicio, incluso antes de lo que inteligencia predijo.
La infantería legionaria no se dejó intimidar y respondió al fuego, en cuestión de segundos, las alarmas pitaron y los decibeles sufrieron una escalada a límites insanos. Todo mientras el cabo repetía aquellas desagradables palabras como un maldito mantra:
—Teniente, usted es el más antiguo aquí… Usted está al mando… ¿Qué ordena, señor? ¿señor, Qué ordena?