ONE SHOT
El sol comenzaba a esconderse tras los arrozales, pintando el cielo de tonos naranjas y rosados. El aire llevaba el aroma húmedo de la tierra y el dulce de las flores de jazmín que crecían junto al camino. Charlie caminaba descalzo por el sendero de tierra, con la camisa de algodón arremangada hasta los codos y el rostro brillando por el esfuerzo de la tarde. Venía de casa de la tía Mali, a quien había ayudado a apilar leña para el fuego.
Al pasar frente a la pequeña choza de la señora Som, la vio inclinada sobre un poste de la cerca que amenazaba con caerse. La anciana forcejeaba con un lazo de cuerda, pero sus manos temblorosas no lograban atarlo.
—Mae Som, detén un momento.— dijo Charlie acercándose con una sonrisa cálida.— Deja que yo lo haga.
La mujer levantó la vista y sus ojos se arrugaron con gratitud.
—Ay, Charlie, siempre apareces cuando más te necesito. Pero ya has trabajado bastante hoy, ve a descansar.
—Descansaré después, Mae. Esto es rápido.— respondió él, arrodillándose junto al poste. Con movimientos precisos y fuertes, aseguró la cuerda y apretó el nudo.— Ya está. Ahora aguantará hasta la próxima temporada de lluvias.
—Eres un buen hijo, Charlie. Tu abuela debe estar muy orgullosa.— dijo Mae Som, apoyando una mano arrugada en su hombro.
—Ella me enseñó que ayudar al prójimo es como regar una planta: la hace crecer y a uno lo llena de paz.
La anciana sonrió y le ofreció un plátano asado que guardaba en un paño.
—Toma, hijo. No es mucho, pero está dulce.
Charlie aceptó el plátano con ambas manos, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.
—Gracias, Mae. Que tengas una noche tranquila.
Continuó su camino, mordisqueando el plátano, y al llegar a su casa, una pequeña estructura de madera sobre pilotes, vio a su abuela sentada en la escalera de entrada, pelando verduras en un cuenco de barro.
—Ya, ya estoy aquí.— anunció, subiendo los escalones de dos en dos.
La abuela levantó la mirada, sus ojos aún brillantes a pesar de los años.
—¿Otra vez ayudando a los vecinos?— preguntó con una sonrisa cómplice.
—Solo un rato a Mae Som, su cerca estaba floja.
—Siéntate, ayúdame a pelar estas berenjenas. Prepararé tu plato favorito: gaeng som con pescado.
Charlie se sentó a su lado, tomó un cuchillo pequeño y comenzó a pelar con destreza.
—Ya, ¿cómo estuvo tu día?— preguntó él.
—Tranquilo. Fui al mercado, compré pescado fresco del río. El señor Prasit me regaló un manojo de albahaca porque sabe que te gusta.
—Ese hombre es muy generoso.
—Como tú, nieto. Como tú.
Terminaron de preparar los ingredientes y entraron a la cocina. Mientras la abuela encendía el fuego y ponía la olla al calor, Charlie cortaba el pescado en trozos.
—Ya, ¿recuerdas cuándo era pequeño y me llevabas a pescar al canal?— dijo Charlie, con la mirada perdida en el recuerdo.
—Cómo olvidarlo. Te pasabas horas con la caña, y al final siempre soltabas los peces porque decías que eran muy pequeños para comerlos.
—Es que se veían tan felices en el agua…— río Charlie.
—Y ahora eres igual, siempre pensando en los demás antes que en ti mismo.
—Tú me enseñaste, Ya. Que la felicidad no está en tener mucho, sino en compartir lo poco que uno tiene.
La abuela removió la sopa y el aroma ácido y picante del gaeng som inundó la cocina.
—Ven, ayúdame a poner la mesa.— dijo ella.
Sacaron dos platos de barro, dos cucharas de madera y un par de esterillas que extendieron en el porche, frente al atardecer. Se sentaron juntos, con la o humeante en medio.
—¿Ves, Charlie?— dijo la abuela, señalando el cielo.— Esta noche el sol se despide con colores de mango maduro.
—Y nosotros con un plato de sopa caliente y compañía.— completó él.
Comieron en silencio por un momento, escuchando el canto de los grillos que comenzaba a despertar.
—Mañana iré a ver al tío Somchai.— dijo Charlie.— Me dijo que necesita ayuda para arreglar el techo de su granero.
—Haces bien. Ese hombre está solo desde que su hijo se fue a la ciudad.
—Somos familia aquí. No importa la sangre.
La abuela lo miró con ternura infinita, y por un instante sus ojos se humedecieron.
—Ojalá el mundo estuviera lleno de personas como tú, nieto.
Charlie sonrió, tomó la mano arrugada de su abuela y la besó suavemente.
—El mundo tiene personas como tú. Y eso es suficiente para mí.
Terminaron de cenar mientras la noche caía por completo. Las estrellas comenzaban a asomarse, y desde el porche se veían las luces titilantes de las otras casas del pueblo, cada una con su propia historia, su propia lucha, su propia simpleza.
Charlie recogió los platos y los lavó en el barril de agua, mientras su abuela encendía una vela y sacaba su pequeño altar con la foto del abuelo.
—Buenas noches, abuelo.— susurró Charlie al pasar.— Gracias por otro día.
Y se fue a su estera, a soñar con arrozales, sonrisas sinceras y el amor de su gente.
La camioneta negra levantaba una nube de polvo a su paso por el camino de tierra. Tras el volante, Babe sujetaba el volante con una mano, mientras con la otra ajustaba el aire acondicionado al máximo. Llevaba una camisa blanca impecable, los primeros botones desabrochados, gafas de sol caras y una expresión de leve fastidio en el rostro.
—Señor, según el GPS, deberíamos llegar en cinco minutos.— dijo su asistente desde el asiento del copiloto, un joven nervioso con una tableta en las manos.
—Esto no es un camino, es un sendero para bueyes.— murmuró Babe esquivando un charco.— ¿Estás seguro de qué aquí hay un hotel?
—Es el único alojamiento en el pueblo, señor. La familia Suwannarat nos aseguró que es aceptable.
Babe resopló pero no dijo nada más. Había viajado hasta ese remoto pueblo en Tailandia rural para supervisar personalmente la compra de unos terrenos. Su familia, dueña de una importante constructora en Bangkok, quería expandirse y estos arrozales eran el objetivo. A él le parecía un desperdicio de tiempo, pero su padre había sido claro: "Ve tú, asegúrate de que no haya problemas. La gente de campo intentará engañarte si no pones el pie".
El coche se detuvo frente a una construcción de madera de dos plantas, con un letrero pintado a mano que decía "Baan Suan Hotel" y un par de macetas con flores marchitas en la entrada.
—Esto es una broma.— dijo Babe apagando el motor.
—No, señor. Es el lugar.
Babe se bajó del vehículo y el calor húmedo lo golpeó como una pared. El aire olía a estiércol y a algo dulce que no logró identificar. Ajustó sus gafas y caminó hacia la entrada con paso firme, su asistente siguiéndolo como un perrito.
Dentro, el "hotel" era una pequeña recepción con un mostrador de madera, un ventilador de techo que giraba perezosamente y una señora mayor sentada detrás.
—Sawasdee kha.— saludó la mujer con una sonrisa.— ¿Tiene reservación?
—Babe Kittisakorn.— respondió él, sin quitarse las gafas.— Suite, por favor.
La mujer lo miró con confusión.
—Suite...tenemos habitaciones, todas iguales. La número 5 tiene vista al arrozal.
Babe suspiró. Su asistente se apresuró a sacar los documentos.
Mientras tanto, afuera, Charlie venía caminando desde el campo con un manojo de verduras recién cortadas para la cena. Vio la camioneta negra estacionada frente al hotel y frunció el ceño. No era común ver vehículos tan lujosos por allí. Se acercó por curiosidad y se asomó por la puerta.
—Mae Prathum, ¿necesita ayuda?— preguntó, entrando.
La recepcionista sonrió al verlo.
—Charlie, qué bien. Estos señores necesitan ir a la habitación 5. ¿Puedes llevar sus maletas?
Babe se giró al oír la voz. Un joven de piel blanca, vestido con una camiseta vieja y pantalones arremangados, descalzo, con verduras en una mano, lo miraba con una expresión abierta y curiosa.
—Hola.— dijo Charlie con una sonrisa genuina.— Bienvenidos al pueblo.
Babe lo observó de arriba abajo en un segundo. El contraste era tan brutal que casi resultaba cómico.
—Nosotros podemos con las maletas.— respondió Babe con sequedad.
Charlie no se ofendió. Dejó las verduras en una esquina y se acercó.
—No es molestia. Además, las escaleras de atrás son un poco complicadas si no las conoces.
—Ya he visto escaleras en mi vida.—r eplicó Babe, quitándose por fin las gafas. Sus ojos eran oscuros, intensos, y miraban a Charlie como si fuera un mueble.
Charlie sintió un pequeño pinchazo en el pecho. Algo en ese hombre le parecía...frío.
Como el agua del pozo en invierno. Pero insistió.
—Como quieras. Pero si cambias de opinión, estaré ayudando a Mae Prathum con la leña.
Babe no respondió. Tomó su maleta de cuero y caminó hacia las escaleras. Su asistente lo siguió con dos maletas más, lanzándole a Charlie una mirada de disculpa.
Charlie se quedó un momento en silencio, viéndolos subir.
—No te preocupes, Charlie.—.dijo Mae Prathum.— La gente de ciudad es así. No saben recibir amabilidad.
—Está bien, Mae. Quizás solo está cansado del viaje.
Pero mientras cargaba la leña hacia la parte trasera, no pudo evitar sentir una punzada de tristeza. Esa forma de mirar, como si uno no valiera nada...¿por qué había gente así?
Un par de horas después, Babe bajó al pequeño comedor del hotel. Su asistente se había quedado en la habitación revisando documentos. Él necesitaba un café, aunque sospechaba que lo que le servirían sería una birria.
El comedor era una terraza abierta con cuatro mesas de madera. En una de ellas, Charlie estaba sentado con una anciana, compartiendo un plato de arroz pegajoso con mango. La abuela de Charlie.
—Ya, tienes que comer más.— decía la abuela, ofreciéndole otro trozo.— Trabajas demasiado.
—Ya comí bastante. Guarda para mañana.
Babe se acercó a la mesa más alejada y se sentó, sacando su teléfono. No había señal, como era de esperar. Maldijo en voz baja.
Charlie lo oyó y levantó la vista.
—Si necesitas internet, el mejor lugar es bajo el gran baniano, al lado del templo. Allí llega la señal.— dijo con amabilidad.
Babe lo miró con el ceño ligeramente fruncido.
—Gracias.— respondió, cortante, y volvió a su teléfono.
La abuela de Charlie observó la escena y luego miró a su nieto.
—¿Ese es el nuevo huésped?— susurró.
—Sí. Llegó hoy.
—Parece un pájaro asustado. Tiene los ojos duros, pero los duros suelen ser los que más necesitan cuidado.
Charlie sonrió a su abuela.
—Tú ves bondad en todos.
—Y tú también, por eso te quiero.
Mae Prathum salió con una taza de café para Babe. Él la probó y puso una expresión de desagrado apenas disimulada.
—¿Tienen café expreso?— preguntó.
Mae Prathum lo miró sin entender.
—¿Ex...preso?
—Café. De máquina. No esto.
—Solo tenemos este, hijo. Es café de la montaña, tostado aquí cerca.
Babe dejó la taza con un suspiro.
Charlie se levantó y se acercó a su mesa.
—Oye.— dijo, con suavidad.— Ese café es especial. Mi abuela siempre dice que el café de montaña sabe a tierra mojada y a cielo despejado. Prueba otro sorbo, pero despacio. Notarás el sabor a frutos rojos si lo dejas enfriar un poco.
Babe lo miró con escepticismo. Pero había algo en la forma de hablar de Charlie, tan serena, tan...auténtica, que hizo que tomara la taza de nuevo.
Probó.
Y esta vez, efectivamente, notó un regusto que no había percibido antes.
—No está mal.— admitió, a regañadientes.
Charlie sonrió, una sonrisa amplia y sincera que iluminó todo su rostro.
—¿Lo ves? Las cosas simples tienen su magia.
Babe lo observó un instante. Ese chico descalzo, con las uñas sucias de tierra, hablando de magia en el café. Era ridículo. Ingenuo. Pero también...había algo en su mirada que incomodaba a Babe. Como si mirara dentro de uno sin pedir permiso.
—¿Siempre eres tan amable con los desconocidos?— preguntó Babe, con un tono que quería ser neutral pero sonó casi acusador.
—Siempre.— respondió Charlie sin dudar.— Aquí todos nos conocemos. Un desconocido es solo un amigo que aún no ha llegado.
Babe soltó una risa corta, sin humor.
—Esa filosofía te va a traer problemas en la vida real.
Charlie inclinó la cabeza, confundido.
—¿La vida real? ¿Esta no es la vida real?
—Me refiero a la ciudad, a los negocios, a la gente que solo busca aprovecharse de los ingenuos.
Charlie se quedó en silencio un momento.
Luego dijo, con calma:
—Puede que tengas razón. Pero prefiero equivocarme siendo amable que tener razón siendo...como eres tú.
Babe sintió el golpe. Sutil, pero certero.
—¿Y cómo soy yo?— preguntó, desafiante.
Charlie lo miró a los ojos. No con juicio, sino con una tristeza sincera.
—Pareces alguien que se ha olvidado de lo que se siente al recibir una sonrisa sin esperar nada a cambio.
El silencio se instaló entre ellos. El ventilador del techo giraba. Los grillos comenzaron su concierto nocturno.
Babe apartó la mirada primero.
—No sabes nada de mí.— dijo, pero su voz había perdido filo.
—No.— admitió Charlie.— Pero me gustaría. Porque si has llegado hasta aquí, a nuestro pequeño pueblo, quizás es porque necesitas algo más que un terreno.
Babe abrió la boca para responder, pero no encontró las palabras.
En ese momento, la abuela de Charlie se acercó con un plato de mango con arroz pegajoso.
—Toma, hijo.— le dijo a Babe, dejando el plato frente a él.— Come algo dulce, se te pasa el mal humor.
Babe miró el plato, luego a la anciana, luego a Charlie. Quiso rechazarlo, decir que no tenía hambre, que esas cosas no eran para él.
Pero no lo hizo.
—Gracias.— murmuró.
La abuela sonrió y volvió a su mesa.
Charlie se despidió con una inclinación de cabeza y fue a reunirse con ella.
Babe se quedó solo, frente al plato de mango, escuchando el sonido de la noche que caía.
Probó un bocado. El dulce del mango, la cremosidad del coco, el arroz tibio.
Y por un instante, sintió algo que no podía nombrar.
Algo simple.
Algo que le dolía.
Los días pasaron y Babe seguía en el pueblo.
Lo que debía ser una visita de dos noches se había extendido a casi una semana. Los trámites con los terrenos eran más complicados de lo esperado, o al menos esa era la excusa que le daba a su asistente y a su padre por teléfono.
La verdad, aunque no se atrevía a admitirla, era que algo lo mantenía ahí.
Eran las seis de la mañana cuando Babe salió del hotel con su taza de café (ya no se quejaba, Mae Prathum le había enseñado a prepararlo ella misma) y se sentó en el porche. El pueblo despertaba lentamente entre neblina y cantos de gallos.
Vio a lo lejos una figura conocida caminando por el sendero que bordeaba el arrozal.
Charlie, como siempre, con su camiseta vieja y descalzo, llevaba un cubo en cada mano.
Babe lo observó un rato, casi sin querer.
Había algo hipnótico en la forma en que Charlie se movía: sin prisa, pero con propósito; cada paso parecía tener sentido, como si supiera exactamente su lugar en el mundo.
—¿Vas a quedarte ahí mirando o vas a ayudarme?— la voz de Charlie llegó desde la distancia, acompañada de una sonrisa.
Babe se sobresaltó. ¿Lo había estado mirando con tanta atención qué el otro lo notó desde tan lejos?
—No tengo nada mejor que hacer.— respondió Babe, levantándose y ajustándose la camisa.
Caminó hacia Charlie, sus zapatos de cuero hundiéndose ligeramente en el barro del camino. Maldijo en voz baja.
—Te dije que no usaras esos zapatos.— dijo Charlie riendo.— Aquí todos andamos descalzos o con chanclas.
—No tengo chanclas.
—Ya veo. Bueno, bienvenido al mundo real, como tú dices.
Babe lo miró, esperando encontrar sarcasmo, pero solo había calidez en sus ojos. Charlie le ofreció uno de los cubos.
—Toma. Vamos a dar de comer a los patos.
—¿Patos?
—Sí, los de la tía Som. Ella se lastimó la rodilla y no puede caminar hasta el estanque. Dijo que le ayudaría.
Babe miró el cubo lleno de algo que parecía maíz y desperdicios de verduras.
—Nunca he dado de comer a patos.
—¿En serio?— Charlie lo miró con asombro genuino.— ¿Ni siquiera cuando eras niño?
—Cuando era niño estaba en internados y clases de etiqueta.
Charlie frunció el ceño, pero no dijo nada.
Solo sonrió y comenzó a caminar hacia el estanque.
—Vamos, granjero de ciudad. Los patos no esperan.
El estanque era pequeño, rodeado de bambúes y con una pequeña balsa de madera donde los patos descansaban.
Cuando vieron a Charlie, comenzaron a graznar y a acercarse nadando.
—Ya llegó el dueño.— dijo Babe, sorprendido por la reacción de los animales.
—Me conocen. Vengo seguido. Mira, haz así.— Charlie tomó un puñado del contenido del cubo y lo lanzó al agua. Los patos se abalanzaron sobre la comida.
Babe lo imitó, torpemente al principio, lanzando demasiado lejos o muy cerca.
Charlie reía con ganas, una risa limpia que parecía contagiar a los patos, que graznaban más fuerte.
—Estás desperdiciando la comida.— dijo Charlie entre risas.— Así, suave, como si acariciaras el aire.
—¿Acariciar el aire? ¿De qué hablas?
—Mira.— Charlie tomó la mano de Babe sin pensar, guiándola para que lanzara el maíz con un movimiento más suave.
El contacto fue breve, pero ambos lo sintieron. Babe retiró la mano como si le quemara.
—Ya sé, ya sé.— dijo, con voz más áspera de lo que pretendía.
Charlie lo miró un instante, luego siguió lanzando comida en silencio.
El sol comenzaba a calentar. El agua brillaba.
Los patos comían felices.
—¿Por qué haces esto?— preguntó Babe de repente.
—¿Dar de comer a los patos? Porque tienen hambre.
—No, todo. Ayudar a todos, sonreír siempre, ser tan...— buscó la palabra.—...ligero.
Charlie pensó la respuesta mientras lanzaba otro puñado.
—Mi abuela dice que la vida es como un río. Puedes nadar contra la corriente y cansarte, o dejarte llevar y disfrutar del paisaje. Yo solo... elijo el paisaje.
—Eso es una estupidez romántica.
—Puede ser. Pero mírate.— Charlie señaló el entorno.— Estás aquí, con los zapatos llenos de barro, dando de comer a patos. ¿No es mejor qué estar en una oficina con aire acondicionado?
Babe quiso decir que no, que prefería mil veces su oficina. Pero las palabras no salieron.
Porque, en efecto, había algo en ese momento absurdo que le removía el estómago de una forma que no entendía.
Esa noche, Babe no pudo dormir. Dio vueltas en la cama, incómodo con el calor, con los sonidos de la noche, con sus propios pensamientos.
Salió al porche del hotel y se sentó en las escaleras. La luna estaba casi llena, iluminando los arrozales como si fueran espejos.
—¿Tú también?— la voz de Charlie llegó desde la oscuridad.
Babe se giró. Charlie estaba allí, sentado en el suelo, apoyado contra un poste.
—¿Qué haces aquí?— preguntó Babe.
—Vivo aquí, ¿recuerdas? Mi casa está al lado.
—Son casi las dos de la mañana.
—Y tú estás despierto.
Se miraron un momento. Luego Charlie se levantó y se acercó, sentándose en la escalera junto a Babe, dejando un espacio prudente.
—¿Qué te quita el sueño?— preguntó Charlie.
—Nada. Todo. No sé.
—Respuesta de ciudad.
Babe sonrió a pesar de sí mismo. Una sonrisa pequeña, casi invisible, pero Charlie la notó.
—¿Has sonreído? ¿Babe Kittisakorn ha sonreído? Esto es histórico.
—Cállate.
Pero no lo dijo con enojo. Más bien con una vergüenza que no reconocía.
Estuvieron en silencio un rato, escuchando los grillos, el croar de las ranas, el viento entre los arrozales.
—Mi padre quiere que compre estos terrenos.— dijo Babe de repente.— Quiere construir un complejo turístico. Hoteles, piscinas, campos de golf.
Charlie no respondió de inmediato.
—¿Y tú qué quieres?
—No importa lo que yo quiera.
—Claro que importa.
Babe lo miró. En la penumbra, los ojos de Charlie brillaban con una intensidad serena.
—En mi mundo, lo que uno quiere no tiene valor. Solo importa lo que debes hacer.
—Suena a un mundo muy triste.
—Es mi mundo.
—Puede que necesites unas vacaciones.
Babe resopló.
—Estoy de vacaciones forzadas, según tú.
—No, estas son vacaciones de verdad. Las otras son solo un cambio de escenario. Esto.— Charlie señaló el campo, la luna, los sonidos.— es parar. Respirar. Recordar que existes más allá de lo que debes.
Babe sintió un nudo en la garganta. No sabía por qué esas palabras simples le afectaban tanto.
—Eres extraño.— dijo, pero su voz tembló ligeramente.
—Ya me lo han dicho.
—¿No te molesta?
—¿El qué?
—Que te llamen extraño. Que no encajes.
Charlie se encogió de hombros.
—Yo encajo aquí. Eso me basta.
Babe quiso decir algo, pero no pudo. Porque en el fondo, él nunca había encajado en ningún lado. Ni en su familia, ni en su trabajo, ni en las fiestas donde sonreía y fingía.
—Oye, Babe.— la voz de Charlie era suave como el aire.— ¿Quieres ver algo?
—¿Ver qué?
—Las estrellas. Pero de verdad.
Sin esperar respuesta, Charlie se levantó y le ofreció la mano.
Babe dudó. Luego, casi sin querer, la tomó.
Charlie lo guió campo a través, descalzo, mientras Babe maldecía cada piedra que pisaba con sus zapatos arruinados.
Llegaron a una pequeña colina desde donde se veía todo el valle. Charlie se tumbó en la hierba.
—Túmbate.
—¿Aquí? ¿En el suelo?
—No muerde.
Babe suspiró y, con toda la dignidad que pudo reunir, se tumbó junto a Charlie.
El cielo era un manto negro salpicado de millones de puntos brillantes. Sin contaminación lumínica, las estrellas parecían tan cerca que casi podían tocarse.
—Guau.— susurró Babe sin darse cuenta.
—¿Ves esa?— Charlie señaló una especialmente brillante.— Mi abuela dice que es mi madre. Que me cuida desde allí.
—¿Tu madre?
—Murió cuando yo era pequeño. No la recuerdo mucho, pero mi abuela dice que era igual que yo: sonreía siempre.
Babe guardó silencio. Luego, con una voz que apenas era un susurro:
—Mi madre también murió. Hace tres años.
Charlie giró la cabeza para mirarlo.
—Lo siento.
—No tienes por qué. Casi no la veía. Siempre estaba de viaje o en eventos.
—Pero era tu madre.
—Era una desconocida con mi mismo apellido.
El dolor en su voz era tan crudo que Charlie sintió que se le partía algo dentro.
Sin pensar, buscó su mano en la oscuridad y la sostuvo.
Babe se tensó. Pero no la retiró.
—No tienes que estar solo aquí.— dijo Charlie.— Las estrellas también te miran.
—No creo en esas cosas.
—No importa. Ellas creen en ti.
Babe quiso reírse de esa frase ingenua. Pero no pudo. Porque por primera vez en años, alguien le decía algo que no esperaba nada a cambio.
Y eso le dolía más que cualquier otra cosa.
Los días siguientes, Babe comenzó a integrarse de una forma que ni él mismo comprendía. Acompañaba a Charlie a dar de comer a los patos, ayudaba a la tía Som con su huerto (aunque sus manos de ciudad no servían para mucho), e incluso intentó pescar en el canal.
—No, así no.— decía Charlie riendo.— Tienes que tener paciencia. El pez no va a morder si estás pensando en tus contratos.
—No pienso en contratos.
—Sí, piensas. Se te arruga la frente.
Babe frunció el ceño instintivamente y Charlie rió más fuerte.
—¡Justo así!
—Eres insoportable.
—Y tú estás sonriendo otra vez.
Y era cierto. Babe sonreía. Pequeñas sonrisas, rápidas, casi escondidas, pero ahí estaban.
Una tarde, mientras regresaban del campo, comenzó a llover. No una llovizna, sino un aguacero tropical de esos que empapan en segundos.
—¡Corre!— gritó Charlie, tomándolo de la mano.
Corrieron hasta la pequeña cabaña de aperos de labranza de Charlie, un cobertizo de madera con techo de zinc donde guardaba herramientas.
Entraron empapados, riendo sin aliento. Babe se quitó la camisa blanca, ahora transparente y arruinada, y la escurrió en el suelo.
Charlie lo miró un instante y apartó la vista, sonrojándose ligeramente.
—Toma.— dijo, ofreciéndole una camiseta seca que guardaba allí.— No es elegante, pero está limpia.
Babe la tomó y se la puso. Era vieja, suave, olía a Charlie. A tierra, a sudor limpio, a algo indefinible que no sabía nombrar.
La lluvia golpeaba el techo con fuerza.
Estaban los dos de pie, en silencio, escuchando el agua.
—Gracias.— dijo Babe de repente.
—¿Por la camiseta? No es nada.
—No. Por...todo. Por no tratarme como un cliente. Por...— buscó las palabras.— por no esperar nada de mí.
Charlie lo miró con esa intensidad suya, tan serena, tan profunda.
—Tú también has hecho algo por mí.
—¿Yo? ¿Qué?
—Me recordaste que hay gente que necesita amor aunque no sepa pedirlo.
Babe sintió que el pecho le ardía.
—Yo no necesito...
—Sí.— lo interrumpió Charlie con suavidad.— Sí necesitas. Y está bien. Todos necesitamos.
Babe quiso negarlo, defenderse, poner el muro que siempre ponía. Pero no pudo.
Charlie dio un paso adelante.
—¿Puedo...?— empezó a decir, pero no terminó la frase.
Babe asintió, sin saber bien a qué.
Charlie levantó la mano y, con una ternura infinita, apartó un mechón mojado de la frente de Babe.
—Tienes los ojos más tristes que he visto.— susurró.— Pero también los más bonitos.
Babe sintió que las piernas le fallaban. Nadie le había dicho algo así. Nunca.
—Charlie...
—Dime.
—No sé cómo hacer esto.
—¿Hacer qué?
—Sentir. Confiar. No...no sé.
Charlie sonrió, una sonrisa que iluminaba el oscuro cobertizo.
—No hace falta que sepas. Solo déjate llevar.
Y entonces, sin prisa, sin exigencia, Charlie lo abrazó.
Un abrazo sencillo, cálido, que no pedía nada.
Babe se quedó rígido un instante. Luego, poco a poco, sus brazos rodearon a Charlie y apoyó la cabeza en su hombro.
Y allí, en medio de la lluvia, en un cobertizo de aperos, Babe lloró.
Silenciosamente, sin apenas movimiento, pero lloró.
Charlie solo lo sostuvo, acariciando su espalda mojada, susurrando palabras sin sentido, como se calma a un niño asustado.
—Está bien.— decía.— Está bien. Ya pasó. Ya estás aquí.
Cuando la lluvia cesó, el sol se filtró por las rendijas del cobertizo.
Babe se separó lentamente, secándose los ojos con el dorso de la mano.
—No voy a decir que esto no pasó.—.dijo con voz ronca.
—No hace falta.
—Pero tampoco sé qué significa.
Charlie lo miró con sus ojos claros, sinceros.
—Significa que por fin empezaste a vivir. El resto ya se irá viendo.
Salieron del cobertijo. El campo humeaba después de la lluvia. El aire olía a tierra mojada y a renovación.
Caminaron de regreso al pueblo, uno junto al otro, sin hablar.
Pero por primera vez, el silencio no era incómodo.
Era compañía.
Aquella noche, Charlie no pudo dormir. Dio vueltas en su estera, reviviendo una y otra vez el momento en el cobertizo. El peso de Babe contra su pecho, sus lágrimas silenciosas, la forma en que sus manos se aferraron a su espalda como si él fuera lo único sólido en un mundo que siempre lo había hecho sentir que flotaba.
Por primera vez, Charlie había visto al hombre detrás de la armadura. Y lo que vio le gustó. Le gustó mucho.
Demasiado.
Cierta mañana amaneció clara, con ese brillo especial que deja la lluvia. Charlie se levantó temprano, preparó café como le había enseñado Mae Prathum y esperó en el porche de su casa, con dos tazas humeantes.
Vio a Babe salir del hotel. Llevaba su camisa blanca impecable de nuevo, el pelo perfectamente peinado hacia atrás, las gafas de sol en la mano. Pero algo había cambiado.
Caminaba diferente, más lento, como si cada paso le costará.
—Babe.— lo llamó Charlie, levantando una taza.— Café.
Babe se detuvo. Lo miró desde la distancia. Y por un instante, Charlie juró haber visto una sombra de algo en sus ojos. ¿Miedo? ¿Dolor?
Desapareció tan rápido que pensó que lo imaginó.
—Buenos días.— dijo Babe acercándose, con una voz que intentaba sonar neutral.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
Mentira. Charlie lo supo al instante. Las ojeras eran evidentes a pesar del peinado impecable.
—Toma.— Charlie le ofreció la taza.— Hoy lo preparé yo. Con un poquito de canela, como te gusta.
Babe la tomó. Sus dedos rozaron los de Charlie y ambos sintieron el escalofrío.
—Gracias.
Se sentaron en las escaleras del porche, como tantas veces en los últimos días. Pero algo flotaba en el aire. Un silencio diferente, cargado de cosas no dichas.
—Hoy tengo que ir al campo del tío Somchai.— dijo Charlie, rompiendo la tensión.— Dijo que necesita ayuda con la cosecha de arroz. ¿Quieres venir?
Babe no respondió de inmediato. Miró el horizonte, los arrozales verdes, las montañas difusas en la lejanía.
—Charlie...— empezó.
—¿Sí?
—Tengo que hablar contigo.
El corazón de Charlie dio un vuelco. Pero mantuvo la calma, esa calma que todos admiraban en él.
—Claro. Dime.
Babe apretó la taza con fuerza. Tanta que los nudillos se le blanquearon.
—Han sido días...diferentes. Buenos, creó. No sé. No estoy acostumbrado a esto.
—¿A qué?
—A esto.— Babe señaló vagamente el entorno, pero sus ojos miraban a Charlie.— A la paz. A la gente que...que no quiere nada de mí.
Charlie sonrió con ternura.
—Eso se llama amistad, Babe. O al menos, así debería ser.
—¿Amistad?— la palabra sonó extraña en su boca, como si la probara por primera vez.— No sé si es solo eso.
El silencio se hizo denso. Charlie sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Qué quieres decir?— preguntó, aunque en el fondo ya lo sabía.
Babe se levantó de repente, dejando la taza en la escalera. Comenzó a caminar de un lado a otro, nervioso, algo que Charlie nunca había visto en él.
—Mira, yo no soy como tú. No sé ser...esto. No sé ser bueno, no sé ser sencillo, no sé querer sin esperar nada.
—Nadie te pide que sepas. Solo que estés.
—¡Pero no puedo!— la voz de Babe se elevó, y había en ella una desesperación contenida.— No puedo estar, Charlie. Porque si me quedo, si sigo aquí, si sigo...sintiendo lo que siento, voy a terminar dañándolo todo. Es lo que hago. Es lo que soy.
Charlie se levantó lentamente. Se acercó a él, con esa calma suya que desarmaba.
—¿Y qué es lo que sientes, Babe?
Babe se detuvo en seco. Lo miró a los ojos y, por un instante, la armadura se resquebrajó.
Vio miedo, sí. Pero también vio algo más.
Algo que él mismo no se atrevía a nombrar.
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque si lo digo, se hace real. Y si se hace real, tengo que enfrentarlo. Y yo...yo no sé enfrentar estas cosas.
Charlie dio otro paso. Estaban muy cerca ahora.
—Estás asustado.
—No estoy...
—Sí. Lo estás. Y está bien. Yo también lo estoy.
Babe lo miró, incrédulo.
—¿Tú? ¿Tú asustado? Tú que siempre sonríes, que siempre ayudas, que siempre sabes qué hacer...
—Soy humano, Babe. Claro que tengo miedo. Miedo de que te vayas. Miedo de que esto que siento no sea correspondido. Miedo de que tú...— tragó saliva.—...de que tú no quieras quedarte.
El aire se volvió eléctrico. Se miraron fijamente, y el mundo alrededor pareció desvanecerse.
—Charlie...— la voz de Babe era apenas un susurro.— Yo...
—Dime.
—Yo siento cosas que no debería sentir. Cuando estoy contigo, el ruido de mi cabeza se calla. Cuando me miras, siento que valgo algo más que mis apellidos y mis cuentas bancarias. Y eso me aterra.
—¿Por qué te aterra?
—¡Porque no sé qué hacer con eso!— explotó Babe.— En mi mundo, los sentimientos son debilidades. Las emociones se controlan, se esconden, se niegan. Mi padre me enseñó que mostrar lo que sientes es darle armas al enemigo. Y yo llevo 26 años siendo ese hombre. No sé ser otro.
Charlie extendió la mano y la posó suavemente en su mejilla. Babe se tensó, pero no se apartó.
—No tienes que dejar de ser quien eres.— dijo Charlie con dulzura.— Solo tienes que dejar espacio para algo más.
—¿Y si ese algo más lo destruye todo?
—¿Y si lo construye?
Babe cerró los ojos. La mano de Charlie en su mejilla era tan cálida, tan real. Quería rendirse. Quería quedarse. Quería, por primera vez en su vida, dejarse querer.
Pero el miedo era más fuerte.
Dio un paso atrás, apartándose del contacto.
—No puedo.
—Babe...
—No puedo, Charlie. Esto no va a funcionar. Tú eres luz, y yo soy...yo soy todo lo contrario. Te voy a terminar apagando.
—Eso no es verdad.
—¿Qué no es verdad?— su risa fue amarga.— Mira a mi alrededor. Mi madre muerta, mi padre ausente, mis relaciones vacías, mi vida una fachada. ¿Eso es lo qué quieres para ti? ¿Para tu pueblo? ¿Para tu abuela?
—Lo que quiero para mí es algo que yo decido.— respondió Charlie, firme.— Y yo decido que quiero conocerte. Todo tú. Lo bueno y lo malo.
—Pues no deberías.
—Babe, por favor...
—Lo mejor es que me vaya.— las palabras salieron frías, cortantes, como un cuchillo.— No voy a construir nada en tu hogar. No es justo, ni para ti ni para los demás.
Charlie sintió que el mundo se detenía.
—Babe...— su voz tembló.
—No te preocupes.— lo interrumpió Babe, y cada palabra era un clavo en su propio ataúd emocional.— Me iré de tu vida y de la de los demás. No voy a destruir esto. No seré parte de ello.
Y dicho eso, se dio la vuelta.
—¡Babe!— Charlie lo llamó, desesperado.
Pero Babe no se detuvo. Caminó hacia el hotel con paso firme, la espalda recta, la armadura perfectamente colocada de nuevo.
Charlie se quedó inmóvil, viéndolo alejarse. El sol calentaba, los pájaros cantaban, la vida seguía. Pero él sentía que algo se le rompía dentro.
Babe subió las escaleras del hotel a zancadas. Entró en su habitación y cerró la puerta. Se apoyó contra ella, respirando entrecortadamente.
Y entonces, sin poder evitarlo, se deslizó hasta sentarse en el suelo.
Había hecho lo correcto. Lo sabía. Había protegido a Charlie de sí mismo. Había protegido ese pequeño mundo de paz de su propia oscuridad.
Entonces, ¿por qué dolía tanto?
Apoyó la cabeza entre las rodillas y se quedó así, inmóvil, escuchando los sonidos del pueblo que tanto había llegado a apreciar. El canto de los gallos, el sonido del viento en los arrozales, las risas lejanas de los niños.
Y en medio de todo, el silencio de su propia soledad.
Charlie se sentó en las escaleras donde hacía un momento estaban los dos. Tomó la taza de Babe, todavía tibia, y la sostuvo entre las manos.
—Ya.— dijo en voz baja, como si su abuela pudiera oírle.— ¿Qué hago ahora?
Pero no hubo respuesta. Solo el viento, los pájaros, la vida siguiendo su curso.
Y Charlie, con el corazón partido, aprendiendo que hasta las personas que siempre ayudan a veces no saben ayudarse a sí mismas.
La una de la tarde. El sol caía implacable sobre el pueblo, pero Charlie apenas lo notaba. Había pasado la última hora sentado a la orilla del canal, mirando el agua, respirando hondo, dejando que las lágrimas vinieran y se fueran como las nubes.
Y entonces, algo cambió.
Se levantó, se secó la cara con el brazo y caminó hacia el hotel con una determinación que nunca antes había sentido. No era el Charlie que siempre sonreía y aceptaba. Era un Charlie que había decidido que algunas cosas merecían pelearse.
Subió las escaleras de madera de dos en dos. Frente a la puerta de la habitación 5, se detuvo un segundo. Respiró hondo. Y golpeó.
Dos golpes. Firmes.
Silencio.
Otros dos golpes.
La puerta se abrió unos centímetros. El ojo de Babe apareció en la rendija, y cuando reconoció a Charlie, intentó cerrar.
Pero Charlie fue más rápido. Metió el pie, luego la mano, y empujó la puerta con una fuerza que sorprendió a ambos.
—Charlie, ¿qué...?
Charlie entró, cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie, mirándolo fijamente.
La habitación era pequeña, sencilla. La cama deshecha, una maleta abierta sobre una silla con ropa doblada, el olor a café frío. Babe estaba despeinado, sin la camisa impecable de siempre, solo un pantalón oscuro y una camiseta holgada que Charlie reconoció como la que le había prestado días atrás.
Llevaba puesta su camiseta.
Charlie sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Qué quieres, Charlie?— la voz de Babe era áspera, pero temblorosa.— Deberías irte. Voy a empezar a empacar mis cosas, ya hablaré con mi padre sobre el asunto.
Se giró hacia la maleta, dando la espalda. Un gesto cobarde, y lo sabía.
Charlie negó con la cabeza.
—No me importa el trabajo ni tu padre. Me importas tú. Me importa lo que pasa entre nosotros.
Babe se giró lentamente. Una risa corta y amarga escapó de sus labios.
—¿Nosotros?— repitió, como si la palabra fuera veneno.— Aquí no hay un "nosotros", Charlie. Deberías entenderlo.
Charlie sonrió.
Pero no era la sonrisa de siempre.
Era una sonrisa diferente. Más tranquila. Más segura. Y había algo en sus ojos que Babe nunca había visto: una determinación quieta, como la del agua profunda que no se agita pero que puede arrastrarlo todo.
Babe sintió un escalofrío que le recorrió la espalda de arriba abajo. Dio un paso atrás, inconscientemente, y su espalda chocó contra la pared.
—¿No lo hay?— dijo Charlie, dando un paso adelante.— No te veo tan seguro de ello, Babe. ¿Por qué sigues negándolo?
—No lo niego, simplemente...no existe.
—Mientes.
Otro paso. Estaban a un metro de distancia.
—Charlie, por favor...
—¿Por favor qué? ¿Qué me vaya? ¿Qué te deje solo otra vez? ¿Qué finja que no sentí tus lágrimas en mi hombro, que no escuché tu corazón latir contra el mío?
Babe tragó saliva. La pared estaba fría contra su espalda, pero su piel ardía.
—Eso no significa nada.
—Significa todo.
Charlie avanzó otro paso. Estaban tan cerca que Babe podía sentir su calor, oler su aroma a tierra y sudor limpio.
—Babe.— la voz de Charlie era un susurro.— Mírame.
Babe levantó la vista. Sus ojos se encontraron y el mundo se detuvo.
—Dime a la cara que no sientes nada.— dijo Charlie.— Dímelo y me iré. No volveré a molestarte. Pero mírame a los ojos y dímelo.
Babe abrió la boca. Las palabras estaban ahí, listas para ser dichas. "No siento nada. Vete. Déjame en paz."
Pero no salieron.
Porque mentirle a Charlie era mentirse a sí mismo. Y ya no podía.
Su silencio lo dijo todo.
Charlie suspiró, y algo en él se ablandó.
Levantó la mano lentamente, dándole tiempo a apartarse si quería. Pero Babe no se movió.
La mano de Charlie se posó en su cintura. Un contacto suave, casi una caricia. Babe contuvo el aliento.
Luego, Charlie inclinó la cabeza y su aliento rozó su cuello.
—Charlie...— susurró Babe, y su voz se quebró.— Basta...No me la hagas tan difícil.
—¿Difícil?— Charlie habló contra su piel, sin prisas.— Eres tú quien lo complica, no yo.
Su mano en la cintura apretó ligeramente. La otra se apoyó en la pared, a un lado de la cabeza de Babe, atrapándolo.
—Te amo, Babe.— dijo Charlie, y cada palabra cayó como una piedra en agua tranquila.— Te amo como no he amado a nadie.
Babe sintió que las rodillas le flaqueaban. Las palabras de Charlie lo atravesaban, derribaban muros que había tardado años en construir.
—Charlie...— fue lo único que pudo decir.
Y entonces Charlie devoró su boca.
No fue un beso tierno, de los que había imaginado en sus noches de insomnio. Fue un beso con hambre, con desesperación, con años de soledad contenida en ambos. Las manos de Babe se aferraron a su camisa, primero para apartarlo, luego para sostenerlo, luego para no dejarlo ir nunca.
Cuando se separaron, jadeantes, Babe tenía los labios hinchados y los ojos brillantes.
—¿No me vas a dejar ir, verdad?— preguntó, y era más una constatación que una pregunta.
Charlie rió. Una risa baja, cálida, la de siempre.
—No, mi amor.
Y entonces, como si esas palabras hubieran roto el último dique, las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de Babe.
—Yo también te amo, Charlie.— confesó, y su voz era un hilo roto.— Mucho más de lo que pensé que se podría amar a alguien.
Charlie lo abrazó fuerte, dejando que llorara contra su pecho, acariciando su espalda como aquella noche en el cobertizo.
Pasaron los minutos. O quizás fueron segundos. El tiempo no existía allí.
Babe se separó ligeramente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Miró a Charlie con una curiosidad nueva.
—Por cierto.— dijo, con una sonrisa temblorosa.— ¿dónde se fue mi Charlie bueno y tierno? Porque el que ha entrado aquí...no era el mismo.
Charlie sonrió, y esta vez sí era la sonrisa de siempre, pero con un brillo diferente.
—Está durmiendo por el momento.— respondió, acariciando su mejilla con el pulgar.— Este soy yo reclamando lo que me pertenece.
Babe sintió que el corazón se le desbocaba.
—¿Y desde cuándo te pertenezco?
—Desde que lloraste en mi hombro. Desde que te quedaste más días de los necesarios. Desde que pusiste mi camiseta sin decir nada.
Babe bajó la vista, sonrojándose como un adolescente. Llevaba puesta su camiseta, sí.
No había podido devolverla. Olía a él.
Charlie lo levantó suavemente de la barbilla para que lo mirara.
—Pero si quieres negocio.— dijo, y su voz tenía un dejo de diversión.— Podemos negociar. ¿Qué estás dispuesto a dar a cambio de tu libertad?
Babe rió entre lágrimas.
—Nada. Ya no quiero libertad. Quiero...esto. Quiero quedarme.
—¿Estás seguro?
—Por primera vez en mi vida, completamente seguro.
Charlie lo besó de nuevo, pero esta vez fue suave, lento, como si tuvieran toda la vida por delante.
Cuando se separaron, Babe apoyó la frente contra la suya.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora.— dijo Charlie, tomándolo de la mano.— vamos a bajar al pueblo. Mi abuela debe estar preocupada. Y quiero presentarte oficialmente.
—¿Presentarme?
—Como mi novio. Si te parece bien.
Babe sintió que el pecho se le llenaba de algo cálido, desconocido.
—Me parece bien.
Salieron de la habitación. Babe aún llevaba la camiseta de Charlie. Sus manos entrelazadas.
Al bajar las escaleras, Mae Prathum los vio y sonrió con complicidad.
—Ya era hora.— murmuró, y siguió barriendo.
Caminaron hacia la casa de la abuela. El sol empezaba a declinar, tiñendo los arrozales de oro.
—Charlie.— dijo Babe en voz baja.
—¿Sí?
—Gracias. Por no rendirte.
Charlie apretó su mano.
—Nunca lo haría. Te amo demasiado.
Y siguieron caminando, dos siluetas contra el atardecer, comenzando algo que ninguno de los dos sabía dónde terminaría.
Pero por primera vez, eso no les daba miedo.
Una semana después, la vida en el pueblo había encontrado un nuevo ritmo. Un ritmo que incluía a Babe sentado en las escaleras de la casa de Charlie cada amanecer, ayudando a pelar verduras o simplemente acompañando el silencio de la mañana.
Pero no todo había sido fácil.
La llamada con su padre había sido exactamente lo que Babe esperaba.
Diecisiete minutos de gritos a través del teléfono, acusaciones de traición, amenazas de desheredación y frases como "¿Cómo puedes elegir un pueblo de mierda y un campesino sobre tu familia y tu futuro?".
Babe había escuchado todo en silencio, con una calma que ni él mismo entendía.
Cuando su padre terminó, sin aliento, él solo dijo: "No es un pueblo de mierda, papá. Y no es un campesino. Es el hombre que me enseñó que la vida puede ser algo más que cumplir expectativas. No voy a destruir esto. No voy a destruir su hogar."
Y colgó.
Su asistente había renunciado por correo electrónico al día siguiente. Los mensajes de sus socios se habían vuelto fríos, distantes.
Pero Babe no sintió nada de eso. Por primera vez, el silencio en su teléfono no era soledad, sino paz.
Era domingo por la mañana. El templo había dejado oír sus campanadas horas atrás, y ahora el pueblo descansaba en la modorra del mediodía tropical.
Charlie y Babe estaban sentados bajo el gran baniano, donde la señal de internet llegaba mejor. Babe tenía su laptop abierta, revisando sus finanzas personales, haciendo números.
Charlie, a su lado, trenzaba hojas de palma para hacer pequeñas cestas, una habilidad que le había enseñado su abuela.
—Sabes.— dijo Babe de repente, cerrando la laptop.— He estado pensando.
Charlie levantó la vista, divertido.
—Peligroso.
—Muy gracioso.— Babe le sonrió, y esa sonrisa ya no era la forzada de antes, sino algo genuino que le iluminaba el rostro.— En serio. He estado pensando en ti.
—¿En mí? ¿Y eso?
Babe se giró para mirarlo mejor. El viento movía suavemente el cabello de Charlie, sus manos trabajaban la palma con una destreza hipnótica.
—Charlie, yo quiero que tú veas por ti mismo.— dijo lentamente, como si eligiera cada palabra con cuidado.— pero haciendo lo que te gusta, lo que amas.
Charlie frunció el ceño, sin entender.
—¿A qué te refieres?
—A tu futuro. Al tuyo propio. No al de ayudar a todos, que está bien, pero...¿Hay algo qué te gustaría hacer? Algo que siempre hayas querido pero no hayas podido por cuidar de los demás.
Charlie dejó de trenzar. Miró las cestas a medio hacer, luego el horizonte.
—Nunca lo he pensado, la verdad. Siempre ha sido...esto. El pueblo, mi abuela, ayudar.
—Ya lo sé. Y es hermoso. Pero tú también mereces algo para ti.
—¿Como qué?
Babe se acercó un poco más. Sus rodillas casi se tocaban.
—No lo sé. Tú tienes que descubrirlo. Pero yo quiero ayudarte. Quiero estar para ti cuando tengas una profesión y la ejerzas. Económicamente, emocionalmente, como sea. Eres un hombre inteligente, Charlie. Muy inteligente.
Charlie lo miró, y por un instante sus ojos se humedecieron.
—¿De verdad crees eso?
—Lo sé. He visto cómo resuelves problemas, cómo hablas con la gente, cómo aprendiste inglés solo viendo películas cuando eras niño. Tienes una mente brillante escondida en este cuerpo de granjero.
Charlie rió, sonrojándose.
—Sueno como un personaje de película.
—Lo eres. Eres el protagonista de la película de mi vida.— dijo Babe, y aunque la frase era cursi, la dijo con tal sinceridad que Charlie sintió que el corazón le estallaba.
—Babe...
—En serio. Piensa. ¿Qué te gusta? ¿Qué se te da bien además de ser el ángel guardián de este pueblo?
Charlie guardó silencio un largo rato. El viento movía las ramas del baniano. A lo lejos, un niño jugaba con un perro.
—De pequeño.— dijo al fin.— quería ser maestro.
—¿Maestro?
—Sí. Me gustaba explicar cosas a los otros niños. Cuando alguno no entendía algo en la escuela, yo les ayudaba. La señorita siempre decía que tenía paciencia y que sabía explicar bien.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Mi abuela necesitaba ayuda aquí. Mi madre había muerto, mi padre...bueno, ya sabes. Alguien tenía que estar.
Babe asintió, comprendiendo.
—¿Y ahora? ¿Todavía te gustaría?
Charlie dudó.
—Es tarde para eso. Tengo 25 años.
—¿Tarde?— Babe se rió.— Charlie, hay gente que empieza la universidad con 40, 50 años. 25 es nada.
—Pero la universidad está en la ciudad. No puedo dejar a mi abuela.
—No tendrías que dejarla. Podríamos buscar opciones. Cursos online, universidades cerca, o incluso podrías estudiar en Chiang Mai y venir los fines de semana. Yo podría ayudarla mientras tú no estás.
Charlie lo miró, incrédulo.
—¿Tú? ¿Ayudar a mi abuela?
—Oye, ya sé dar de comer a los patos, atar cercas y preparar café de montaña. Soy casi un experto.
Charlie rió, pero sus ojos brillaban de una forma diferente.
—No sé si pueda...
—Puedes. La pregunta es si quieres.
Charlie se mordió el labio, pensando. Luego, lentamente, asintió.
—Sí. Sí quiero.
La sonrisa de Babe iluminó todo su rostro.
—Entonces lo haremos. Buscaremos información, veremos opciones. Yo tengo contactos en varias universidades, podría ayudarte con becas, con lo que necesites.
—Babe, no puedo aceptar que pagues mis estudios...
—No estoy pagando nada. Estoy invirtiendo.— lo corrigió Babe.— Invirtiendo en ti, en tu futuro. Y si algún día quieres devolverme el favor, me invitas a cenar. Tú cocinas, eso sí.
Charlie rió, negando con la cabeza.
—Eres increíble.
—No.— dijo Babe, tomándole la mano.— Tú eres el increíble. Yo solo estoy intentando estar a tu altura.
Se miraron en silencio. El baniano los protegía del sol. El mundo seguía girando.
—¿Sabes qué?— dijo Charlie.— Creo que por primera vez en mi vida, tengo algo que no es para los demás. Algo solo mío.
—¿El qué?
Charlie apretó su mano.
—Un futuro. Y alguien que cree en él.
Babe se inclinó y lo besó suavemente. Un beso tranquilo, sin prisas, como quien tiene toda la vida por delante.
Cuando se separaron, Charlie tenía una sonrisa tímida.
—Pero todavía no sé si soy lo suficientemente inteligente para la universidad.
—Charlie.— dijo Babe con firmeza.— Tú construiste un sistema de riego para el campo de la tía Som con tuberías viejas y bambú. Aprendiste a reparar motores viendo a un mecánico dos tardes. Traduces para los turistas que llegan perdidos al pueblo sin haber pisado una academia de inglés en tu vida. ¿Y dudas de tu inteligencia?
—Cuando lo pones así...
—Así lo pongo. Y así es. Eres brillante, Charlie. Solo necesitas que alguien te dé la oportunidad de brillar.
Charlie lo abrazó de repente, enterrando el rostro en su cuello.
—Gracias.— susurró.— Por verme. Por creer en mí.
Babe lo sostuvo fuerte, acariciando su espalda.
—Siempre. Para siempre.
Esa noche, durante la cena, Charlie le contó a su abuela la conversación.
La anciana lo escuchó en silencio, sus ojos arrugados brillando a la luz de la vela.
—Ya.— dijo ella al final.— Ese hombre te ama de verdad.
—¿Tú crees?
—Sí. Un hombre que no solo te dice "te amoo", sino que te ayuda a crecer, ese es el que vale. Tu madre estaría orgullosa.
Charlie sintió un nudo en la garganta.
—Pero...¿y tú? Si me voy a estudiar...
—Yo no me voy a morir mañana, nieto.— rió la abuela.— Y tengo a todo el pueblo para cuidarme. Además, ese novio tuyo dijo que me ayudaría. Tendré a un esclavo de ciudad para que me traiga café a la cama.
Charlie rió, las lágrimas mezclándose con la risa.
—Ya, eres terrible.
—Terrible pero sabia. Y te digo: ve. Vuela. Hazte maestro. Y luego vuelves y les enseñas a los niños de este pueblo todas esas cosas que sabes. Ese será tu regalo.
Charlie la abrazó fuerte, como cuando era niño.
—Te quiero.
—Yo también, hijo. Yo también.
Más tarde, Charlie fue al hotel. Babe estaba en el porche, leyendo algo en su laptop.
Cuando lo vio acercarse, cerró la pantalla y le sonrió.
—¿Todo bien?
Charlie se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro.
—Todo perfecto. Mi abuela dijo que te tendré de esclavo mientras estudio.
Babe rió.
—Me parece justo. Siempre quise aprender a hacer cestas de palma.
—Te enseñaré.— dijo Charlie, besando su hombro.— Y muchas cosas más.
Babe lo miró, el rostro iluminado por la luz tenue del porche.
—¿Estás feliz?
Charlie lo pensó un segundo.
—Sí. Por primera vez en mucho tiempo, sí. Completamente feliz.
—Entonces yo también.
Y allí se quedaron, viendo las estrellas, escuchando los grillos, sintiendo la brisa cálida de la noche.
Dos mundos opuestos que habían encontrado un punto en común.
Un punto llamado amor.
La noche había caído sobre el pueblo como un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas. En la pequeña terraza de la casa de Charlie, dos figuras compartían una botella de vino que Babe había traído de la ciudad, un capricho que guardaba en su maleta desde que llegó.
—No puedo creer que hayas traído vino a un pueblo donde todos beben licor de arroz.— dijo Charlie sonriendo, sosteniendo la copa con torpeza.
—Es un vino francés. Cosecha del 2015.— respondió Babe con fingida solemnidad.— Mi padre dice que solo los paladares entrenados pueden apreciarlo.
—¿Y tú qué dices?
Babe bebió un sorbo, lo saboreó un momento y luego sonrió.
—Digo que sabe mejor aquí, contigo, que en cualquier restaurante de cinco estrellas en Bangkok.
Charlie sonrió, esa sonrisa suya que iluminaba la noche.
—Eso es porque el vino necesita aire fresco y compañía sincera. No mármol y corbatas.
—Eres un filósofo disfrazado de granjero.
—Y tú un granjero disfrazado de hombre de negocios.— Charlie señaló sus pies descalzos.— Mira, ya hasta andas sin zapatos.
Babe miró sus pies y rió. Era cierto. Hacía días que había abandonado los zapatos de cuero. El suelo de tierra ya no le molestaba.
Nada de eso le molestaba ya.
—Me estás convirtiendo en un salvaje.
—En un humano.— corrigió Charlie.— Solo en un humano.
Siguieron bebiendo y hablando. De todo y de nada. De la infancia de Charlie, de los veranos que Babe pasaba en internados suizos sin ver a sus padres. De los sueños rotos y los que aún podían repararse.
La botella se vació. Las velas se consumieron. El pueblo entero dormía.
—Deberíamos ir a dormir.— dijo Babe, aunque no hizo ademán de moverse.
—Sí.— respondió Charlie, pero tampoco se movió.
Se miraron. La luz de la luna bañaba sus rostros. Algo en el aire cambió, se volvió más denso, más cálido.
—Charlie.— susurró Babe.
—Dime.
—Estos días contigo...No sabes lo que significan para mí.
—Creo que sí.— respondió Charlie con suavidad.— Porque significan lo mismo para mí.
Babe se inclinó lentamente, como pidiendo permiso. Charlie cerró los ojos y sus labios se encontraron.
El beso fue diferente a los anteriores. Más lento, más profundo, con una intención que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Cuando se separaron, Charlie lo tomó de la mano y se levantó.
—Ven.
—¿A dónde?
—A mi habitación. Mi abuela ya duerme.
Babe sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Lo siguió sin decir palabra.
La habitación de Charlie era pequeña y sencilla. Una cama de madera con un mosquitero blanco, una mesa con pilas de libros prestados, un armario antiguo y ventanas abiertas por donde entraba la brisa nocturna. El olor a jazmín flotaba en el aire.
Charlie cerró la puerta suavemente y se giró hacia Babe.
—¿Estás seguro?— preguntó, porque así era él, siempre pensando en el otro.
Babe respondió acercándose, tomando su rostro entre las manos y besándolo con una urgencia que lo sorprendió a él mismo.
—Nunca he estado más seguro de nada.— murmuró contra sus labios.
Las manos de Charlie encontraron el borde de su camisa, deslizándose por debajo, tocando su piel. Babe tembló al contacto.
Nadie lo tocaba así. Nadie lo tocaba con tanta reverencia.
—Charlie...
—¿Sí?
—No pares.
Charlie sonrió en la oscuridad y obedeció.
Desvistió a Babe con una lentitud deliberada, como si cada prenda fuera un regalo que merecía ser abierto con cuidado. La camisa cayó al suelo, luego el pantalón, hasta que Babe quedó solo con su piel y su vulnerabilidad.
—Eres hermoso.— susurró Charlie, recorriendo su torso con la mirada.
Babe negó con la cabeza.
—No lo soy.
—Para mí sí.
Y lo demostró con besos. Besos en el cuello, en el hombro, en el pecho. Besos que no pedían nada, que solo daban.
Babe gimió suavemente cuando los labios de Charlie encontraron un punto sensible detrás de su oreja.
—¿Te gusta?— preguntó Charlie.
—Demasiado.
—No hay demasiado cuando se trata de ti.
Babe lo atrajo hacia sí, necesitando más, queriendo devolver todo lo que estaba recibiendo. Sus manos desabrocharon los pantalones de Charlie, empujaron la tela hasta que ambos estuvieron igualmente desnudos.
La piel contra la piel. El calor contra el calor.
—Eres tú.— dijo Babe, con la voz rota.— Solo tú. Siempre tú.
Charlie lo besó con una pasión que había estado guardada durante años, esperando al hombre correcto. Y Babe respondió con la misma intensidad, rindiéndose por fin a todo lo que había negado.
La cama crujió suavemente cuando cayeron sobre ella. El mosquitero blanco los envolvió como una nube.
—¿Has hecho esto antes?— preguntó Charlie, deteniéndose un momento, sus ojos buscando los de Babe en la penumbra.
Babe asintió.
—Sí. Pero nunca así.
—¿Cómo?
—Así. Sintiendo. Queriendo de verdad.
Charlie sonrió y besó sus párpados, su nariz, sus labios.
—Entonces déjame enseñarte cómo se hace cuando hay amor.
Y lo hizo.
Cada caricia era una palabra no dicha. Cada beso, una promesa. Cada suspiro, un "te amo" que no necesitaba ser pronunciado.
Babe se abandonó por completo. Dejó de pensar en quién debía ser, en cómo debía actuar, en las expectativas, en el miedo. Solo fue. Solo sintió.
—Charlie.— jadeó, aferrándose a su espalda.— Charlie, por favor...
—Estoy aquí.— respondió Charlie, moviéndose dentro de él con una cadencia perfecta.— No me voy a ningún lado.
El ritmo se aceleró. Los gemidos se hicieron más profundos. El mundo exterior dejó de existir.
—Te amo.— dijo Babe, y las palabras salieron como un ruego, como una confesión, como la verdad más absoluta.— Te amo tanto que duele.
—Lo sé.— respondió Charlie, y su voz temblaba.— Yo también. Siempre. Para siempre.
El clímax los alcanzó juntos, un estallido de luz en la oscuridad, un momento de entrega total donde dos almas se fundieron en una.
Cayeron agotados, sudorosos, felices.
Charlie rodó a su lado y lo abrazó, atrayéndolo contra su pecho. Babe apoyó la cabeza en su hombro, escuchando los latidos de su corazón.
—¿Estás bien?— preguntó Charlie, acariciando su cabello.
—Estoy perfecto.—.respondió Babe, y era cierto. Por primera vez en su vida, perfecto.
—¿Te duele algo?
—Un poco. Pero es un dolor bueno.
Charlie rió suavemente.
—¿Existe el dolor bueno?
—Sí. Es el que te recuerda que has vivido algo real.
Permanecieron en silencio un rato, acariciándose sin prisas, sintiendo el aire fresco que entraba por la ventana, escuchando los grillos que cantaban su canción eterna.
—Charlie.— dijo Babe al cabo de un rato.
—¿Mmm?
—No me arrepiento de nada. De nada de lo que me trajo hasta aquí.
Charlie lo besó en la frente.
—Yo tampoco.
—Pero tengo miedo.
—¿De qué?
Babe tardó en responder.
—De despertar. De que todo esto sea un sueño y un día vuelva a estar solo en mi apartamento de Bangkok, con mi vida vacía y mi corazón congelado.
Charlie lo abrazó más fuerte.
—No es un sueño. Soy real. Esto es real. Y no pienso dejarte ir.
—¿Prometido?
—Prometido.
Babe levantó la cabeza y lo miró. Sus ojos brillaban con lágrimas no derramadas.
—Eres lo mejor que me ha pasado, Charlie. Lo mejor que me pasará nunca.
Charlie sonrió, esa sonrisa suya que lo era todo.
—Y tú para mí. Ahora duerme. Mañana hay que dar de comer a los patos.
Babe rió, apoyando la cabeza de nuevo en su pecho.
—Eres terrible. Acabamos de hacer el amor y ya piensas en los patos.
—Los patos no esperan, mi amor. Tienen hambre.
—Déjalos que tengan hambre. Yo no me muevo de aquí.
Charlie rió, acariciando su espalda.
—Está bien. Una hora más.
—Toda la noche.
—Trato.
Y así, entre risas susurradas y caricias perezosas, se quedaron dormidos.
Afuera, el viento mecía los arrozales. Las estrellas brillaban más que nunca. Y en una pequeña habitación de un pequeño pueblo, dos hombres que venían de mundos opuestos habían encontrado, por fin, su lugar en el universo.
Uno en los brazos del otro.
Habían pasado tres meses desde aquella primera noche. Tres meses en los que Charlie había comenzado su formación como maestro, combinando cursos online con clases prácticas en una escuela cercana.
Tres meses en los que Babe se había convertido en parte del pueblo, ayudando aquí y allá, aprendiendo a vivir despacio.
Esa noche, Charlie había llegado tarde. Los exámenes finales se acercaban y había pasado horas en casa de la tía Mali, que tenía internet y le prestaba su ordenador para entregar trabajos.
La abuela ya dormía. El pueblo entero descansaba.
Babe estaba acostado en la cama de Charlie, una camiseta vieja y holgada como única prenda, leyendo a la luz de una pequeña lámpara. No era un libro de negocios ni informes financieros, sino una novela que Charlie le había recomendado. Cosas simples, había dicho. Te hará bien.
Cuando la puerta se abrió suavemente, Babe levantó la vista. Charlie entró, cerró con cuidado y se giró.
Parecía cansado. Pero cuando sus ojos encontraron a Babe en su cama, leyendo su libro, con esa luz cálida bañando su rostro, una sonrisa enorme iluminó su expresión.
—Hola.— susurró.
—Hola.— respondió Babe, cerrando el libro.— Llegas tarde. La abuela ya me preguntó por ti dos veces.
—Estudiando. El examen de pedagogía es en una semana.
—¿Cómo vas?
Charlie se acercó a la cama, sentándose en el borde. Babe se incorporó un poco, acariciando su espalda.
—Bien, creo. Pero estoy agotado.
—¿Quieres qué te dé un masaje?
Charlie lo miró, y algo en sus ojos cambió. El cansancio seguía ahí, pero se mezclaba con otra cosa. Una chispa.
—No.— dijo, con una voz más grave de lo habitual.— Quiero otra cosa.
Babe sintió un escalofrío. Conocía esa mirada.
—¿Oh? ¿Y qué quiere mi futuro maestro?
Charlie no respondió con palabras. Se inclinó y lo besó. Un beso profundo, lento, que sabía a deseo acumulado durante horas de estudio y separación.
—Te he extrañado.— murmuró contra sus labios.
—Hace doce horas que no nos vemos.
—Demasiado.
Babe rió suavemente, pero la risa se transformó en un gemido cuando Charlie mordisqueó su labio inferior.
—Charlie...
—Dime.
—La abuela...
—Está dormida. Y es sorda como una tapia desde que se negó a usar audífonos.
Babe rió de nuevo, pero esta vez la risa se cortó cuando las manos de Charlie se deslizaron bajo su camiseta.
—Hueles bien.— dijo Charlie, enterrando el rostro en su cuello.— Siempre hueles bien.
—Huelo a ti. Uso tu jabón.
Charlie levantó la cabeza, sorprendido.
—¿En serio?
—Me gusta tu olor. Me hace sentir cerca cuando no estás.
Algo se derritió en el pecho de Charlie. Lo miró, a la tenue luz de la lámpara, y vio al hombre que había elegido quedarse. Al hombre que había renunciado a todo por él.
—Te amo.— dijo, y era tan simple y tan enorme.
—Yo también te amo. Ahora deja de hablar y ven aquí.
Charlie obedeció.
Se deslizó sobre él, sus cuerpos encontrando el lugar perfecto, el que habían construido noche tras noche. Babe arqueó la espalda cuando sintió su peso, sus brazos rodeando su cuello.
—¿Estás muy cansado?— preguntó Babe, aunque ya sabía la respuesta.
—Para ti, nunca.
Sus bocas se encontraron de nuevo, más urgentes esta vez. Las manos de Charlie buscaron el borde de la camiseta de Babe y la deslizaron hacia arriba. Babe levantó los brazos para ayudarlo y la prenda voló a algún rincón de la habitación.
—Eres tan hermoso.— susurró Charlie, recorriendo con la mirada su torso desnudo.— Cada vez que te veo, me olvido de respirar.
—Eres un exagerado.
—Soy sincero.
Babe lo atrajo hacia sí, necesitando sentir su piel contra la suya. El calor de Charlie era como un horno, pero no le importaba. Quería quemarse en él.
—Charlie.— jadeó cuando sus caderas se encontraron.— Hazme el amor. Por favor.
Charlie sonrió contra su piel.
—Siempre tan educado pidiendo.
—Cállate.
—Nunca.
Pero obedeció en lo demás.
Sus manos recorrieron cada centímetro de Babe con la devoción de quien explora un territorio sagrado. Conocía ya sus puntos débiles, los lugares donde la piel se erizaba, donde los gemidos se volvían más agudos.
Pero cada vez era como la primera, porque Babe reaccionaba siempre con una sinceridad que lo desarmaba.
—Aquí.—.dijo Charlie, besando detrás de su oreja.— Te gusta aquí.
—Sí.— susurró Babe, los ojos cerrados, entregado.
—¿Y aquí?— su boca descendió a su cuello.
—También.
—¿Y aquí?— sus labios encontraron su pecho, su pezón.
—Charlie...
—Dime.
—Sí. Ahí también. En todas partes. En todas partes, Charlie.
Charlie rió suavemente contra su piel y siguió su recorrido. Descendió lentamente, besando su estómago, sus caderas, el borde donde la piel se vuelve más sensible.
—¿Puedo?— preguntó, mirándolo desde abajo.
Babe asintió, sin aliento.
Charlie lo tomó en su boca y Babe gimió, aferrándose a las sábanas. El mundo se redujo a esa sensación, a esa boca que lo conocía mejor que él mismo, a esas manos que sujetaban sus caderas con firmeza.
—Charlie...— jadeó.— Si sigues...no voy a durar...
Charlie levantó la cabeza, una sonrisa pícara en los labios.
—¿Y quién ha dicho qué quieras durar?
Babe rió, una risa entrecortada que se convirtió en gemido cuando Charlie volvió a su tarea.
Cuando finalmente lo sintió acercarse, Charlie se detuvo y subió de nuevo hasta su rostro.
—No.— protestó Babe.— ¿Por qué paras?
—Porque quiero estar dentro de ti cuando termines.
Las palabras, dichas con esa voz grave y tranquila, hicieron que Babe temblara.
—Entonces date prisa.
—Prisa no. Nunca prisa contigo.
Charlie alcanzó el pequeño cajón de la mesilla donde guardaban lo necesario. Babe lo observaba, fascinado por la concentración en su rostro, por la forma en que sus manos preparaban todo con cuidado.
—¿Qué miras?— preguntó Charlie sin levantar la vista.
—A mi hombre favorito.
Charlie levantó los ojos y le sonrió. Una sonrisa tan llena de amor que Babe sintió que el pecho le dolía.
—Y tú el mío.— respondió.
Luego se posicionó sobre él, sus cuerpos alineados, sus miradas enganchadas.
—¿Listo?— preguntó Charlie.
—Siempre listo para ti.
Charlie entró lentamente, con esa paciencia infinita que tenía para todo. Babe jadeó, aferrándose a sus hombros, sus uñas marcando la piel.
—¿Duele?— preguntó Charlie, deteniéndose.
—Duele bien. Sigue.
Charlie obedeció. Poco a poco, centímetro a centímetro, hasta estar completamente dentro.
Se quedaron así un momento, respirando juntos, sintiendo la conexión más íntima posible.
—Te amo.— dijo Charlie.— Te amo tanto que a veces me asusta.
—¿Por qué?
—Porque si te pierdo, no sé qué sería de mí.
Babe lo miró, y por primera vez vio miedo en sus ojos. El Charlie siempre fuerte, siempre sonriente, también tenía miedo. De perderlo.
—No me voy a ningún lado.— dijo Babe, acariciando su rostro.— ¿Entiendes? Elegí quedarme. Elegí esto. Te elegí a ti. Y no me arrepiento.
Charlie lo besó con una ternura desgarradora.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Entonces comenzó a moverse.
El ritmo era lento al principio, profundo, como una conversación íntima entre sus cuerpos.
Cada embestida era una palabra, un te quiero, un gracias, un siempre.
Babe gemía su nombre una y otra vez, como un mantra, como una oración.
—Charlie...Charlie...Charlie...
—Estoy aquí.— respondía él.— Siempre aquí.
El ritmo se aceleró gradualmente. Las sábanas se enredaron. El calor aumentó. Los gemidos se hicieron más agudos, más desesperados.
—Casi...—jadeó Babe.— Charlie, casi...
—Juntos.— respondió Charlie, su respiración entrecortada.— Esta vez juntos.
Babe asintió, aferrándose a él con todas sus fuerzas.
Y entonces llegó.
El orgasmo los golpeó al mismo tiempo, una ola inmensa que los arrastró a ambos. Babe gritó su nombre, Charlie enterró el rostro en su cuello, y por un momento el tiempo se detuvo.
Cayeron juntos, jadeantes, sudorosos, felices.
Charlie rodó a su lado, atrayéndolo hacia sí.
Babe apoyó la cabeza en su pecho, escuchando los latidos desbocados.
—Eso fue...— empezó Babe.
—Increíble.— completó Charlie.
—Sí. Increíble.
Se quedaron en silencio, acariciándose sin prisas, dejando que la calma volviera.
—Oye.— dijo Babe al cabo de un rato.
—¿Mmm?
—¿De verdad crees qué puedes perderme? Porque yo no voy a ningún lado. Ni aunque me eches.
Charlie sonrió, besando su cabeza.
—Lo sé. Es solo que...nunca había tenido algo así. Algo tan bueno. Y me da miedo que el universo decida que no lo merezco.
Babe levantó la cabeza para mirarlo.
—Escúchame bien, Charlie. Tú mereces todo lo bueno que te pase. Todo. Y si el universo intenta quitártelo, peleó contra el universo. ¿Entendido?
Charlie rió, una risa húmeda.
—Entendido.
—Bien. Ahora duerme. Mañana hay que estudiar, ¿no?
—Sí. Pero no quiero dormir aún.
—¿Qué quieres?
Charlie lo besó suavemente.
—Quiero quedarme despierto un rato más. Sintiéndote. Recordando esto.
Babe sonrió, con esa sonrisa que solo Charlie veía.
—Entonces quédate despierto. Yo también.
Y así se quedaron, enredados el uno en el otro, mientras la noche avanzaba y el pueblo dormía.
Charlie acariciaba su espalda con movimientos lentos y circulares. Babe jugaba con los dedos de su mano libre.
—¿Sabes qué pienso a veces?— dijo Charlie en voz baja.
—Dime.
—Que si no hubieras venido a este pueblo, si no te hubieras quedado, mi vida seguiría siendo buena. Pero no sería esto.
—¿Esto?
—Completa. Mi vida sería buena, pero no completa. Tú la completas.
Babe sintió un nudo en la garganta.
—Eres demasiado bueno para ser real, Charlie.
—Soy real. Y soy tuyo.
—Y yo tuyo.
Se besaron de nuevo, un beso tranquilo, sin prisas, como quien tiene toda la eternidad por delante.
Cuando por fin se separaron, Babe bostezó.
—Duerme.— dijo Charlie.— Yo te cuido.
—¿Me cuidarás siempre?
—Siempre.
Babe sonrió, ya con los ojos cerrados.
—Eso es todo lo que necesito.
En minutos, su respiración se volvió profunda y regular.
Charlie lo miró dormir, el rostro relajado, las arrugas de preocupación desaparecieron.
Parecía más joven. Más libre.
—Te amo.— susurró en la oscuridad.— Te amo más de lo que las palabras pueden decir.
Y cerró los ojos, con el hombre que amaba en sus brazos, con el futuro brillando como las estrellas afuera.
Todo estaba bien.
Todo estaría bien.
¡FIN!
Dedicado a @Daniela343095 idea que me sugeriste…Espero te guste y gracias por el apoyo….