01
La sala de fisioterapia de la exclusiva clínica en Seúl, estaba tranquila y en silencio. El único sonido que se escuchaba era el rumor lejano del tráfico de la ciudad. Una alfombra gruesa cubría el suelo, un jarrón con rosas carmesí aromatizaba el ambiente y sobre el sofá de cuero negro había extendida una sábana inmaculada preparada para el siguiente ocupante.
Las cortinas de muselina se agitaban en la ventana abierta bajo una suave brisa, permitiendo que entrara la luz pero manteniendo al mismo tiempo a raya el calor de la ciudad en verano.
LuHan, que llevaba un traje de chaqueta en seda de color gris, una camisa en tono marfil y su cabello rubio natural recogido en una pequeña coleta, estaba sentado en su escritorio poniendo al día el archivo de su anterior paciente cuando escuchó cómo llamaban con los nudillos y la puerta se abría.
Impecablemente vestida con su uniforme azul y con los rizos recogidos en la nuca con una goma, entró Hana con unas notas.
Kim Hana y su hermano Liam eran amigos de LuHuan desde la guardería.
Había sido Hana que le habló de aquel puesto en la clínica.
-Si estás interesado, LuHan, la mujer que normalmente lo ocupa está de baja por maternidad, lo que significa que sería algo temporal. Pero te aseguro que el ambiente es muy agradable y está bien pagado, así que tal vez esto sea lo que necesites para salir al paso hasta que te hagas con una clientela fija… Siempre y cuando, claro, que no te importe trabajar cuatro noches a la semana durante los meses de verano.
-No me importa en absoluto —había asegurado agradecido—. Y me vendrán muy bien tanto el dinero como la experiencia.
-Le hablaré de ti a la señora Park, que es la que se encarga del personal.
En cuanto le ofrecieron el puesto, LuHan comenzó a trabajar de inmediato. Eso significaba que no podía seguir viendo a su madre por las noches, pero se había organizado el día de modo que podía visitar la residencia de la tercera edad entre pacientes.
Sonriendo a su amigo, Hana dejó sobre el escritorio las notas que llevaba y, con los ojos azules brillándole de excitación, se apresuró a hablar.
-Tu último paciente de esta noche es nuevo. Se llama Oh SeHun . Y está como un dios —murmuró bajando la voz—. Es un tipo bueno de verdad. Alto, guapo y piel clara.
LuHan suspiró y alzó los ojos al cielo.
-La última vez que me dijiste que alguien era guapo resultó tener acné y caspa.
-Búrlate si quieres, pero esta vez tendrás que admitir que no estoy exagerando. Todas las personas de la clínica están como locos.
-Bueno, pues será mejor que le digas a ese Dios griego que entre —dijo LuHan secamente—. Si no, no tendré tiempo para echarle un vistazo.
Unos instantes después, el cierre de la puerta hizo clic y, dejando a un lado las notas que había estado viendo, LuHan alzó la vista.
El hombre que entró en la habitación tenía un aire de poder, confianza en sí mismo y autoridad callada.
Cuando miró a aquel guapísimo y perfecto desconocido, todo se detuvo. Su respiración, su corazón, la sangre que le corría por las venas… Incluso el mundo dejó de girar sobre su eje.
Era como si lo conociera desde siempre. Como si hubiera estado contando el tiempo esperando a que él apareciera. Esperando a que viniera a llenarle el vacío que sentía incluso cuando estaba casado con Doyun.
En lugar de lanzarse a hablar precipitadamente, como hacían muchos de sus pacientes. Él se quedó allí quieto, con sus ojos oscuros como la noche clavados en él.
LuHan se llenó los pulmones de aire y trató de recobrarse. Le pareció que transcurrió una eternidad, pero sólo pudo tardar unos segundos en recuperar un atisbo de compostura.
Su efecto sobre él había sido puro, inmediato y total, y supo instintivamente que debía mantenerse frío y distante o estaría perdido.
Entendió probablemente por primera vez por qué todos los profesores de los cursos de fisioterapia, exceptuando a Doyun, encontraban necesario advertir a sus alumnos de que no se implicaran sentimentalmente con ninguno de sus pacientes.
Y qué inútil resultaba aquella recomendación llegado el momento. Inspirando profundamente el aire una vez más, LuHan se puso de pie y avanzó hacia él con miedo de que le temblaran las rodillas.
-Señor Oh, soy Xiao LuHan—dijo tendiéndole la mano.
Él se la estrechó con fuerza, sonrió y le miró profundamente a los ojos. LuHan sintió que el corazón se le detenía por segunda vez.
Con la respiración dificultosa y la garganta seca como un desierto, comenzó a hablar.
-Tengo entendido que ha sufrido una lesión cervical. ¿Cuándo ha ocurrido?
-Hace un rato, esta misma noche.
Su voz, grave y un tanto ronca, le recorrió las terminaciones nerviosas.
-Desde entonces estoy algo incómodo —continuó mirándole fijamente con aquellos ojos oscuros —. No creo que sea nada para preocuparse, pero me han aconsejado que visite a un fisioterapeuta por si hay algún músculo dañado.
A pesar de sus esfuerzos, la voz no le salió muy firme cuando habló.
-¿Cómo ha sucedido?
-Iba conduciendo mi coche de carreras por un circuito privado cuando me falló la dirección. Las balas de paja resultan espectacularmente sólidas a esa velocidad —añadió con ironía.
Seguía mirándole, y aquella observación constante de su rostro le llevó mucho más lejos que cualquier intento previo de coqueteo por parte de sus pacientes.
-Si se desnuda de cintura para arriba y se tumba en el sofá, le echaré un vistazo —dijo tratando de parecer frío y profesional. Mientras LuHan mantenía la vista clavada en las notas, él se quitó la chaqueta y la camisa y las dejó en el respaldo de una silla antes de sentarse en el sofá.
Fue entonces cuando LuHan miró.
Tenía la espalda recta y musculosa. La línea de la columna era elegante, y los hombros, anchos, se estrechaban en un cintura estrecha. La piel clara le hacía desear tocarlo.
Incluso la parte de atrás de su bien formada cabeza era atractiva y sensual. El cabello oscuro se le curvaba ligeramente en la nuca.
LuHan suspiró con fuerza, se acercó a él y, concentrándose en su labor profesional, comenzó su examen con mano suave pero firme.
Aunque debía ser plenamente consciente del efecto que provocaba en las personas, no hizo ningún comentario sugerente ni trató de encandilarlo. Se limitó a quedarse sentado en silencio y a levantar los brazos y flexionar los músculos cuando él se lo pedía.
-Muy bien, señor Oh —dijo él apartándose a una distancia segura cuando terminó el examen—. Aunque hay algo de rigidez en el cuello y en los músculos del hombro, no hay por suerte ningún indicio de daño real. En cuestión de días, si todo va bien, debería volver a la normalidad.
-Eso es estupendo —respondió él mostrándole una sonrisa que iluminó su rostro.
LuHan observó cómo sus finas mejillas se elevaban, y un abanico de arruguitas de expresión aparecían en alrededor de aquellos ojos fascinantes. Unos ojos que lo iluminaban todo. Unos ojos convertirían en extraordinario hasta el rostro más vulgar. Y su rostro estaba muy lejos de ser vulgar… LuHan hizo un esfuerzo por apartar la vista y trató de no pensar en el modo en que su sonrisa le aceleraba el pulso.
-Lo único que necesita es descanso hasta el fin de semana —continuó diciendo—. Luego le sugiero que se vuelva a someter a una revisión para asegurarse de que todo está bien.
Mirando directamente a los ojos mieles de aquel chico tan fascinante, que parecía completamente ajeno a su propia belleza, le preguntó:
-Entonces, ¿cuándo volveré a verlo?
La intensidad de su mirada y la pregunta, hecha de aquel modo, le pusieron rígido.
Pero volver a verlo, aunque fuera dentro de un contexto profesional, sería muy peligroso. Sería como rondar el desastre.
La política de la clínica indicaba que se siguiera un estricto protocolo entre el personal y los clientes. Y, teniendo en cuenta los elevados costes de la residencia de ancianos, no podía permitirse perder aquel trabajo.
-Tal vez le gustaría volver el lunes o el martes por la mañana…
-Me viene mejor por la noche —aseguró él negando con la cabeza.
LuHan se mordió el labio inferior e hizo como que estudiaba sus citas antes de sugerir:
-En ese caso, ¿podría venir el lunes a la misma hora?
La señora Deering, la mujer de mediana edad felizmente casada que trabajaba a tiempo parcial los fines de semana y los lunes por la noche lo ayudaría sin que eso supusiera ninguna amenaza para su paz de espíritu ni para su posición.
-Por mí estupendo.
-Entonces, buenas noches, señor Oh.
-Adiós, LuHan. Muchas gracias —dijo él acercándose a la puerta para salir.
Una especie de vitalidad se fue con él, y LuHan se quedó con la sensación de que la vida era así.
Con una sensación de vacío en la boca del estómago, se dejó caer en el escritorio y con la imagen de su rostro atractivo en la mente, comenzó a poner al día sus notas.
Cuando terminó, estaba sentado mirando al infinito. En ese momento se abrió la puerta y entró Hana.
-Me preguntaba si seguirías aquí. Casi todo el mundo se ha ido ya.
Sin ninguna perspectiva por delante excepto una cena solitaria, LuHan no tenía ninguna prisa por regresar a su casa.
-Y dime, ¿qué te ha parecido Oh SeHun?
-Es tan guapo como habías dicho —respondió LuHan con toda la ligereza de la que fue capaz.
-Y todavía hay más —aseguró Hana encantada—. Según Joanne, que siempre parece estar enterada de esas cosas, ha heredado las Industrias Yoon de Yoon Dohyun, su padrino. Lo que lo convierte en un multimillonario y en todo un partidazo. Porque al parecer se las ha arreglado para huir del compromiso y mantenerse soltero. Todo un reto que no me importaría afrontar si tuviera la más mínima oportunidad. Después de todo, vale la pena arriesgarse a que la despidan a una si la causa es un multimillonario.
Hana suspiró antes de continuar.
-Pero supongo que debo dejar de soñar. No es de los que se interesan por chicas como yo. Con ese aspecto y tanto carisma, Oh SeHun debe tener a muchas personas haciendo cola para arrojarse a sus pies.
Sin duda Hana tenía razón, pensó LuHan suspirando y apartando al fondo de su mente cualquier pensamiento relacionado con Oh SeHun.
-¿Has terminado con esto?
Al ver que su amiga asentía con la cabeza, Hana recogió las notas y se dirigió a la puerta.
-Bueno, yo ya me voy, que he quedado. Te veo el martes. No te pases el fin de semana metido en la residencia. Intenta salir un poco.
-Lo intentaré.
Desde que su madre había sufrido heridas graves en la cabeza en la explosión de gas que había destrozado la casa en la que vivían de alquiler, LuHan se había pasado la mayor parte de su tiempo libre al lado de la cama de la enferma.
Sentado hora tras hora al lado de aquel cuerpo casi inerte, habiéndole o leyéndole, sin saber si su madre entendía algo de lo que le decía, era una carga muy dura para LuHan.
Igual que lo había sido la muerte de su marido, Doyun, en el mismo trágico accidente. Un accidente en el que él era el único culpable.
Las semanas se convirtieron en meses, y al darse cuenta de que ya no era una persona divertida, la mayoría de sus amigos se apartaron de él. Sólo Hana y Liam siguieron a su lado.
Desde que estaba solo, muchos hombres habían intentado llegar a algo con él. Pero consciente de que dadas las circunstancias tenía todo en contra para que ninguna relación fructificara, se había mantenido alejado.
Tras estar solo tanto tiempo, LuHan sabía que debía seguir adelante, pero no había conocido a nadie que le atrajera lo suficiente como para hacer de catalizador y que le apeteciera arriesgarse.
Hasta aquel día. Aunque aquella atracción, por fuerte que fuera, era en vano.
Consciente de que el tiempo iba transcurriendo, LuHan cerró la ventana y se colgó el bolso al hombro antes de salir por la puerta que daba a la salida.
Los días lluviosos tomaba el autobús para regresar a su apartamento, pero durante aquel lapso de tiempo seco que duraba ya casi una semana, le gustaba ir caminando a casa.
Aquella noche, sin embargo, tras haber girado por otra calle, se sintió extrañamente cansado y desanimado, sin ganas de dar el paseo de treinta minutos.
Acababa de llegar a la altura de una limusina azul marino que estaba aparcada en el bordillo cuando se abrió la puerta de atrás y salió una figura alta e imponente.
Cegado por los últimos rayos del sol de atardecer, tardó unos instantes en darse cuenta de que el hombre que le estaba bloqueando el camino era Oh SeHun.
La sorpresa le hizo detenerse sobre sus pasos, y mientras se ponía la mano de visera para poder mirarlo, lo escuchó decir con naturalidad:
-Pensé que si me quedaba un rato por aquí lo pillaría. ¿Quiere cenar conmigo?
Era muy alto, y le intimidaba con su tamaño. Si hubiera estado más cerca, se habría visto obligado a apoyar la cabeza contra su pecho.
Aquel pensamiento lo confundió y se dio cuenta al hablar de que tartamudeaba.
-No…No, gracias.
-Tal vez haya sido una estupidez soltárselo así, pero ahora que he admitido que soy un idiota —dijo riendo—. ¿No quiere reconsiderar la posibilidad de cenar conmigo?
-¿Cómo? ¿Salir con un idiota confeso? —preguntó él con un destello de humor.
-Piense en lo que podría divertirse —respondió SeHun dedicándole una sonrisa de reconocimiento.
LuHan negó con la cabeza.
-Creo que podré soportar el dejarlo correr.
-Vamos. Le prometo que no muerdo.
LuHan bajó los ojos.
-Lo siento, pero no puedo.
-¿Por qué no? —preguntó él inclinando la cabeza hacia un lado.
Su rostro tenía tanto encanto que él se quedó sin respiración y sintió cómo se le deshacían los huesos.
-Va contra la política de la clínica que los clientes y el personal se relacionen socialmente —aseguró LuHan con voz insegura.
SeHun sonrió ante lo ampuloso de la frase.
-Si nos relacionamos socialmente, prometo no decirle una palabra a nadie.
-No estoy vestido adecuadamente para salir a cenar.
-Yo encuentro que está usted perfecto —aseguró él con una sonrisa.
Antes de que LuHan pudiera seguir protestando, se vio impelido hacia el coche y sentado en el asiento de atrás.
SeHun se deslizó a su lado, y él sintió una oleada de calor cuando su muslo se apretó contra el suyo al estirar el brazo para atarle primero el cinturón y después a él mismo. Al sentir aquella ardiente confusión, advirtiéndose de que no debía precipitar las cosas, SeHun se apartó un poco para dejar algo de espacio entre ellos.
Exhalo un suspiro de alivio, él lo miró.
SeHun le miró directamente a los ojos. Los últimos rayos del sol reflejaban que sus ojos mieles de largas pestañas tenían en sus profundidades un brillo de polvo dorado.
-¿Le apetece ir a algún sitio en particular? —preguntó tratando de aparentar naturalidad.
LuHan negó con la cabeza, consciente de que no debería estar allí en absoluto.
-No, yo…
Apretando un botón, SeHun le dio instrucciones al chofer.
-Da unas cuantas vueltas, Mark.
Mientras la limusina salía suavemente del bordillo, LuHan comenzó a sentirse de pronto como si ld estuvieran secuestrando.
-¿Qué le ha hecho…? —comenzó a decir.
-¿Buscar esta oportunidad? —sugirió SeHun al ver que vacilaba—. Soy muy decidido. Si hubiera estado seguro de que iba a volver a verlo, tal vez no hubiera precipitado las cosas. Pero al hacer algunas indagaciones sutiles y descubrir que no estaría allí el lunes por la noche… Eso sólo podía significar dos cosas: O bien que yo sólo era un paciente más al que no le importaría no volver a ver más… O era alguien en quien podría estar interesado pero del que debía mantenerse alejado por culpa de la política de la clínica. Tenía la esperanza de que se tratara de la última opción.
Tratando de controlar la oleada de emoción que le recorrió el cuerpo. LuHan se mordió el labio.
Aunque sus palabras habían sido los suficientementes cautas, había en él un aire de seguridad que sugería que estaba convencido de que se trataba de la segunda posibilidad.
Y el modo en que él había accedido a entrar en el coche sin oponer ninguna resistencia sólo habría servido para reforzar aquella idea.
-Eso abre muchas posibilidades —aseguró SeHun sonriendo—. Y estoy encantado de que seas libre para explorarlas todas.
La química sexual que había entre ellos era como una fuerza eléctrica que podía sentir en todos los poros de su piel.
Pero al recordar lo que Hana había comentado respecto a las personas arrojándose a sus pies y ante la idea de que pudiera considerarlo una de ellos, intentó parecer frío y distante.
A juzgar por la expresión de su rostro, no lo había conseguido.
Haciendo un esfuerzo para ponerse a favor del viento, lo miró a los ojos y preguntó:
-¿Por qué está tan seguro de que soy libre?
-Bueno, para empezar no lleva anillo —respondió SeHun sin parecer afectado.
-Eso no significa nada estos días.
-Cierto. Por eso le sonsaqué a tu compañera.
-¿Qué compañera?
-La morenita guapa que me hizo la ficha. Resulta que la vi salir de la clínica y hablé con ella. Hana, ¿verdad? Me dio la impresión de que es buena amiga tuya.
Sin sonrojarse siquiera, añadió:
-Me las arreglé para sacarle un poco de información.
-¿Qué clase de información? —preguntó LuHan en un hilo de voz.
-Tenía que saber si estabas casado o mantenías una relación estable. Cuando le pregunté, me contó que perdiste a tu marido y llevabas un tiempo solo. Me resultaba difícil creer que un chico tan bello como tú esté libre, pero ella parecía muy segura de que en este momento no había ningún hombre en tu vida.
Al ver que LuHan se limitaba sólo a mirarlo, añadió:
-Lo que significa que no tienes compromisos, que nadie te espera en casa, ¿no?
-No.
Como si le estuviera hipnotizando, se vio incapaz de mentir.
-Entonces doy por supuesto que cenar conmigo es bastante más apetecible que hacerlo solo, ¿no? —preguntó SeHun—. Por favor, di que sí. Por el bien de mi ego.
Muy a su pesar, LuHan se vio obligado a sonreír. Una sonrisa que le iluminó el rostro y que hizo que aquellos reflejos dorados de sus ojos cobraran vida.
-Tengo la sensación de que tu ego es lo suficientemente robusto.
Y entonces, mandando la precaución a pasear, añadió:
-Pero sí, es bastante más apetecible.
-Alguien con carácter, por lo que veo —aseguró SeHun riendo—. Y dime, ¿dónde te gustaría ir?
Tenía una boca preciosa, pensó LuHan, a la vez controlada y sensible, con el labio inferior más grueso que el superior. Era una boca que le provocaba nudos en el estómago.
-De verdad que me da igual —consiguió decir—. Donde tú quieras. Había superado el primer obstáculo, pensó SeHun triunfante mientras le daba instrucciones al chofer.
-Al Paris , por favor, Mark.
Consciente de que no debía tocarlo todavía, aunque se moría por hacerlo, le tomó la mano y, deslizándole el dedo pulgar por la palma, le habló con suavidad. —Creo que estarás de acuerdo en que es el escenario perfecto para una velada romántica.
Él se estremeció.
Las cosas iban muy deprisa. Demasiado deprisa.
Consciente de que debía echar el freno, LuHan retiró la mano y se dispuso a mirar fijamente por la ventana del coche.
Pero seguía respirando con dificultad cuando atravesaron unas inmensas puertas ornamentales y salieron al exterior del conocido restaurante de la ciudad.
El Paris, que antaño fue una mansión particular, estaba construido al estilo de una hacienda Francesa y se alzaba sobre los jardines discretamente iluminados.
Cuando el chofer de mediana edad salió para abrirles la puerta, SeHun le dijo:
-No hace falta que te quedes por aquí, Mark. Vete a casa con tu esposa.
-Gracias, señor —dijo el hombre con expresión agradecida—. Buenas noches, señor. Jovencito…
SeHun abrió la gruesa puerta de cristales tintados con una cortesía natural que LuHan descubriría pronto que formaba parte de su forma de ser.
Una vez en el vestíbulo, alguien se llevó su chaqueta y el propietario salió a recibirlos.
-Buenas noches, señor Oh. Señor… Me alegro de verlo. ¿Desea su mesa habitual?
Su mesa habitual… ¿Acaso tenía la costumbre de ir siempre ahí?, se preguntó él.
-Por favor, Henri.
El mozo hizo su aparición para guiarlos por una serie de arcos que los condujeron a una mesa recogida situada en una esquina.
Los grandes ventanales que daban al jardín estaban abiertos, permitiendo que entrara una cálida brisa aromatizada con rosas y madreselva. Habían aparecido unas cuantas estrellas y en el cielo azul colgaba una luna fina y plateada.
Tal y como SeHun había dicho, aquél era el escenario perfecto para una velada romántica.
Mientras saboreaban un aperitivo, LuHan trató de concentrarse en la carta, pero a pesar de todos sus esfuerzos no fue capaz de dejar de mirarlo, y cuando no le miraba aprovechaba para escudriñar su rostro.
No sólo era guapo. Con aquel rostro perfilado, una boca al mismo tiempo ascética y sensual, la nariz grande, los pómulos elevados y aquellos ojos negros coronados por dos cejas oscuras, era intrigante, misterioso.
Pero no se trataba sólo de su aspecto físico. Había mucho más. Había algo en aquel hombre, algo que no era capaz de definir pero que despertaba en él un deseo profundo. Se sentía a gusto a su lado, como si lo conociera de siempre, como si se pertenecieran el uno al otro.
Mientras degustaban una excelente comida, él mantuvo una conversación banal e intrascendente, saltando de un tema a otro, tratando de encontrar qué le interesaba a él, preguntándole su opinión respecto a los asuntos que tocaba. A pesar de lo consciente que era de su presencia, de la atracción caliente que se escondía bajo la superficie, LuHan se vio a sí mismo respondiendo con una facilidad que a él mismo le sorprendió.
Cuando llegaron al café fue cuando SeHun se movió deliberadamente hacia un terreno más peligroso.
Necesitaba saberlo, así que abordó el tema sin preámbulos.
-Háblame de tu marido.
-No hay mucho que contar —respondió él sintiendo cómo todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo se tensaban.
-¿Cómo se llamaba?
-Doyun. Kim Doyun. Era fisioterapeuta, como yo. Nos conocimos en la universidad.
-¿Eran compañeros de clase?
-No. Fue en mi último año. Doyun era tutor.
-¿Era mayor que tú? —preguntó SeHun intrigado.
-Dieciocho años mayor.
-Esa es mucha diferencia.
-Sí —respondió él con sequedad.
LuHan siempre había pensado que la diferencia de edad, aunque grande, no hubiera sido ningún problema si él lo hubiera amado de verdad.
SeHun sintió su creciente incomodidad, pero ya que había llegado tan lejos decidió continuar.
-¿Cuánto tiempo estuvieron casados?
-Seis meses.
-No es mucho.
-No —respondió en un susurro.
SeHun hizo una pausa, consciente de que su siguiente pregunta le resultaría difícil.
-¿Cómo murió?
-En una explosión de gas.
-Qué duro —se limitó a comentar SeHun, controlando el deseo de seguir haciendo más preguntas.
-Sí, lo fue —aseguró LuHan alzando los ojos para mirar los suyos.
En ellos había tristeza y un sentimiento que SeHun no fue capaz de identificar. Pero no se trataba del terrible dolor, de la inconsolable pérdida de alguien que había perdido lo que más amaba. De eso estaba seguro.
SeHun dejó escapar un suspiro de alivio. El hecho de que no hubiera ningún hombre en su vida le había hecho temer que siguiera enamorado de su difunto marido. Pero las vibraciones que estaba recibiendo lo convencieron de que no era así.
Lo que aumentaba sus posibilidades de triunfo, pensó.
Tras servirle otro café, cambió suavemente de tema.
-¿Y qué hace LuHan en su tiempo libre? ¿Eres un adicto secreto a la televisión?
-No —respondió riéndose y sintiendo cómo se relajaba de nuevo—. Prefiero un buen libro. También me encanta el teatro.
-¿Has tenido oportunidad de ir a ver la nueva obra del West End de la que todo el mundo habla?
-Amado Empresario —dijo él negando con la cabeza.
Le costaba trabajo admitir que por aquel entonces no podía permitirse ir al teatro.
-Me imagino que las entradas deben costar un dineral.
-Creo que podría conseguir un par de ellas. ¿Te gustaría verla? —preguntó SeHun con naturalidad.
Con el corazón golpeándole contra las costillas, LuHan hizo un esfuerzo para no aceptar. Ya era una locura el hecho de estar cenando con él. Sin duda lo único que buscaba era una aventura.
Y aunque muchos se hubieran lanzado a la piscina ante aquella oportunidad, ése no era su estilo.
Además, podría costarle el trabajo.
Con la expresión tensa, controlada, rechazó la oferta con educación formal.
-Creo que no, gracias.
Los ojos negros de SeHun se clavaron en los suyos.
-¿Quieres decir que no quieres verla o que no quieres verla conmigo?
LuHan se sentía como si le hubieran soltado de pronto en medio de un campo de minas. Se dio cuenta de que estaba deseando que la velada terminara.
Estaba deseando escapar.
Y él lo sabía.
Alzando la barbilla, LuHan respondió con toda la seguridad que pudo.
-No tengo mucho tiempo libre, así que no quiero comprometerme.
SeHun había sabido desde el principio que no resultaría fácil llegar a ninguna parte con aquel chico. Ahora se daba cuenta de que iba a ser todavía más duro de lo que había imaginado.
Pero lo deseaba desde que lo vio, le deseaba con una pasión desesperada que lo había sorprendido y lo había sacudido. Y por mucho que le costara, prometió, pretendía hacerlo suyo.
«Pero sería un error aproximarse con demasiada fuerza».
Haciendo un gracioso movimiento con la mano, reconoció su derrota y, con expresión amable, cambio de conversación. Sintiéndose aliviado, LuHan lo siguió.
Al observarlo, SeHun se dio cuenta de aquel alivio y se preguntó por qué estaba tan poco predispuesto a tener una relación.
Sin embargo, la noche era todavía joven. Había tiempo para hacerlo cambiar de opinión.
El carácter encantador de SeHun volvió a hacerlo sentir cómodo enseguida, y cuando por fin se levantaron para marcharse, se dio cuenta de que podría haberse quedado allí toda la noche.
Y SeHun también se dio cuenta.
Observando su rostro, suave y soñador en aquel instante, sintió una extraña ternura mezclada con satisfacción mientras lo acompañaba al exterior.
El aire suave de la noche le acariciaba la piel como un manto de terciopelo, y las estrellas estaban tan cerca que LuHan sintió que con sólo estirar el brazo podría arrancar una del cielo.
El taxi que SeHun había pedido los estaba esperando, y con la mano de él suavemente colocada al final de su espalda, lo instó a que subiera.
-Por lo que le entendí a tu amiga, vives en Dongdaemun, ¿no es cierto? —dijo SeHun cuando estuvieron sentados en la parte de atrás.
LuHan le dio la dirección de su apartamento y SeHun le dijo al taxista.
Cuando salieron por las puertas y se incorporaron al tráfico de la noche, él lo miró fijamente a los ojos. Fue una mirada tan penetrante y tan intencionada que LuHan sintió que el corazón le latía más deprisa.
Él le devolvió la mirada como si estuviera hipnotizado. Entonces SeHun le tomó el rostro entre las manos e, inclinando su cabeza, rozó su boca con la suya. Aquel beso, aunque, pareció derretir todos los huesos de su cuerpo y le llenó de un deseo casi incontrolable.
-Bueno, esto es lo que has estado temiendo toda la noche —dio SeHun retirándose—. Pero no te ha dolido, ¿verdad?
Al ver que él se limitaba a mirarlo con aquellos ojos de gacela tan grandes, dijo:
-Entonces, ¿lo hago otra vez?
De alguna manera, LuHan consiguió encontrar su propia voz y mintió.
-Preferiría que no lo hicieras.
-De acuerdo —dijo él.
Y lo besó una y otra vez. Esta vez no fueron besos suaves.
Cuando, sin ser consciente de ello, LuHan abrió los labios bajo la suave presión de los suyos, SeHun lo besó apasionadamente hasta que la cabeza le dio vueltas y su alma perdió el sentido.
Él sintió temblar y, notando que estaba preparado, le sugirió con suavidad:
-Mi apartamento está muy cerca de aquí. ¿Quieres subir a tomar algo?
-Es tarde —logró decir con voz ronca—. Debería irme a la cama.
-Eso es exactamente lo que yo estaba pensando —murmuró SeHun.
LuHan no se atrevió a mirarlo.
-Entre nosotros hay tanta química que…
SeHun dejó la frase sin terminar.
Pero no hacía falta que dijera nada más. El sexo con él sería estupendo, LuHan lo sabía instintivamente. Mejor que estupendo. Sería extraordinario.
-No soy alguien de una noche —dijo sintiendo una ola de calor atravesándole el cuerpo.
Y fue plenamente consciente para su incomodidad de lo anticuado que sonaba.
-¿Quién ha hablado de una sola noche? —preguntó SeHun alzando una de sus oscuras cejas—. Tengo la sensación de que aunque te tuviera entre mis brazos un millón de noches no sería suficiente.
LuHan hizo un esfuerzo por cerrar la mente a la seducción de su voz y sus palabras y clavó la vista en el regazo. Por una vez en su vida se veía seriamente tentado de hacer lo que Hana le decía siempre que hiciera, y vivir un poco.
Pero la culpa, que siempre había sido su rémora, se convirtió en aquel momento en su salvación, recordándole que no podía permitirse, ni sentimental ni económicamente, tener una relación con aquel hombre.
-No quiero irme a la cama contigo —dijo tras exhalar un profundo suspiro—Quiero irme a casa, por favor.