Capitulo 1
En las vastas tierras de un reino olvidado, donde los campos de trigo se mecían como olas doradas bajo el sol implacable, vivía Elara, una joven campesina de curvas exuberantes y espíritu indomable. Hija única de un granjero viudo, trabajaba de sol a sol en la granja familiar, sus manos callosas pero suaves al tacto, moldeadas por el esfuerzo diario. Con su cabello castaño ondulado cayendo en cascadas sobre sus hombros, atado con un pañuelo simple para no estorbar su labor, Elara era un imán para las miradas lujuriosas de los hombres del pueblo. Sus pechos generosos, que se hinchaban con cada respiración profunda tras el trabajo pesado, se marcaban bajo la tela burda de su blusa marrón, y sus caderas anchas, envueltas en una falda verde raída que rozaba sus muslos firmes y bronceados por el sol, despertaban susurros y propuestas indecentes. Pero Elara los rechazaba con un gesto altivo, sus ojos ámbar brillando con desdén. "No estoy interesada", decía con frialdad, su voz como un viento fresco que apagaba cualquier llama de esperanza en sus pretendientes.
Sin embargo, no solo los mortales codiciaban su belleza. En las sombras de los bosques encantados que bordeaban la granja, una criatura ancestral había posado sus ojos en ella: Gorath, un gigante de las montañas prohibidas. Su forma colosal, del tamaño de casas enteras, lo convertía en una leyenda temida, pero su deseo por Elara ardía como un fuego inextinguible. Día tras día, la observaba desde la distancia, su miembro masivo endureciéndose al imaginar cómo su cuerpo menudo se rendiría bajo el suyo. El anhelo crecía, un torrente de lujuria primitiva que lo consumía. No podía esperar más.
Una mañana, el padre de Elara partió hacia la ciudad lejana para vender sus cosechas, dejando la granja en manos de su hija. Gorath vio su oportunidad. Acudió a una bruja oscura del bosque, suplicándole un hechizo para reducir su tamaño. La bruja, con un gesto malicioso, agitó su varita y lo transformó: ahora medía "solo" dos metros y medio, un coloso humanoide con músculos como rocas talladas, venas pulsantes que serpenteaban por sus brazos y pecho desnudo, cubierto apenas por una túnica raída. Su fuerza seguía siendo legendaria, superando la de cien mil hombres mortales en resistencia y vigor; podía partir árboles con una mano y resistir días enteros de placer sin fatiga. Pero su esencia gigante permanecía: su pene, grueso como un antebrazo y venoso, palpitaba con una potencia sobrenatural, listo para reclamar lo que anhelaba.
Al atardecer, Gorath se acercó a la humilde cabaña de madera. Su sombra imponente cubrió la puerta como una nube de tormenta. Tocó con nudillos que resonaron como truenos. Elara, sudada por el día de trabajo, abrió una rendija, su blusa pegada a la piel húmeda, revelando el contorno de sus pezones endurecidos por la brisa fresca. Los ojos de Gorath, oscuros y voraces como abismos, se clavaron inmediatamente en sus pechos, subiendo y bajando con su respiración agitada. El deseo lo invadió como una ola ardiente, su miembro endureciéndose bajo la túnica, presionando contra la tela con una urgencia palpable.
"¿Quién eres?", preguntó Elara, su voz temblando ligeramente ante la presencia intimidante del extraño.
"Me llamo Gorath", rugió él con una voz grave y resonante, como el eco de una montaña. Sin esperar invitación, empujó la puerta con facilidad, revelando su figura colosal. Elara retrocedió, pero él ya estaba dentro, cerrando la puerta tras de sí. "Te he observado, humana. Tu belleza me consume. Te deseo como esposa, para que seas mía en cuerpo y alma".
Elara frunció el ceño, su corazón latiendo con fuerza. "No te conozco. Vete de aquí", replicó con firmeza, intentando cerrar la puerta que ya no respondía.
Pero Gorath no aceptaría un no. Con una sonrisa feral, empujó la puerta con una mano, lanzando a Elara contra la pared de madera áspera. Ella jadeó, el impacto sacudiendo su cuerpo voluptuoso. Intentó apartarlo, sus manos presionando contra su pecho rocoso, pero era como empujar una montaña. Él la inmovilizó con facilidad, sus enormes manos rodeando su cintura delgada, sintiendo el calor de su piel a través de la tela fina. "No puedes resistirte a mí", murmuró, su aliento caliente contra su cuello, oliendo a tierra salvaje y deseo primitivo.
Sus dedos, gruesos y callosos, subieron por sus muslos, acariciando la piel suave y expuesta bajo la falda. Elara se retorció, un gemido involuntario escapando de sus labios cuando él rozó la curva interna de sus piernas, enviando chispas de calor no deseado a su centro. "Te deseo demasiado, Elara. Si no eres mía por las buenas, lo serás por las malas", gruñó, sus ojos ardiendo con lujuria mientras sus manos subían más, amasando sus nalgas firmes y redondas, apretándolas con una fuerza que la hacía arquearse contra su voluntad.
"¡Suéltame!", exigió ella, su voz quebrada por el miedo y una traicionera oleada de calor que traicionaba su cuerpo virgen. Pero Gorath ignoró sus protestas. Con un movimiento fluido, la levantó como si no pesara nada, presionándola más contra la pared. Sus labios capturaron los de ella en un beso brutal, su lengua invadiendo su boca con sabor a salvajismo, mientras una mano rasgaba la blusa, exponiendo sus pechos exuberantes al aire fresco. Los pezones rosados se endurecieron al instante, y él los devoró con la boca, chupando y mordisqueando con avidez, haciendo que Elara gritara de una mezcla de dolor y placer prohibido.
Sus dedos descendieron, rasgando la falda y las prendas inferiores, dejando su intimidad expuesta, húmeda a pesar de su resistencia. Gorath liberó su miembro masivo, palpitante y goteante de anticipación, frotándolo contra su entrada virgen. "Serás mía", rugió, embistiéndola con una fuerza sobrenatural. Elara gritó, el dolor agudo de la penetración rompiendo su inocencia, pero pronto mezclado con oleadas de placer forzado mientras él la llenaba por completo, su grosor estirándola hasta el límite. Sus embestidas eran implacables, profundas y rítmicas, cada una enviando ondas de éxtasis a través de su cuerpo traidor. Sus pechos rebotaban con cada golpe, y él los amasaba con rudeza, sus gemidos graves mezclándose con los gritos ahogados de ella.
El clímax de Gorath llegó como una tormenta, su semilla caliente inundándola en chorros potentes, marcándola como suya. La dejó caer al suelo de madera, exhausta y temblorosa, con el cuerpo cubierto de sudor y marcas de su posesión. Elara yacía allí, llorando en silencio, el calor residual de su unión latiendo en su interior.
Antes de que su padre regresara, Elara se recompuso con manos temblorosas. Limpió la cabaña, ocultando cualquier rastro de la violación, y se encerró en su cuarto para derramar lágrimas amargas sobre su almohada. Su padre llegó esa noche, encontrando todo en orden, sin sospechar el tormento de su hija.
Con el paso de las semanas, los síntomas aparecieron: náuseas matutinas, senos hinchados y sensibles, un vientre que comenzaba a abultarse sutilmente. Elara lo supo entonces: llevaba en su seno el fruto de aquel encuentro forzado, un recordatorio eterno del deseo inquebrantable del gigante