Capítulo 1: Un reinicio
No importaba si el aula estaba llena, no había ni un rostro conocido.
Carolina se detuvo en la puerta, respiró hondo antes de entrar.
Entró al aula asignada para ética profesional, con su mochila al hombro y los audífonos puestos. La música era lo suficientemente fuerte para ahogar el ruido de fondo, pero no demasiado para ensordecerla.
Odiaba esa sensación de estar atrapada en un ciclo sin fin.
Un año atrás, se había sentado en esas mismas sillas, con las mismas expectativas y la misma profesora que ahora escribía su nombre en la pizarra con un marcador desgastado.
Pero en aquel entonces, no cargaba con el peso de haber fallado.
Se movió entre los pupitres con la cabeza gacha, buscando un asiento libre. La mayoría de los estudiantes hablaban entre sí, formando pequeños grupos ya establecidos. Nadie conocía su nombre, ni la llamó para sentarse junto a ellos.
Tal vez era mejor así.
Encontró un lugar casi al fondo, junto a una chica que parecía tan fuera de lugar como ella. Cabello oscuro, expresión seria, la mirada perdida en el cuaderno donde hacía pequeños dibujos con lápiz.
Parecía alguien que preferiría estar en cualquier otro lado.
Carolina se dejó caer en la silla sin decir nada, sacó su libreta y trató de concentrarse en la voz de la profesora, pero su mente se desviaba constantemente.
Reprobó esa materia por culpa de Ester.
En realidad, por lo que vino después; las noches sin dormir, las mañanas en las que no podía levantarse de la cama, y el vacío que le hacía la existencia más pesada.
—¿Estás recursando? —preguntó de repente la chica a su lado.
Carolina parpadeó, sorprendida de que le hablara.
—¿Cómo lo sabes?
—Nunca te había visto en este grupo.
Un comentario inesperado, dicho con una voz suave, pero con un tono lo suficientemente seco como para hacerla sonreír por primera vez en todo el día.
—Sí —admitió Carolina— Mal año.
La chica asintió lentamente. No preguntó más, lo que fue un alivio.
—Soy Lila —se presentó con un gesto breve, casi como si no esperara que Carolina recordara su nombre después.
—Carolina, Caro, como quieras.
Lila asintió otra vez y volvió a su cuaderno.
La conversación murió ahí, pero la sensación de ser una extraña se había diluido un poco.
Instantes después la clase empezó, la profesora se presentó, explicó los objetivos del semestre, los criterios de evaluación y poco más.
Carolina empezaba a desconectarse cuando la voz de la profesora la trajo de vuelta a la realidad.
—Para esta actividad, van a trabajar en parejas con la persona que tienen al lado.
Un murmullo de quejas se extendió por el aula, seguido por el sonido de mochilas moviéndose y sillas arrastrándose.
La profesora ignoró el caos y siguió explicando
— Necesito que analicen estos casos y lleguen a una conclusión en conjunto. Tienen veinte minutos.
Carolina suspiró. No tenía ánimos de hacer ningún trabajo, pero al menos su pareja parecía tranquila. Miró a Lila, que apenas había reaccionado.
—Bueno, supongo que somos equipo —dijo Carolina.
Lila solo asintió, cerrando su cuaderno con calma.
Les pasaron una hoja con un caso para analizar.
Caso de estudio: Una empresa multinacional enfrenta un escándalo por prácticas laborales cuestionables en su producción en el extranjero. ¿Deben asumir responsabilidad total o parcial?
Carolina apenas la miró antes de girarse hacia Lila.
Lila exhaló suavemente, tomó la hoja y comenzó a leer con total concentración, sus ojos se movían rápido sobre el texto, como si estuviera escaneándolo en lugar de procesarlo.
Carolina la observó por un momento, notando los pequeños detalles: la forma en que apretaba el lápiz entre los dedos, el leve fruncimiento en su ceño cuando algo no tenía sentido.
Definitivamente no era el tipo de persona con la que solía juntarse.
—Okay —dijo Lila finalmente— El caso trata sobre…
Empezó a explicarlo con una claridad, pero Carolina perdió el hilo a los pocos segundos. Su cerebro se sentía lento, como si aún estuviera atrapado en la niebla densa que la había seguido los últimos meses.
—¿Estás bien? —preguntó Lila de repente.
Carolina parpadeó.
No estaba acostumbrada a que le preguntaran eso de forma tan directa, sin rodeos, sin la típica “¿todo bien?” dicha por compromiso.
—Sí, solo… —Se pasó una mano por la cara— Me cuesta concentrarme.
Lila asintió, sin preguntar más.
—Podemos dividirlo. Yo resumo la información, tú das tu opinión.
Carolina soltó una risa breve pero aceptó.
Lila explicó el caso con paciencia, sintetizando la información de manera metódica.
Carolina, por su parte, trató de poner algo de esfuerzo en seguirle el ritmo, aunque su cerebro todavía estaba a marcha lenta.
—Entonces, básicamente tenemos que decidir si la empresa actuó de manera ética o no —resumió Lila, anotando algo en su cuaderno.
—Pues depende —dijo Carolina, encogiéndose de hombros.
Lila la miró de reojo.
—¿Esa es tu contribución?
—Sí.
Lila presionó los labios como si estuviera decidiendo si tomarla en serio o no.
—Okay. ¿Depende de qué?
Carolina no esperaba que la hiciera pensar realmente. Se estiró en su asiento, mirando la hoja, luego a Lila.
—De la intención. Si hicieron algo malo sin querer, no es tan grave. Pero si sabían lo que estaban haciendo y lo hicieron igual… ahí cambia todo.
Lila asintió lentamente.
—¿Crees que la intención pesa más que el resultado?
—Obvio. Si alguien te pisa por accidente no es lo mismo que si lo hace a propósito.
—El daño sigue ahí.
Carolina ladeó la cabeza, estudiando a Lila con curiosidad.
—Eres de las que creen que “lo hecho, hecho está”, ¿no?
—Supongo.
—Qué fría
—Es lógico.
Carolina sonrió un poco. Encontraba divertida esa forma tan directa de responder.
—Okay, me pondré seria —dijo finalmente, enderezándose— Vamos a escribir que la empresa es una corporación maligna. Y que el karma los va a alcanzar.
—Voy a reformular eso para que no nos reprueben.
Carolina rió suavemente.
—Tal vez, pero no solo es la intención, también es beneficio. Si sabían lo que estaban haciendo y lo hicieron por dinero, ¿eso cambia tu punto de vista?
Carolina la miró, con una leve sonrisa en los labios. Supo que Lila de algún modo la estaba obligando a pensar. Lo estaba logrando.
—No lo sé… Me gusta simplificar.
Lila la observó por un instante, como si analizara esa respuesta. Luego asintió.
—Eso tiene más sentido que lo que decías de la intención.
Carolina bufó una risa.
—Bueno, entonces dime qué escribimos.
—Que las empresas solo se arrepienten cuando hay consecuencias.
—Eso sí suena realista.
Carolina apoyó el codo en la mesa y la barbilla sobre su mano mientras veía a Lila escribir con calma en su cuaderno dejando ver lo cuidadosa que era con su caligrafía.
—Eres de las que hace apuntes bonitos, ¿no? —preguntó, con una ligera sonrisa en los labios.
Lila no levantó la vista.
—Solo me gusta que sean legibles.
—Definitivamente eres la de los apuntes bonitos.
Lila soltó una exhalación breve, casi como una risa ahogada. No aclaró nada.
—Okay, ¿qué sigue? —preguntó Carolina, inclinándose un poco para ver lo que Lila había escrito.
—Ya anoté el problema y la cuestión ética. Ahora toca la conclusión.
—¿Conclusión? Fácil. “Las corporaciones son malas y todo el sistema es caca.”
Lila levantó una ceja.
—¿Así pasaste tus materias anteriores?
—Aunque no lo creas. —Dijo con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Lila no respondió de inmediato. En cambio, la miró por un segundo, con el ceño ligeramente fruncido.
Y por algún motivo, eso hizo que se le revolviera el estómago de una forma extraña.
Carolina desvió la mirada y se concentró en la hoja.
—Okay, ya en serio ¿Las empresas deberían asumir responsabilidad total o parcial? Yo digo que parcial.
—¿Por qué?
—Porque la responsabilidad completa implica que no hay factores externos, y muchas veces los hay. Aunque claro, eso no los hace inocentes.
Lila inclinó la cabeza levemente, pensando en su respuesta.
—Entonces… ¿la responsabilidad se diluye si hay más culpables?
—Más o menos, creo que no todo es blanco o negro.
—Pero si no es blanco y negro, entonces hay espacio para justificaciones. Y en ese caso, todo el mundo se lava las manos.
Carolina la miró de reojo, sonriendo.
—¿Siempre piensas en términos tan absolutos?
—La realidad no se puede suavizar.
Carolina se quedó en silencio por un momento, observando la forma en que Lila sostenía el lápiz, la manera en que su expresión apenas cambiaba cuando hablaba.
—Entonces, ¿qué escribimos?
—Que la empresa tuvo la responsabilidad completa, y se debe obligar a asumirla.
—Qué dura —Respondió Caro
—Es lo justo, y realista.
Carolina rió suavemente, y sin pensarlo, extendió la mano para tomar la hoja y leer.
—Déjame escribir algo para que al menos parezca que cooperé.
Lila parpadeó, sorprendida por el gesto, pero no dijo nada mientras Carolina tomaba su lápiz y anotaba algo en la hoja.
La actividad continuó sin mucha más discusión, pero de vez en cuando Lila hacía preguntas que la hacían pensar más de lo que le gustaría admitir. No solo sobre la tarea, sino sobre cómo veía el mundo en general.
Cuando la profesora indicó que era hora de compartir las conclusiones con el resto del grupo, Carolina se recargó en su silla y dejó a Lila exponer la conclusión final de la actividad.
Al final de la clase, mientras todos guardaban sus cosas, Carolina se estiró y miró a Lila.
—Gracias por salvarme.
Lila asintió, cerrando su cuaderno.
—Te debo una. —Añadió
Lila la miró por un segundo, como si estuviera evaluando algo en su cabeza.
—Nos vemos luego. —respondió, con voz lineal.
El sol de la tarde hacía arder el concreto a esa hora.
Se había aprendido de memoria las rutas alternativas para no pasar frente a la Facultad de Derecho, aunque eso significara una caminata más larga.
No quería pasar por ese lugar donde estaba su desgracia.
Ahí estaba la gente, los recuerdos, las noches esperando mensajes que nunca llegaban, las excusas que le había creído una y otra vez.
Todas las cosas que ahora evitaba con esmero.
Giró a la izquierda, cruzando por un parque que le sumaba diez minutos más a su trayecto.
Suspiró, sintiendo el peso de su mochila en la espalda. El día había sido largo, pero estaba por terminar.
Lo que no esperaba era encontrar a Lila caminando en la misma dirección.
Por un segundo, pensó que era coincidencia. Pero cuando las miradas se cruzaron y Lila la reconoció, Carolina supo que no estaba imaginando cosas.
—¿Me estás siguiendo? —bromeó Carolina, arqueando una ceja.
—No —respondió Lila, con su tono neutro de siempre.
Carolina sonrió. Definitivamente había algo en la forma en que Lila hablaba que la entretenía más de lo que debería.
—Entonces, ¿también vives en esta dirección o solo evitas algo?
Lila tardó unos segundos en responder.
—No me gusta caminar por donde hay tanta gente a esta hora.
Carolina no preguntó más, la respuesta le hacía sentido.
Caminaron en silencio unos metros, sin hablar.
—¿Siempre tomas esta ruta? —Preguntó Carolina, rompiendo el silencio.
—Depende del día.
—Bueno —dijo, metiendo las manos en los bolsillos— pues está bien, ¿no? Caminar por el parque es bonito, y así.
Lila no respondió, pero tampoco se alejó.
Caminaron juntas sin necesidad de decir mucho más.
El sonido del tráfico llenaba el aire mientras avanzaban en silencio. Cuando llegaron a una intersección, Lila se detuvo.
—Voy por aquí —dijo, señalando la calle que llevaba a la estación del Metrobús.
Carolina redujo el paso y la miró. Por un segundo, se dio cuenta de que no quería que la caminata terminara ahí.
—¿Te queda lejos? —preguntó, solo para llenar el vacío.
—No mucho.
Carolina pateó una piedrita en el suelo, sin saber por qué le costaba despedirse.
—Entonces, ¿nos vemos en la próxima clase?
Lila asintió despacio.
—Sí. —pronunció sin entusiasmo.
—Cuídate —dijo finalmente.
Lila inclinó la cabeza en un gesto breve, luego cruzó la calle con la misma calma con la que hacía todo.
Carolina la observó alejarse. No tenía por qué hacerlo, pero lo hizo.
Esperó hasta que Lila desapareció entre la gente antes de seguir su propio camino.
Tiempo después, llegó a su edificio y subió los escalones de dos en dos.
Su departamento era pequeño, con muebles desordenados y una pila de ropa en la esquina del sofá. No tenía energía para doblarla. No la había tenido por dos meses.
Arrojó su mochila sobre una silla y se dejó caer en la cama sin siquiera quitarse los zapatos.
El silencio del departamento era denso y pesado, tanto que le hacía pensar lo grande que se sentía para una sola persona.
A veces lo prefería así, y otras era asfixiante.