Me escapé del mundo por ti

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Summary

He´an era solo un personaje en una historia. Un alma atrapada en un ciclo infinito, un villano condenado a un trágico destino del cuál no podía escapar. Su vida era una farsa, dirigida por la fría lógica del mundo y el capricho de su Creador. Pero entonces, todo cambió. Conoció a alguien. Un hombre que, con un simple gesto, iluminó su eterna oscuridad y le enseñó el sabor amargo de la libertad. Impulsado por ese encuentro, He´an concibe un plan desesperado: romper sus cadenas, devorar su propia historia y escapar. Para lograrlo, forja un pacto con un Sistema, conviertiéndose en un Anfitrión y atravesando universos en busca de la fuerza suficiente para enfrentarse a los Creadores. Todo con el propósito de reunirse nuevamente con esa persona.

Genre
Lgbtq
Author
Liz Wilora
Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo (I)

He’an desconoce cuándo comenzó, cuándo sus ojos contemplaron la verdad, cuándo por fin descubrió cómo era el mundo en el que habitaba. La revelación no le trajo alivio ni seguridad; por el contrario, lo sumió en la desesperación, la tristeza y una ansiedad profunda, al comprender que era un simple pájaro atrapado en una jaula.

Durante años, había permanecido encerrado, pero nunca lo había notado. Creía gozar de una libertad que no era más que un espejismo, pero fue en ese momento cuando He’an comprendió lo verdaderamente doloroso de estar atrapado entre cuatro paredes. Uno no sufre del encierro hasta que toma conciencia de ello. El ave no lamenta no poder volar hasta que se percata de que puede hacerlo, pero su entorno no se lo permite.

Las pisadas resonaban en el suelo de madera viejo, mohoso y destrozado, que crujía como un violín desafinado, erizando la piel de quien lo escuchara. Huellas marcadas en el polvo y la suciedad delataban el camino recorrido entre la penumbra, sendero que resultaba monótono y solitario de transitar.

He’an ignoró el tétrico sonido, así como el entorno lúgubre que lo rodeaba: una mansión de cien habitaciones abandonada, a oscuras y en ruinas. Trozos del techo bloqueaban algunos pasillos, y la pintura de las paredes se había desprendido entre el revoque caído, dejando al descubierto los detalles tallados en madera y los adornos, que eran lo único agradable a la vista en medio de la decadencia.

—¡Aaaaaah!

Un grito desgarrador resonó por los pasillos. Desde la distancia, se percibía la desesperación de alguien que presionaba sus cuerdas vocales al máximo para emitir un aullido ensordecedor.

He’an enarcó las cejas, desconcertado. ¿No se supone que quien huye debe hacerlo en silencio? ¿Quizás este “intruso” era un completo idiota?, pensó.

Haciendo a un lado los mechones de cabello oscuro que obstaculizaban su visión, He’an dobló en una esquina. La luz de la luna entraba por las ventanas destrozadas, iluminando débilmente el largo pasillo que se extendía ante él. La oscuridad y la luz parecían luchar en un enfrentamiento en el que ya había un claro vencedor. La luz jamás podía triunfar en ese lugar. Era una mansión plagada de muerte, destrucción y pánico, donde los vivos entraban para ya nunca volver a salir.

He’an caminó hacia la puerta más cercana, sujetó el pomo oxidado y lo giró sin dudar. No necesitaba pensarlo demasiado para saber dónde se ocultaba la rata. Su respiración acelerada lo delataba; podía sentir su calor y escuchar el interminable latido de su corazón. Como un leopardo, podía ver a su presa en la oscuridad y acecharla con confianza y facilidad.

Así funcionaba este lugar: He’an era el vencedor, la oscuridad, mientras que ellos eran la presa, la luz, esperando ser devorados.

—Sal, no compliques más las cosas. Ya estoy aburrido de esto.

Una persona se acurrucaba en una esquina, temblando de miedo, con los ojos enrojecidos, húmedos y desorbitados. Su mirada reflejaba un temor que parecía a punto de devorar su interior, haciendo que su corazón latiera con mayor intensidad a medida que los segundos avanzaban. Su piel, tan pálida y sin un atisbo de rubor, le daba una apariencia cadavérica que reflejaba la profunda vulnerabilidad y desesperación que lo asfixiaba.

Unas botas negras avanzaron en dirección a aquel bulto. He’an se aproximó lentamente a la figura que temblaba con locura e imploraba por salvación.

—No, por favor. No quería esto. ¡Esto no es lo que me prometiste, sistema!

He’an sujetó su cuello. Sus dedos se aferraron con fuerza alrededor de la garganta del hombre. Percibió cómo sus pulsaciones aumentaban y la saliva descendía por su faringe, empujando la nuez de adán hacia su fría palma.

—¡No… no…!

Unos ojos grandes y vidriosos, llenos de pavor y con un atisbo de esperanza, estaban fijados en el rostro de He’an. Anhelaban la empatía de ese ser que parecía carecer de emociones, o que, al menos, no estaba seguro de tenerlas.

He’an sospechaba que todo lo que sentía y pensaba era producto del maldito mundo en el que se encontraba. Era un simple personaje creado por “Dios” y a merced de sus caprichos. Sus vivencias, desencuentros, ideas y emociones eran construcciones de alguien que lo observaba desde una posición mucho más elevada. Era un ave que repetía los trucos que su amo le había enseñado. ¿Podía considerar esas características como propias? Por supuesto que no.

Sus labios secos se separaron levemente, acentuando las grietas grabadas en los carnosos pliegues. El rostro impasible dio paso a una leve sonrisa.

—Por fin…, después de tanto tiempo, puedo llevar a cabo mi plan.

Sin dar tiempo a que sus palabras fueran procesadas, He’an estranguló al hombre, privándole de oxígeno y permitiendo que su corazón dejara de latir. Observó cómo su piel adquirió un tono azulado y sus ojos parecían desaparecer en la oscuridad, como si fueran tragados por las sombras.

Dejó caer el cuerpo sin vida y la madera crujió al recibir el impacto de un objeto pesado.

En ese instante, He’an activó su poder. Un humo grisáceo se expandió a su alrededor, formando una neblina que rodeó la habitación.

—Sal, ¿o prefieres que te devore directamente?

Una bola de pelos rosada con orejas de gato y cola, extremidades pequeñas y esponjosas, apareció junto al cadáver. He’an la observó con atención, sin bajar la guardia ni por un segundo. Había esperado por este momento durante décadas y no podía permitirse un descuido que le arrebatara tan ansiada oportunidad.

Los ojos azulados del ser se posaron en He’an. A simple vista, parecía un animal inofensivo, una especie de gato que podía cautivar a cualquiera con tan solo un suave movimiento de cabeza. Pero He’an podía sentirlo. Era un lobo con piel de cordero, una entidad peculiar, poderosa, perspicaz y vengativa. Su mirada buscaba leer su corazón, con el único objetivo de encontrar una mínima debilidad con la que manipularlo.

He’an sonrió. Le agradaba su actitud. No necesitaba un enemigo oculto, sino alguien que lo enfrentara desde el principio.

—Eres un sistema, ¿verdad?

—¿Cómo conoces a los de mi tipo? Atacaste a mi anfitrión como si supieras que no es de este mundo —preguntó el extraño ser.

He’an se inclinó más cerca de la bola de pelos rosada. Su rostro se acercó lo suficiente como para sentir el calor que emanaba de su presencia.

—Llevo décadas esperando que un intruso vuelva a aparecer.

—¿“Intruso”? Le has puesto un nombre interesante a los anfitriones. Sin duda, eres una existencia especial y fascinante —afirmó el sistema, que no dejaba de analizar a He’an, tratando de determinar hasta qué punto seguía siendo un personaje.

El universo estaba compuesto por millones de mundos, cada uno con sus peculiaridades y reglas que lo hacían único. En algunos podía prevalecer la magia y en otros ni siquiera habían descubierto el fuego. Sin embargo, algo que todos compartían sin excepción era su capacidad de retroceder. Los mundos se componían de un inicio, un desarrollo y un final bien definidos. Eran historias que alguien había escrito y no podían ser alteradas de ninguna forma, al menos no por sus personajes. Cuando una historia llegaba a su final, no le aguardaba una continuación o un volumen parte dos. El mundo simplemente retrocedía en el tiempo y empezaba de cero, repitiendo una y otra vez acontecimientos y diálogos, hasta que dejaba de existir por cuenta propia.

Lo que He’an llamaba “intrusos” eran personas que no se podían considerar personajes en sí mismos. Ocupaban el cuerpo de uno, pero su destino no estaba determinado por las reglas del mundo. Eran capaces de hacer y deshacer a su antojo, siempre y cuando siguieran las órdenes de sus creadores.

He’an lo sabía muy bien. Tiempo atrás, había conocido a un intruso que cambió su vida, lo salvó de su trágico destino y le dio la oportunidad de vivir con alegría y libertad por una vez. Él anhelaba volver a ese rincón de luz y esperanza. Deseaba reencontrarse con esa persona, que había sido un intruso en su mundo y en su corazón.

—Dime, ser de esta historia de terror, ¿qué buscas al matar a mi anfitrión e invocarme? ¿Cuál es tu plan? Porque, por lo que puedo ver, tienes una idea en mente.

—Así es, Rosita —respondió con burla He’an.

El pelaje de la bola de pelos se erizó. Su mirada cambió, mostrando claramente su enojo ante esas palabras.

—¿“Rosita”? Hazme el favor y guárdate tus apodos. Mi nombre es más grandioso que ese.

He’an extendió la mano hacia el sistema. Pese a su resistencia, lo sujetó con firmeza. Sus largos y delgados dedos lo envolvieron como si fuesen barrotes.

—Sácame de aquí —pronunció con emoción y, quizás, sin darse cuenta, un leve atisbo de desesperación.