El Secreto De La Maestra Sexy by Tato: Relatos Impuros. at Inkitt
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El Secreto De La Maestra Sexy

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Summary

Pammela, una profesora de 40 años, reprimida y ninfómana, llega a un nuevo instituto. Rodeada de alumnos jóvenes y apasionados, cae en una espiral de lujuria y secretos, explorando perversiones que la atan a ellos en un juego peligroso sin final a la vista.

Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
4.8 4 reviews
Age Rating
18+

Capitulo 1

Caminé hacia la entrada de la escuela público. El aire tenía un olor particular, una mezcla de hormigón, tierra húmeda y la promesa de un nuevo año. 

Mis tacones resonaban contra el piso con un ritmo deliberado, firme. Clac, clac, clac.

Cada paso era un golpe de realidad.

Cuarenta años. Aquí estaba, empezando de nuevo en una ciudad donde nadie conocía mi nombre, mi historia ni mis antecedentes.

Miré mi reflejo en el vidrio de una de las puertas de un salon.

Me vi. Una mujer madura, con la piel blanca contrastando con el cabello negro, largo y liso.

Mis ojos grises escanearon el entorno con una mezcla de curiosidad y depredación.

Era irónico. A esta edad, la sociedad esperaba que yo fuera una abuela sentada tejiendo, con la familia feliz, el esposo aburrido y una camada de hijos y nietos corriendo a mi alrededor.

Pero yo no estaba hecha para eso. Mi cuerpo lo gritaba.

Mis tetas grandes y firmes empujaban contra la tela de mi vestido, reclamando espacio y atención.

Sentí el roce de la tela en mis pezones, sensibles al más leve contacto, como dos centinelas siempre alertas.

La cintura pequeña acentuaba la curva de mis caderas anchas, diseñadas para ser agarradas con fuerza.

Y mi trasero... ese trasero redondo, gordo y firme que oscillaba con cada paso que daba, una bandera de guerra para cualquiera que se atreviera a mirar.

No era un cuerpo hecho para crochet ni para meriendas; era un cuerpo hecho para el pecado, para el uso y para el abuso.

Entré al corredor principal. El lugar estaba lleno de vida.

Había grupos de estudiantes en los jardines, bajo árboles frondosos que daban sombra a sus conversaciones y secretos.

Me observaron al pasar. Sus miradas eran una mezcla de curiosidad, sorpresa y lujuria desenfrenada.

Sentí sus ojos clavados en mis piernas, en mi pecho, en mi figura completa que desafiaba el estándar de una maestra convencional.

—Buenos días —saludé a un grupo de chicos que se quedaron en shock al verme pasar.

—Bu-buenos días, profesora —respondió uno de ellos, tartamudeando, con los ojos fijos en mi.

Pasé por las aulas vacías, oliendo el encerado y el polvo viejo. Todo estaba limpio, ordenado.

Me detuve frente a la ventana de mi salón de clases asignado.

El nombre “Pammela Anderson” estaba escrito con plumón sobre un trozo de cinta adhesiva en la puerta.

—Pammela —susurré para mí misma, sintiendo un escalofrío recorrerme la columna vertebral al escuchar mi propio nombre en el silencio del pasillo.

—Eres una diosa en un mundo de hormigas. No necesitas una familia feliz para estar completa.

—Tienes tu vocación, tienes tu autoridad... y tienes un hambre que ninguna casa ni esposo podría saciar.

Miré hacia afuera, a los jardines bien cuidados donde los estudiantes interactuaban.

Me sentí omnipotente.

Había venido a enseñar ciencias sociales y matemática a ese lugar.

—Aquí nadie me conoce —me dije, ajustándome el vestido para resaltar más mis formas.

—Puedo ser quien quiera. La profesora intachable de día, y la mujer insaciable de noche. Mejor así.

Una familia sería una cadena, y yo nací para ser libre y devorar todo lo que se cruce en mi camino.

El salón de clases estaba en un silencio absoluto, un vacío perfecto que esperaba ser llenado por el caos de la juventud.

Cerré la puerta tras de mí. El sonido metálico del cierre resonó con fuerza.

Caminé hasta el escritorio, una isla de madera gastada en medio del cuarto.

Apoyé mis manos sobre la superficie fría y dejé caer mi bolsa.

Me mantuve firme en mi postura: no había venido a cazar. No había venido a este instituto para convertir el aula en mi lecho.

Esa no era la intención. Pero el instinto es un animal que no entiende de intenciones, solo de estímulos.

Me situé frente al pizarrón, de pie, con las piernas ligeramente pegadas.

Sentí el peso de mis propias tetas al respirar, una masa cálida y pesada que se expandía con cada inhalación.

Mis labios rosados se humedecieron solos.

Minutos después, el silencio se rompió.

El primero en cruzar el umbral fue Milo (según leí en su uniforme).

Un chico alto, cabello negro y despeinado.

Alzó la vista y sus ojos se encontraron con los míos.

Sonrió con una amabilidad inocente, pero mi cerebro ya estaba desarmándolo.

Vi sus hombros anchos bajo la camisa, la fuerza latente en su cuello.

Un calambre sutil y repentino agitó las paredes de mi vagina. No lo busqué, solo sucedió.

—Hola —dijo él, dejando su mochila en un escritorio cercano.

—Hola bienvenido —respondí, controlando el temblor en mi voz.

Detrás de él llegó una tormenta de energía física. Ivan, Leo y Alan (según sus uniformes)

Los tres olían a sudor, a testosterona pura y a canchas de básquetbol recién pintadas.

Eran torres de músculos jóvenes, moviéndose con una arrogancia despreocupada.

Ivan pasó a mi lado y me miró de reojo.

Sentí cómo mi trasero se contraía instintivamente, cómo la sangre bajaba hacia mi coño.

La imagen de esas tres bestias jovenes desbocándose sobre mi cruzó por mi mente como un rayo.

¿Sería capaz de soportarlos? Mi vagina latió una vez, fuerte y húmeda, respondiendo a la pregunta antes de que yo pudiera formarla.

—¡La nueva profe! —gritó Leo, lanzándose a una silla.

Luego entró Kai.

Era un contraste total. Bajo, pálido, piel blanca que parecía no haber visto el sol.

Usaba anteojos y tenía rulos cobrizos que caían sobre su frente.

Se deslizó hacia un escritorio en la primera fila, casi arrastrando los pies.

—Buen... buenos días —balbuceó, sin atreverse a sostener mi mirada.

Su timidez era un afrodisíaco para mi mente retorcida.

Imaginé esa inocencia rota, esas manos temblando al tocar una piel madura como la mía.

Mi vagina empezó a latir con un ritmo acompasado, una pequeña bomba dentro de mi.

Finalmente, el ejército femenino.

Cinco chicas entraron juntas, como un enjambre.

Todas llevaban el mismo labial rojo carmesí, una marca de manada.

Rieron y se acomodaron al fondo, ocupando el espacio con sus perfumes dulces y sus risas.

Las observé. Eran frescas, tersas.

Me sentí como una carnívora observando a las presas más jóvenes, aunque mi apetito tenía otros sabores predominantes en ese momento.

Cuando todos estuvieron sentados, el caos se asentó en un murmullo bajo.

El timbre sonó, un grito eléctrico que marcó el inicio oficial.

Me enderecé, sintiendo la tela del vestido tensarse sobre mi cuerpo.

Silencio absoluto cayó sobre el cuarto.

—Buenos días a todos —empecé, con una voz profunda y clara que dominaba la habitación.

—Mi nombre es Pammela Anderson, y seré su profesora de ciencias sociales y matemática para este año.

Me paseé frente al escritorio, dejando que vieran cómo se movían mis caderas.

—Vamos a analizar la sociedad, la estructura de poder, la historia y la psicología de las masas.

—Para matemática aprenderán álgebra, geometría...

—Mi método de trabajo es directo. Exijo respeto, exijo atención y exijo que piensen por sí mismos.

—A cambio, yo les daré todo lo que tengo. Mi conocimiento, mi experiencia y mi tiempo.

La mirada de Ivan recorrió mi cuerpo.

Noté cómo se ajustaba los pantalones.

Mi clítoris palpito contra la tela de mi ropa interior, húmedo y sensible.

Me mordí el labio inferior, sintiendo el sabor de mi propia sangre bajo la piel.

—¿Alguna pregunta antes de que arranquemos con la realidad? —pregunté, desafiándolos con los ojos.

—¿O están listos para que se les caiga el mundito encima?

.......... Unos minutos más tarde .......

Me aclaré la garganta y fijé mi mirada en el grupo de adolescentes frente a mí.

—La asignación de hoy es sencilla —dije, escribiendo en el pizarrón con letras grandes y cursivas.

—Quiero un ensayo de dos cuartillas sobre cómo la sociedad moderna influye en la psicología individual.

Justo cuando iba a dar las instrucciones finales, la puerta se abrió de golpe.

Una pareja entró jadeando, con el pelo despeinado y el uniforme arrugado.

—Lo sentimos profe, es que... —empezó el chico, un muchacho alto de pelo rebelde.

—Perdón, perdimos la noción del tiempo... —terminó ella, una rubia de piel clara y pecho prominente.

Al bajar la vista a la chica, mis ojos se clavaron en su comisura labial.

Allí, justo en la esquina de su boca, había una pequeña mancha blanquecina, seca y brillante.

Semen seco.

Lo reconocí al instante. Había probado ese sabor miles de veces, había visto esa textura en mis propios espejos.

No hubo juicio en mi mente, solo una conexión espectral de lujuria.

Se la habían acabado de echar, quizás en el baño, o en algún rincón oscuro del pasillo.

Una sonrisa torcida se dibujó en mi boca, casi imperceptible.

—Pasen —dije con voz suave, sin apartar la mirada del rastro seco en la cara de la alumna.

—Tienen suerte de que sea paciente.

—Gracias, profe —dijeron al unísono, corriendo hacia los pupitres vacíos al fondo del salón.

Continué con la clase, explicando la teoría de sistemas, pero mi mente estaba divagando.

Imaginé el momento exacto en que la chica sintió el calor del chico explotando en su lengua.

Sentí un hormigueo en mis propios labios, un eco del placer ajeno.

El timbre sonó, liberándolos del encierro.

El murmullo de sillas arrastrándose y mochilas cerrándose llenó el cuarto.

—Recuerden, ensayo para el próximo lunes —dije alzando la voz sobre el ruido.

—Y los veré más tarde para Matemáticas.

—¡Adiós profe! —gritaron varios al salir por la puerta.

Me senté en la silla del escritorio, exhalando un aire que no sabía que estaba reteniendo.

El asiento era duro y frío, lo que refrescó un poco el fuego que ardía entre mis piernas.

Abrí mi libreta de anotaciones y empecé a garabatear, pero mi mente seguía en la vida sexual de mis alumnos.

La mayoría ya había salido, pero una figura permanecía de pie frente a mi escritorio.

Ivan.

El jugador de básquetbol se quedó allí, de pie, con las manos en los bolsillos y una sonrisa traviesa en la cara.

—¿No tienes clase a la que ir, Ivan? —pregunté sin levantar la vista de mis notas, aunque sentía su presencia como una tormenta aproximándose.

—Nah, tengo hora libre —respondió con una calma que bordeaba la arrogancia.

—Además, quería hablar un poco con la nueva profesora.

Levanté la vista.

Era impresionante. Alto, fornido, con una energía viril que emanaba de sus poros.

—¿Sobre qué? —pregunté con tono seco.

—Sobre usted —dijo él, acercándose un poco más al escritorio.

—Es muy... diferente a las otros profes.

Mi vagina pulsó.

La imagen de sus manos grandes recorriendo mi cuerpo me invadió la mente.

Aquí no hay caza, Pammela. No eres una perra en celo.

—Ivan —dije con voz firme, poniendo una barrera invisible entre nosotros.

—Aquí yo soy tu profesora, y se trata de respeto.

—Sí, ya sé —respondió él, sin inmutarse.

—Pero hay algo en su mirada.

Recorrió mi cuerpo con la mirada, deteniéndose un segundo extra en mi pecho.

—¿Crees que me voy a intimidar por unas miradas? —pregunté, sintiendo cómo mi coño se humedecía cada vez más, una traición de mi propio cuerpo.

—No, profe. No creo que se intimide de nada —dijo, acercándose aún más.

—Creo que le gusta la atención.

—Ivan, te pido que te vayas —dije, cerrando mi libreta con un golpe seco.

—Es una orden.

El chico se quedó quieto por un segundo, evaluándome.

—Como desee, profe —dijo al fin, con una sonrisa de satisfacción.

—Solo quería presentarme oficialmente. Nos vemos en Matemáticas.

Se giró y salió del salón, dejando un olor a testosterona y adrenalina en el aire.

Me quedé sentada, sola en el silencio del salón.

Metí la mano bajo el escritorio, invisible para cualquiera que pudiera entrar. Subí un poco el vestido.

Mis dedos rozaron la tela húmeda de mi tanga.

—Mierda... —susurré, sintiendo el calor que emanaba de mi entrepierna.

—Ese hijo de puta me tiene caliente.

Me levanté de la silla con un movimiento fluido, intentando disimular el temblor en mis piernas.

La necesidad de aire fresco era urgente; el olor a tiza y hormigón se estaba mezclando con el aroma ácido de mi propia excitación, una mezcla peligrosa que me nublaba el juicio.

Caminé hacia la puerta, pero justo al cruzar el marco, una sombra se alargó sobre mí, bloqueando la luz del pasillo.

Mi carrera se detuvo en seco.

Era alto, mucho más que yo. Una pared de huesos y actitud hostil.

Lo primero que golpeó mis sentidos no fue su presencia física, sino su olor.

Apesta.

Olor a cigarro barato, a humo grasiento de marihuana y a cerveza, ese olor agrio que se pega a la ropa y al aliento de quien ha estado bebiendo desde el amanecer.

Mis ojos grises escanearon su cara buscando un rasgo de humanidad, pero solo encontraron peligro.

Una cicatriz atravesaba su ceja izquierda, dividiendo su piel como un mapa de guerra mal cicatrizado.

Me miró con descaro absoluto. Sus pupilas eran pozos oscuros, evaluándome como si fuera carne en una vitrina.

Su mirada bajó de mis ojos a mi cuello, se posó en mi vestido que intentaba contener mis tetas grandes y firmes, y luego bajó lentamente hasta mis caderas.

Se paró frente a mí, invadiendo mi espacio personal.

—¿Eres la nueva maestra? —preguntó con una voz ronca, cargada de un desprecio líquido.

Su aliento me dio en la cara. Controlé el impulso de cubrirme la nariz.

—Sí, soy yo —respondí, manteniendo mi voz plana y fría, sin darle el gusto de verme afectada.

—¿Necesitas ayuda? ¿Quieres algo?

No me moví. En las escuelas públicas, mostrar miedo es invitarles a que te destrocen. Mejor tratar con indiferencia a este tipo de jóvenes que con dialogo; era una cuestión de seguridad.

El chico se rió, un sonido gutural y seco.

—Nada, solo curiosidad. Se ve diferente a las viejas que nos ponen normalmente.

Se acercó un centímetro más. Pude ver las venas de su cuello pulsando.

—Se ve... sabrosa.

Las palabras colgaron en el aire, sucias y directas.

Sentí un pinchazo eléctrico en el bajo vientre. No era miedo. Era ese maldito instinto animal que no sabía distinguir entre una amenaza y un macho alfa marcando territorio.

Mi vagina, todavía humedecida por el encuentro con Ivan, dio un pequeño espasmo ante esa agresión.

Me mordí la mejilla por dentro.

Este no era un estudiante con quien uno coquetea. Este era un problema con piernas.

—Si no necesitas ayuda entonces me voy. —le dije con frialdad, poniendo toda la autoridad que me quedaba en la mirada.

—Tengo cosas que hacer.

Intenté pasar a su lado, caminando con paso firme, sin bajar la cabeza.

Pero él no se movió.

Mis hombros rozaron su pecho. La temperatura que su cuerpo emanaba a través de su ropa sucia.

Justo cuando creía que iba a dejarme ir, una mano se alzó lentamente a mi lado, bloqueándome el camino sin tocarme, solo cerrando el paso.

—Perdón —dijo, pero su tono no tenía ni un ápice de arrepentimiento. Era una burla grotesca.

—Disculpe... maestra.

Alargó la palabra “maestra”, masticándola como si fuera un insulto.

—Es que falté a tu clase.¿No soy un mal alumno?

Se rió de nuevo, disfrutando de su propio chiste malintencionado.

—Tengo entendido que a los alumnos malos como yo los ponen en...

No lo deje terminas; lo interrumpi con firmeza.

—Si tienes algo que decir, escríbelo en una hoja y entrégamela en la próxima clase —lo corté de raíz, clavándo mis ojos grises en los suyos.

—Ahora, apártate.

Nos quedamos allí, en un estancamiento de voluntades.

El olor a marihuana me envolvió, denso y pesado.

Una parte de mi cerebro, la parte primitiva y oscura, imaginó qué se sentiría tener esa fuerza bruta usada contra mí.

Mi coño latía al ritmo de mi corazón acelerado, traicionero y hambriento.

—Vaya, qué dura —susurró él, finalmente bajando la mano y dándome paso, pero no sin pasarse la lengua por los labios con lentitud.

—Hasta luego, maestra sabrosa.

Lo dejé atrás sin girar la cabeza, pero mis sentidos quedaron prendidos.

Dios, qué mierda. ¿En qué clase de pantano me acaba de meter?

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