CapĂtulo 1
El Chico del LĂĄpizï»ż
El edificio de la facultad de Artes de SeĂșl se alzaba frente a Jeon Jungkook como una fortaleza imponente de cristal y hormigĂłn. Los ventanales reflejaban el cielo nublado de marzo y, por un momento, el chico deseĂł ser ese reflejo: algo casi invisible, que nadie pudiera señalar. Algo que existiera pero no ocupara espacio, que pudiera deslizarse por las rendijas sin que nadie lo notara.
Llevaba toda la vida intentando ser invisible. Hasta ahora, con veintiĂșn años, aĂșn no habĂa descubierto cĂłmo.
ApretĂł la correa de su mochila contra el pecho, como si fuera un escudo. Dentro llevaba sus cuadernos de dibujo, sus lĂĄpices bien afilados, su goma de borrar, y un estuche negro que su madre le habĂa regalado el dĂa anterior con una nota que decĂa:Para que llenes de arte este nuevo comienzo.
â Puedes hacer esto â susurrĂł para sĂ mismo, aunque el nudo en su estĂłmago pesaba mĂĄs que todas las pertenencias que cargaba â. Es una escuela nueva. Nadie te conoce. Nadie sabe nada.
Esa era precisamente la parte aterradora.
En su antigua facultad, la gente lo conocĂa. Lo conocĂan demasiado bien. SabĂan que siempre se sentaba en la Ășltima fila, que nunca levantaba la mano en clase aunque supiera las respuestas, que durante el recreo se refugiaba en la biblioteca o detrĂĄs del gimnasio con su cuaderno de bocetos. SabĂan que cuando alguien le hablaba, tardaba tres segundos en responder porque estaba demasiado ocupado sobrepensando quĂ© decir. SabĂan que se sonrojaba con facilidad, que tropezaba con sus propios pies, que cuando alguien le hacĂa un cumplido no sabĂa si era sincero o una broma.
Y por eso, porque lo conocĂan tan bien, tambiĂ©n sabĂan exactamente dĂłnde golpear.
Cada vez que entraba a un lugar nuevo, sentĂa que llevaba un cartel invisible colgado en la espalda. Un cartel que decĂa cosas como âel raroâ, âel calladoâ, âel que siempre estĂĄ dibujando en lugar de hablar con personas realesâ. En su antigua facultad, ese cartel habĂa evolucionado a versiones mĂĄs crueles con el tiempo. Versiones que dolĂan mĂĄs porque venĂan disfrazadas de bromas, de âes que solo bromeamos, Jungkook, no te lo tomes tan en serioâ.
Pero él siempre se lo tomaba en serio. Siempre.
Recordaba cada palabra. Cada risa ahogada a sus espaldas. Cada vez que entraba al comedor y el murmullo cambiaba de tono. Cada vez que alguien âaccidentalmente" chocaba con Ă©l y sus papeles volaban por los aires, y luego decĂan âuy, perdĂłn, no te habĂa visto, es que eres tan... pequeñoâ.
Pequeño. Esa era otra. No era para nada bajo, pero lo hacĂan sentir como si lo fuera. Como si ocupar menos espacio fĂsico significara que tambiĂ©n debĂa ocupar menos espacio en el mundo.
â Vamos â se ordenĂł, y puso un pie dentro del edificio.
El cambio fue inmediato.
El pasillo principal era un caos hermoso.
Jungkook se quedĂł paralizado en la entrada, los ojos abriĂ©ndose de para en par mientras intentaba procesar la sobrecarga sensorial. Estudiantes de todos los departamentos cruzaban en todas direcciones: bailarines, mĂșsicos con estuches de instrumentos a la espalda que tintineaban con cada paso, actores que ensayaban monĂłlogos en voz baja como si estuvieran sobre un escenario en lugar de en medio de un pasillo abarrotado.
Las paredes estaban cubiertas de carteles de exposiciones pasadas, fotografĂas en blanco y negro, bocetos al carboncillo enmarcados bajo cristal. Algunos eran tĂ©cnicamente impresionantes. Otros eran experimentalmente extraños.
Jungkook se sintiĂł diminuto.
ComenzĂł a caminar lentamente, deslizĂĄndose por los bordes del pasillo como si temiera que alguien pudiera chocar con Ă©l y descubrir que en realidad era un fraude, que sus dibujos no eran lo suficientemente buenos, que alguien habĂa cometido un error al admitirlo en este lugar.
Lamentablemente todo eso pensaba el.
Se detuvo a mirar uno de los bocetos enmarcados. Era un rostro femenino, incompleto, solo los ojos terminados con una precisiĂłn que le helĂł la sangre. No eran unos ojos cualquiera. Eran ojos que miraban. Que veĂan. Que juzgaban. La tĂ©cnica era impecable: el sombreado, el brillo en la cĂłrnea, la diminuta red de lĂneas que formaban el iris. Pero lo que realmente impresionaba era la expresiĂłn.
â ÂżEstĂĄs perdido?
La voz llegĂł desde algĂșn lugar a su derecha, y Jungkook se sobresaltĂł tanto que la libreta donde llevaba su horario resbalĂł de sus manos y cayĂł al suelo con un golpe sordo que resonĂł en el pasillo como un disparo.
Varias personas giraron la cabeza.
Jungkook sintiĂł que su cara ardĂa.
â ÂĄLo siento! â exclamĂł antes siquiera de levantar la vista, agachĂĄndose frenĂ©ticamente para recoger la libreta_â . Lo siento mucho, no querĂa...
â ÂżPor quĂ© pides perdĂłn? â la voz era amable, con un dejo de diversiĂłn genuinaâ . El que asustĂł fui yo. Bueno, soy un desastre cuando conozco gente nueva.
Jungkook finalmente levantĂł la cabeza, sus manos todavĂa aferradas a la libreta como si fuera un salvavidas.
Y el mundo se detuvo.
El chico que tenĂa enfrente parecĂa sacado de una de esas fotografĂas en blanco y negro de las paredes, pero a color. Y quĂ© colores.
Piel un poco dorada por algĂșn sol que Jungkook no habĂa visto en marzo, un sol que parecĂa vivir dentro de Ă©l en lugar de venir de fuera. Ojos oscuros y rasgados que sonreĂan incluso antes que su boca, arqueados en esa forma particular que tienen los ojos de la gente que rĂe mucho. Una nariz perfecta, labios gruesos con el inferior ligeramente mĂĄs prominente, y una sonrisa.
Dios, esa sonrisa.
Era amplia, sincera, tan brillante que Jungkook sintiĂł la necesidad instintiva de entrecerrar los ojos, como si estuviera mirando directamente al sol. Llegaba hasta los ojos, hasta las mejillas, hasta algĂșn lugar profundo que Jungkook no sabĂa que existĂa.
Llevaba una cĂĄmara colgada al cuello, la sujetaba con una mano mientras con la otra se rascaba la nuca, un gesto que delataba que, a pesar de su aparente seguridad, tambiĂ©n podĂa sentirse ligeramente incĂłmodo.
â ÂżHola? â el chico inclinĂł la cabeza, divertido â . ÂżSeguro que estĂĄs bien? ÂżQuieres que llame a alguien? ÂżA un mĂ©dico? ÂżUn chamĂĄn? Porque tienes cara de haber visto un fantasma, pero no creo que sea tan feo como para asustar tanto.
Jungkook parpadeĂł. Tres veces.
Su cerebro estaba procesando informaciĂłn a la velocidad de un computador de los años noventa. TenĂa que responder. Las personas normales respondĂan cuando les hablaban. Pero su boca parecĂa haber olvidado cĂłmo funcionaba.
â Yo... â su voz sonĂł como un graznido, algo entre una rana y una puerta oxidada â. No. Estoy bien. Solo... solo buscaba...
Se dio cuenta con horror de que algunas hojas sueltas habĂan salido de la libreta y estaban regadas a su alrededor como pĂ©talos de papel: el horario impreso, un par de bocetos rĂĄpidos que habĂa hecho en el metro. Junto a ellas, un lĂĄpiz habĂa rodado hasta quedar detenido contra el zapato del chico.
Se agachĂł a recogerlo todo con movimientos torpes, y en el proceso, en el proceso mĂĄs torpe de la historia, golpeĂł su cabeza contra la rodilla del chico, que tambiĂ©n se habĂa agachado para ayudarlo.
El impacto fue limpio. Su crĂĄneo contra su rĂłtula. Un sonido hueco y hĂșmedo.
â ÂĄAuch! â exclamaron al unĂsono.
Jungkook querĂa morirse. AllĂ mismo. Que el suelo de mĂĄrmol se abriera y se lo tragara, como en las pelĂculas, como en los dibujos animados donde el personaje desaparece y solo queda un agujero con forma de persona. QuerĂa no existir.
Pero el suelo no se abriĂł, y el chico de la sonrisa imposible estaba frotĂĄndose la rodilla mientras se reĂa.
No una risa cortĂ©s, de esas que la gente usa para suavizar momentos incĂłmodos. Una risa de verdad, profunda, que salĂa del estĂłmago y le hacĂa temblar los hombros. Una risa contagiosa, de esas que dan ganas de reĂrse tambiĂ©n aunque no sepas muy bien de quĂ©.
â Eres un peligro â dijo, pero no sonaba enojado. Sonaba encantado, como si Jungkook fuera el descubrimiento mĂĄs interesante que habĂa hecho en semanas â . ÂżSiempre eres asĂ o hoy es un dĂa especial?
â Siempre â admitiĂł Jungkook, y luego se odiĂł por ser tan honesto. ÂżPor quĂ© no podĂa mentir? ÂżPor quĂ© no podĂa decir âno, es que hoy estoy especialmente torpe porque no dormĂ bienâ? Pero no. Su cerebro habĂa decidido que la Ășnica respuesta posible era la verdad absoluta y humillante.
El chico se riĂł mĂĄs fuerte, y el sonido hizo que varios estudiantes giraran la cabeza hacia ellos. Jungkook notĂł cĂłmo algunas personas sonreĂan al verlo, cĂłmo otros saludaban con la mano. Una chica de cabello azul le hizo un gesto desde lejos. Un grupo de bailarines corearon su nombre: âÂĄTaehyuuung!â. Ăl respondiĂł con un saludo rĂĄpido, una onda con la mano que parecĂa contener todo su carisma en un solo movimiento.
Este chico era popular. Era obvio. TenĂa esa clase de presencia que atraĂa miradas sin esfuerzo, esa energĂa magnĂ©tica que hacĂa que la gente quisiera estar cerca de Ă©l. Jungkook conocĂa el tipo. En su antigua escuela, los populares lo ignoraban o lo señalaban. Nunca sabĂa cuĂĄl era peor.
Pero este chico, Taehyung, no lo ignoraba. Lo miraba. Y no como se mira a un bicho raro, sino como se mira a alguien interesante.
â Bien.. â Taehyung se puso de pie con una agilidad que Jungkook envidiaba profundamente y le tendiĂł una mano para ayudarlo a levantarse â . Soy Kim Taehyung, departamento de fotografĂa, segundo año. Y tĂș eres...
Jungkook tomĂł la mano. La palma era cĂĄlida y firme, y por un momento se preguntĂł si Taehyung notarĂa el temblor apenas perceptible en sus dedos.
â Jeon Jungkook. Primer año. Dibujo e ilustraciĂłn.
â Ya decĂa yo que tenĂas cara de artista â Taehyung no soltaba su mano. QuizĂĄs no se daba cuenta. QuizĂĄs Jungkook tampoco querĂa soltarla â Tienes los dedos manchados de grafito. Eso es una señal obvia. Como las manchas de pintura en los pintores, o las callosidades en los guitarristas. Los artistas dejamos rastros.
Jungkook mirĂł sus dedos. TenĂa razĂłn. Por mucho que se lavara, siempre habĂa una lĂnea grisĂĄcea difuminada en la yema del Ăndice, una mancha en el lateral de la mano donde apoyaba el carboncillo. Su madre decĂa que era imposible, que se lavaba las manos diez veces al dĂa, pero el grafito siempre volvĂa.
Era como si el dibujo fuera parte de él, literalmente.
â ÂżY tĂș cĂłmo supiste que estaba perdido â preguntĂł, recuperando lentamente la capacidad de formar oraciones completas.
â Porque tienes esa mirada â Taehyung señalĂł sus propios ojos con dos dedos, luego apuntĂł a Jungkook â La de âno sĂ© a dĂłnde voy pero finjo que sĂâ. La tengo muy entrenada, la uso todos los dĂas. Bueno, todos los dĂas no, porque yo nunca sĂ© a dĂłnde voy, pero finjo que sĂ. Es agotador, la verdad.
Hizo una pausa dramĂĄtica.
â Es broma. Bueno, no del todo. Pero sĂ, esa mirada la conozco bien. AdemĂĄs, llevas diez minutos frente al mismo boceto y no has avanzado ni un metro hacia ningĂșn sitio. Llevo observĂĄndote desde la fuente.
Jungkook sintiĂł que el calor volvĂa a sus mejillas.
â ÂżMe estabas observando?
â Era una observaciĂłn artĂstica â Taehyung se llevĂł una mano al pecho con fingida dignidad â. Los fotĂłgrafos observamos. Es nuestro trabajo. TĂș eras parte del paisaje. Un paisaje muy bonito, por cierto. Muy... estĂĄtico. Como una estatua. Una estatua que de repente se asusto mucho.
Jungkook no supo si sentirse halagado o avergonzado. DecidiĂł sentirse las dos cosas a la vez, una habilidad que habĂa perfeccionado con los años.
â Buscaba el aula 203 â dijo, cambiando de tema antes de que su cara pudiera adquirir un tono mĂĄs rojo â . Creo que es por aquĂ, pero los nĂșmeros no...
â ÂĄEl 203! â Taehyung dio una palmada que resonĂł en el vestĂbulo y volviĂł a atraer miradasâ . Eso estĂĄ en el ala este, pasas por la biblioteca, giras donde estĂĄn los caballetes viejos, subes unas escaleras que nadie usa y luego... bueno, sabes que....es mĂĄs fĂĄcil si te llevo. Vamos.
Y sin esperar respuesta, comenzĂł a caminar, mirando por encima del hombro para asegurarse de que Jungkook lo seguĂa, con esa confianza de quien sabe que la gente lo sigue.
Jungkook lo siguiĂł.
Porque, por alguna razĂłn, querĂa y necesitaba.
Mientras caminaban, Taehyung señalaba cosas. Todo. Absolutamente todo merecĂa un comentario, una anĂ©cdota, un dato curioso.
â Ese mural lo pintĂł la generaciĂłn del año pasado â dijo, señalando una pared cubierta de colores vibrantes donde figuras humanas se entrelazaban con formas abstractas â . Dicen que pintaron toda una noche y al dĂa siguiente tenĂan examen final. No sĂ© cĂłmo sobrevivieron. Yo una vez pasĂ© toda la noche revelando fotos y al dĂa siguiente casi me duermo en mi propio desayuno. Literalmente. Me despertĂ© con la cara en el conflex.
â Âżconflex? â preguntĂł Jungkook.
â Cereal. Pero con mi manera de decirlo sale conflex. Mi familia se burla todo el tiempo. Mi abuela dice que hablo como si tuviera una patata en la boca. Pero a la gente le gusta, no sĂ© por quĂ©. Dicen que es âencantadorâ. Yo creo que solo se rĂen de mĂ.
Jungkook sonriĂł. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba allĂ.
Pasaron junto a una fuente en un patio interior, y Taehyung se detuvo un momento.
â AquĂ vienen los mĂșsicos a tocar â explicĂł â . Dicen que el sonido del agua les inspira. Pero yo creo que solo quieren ligar. El año pasado hubo un escĂĄndalo enorme: un chico le dedicaba serenatas a una chica durante semanas, y todo el mundo pensaba que eran sĂșper romĂĄnticos. El problema es que la chica tenĂa novio... y el novio era compañero de clase del otro. Lo peor es que ella nunca lo paraba, Âżsabes? Aceptaba las flores, se quedaba a escuchar, sonreĂa... Casi estalla una guerra entre los dos. En la escuela todavĂa hablan de eso, lo llaman âEl Romance del RĂoâ aunque no tuvo nada de romĂĄntico.
Jungkook riĂł. Un sonido corto, sorprendido, como si no esperara que su propia risa pudiera existir.
Taehyung se girĂł a mirarlo con los ojos muy abiertos.
â ÂĄTe rĂes! â exclamĂł, señalĂĄndolo con acusaciĂłn â . ÂĄSabĂa que podĂas hacerlo! Llevaba todo el rato esperando. Desde que te vi frente al boceto pensĂ©: âeste chico necesita reĂrseâ. Y lo has hecho. MisiĂłn cumplida.
â No fue para tanto â murmurĂł Jungkook, mirando al suelo.
â Fue para tanto â Taehyung se girĂł por completo para mirarlo, con una expresiĂłn que mezclaba orgullo y algo mĂĄs tiernoâ . Llevo desde que te vi intentando hacerte reĂr, Âżsabes? Las historias, lo de la anecdota... todo era para esto. Para escuchar cĂłmo sonaba tu risa. Y por fin, por fin lo logrĂ©.
Jungkook parpadeó, sin saber qué decir.
â Soy experto en risas â continuĂł Taehyung, empezando a caminar de nuevo pero sin dejar de mirarlo â . Las estudio. Como fotĂłgrafo. La risa es una de las expresiones mĂĄs difĂciles de capturar, porque tiene que ser genuina. Si es falsa, se nota en los ojos, en los mĂșsculos de la cara. La sonrisa verdadera llega a los ojos. Y la tuya... la tuya llegĂł.
Jungkook no supo qué decir a eso. Asà que no dijo nada.
Siguieron caminando. Pasaron por la cafeterĂa, un espacio amplio con mesas desordenadas y un mostrador donde una señora de aspecto cansado servĂa bebidas.
â El cafĂ© es malĂsimo â informĂł Taehyung con total seriedad â . Sabe a quemado y a decepciĂłn. Pero el pastel de zanahoria vale la pena. Te juro que es el mejor de SeĂșl. Bueno, no he probado todos los pasteles de zanahoria de SeĂșl, pero he probado muchos. Y este estĂĄ en el top tres. Te invito uno algĂșn dĂa.
Ese âalgĂșn dĂa" hizo que algo cĂĄlido se instalara en el pecho de Jungkook.
No sabĂa por quĂ©. Era solo una frase. La gente decĂa ese tipo de cosas todo el tiempo. âQuedamos algĂșn dĂaâ, âtomamos algo algĂșn dĂaâ, ânos vemos algĂșn dĂaâ. Era un compromiso vacĂo, una cortesĂa social. Pero cuando Taehyung lo decĂa, sonaba diferente. Sonaba como una promesa.
Llegaron a unas escaleras estrechas al final de un pasillo poco iluminado. Eran de hormigĂłn, sin ningĂșn adorno, y subĂan en espiral hacia arriba.
â Por aquĂ â Taehyung subiĂł los primeros escalones y luego se detuvo, girĂĄndose â . Nadie usa estas escaleras porque hay un ascensor al otro lado del edificio. Pero a mĂ me gustan. Son mĂĄs... tranquilas , por lo mismo que nadie las usa. Suena raro decirlo, pero Âżentiendes lo que quiero decir?
Jungkook entendĂa perfectamente.
â Oye â Taehyung bajĂł un escalĂłn para quedar a su altura â . ÂżEstĂĄs nervioso?
Jungkook dudĂł. PodĂa mentir. HabĂa mentido tantas veces a lo largo de los años. âEstoy bienâ, âno me importaâ, âno me molestanâ.Pero algo en la mirada de Taehyung, en la forma en que esperaba su respuesta sin juzgar, sin apurar, hizo que las palabras salieran solas.
â Un poco.
â Es normal. Mi primer dĂa casi me caigo por estas mismas escaleras porque iba mirando mi horario en lugar de mirar al suelo. Menos mal que no pasaba nadie, porque el ridĂculo habrĂa sido Ă©pico. Bueno, mi amigo Jimin dice que igualmente hice el ridĂculo porque iba hablando solo, pero yo siempre hablo solo, asĂ que no contaba.
Jungkook sonriĂł otra vez. MĂĄs fĂĄcil esta vez.
â Pero yo no tengo horario â dijo, y su voz se volviĂł mĂĄs seria â . Solo tengo miedo.
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas. Se mordiĂł el labio inferior, esperando una reacciĂłn extraña, una burla, un âno es para tanto" o un âya se te pasarĂĄâ. Las frases vacĂas que la gente siempre decĂa cuando no sabĂa quĂ© decir ante el miedo de otro.
Pero Taehyung no se riĂł.
BajĂł un escalĂłn mĂĄs para quedar completamente a su altura y lo mirĂł directamente a los ojos. Por primera vez, su sonrisa se suavizĂł en algo mĂĄs tranquilo, mĂĄs serio. Sus ojos, antes llenos de chispa y diversiĂłn, se volvieron profundos. Comprensivos.
â Sabes â dijo en voz baja, como si compartiera un secreto importanteâ , yo tambiĂ©n tengo miedo casi todos los dĂas.
Jungkook parpadeĂł.
â ÂżTĂș?
â SĂ, yo â Taehyung se encogiĂł de hombros, pero no habĂa ligereza en el gesto â . Miedo a que mis fotos no sean lo suficientemente buenas. A que la gente descubra que no tengo ni idea de lo que hago, que solo tengo suerte, que mis premios fueron casualidad. Miedo a decepcionar a mi familia, a mis profesores, a mĂ mismo. Miedo a... bueno, a muchas cosas.
La confesiĂłn colgĂł en el aire entre ellos.
Jungkook no sabĂa quĂ© hacer con ella. Taehyung pareĂa tan seguro, tan brillante, tan lleno de luz. Era difĂcil imaginarlo con miedo. Era difĂcil imaginarlo dudando de sĂ mismo.
â Pero luego â continuĂł Taehyungâ recuerdo algo que me dijo un amigo. El mejor amigo que tengo aquĂ, Jimin, el que te mencionĂ© antes. Me dijo: âel miedo solo significa que estĂĄs a puntode hacer algo que importaâ. Si no te importara, no tendrĂas miedo. AsĂ que el miedo... el miedo es una buena señal. Significa que estĂĄs vivo. Que te importa.
Jungkook sostuvo su mirada.
Por un momento, el ruido de la escuela desapareciĂł. Las voces lejanas, los pasos en los pasillos, el eco de una mĂșsica que alguien practicaba en algĂșn lugar, el murmullo constante de la vida acadĂ©mica... todo se desvaneciĂł.
Solo estaban ellos dos en esas escaleras vacĂas, mirĂĄndose.
Y entonces Jungkook lo vio.
Una hoja de cerezo.
Rosa pĂĄlido, casi blanca, diminuta y perfecta, cayendo lentamente desde algĂșn lugar arriba. Giraba sobre sĂ misma con una lentitud hipnĂłtica, como si el aire la sostuviera con cuidado, como si no quisiera que llegara al suelo nunca.
Pero no habĂa ĂĄrboles allĂ. No habĂa ventanas abiertas. Solo techo y paredes y luz fluorescente.
La hoja descendió girando suavemente y pasó entre ellos, tan cerca que Jungkook sintió que le rozaba la mejilla con una caricia inexistente antes de desaparecer en el aire, como si nunca hubiera existido. Como si hubiera sido un sueño. Una alucinación. Un truco de la luz.
Taehyung parpadeĂł. Su boca se abriĂł ligeramente, los labios separados en una expresiĂłn de asombro genuino.
â ÂżHas visto...? â empezĂł a preguntar, y su voz sonĂł extraña, como si tambiĂ©n dudara de lo que acababa de presenciar.
â No â mintiĂł Jungkook rĂĄpidamente, demasiado rĂĄpido â . No he visto nada.
Pero los dos sabĂan que era mentira.
Hubo un silencio. Un silencio extraño, cargado de algo que ninguno de los dos sabĂa nombrar. Algo tierno. Algo que parecĂa vibrar en el espacio entre ellos.
â Bueno â Taehyung carraspeĂł y volviĂł a subir las escaleras, ahora con paso menos seguro, como si las piernas le pesaran mĂĄs que antesâ . El aula estĂĄ aquĂ. La 203.
EmpujĂł la puerta y asomĂł la cabeza.
â ÂĄProfesora Kang! â su voz recuperĂł parte de su brillo habitual, aunque aĂșn se notaba un temblor â . Tengo aquĂ a un espĂ©cimen de primer año perdido, Âżlo aceptan en adopciĂłn?
Una risa de mujer llegĂł desde dentro.
â TrĂĄelo, Taehyung, pero no lo asustes mĂĄs de lo que ya debe estar.
Taehyung abriĂł la puerta del todo y se hizo a un lado para que Jungkook pasara.
El aula era luminosa, con grandes ventanales que daban a un pequeño jardĂn interior lleno de plantas verdes. Caballetes ordenados en filas, todos de madera clara, algunos manchados de pintura de otros años. Olor a papel, a madera, a algo indefinible que solo tenĂan las aulas de arte: una mezcla de creatividad, esfuerzo y sueños. Una mujer de mediana edad con gafas redondas y el pelo recogido en un moño desordenado sonriĂł desde su escritorio.
â Jeon Jungkook, Âżverdad? Te estĂĄbamos esperando. Pasa, siĂ©ntate donde quieras.
Jungkook dio un paso adelante. Luego se detuvo. Se volviĂł hacia Taehyung, que todavĂa estaba en el umbral, iluminado por la luz del pasillo.
â Gracias â dijo, y deseĂł que esa palabra pudiera transmitir todo lo que no sabĂa expresar: gracias por no reĂrte, gracias por entender, gracias por hacerme sentir que tal vez, solo tal vez, este lugar no era tan aterrador, gracias por las historias.
Taehyung sonriĂł. Esa sonrisa amplia y brillante del principio, pero ahora con algo mĂĄs. Algo mĂĄs suave. Algo que podrĂa llamarse ternura si Jungkook se atreviera a ponerle nombre.
â Nos vemos â dijoâ . No olvides lo del pastel de zanahoria.
Y se fue, cerrando la puerta tras él con un clic suave.
Jungkook se quedĂł un momento mirando la madera, hasta que la voz de la profesora lo devolviĂł a la realidad.
â ÂżJungkook? ÂżTodo bien?
â SĂ â respondiĂł, y por primera vez en todo el dĂa, era verdad.
EncontrĂł un caballete cerca de la ventana y se sentĂł. Desde allĂ podĂa ver el jardĂn interior, las hojas verdes moviĂ©ndose con la brisa, algĂșn pĂĄjaro posado en una rama. Era un lugar tranquilo. Un buen lugar para dibujar.
Poco a poco, el aula se fue llenando. Otros estudiantes de primer año entraban, saludaban, buscaban su sitio. Jungkook los observaba con el rabillo del ojo, sin mirar directamente, analizando. Era su mecanismo de defensa: observar antes de ser observado. Aprender quiĂ©n era quiĂ©n, quiĂ©n podrĂa ser peligroso, quiĂ©n podrĂa ser amable, quiĂ©n probablemente ni siquiera notarĂa su existencia.
La profesora Kang se puso de pie y comenzó a hablar. Daba la bienvenida al curso, explicaba el programa, hablaba de exposiciones, de proyectos, de sueños. Jungkook escuchaba con una oreja, pero su mente estaba en otra parte.
Pensaba en ojos oscuros que sonreĂan. En manos cĂĄlidas que no soltaban. En una hoja de cerezo cayendo de la nada.
No. No podĂa haber sido real.
DebĂa ser el estrĂ©s. El cansancio. Los nervios del primer dĂa. El cerebro, cuando estĂĄ bajo presiĂłn, juega malas pasadas. Crea ilusiones. Ve cosas que no existen.
Pero cuando bajĂł la mirada a su cuaderno de bocetos, que habĂa abierto sin darse cuenta mientras la profesora hablaba, allĂ estaba: dibujada sin pensar, con trazos rĂĄpidos e inconscientes, la silueta de un chico con una cĂĄmara colgada al cuello.
No era un retrato detallado. Solo lĂneas. La curva de unos hombros, la inclinaciĂłn de una cabeza, la forma de una cĂĄmara contra el pecho. Pero era Ă©l. Era Taehyung.
Jungkook cerró el cuaderno de golpe, el corazón latiéndole con fuerza.
El sonido llamĂł la atenciĂłn de la chica a su lado, que lo mirĂł con curiosidad. Jungkook sonriĂł con nerviosismo y apartĂł la mirada.
â Bien â dijo la profesora, dando una palmada para captar la atenciĂłn de todosâ . Ahora me gustarĂa que cada uno se presentara brevemente. Que nos cuenten su nombre, su departamento, y por quĂ© estĂĄn aquĂ. QuĂ© quieren lograr, quĂ© les trajo al arte. Empezaremos por el fondo y iremos avanzando.
Jungkook sintiĂł que el estĂłmago se le encogĂa.
Las presentaciones. Siempre las presentaciones. Ese momento horrible en el que todos te miran, te juzgan, deciden quién eres basåndose en treinta segundos de palabras torpes.
Los primeros en hablar fueron los del fondo. El chico a unos puestos de el se presento primero, dijo que se llamaba Hwang Hyunjin y que querĂa ser ilustrador de cĂłmics porque de pequeño leĂa manga y pensaba âyo puedo hacer estoâ. La clase riĂł. La chica a su lado dijo que se llamaba Bae Joo hyun y que llevaba dibujando desde los cinco años, que el arte era su vida y que esperaba aprender tĂ©cnicas nuevas para expresar mejor sus emociones.
Jungkook asentĂa, escuchaba, intentaba memorizar nombres que sabĂa que olvidarĂa en cinco minutos.
Y entonces un chico al otro lado del aula se puso de pie.
Jungkook levantĂł la vista por cortesĂa, sin prestar demasiada atenciĂłn.
Y entonces lo vio.
Fue como si el aire se congelara.
El chico que se habĂa levantado era no tan delgado, de hombros ligeramente caĂdos y expresiĂłn seria. Cabello negro azabache, lacio, cayendo sobre una frente pĂĄlida. Piel blanca, casi traslĂșcida, como de porcelana. Ojos oscuros, profundos, que parecĂan mirar sin ver realmente, como si estuvieran evaluando constantemente el mundo a su alrededor. Llevaba una sudadera holgada, gris, y una gorra calada hacia atrĂĄs que ocultaba parcialmente su rostro.
Min Yoongi.
No. No, no, no.
Las manos de Jungkook comenzaron a sudar. La respiraciĂłn se le acelerĂł. El corazĂłn, que antes latĂa con fuerza, ahora parecĂa querer salĂrsele del pecho.
â Soy Min Yoongi â dijo el chico con voz plana, sin entonaciĂłn, sin emociĂłnâ . Tercer año, producciĂłn musical. Estoy aquĂ porque... bueno, porque no sĂ© hacer otra cosa.
Algunos rieron. Era una respuesta auto deprecatoria, el tipo de humor que la gente usaba para parecer humilde o interesante. Yoongi no sonriĂł. No reaccionĂł. Solo esperĂł a que las risas se apagaran.
Sus ojos recorrieron el aula lentamente, evaluando a cada persona con esa mirada frĂa y calculadora que Jungkook conocĂa tan bien. Pasaron por la chica de las gafas, por el chico de la camisa hawaiana, por la profesora...
Y entonces se detuvieron en Jungkook.
Y entonces sonriĂł.
No era una sonrisa bonita. No como la de Taehyung, que iluminaba habitaciones. Esta era una sonrisa pequeña, torcida, apenas una curva en una comisura. Una sonrisa privada. Una sonrisa que decĂa: te encontrĂ©. Otra vez. Y no vas a escaparte.
Jungkook sintiĂł que el suelo desaparecĂa bajo sus pies.
La mochila, que habĂa apoyado contra la pata del caballete, le pareciĂł de repente un refugio insuficiente. Las manos, manchadas de grafito, comenzaron a temblar ligeramente. OĂa su propio latido en los oĂdos, un bombo sordo que ahogaba las siguientes presentaciones. La sangre le golpeaba las sienes con cada latido. El aire se volviĂł denso, difĂcil de respirar.
Recordaba. Recordaba todo.
Recordaba la primera vez que Yoongi se fijĂł en Ă©l, en el concurso de talentos del año pasado, cuando Jungkook habĂa ganado un premio por uno de sus dibujos. Yoongi se le acercĂł despuĂ©s, le dijo que su arte era especial, que querĂa conocerlo mejor. Jungkook, ingenuo, se sintiĂł halagado. Un chico mayor, talentoso, interesado en Ă©l.
Recordaba los mensajes. Los âbonitos tus dibujos hoyâ. Los âpienso en tiâ. Los ânadie te entiende como yoâ. Recordaba cĂłmo Yoongi aparecĂa en todos los lugares donde Ă©l estaba, cĂłmo siempre sabĂa quĂ© decir, cĂłmo poco a poco fue ocupando espacio en su vida.
Recordaba la primera vez que Yoongi lo besĂł, en la azotea del edificio de mĂșsica, al atardecer. Jungkook habĂa pensado que era el comienzo de algo bonito. HabĂa pensado que por fin, despuĂ©s de tanto tiempo sintiĂ©ndose invisible, alguien lo veĂa. Alguien lo querĂa.
Recordaba las discusiones. Los âpor quĂ© no me presentas a tus amigosâ.Los âes que no creo que entiendan nuestra relaciĂłnâ. Losâno hace falta que se lo cuentes todo a tu madreâ. Poco a poco, Yoongi lo fue aislando. Sus amigos dejaron de llamar. Su madre preguntaba por quĂ© ya no salĂa. Y Jungkook, estĂșpido, estĂșpido, estĂșpido, pensaba que era su culpa. Que Ă©l era el difĂcil. El raro. El que no sabĂa querer bien.
Recordaba el dĂa que terminĂł todo. Una discusiĂłn mĂĄs. Yoongi, con esa sonrisa torcida, diciendo: âNadie te va a querer como yo. Nadie va a entenderte como yo. Si te dejo, te quedas solo. Y lo sabesâ.
Jungkook lo habĂa creĂdo.
Durante meses, lo habĂa creĂdo.
Hasta que una noche, mirĂĄndose al espejo, vio sus propios ojos hinchados de llorar y pensĂł: prefiero estar solo para siempre que seguir asĂ.
Y lo dejĂł. CambiĂł de escuela. PensĂł que podrĂa empezar de nuevo.
Pero Yoongi estaba aquĂ.
â ÂżJungkook? â la voz de la profesora llegĂł desde muy lejos, como a travĂ©s de un tĂșnelâ . ÂżTe toca?
ParpadeĂł. Toda la clase lo miraba. La profesora, con expresiĂłn paciente. Los otros estudiantes, con curiosidad. Yoongi, desde su sitio, con esa sonrisa que solo Jungkook podĂa ver.
Se puso de pie con las piernas temblorosas. Su voz, cuando habló, sonó extraña, como si perteneciera a otra persona.
â Jeon Jungkook â dijo â . Primer año. Dibujo. Estoy aquĂ porque... porque dibujar es lo Ășnico que sĂ© hacer sin miedo.
Mentira. Mentira. Mentira.
Dibujar tambiĂ©n daba miedo. Todo daba miedo desde que Yoongi habĂa entrado en su vida. Dibujar daba miedo porque cada trazo podĂa ser juzgado. Respirar daba miedo porque cada respiraciĂłn podĂa ser la Ășltima antes de que alguien dijera algo hiriente. Existir daba miedo porque existir significaba ser visto, y ser visto significaba ser vulnerable.
Pero no dijo nada de eso. Solo se sentĂł de nuevo y apretĂł las manos contra sus muslos para que dejaran de temblar.
La clase continuĂł. MĂĄs presentaciones. MĂĄs nombres. MĂĄs caras nuevas. Jungkook no registrĂł ninguna. Su mente estaba en blanco, llena de estĂĄtica, llena de ese zumbido que aparece cuando el cuerpo entra en modo supervivencia.
La clase terminó una eternidad después.
O quizĂĄs fueron solo cuarenta y cinco minutos. Jungkook habĂa perdido toda nociĂłn del tiempo. Solo sabĂa que cuando la profesora dijo ânos vemos el miĂ©rcolesâ, su cuerpo se moviĂł por inercia, recogiendo sus cosas con movimientos mecĂĄnicos, evitando mirar hacia el lado donde estaba Yoongi. Si no lo miraba, quizĂĄs desaparecerĂa. QuizĂĄs todo serĂa un mal sueño. QuizĂĄs despertarĂa en su cama, en su casa, en su vida anterior, y esto no estarĂa pasando.
â Jungkook.
La voz estaba justo detrås de él.
Demasiado cerca.
Se girĂł lentamente, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo sobrehumano. Yoongi estaba allĂ, apoyado contra la pared junto a la ventana, las manos en los bolsillos de la sudadera. Su expresiĂłn era difĂcil de leer: ni amable ni hostil. Simplemente... presente. Como si hubiera estado esperando este momento todo el tiempo.
â QuĂ© sorpresa â dijo Yoongi, y su voz era exactamente como Jungkook la recordaba: baja, calmada, con ese dejo de ironĂa permanenteâ . No sabĂa que vendrĂas aquĂ.
â Yo tampoco sabĂa que tĂș estabas aquĂ â respondiĂł Jungkook, y odiĂł que su voz sonara tan dĂ©bil. Tan pequeña. Tan asustada.
â Pequeño mundo, Âżno?
Silencio.
Jungkook querĂa irse. QuerĂa correr. QuerĂa atravesar la puerta y no parar hasta estar en algĂșn lugar donde Yoongi no pudiera encontrarlo. Pero sus pies no respondĂan. Estaban clavados al suelo como si hubieran echado raĂces.
â Me alegro de verte vdijo Yoongi, y la frase colgĂł en el aire como una amenaza disfrazada de cumplido â . De verdad. PensĂ© que... bueno, da igual. ÂżEstĂĄs bien?
â SĂ.
â ÂżSeguro? Pareces nervioso.
â Estoy bien.
â Has engordado un poco â Yoongi inclinĂł la cabeza, evaluĂĄndoloâ . Te queda bien. Antes estabas demasiado delgado.
Jungkook no respondiĂł. Las palabras se atascaban en su garganta.
Otro silencio. Yoongi lo estudiĂł con esos ojos que siempre parecĂan saber mĂĄs de lo que decĂan. Luego dio un paso adelante, invadiendo su espacio personal, y bajĂł la voz.
â Sabes â dijoâ , lo de antes... lo de aquella vez... lo siento. Fui un idiota. No supe valorarte. Pero he cambiado. De verdad.
Jungkook contuvo la respiraciĂłn.
â He pensado en ti â continuĂł Yoongiâ . Mucho. En cĂłmo te reĂas cuando te hacĂa cosquillas. En cĂłmo me mirabas. Nadie me ha mirado asĂ despuĂ©s de ti. â Estas durmiendo bien. Tu madre me dijo que te cambiaste de escuela. Me preocupĂ©.
Mentira. Mentira. Mentira. Si se hubiera preocupado de verdad, no habrĂa hecho lo que hizo. Si se hubiera preocupado de verdad, no habrĂa dicho aquellas cosas. Si se hubiera preocupado de verdad, habrĂa dejado que Jungkook se fuera sin tener que huir. Era mentira. Todo era mentira. Jungkook lo sabĂa. Lo sabĂa en cada fibra de su cuerpo. Pero su corazĂłn latĂa con fuerza y su mente se llenaba de preguntas:Âży si era verdad? ÂżY si realmente habĂa cambiado? ÂżY si...
No.
â Estoy bien.. solo tengo que irme â dijo.
Yoongi asintió lentamente, como si lo entendiera. Pero cuando Jungkook dio media vuelta para irse, sintió una mano en su muñeca. Un agarre firme, no doloroso, pero firme.
â Solo quiero que sepas â susurrĂł Yoongi cerca de su oĂdo â que me alegro de que estĂ©s aquĂ. De verdad. Y que si necesitas algo... cualquier cosa... estoy aquĂ. Âżsi? Nos vemos por aquĂ, supongo. La escuela no es tan grande.
Antes de que Jungkook pudiera responder, Yoongi soltó su muñeca, le dio una palmada en el hombro que le quemó, y se fue. Caminando despacio, con esa seguridad arrogante de siempre, como si el mundo le perteneciera.
Jungkook se quedó inmóvil mucho tiempo después de que la puerta se cerrara.
No supo cuĂĄntos minutos pasaron. PodĂan ser cinco. PodĂan ser treinta. Solo que cuando finalmente logrĂł moverse, el sol ya no entraba por las ventanas de la misma manera y el aula estaba completamente vacĂa. La profesora se habĂa ido. Los otros estudiantes, tambiĂ©n. Solo Ă©l, solo, apoyado contra un caballete, temblando.
SaliĂł al pasillo. Las escaleras. El ala este. La biblioteca. Todo le parecĂa un laberinto ahora, sin Taehyung para guiarlo, sin su voz alegre para señalarle el camino.
CaminĂł sin rumbo, tratando de encontrar la salida, cuando un destello llamĂł su atenciĂłn.
Era una vitrina al final de un pasillo poco iluminado, un rincĂłn olvidado del edificio donde nadie parecĂa pasar. Dentro, fotografĂas enmarcadas, dispuestas con cuidado sobre terciopelo negro. HabĂa varias: paisajes urbanos, retratos en blanco y negro, composiciones abstractas. Pero en el centro, ocupando el lugar de honor, habĂa una enorme ampliaciĂłn que dominaba toda la vitrina.
Un niño pequeño, de espaldas, mirando hacia un horizonte de luces borrosas. Estaba en lo que parecĂa una azotea, o quizĂĄs un mirador. Su silueta era diminuta contra el fondo de la ciudad nocturna, las luces difuminadas como estrellas caĂdas. Llevaba un abrigo demasiado grande para Ă©l, y tenĂa una mano levantada, como si fuera a señalar algo, o quizĂĄs a tocar las luces.
La composición era perfecta. La luz, la textura, la emoción... todo estaba en su sitio. El blanco y negro acentuaba la soledad de la imagen, pero no era una soledad triste. Era una soledad expectante, como si el niño estuviera a punto de descubrir algo importante.
Jungkook se acercĂł a la vitrina, hipnotizado.
La tarjeta al lado decĂa:
âHorizontesâ - Kim Taehyung (2° año)Primer premio, Concurso de FotografĂa Juvenil de SeĂșlâPara todos los que buscan su lugar en el mundoâ
Jungkook se quedĂł mirando la foto mucho tiempo.
El niño de espaldas parecĂa estar exactamente donde Jungkook se sentĂa ahora: frente a algo inmenso, desconocido, hermoso y aterrador al mismo tiempo. Las luces borrosas eran el futuro, la ciudad era el mundo, y el niño era Ă©l, pequeño y solo, preguntĂĄndose si algĂșn dĂa llegarĂa a tocar esas luces.
â Es bonita, Âżverdad?
La voz lo sobresaltĂł. Se girĂł tan rĂĄpido que casi pierde el equilibrio.
Y allà estaba él.
Taehyung, apoyado contra la pared contraria, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa que empezaba a resultarle peligrosamente familiar. La luz del pasillo creaba sombras en su rostro, acentuando sus pĂłmulos, la curva de su mandĂbula. ParecĂa cansado, pero tambiĂ©n contento. Como si hubiera estado esperando que alguien encontrara este lugar.
â No querĂa asustarte â dijoâ . Otra vez. Lo siento. Es que tengo un don para aparecer de repente. Mi madre dice que deberĂa llevar un cascabel.
Jungkook no respondiĂł. AĂșn estaba procesando el hecho de que Taehyung estuviera aquĂ, en este pasillo vacĂo, frente a su propia fotografĂa.
â Paso mucho tiempo aquĂ â admitiĂł Taehyung, acercĂĄndose lentamenteâ , mirando mi propia foto. Es patĂ©tico, lo sĂ©. Como esos padres que no dejan de mirar las fotos de sus hijos. Pero es que me costĂł mucho sacarla. PasĂ© tres semanas en ese lugar esperando la luz correcta. Tres semanas subiendo a esa azotea todas las noches, congelĂĄndome, esperando que el momento perfecto llegara. Y cuando llegĂł, solo tuve un segundo para capturarlo. Un segundo. Si parpadeaba, lo perdĂa.
Jungkook mirĂł la foto, luego a Taehyung.
â Es increĂble â dijo, y era sincero. MĂĄs sincero de lo que habĂa sido en todo el dĂaâ . Transmite... no sĂ©. Soledad, pero no triste. Como si esa soledad fuera parte del camino. Como si estar solo no fuera malo, sino necesario para llegar a algĂșn sitio.
Taehyung abriĂł mucho los ojos. La sorpresa en su rostro era genuina, casi infantil.
â Eso es exactamente lo que querĂa â dijo, y su voz tenĂa un temblor que no estaba antesâ . ÂżCĂłmo llegaste a saberlo? Llevo un año intentando explicarle a la gente quĂ© significa esta foto, y nadie... nadie lo habĂa entendido asĂ.
Jungkook se encogiĂł de hombros.
â Supongo que porque la entiendo.
Se miraron. Otra vez. Y otra vez, Jungkook sintiĂł esa extraña corriente en el aire. Pero ahora, despuĂ©s del encuentro con Yoongi, esa corriente era como agua fresca en un dĂa de calor.
â ÂżEstĂĄs bien? â preguntĂł Taehyung, frunciendo ligeramente el ceñoâ . Tienes mala cara.
Jungkook dudĂł. PodĂa mentir. PodĂa decir que sĂ, que estaba bien, que era el cansancio del primer dĂa. Pero algo en la mirada de Taehyung, en esa preocupaciĂłn genuina, le hizo querer decir la verdad.
â He visto a alguien â dijo lentamenteâ . Alguien que... bueno, alguien que esperaba no volver a ver.
Taehyung esperĂł. No presionĂł. Solo esperĂł, con esa paciencia que parecĂa tener para todo.
â No importa â dijo Jungkook, apartando la miradaâ . No es nada.
â Si no quieres contar, no cuentes â Taehyung se encogiĂł de hombrosâ . Pero si quieres... yo sĂ© escuchar. Bueno, a veces. Cuando me interesa. Y tĂș me interesas.
Lo dijo tan naturalmente, como si fuera lo mĂĄs obvio del mundo. Como si Jungkook fuera interesante. Como si mereciera que alguien lo escuchara.
Jungkook no supo qué responder. Asà que no dijo nada.
Taehyung tampoco. Se limitĂł a quedarse allĂ, a su lado, mirando tambiĂ©n la fotografĂa.
Pasaron un minuto asĂ. O dos. O diez. Jungkook perdiĂł la nociĂłn del tiempo.
Pero esta vez, en lugar de una hoja de cerezo, fue Taehyung quien hizo algo inesperado.
LevantĂł la mano con una lentitud que permitĂa rechazarlo en cualquier momento, que daba tiempo para apartarse si Jungkook no querĂa. Y con una suavidad que contrastaba con todo el ruido del dĂa, con todo el miedo acumulado, con toda la tensiĂłn que Jungkook llevaba dentro, rozĂł suavemente su mejilla con la yema de los dedos.
â Tienes una mancha â dijo en voz baja, tan baja que era casi un susurro â . Grafito. Justo aquĂ.
Su dedo trazĂł una lĂnea imaginaria desde el pĂłmulo hasta la mandĂbula, siguiendo el recorrido de la mancha. El contacto era leve, apenas una caricia, pero Jungkook lo sintiĂł en todo el cuerpo.
Contuvo el aliento.
El mundo se detuvo otra vez.
El roce durĂł solo un segundo. QuizĂĄs dos. Pero cuando Taehyung retirĂł la mano, a Jungkook le pareciĂł que su piel seguĂa ardiendo, que el fantasma de ese contacto permanecĂa grabado en su mejilla como una marca imborrable.
â Gracias â susurrĂł Jungkook, sin saber muy bien por quĂ© lo decĂa. ÂżGracias por quĂ©? ÂżPor señalarle una mancha? ÂżPor tocarlo? ÂżPor existir?
â De nada â respondiĂł Taehyung, y su voz tambiĂ©n era un susurro.
El pasillo estaba en silencio. La escuela, vacĂa. El sol de la tarde entraba por una ventana lejana, creando un rectĂĄngulo de luz dorada en el suelo. Solo ellos dos frente a una fotografĂa premiada, con la distancia de un suspiro entre sus cuerpos.
â Oye â dijo Taehyung, y su voz sonĂł mĂĄs ronca que antes, como si las palabras le costaran trabajo â . ÂżTe importa si te acompaño a la salida? Es que... no sĂ©, anochece pronto y estas calles... y ademĂĄs es tu primer dĂa, y perderse es fĂĄcil, y yo tengo que salir igual, asĂ que...
â SĂâ lo interrumpiĂł Jungkook, antes de que pudiera seguir enrollĂĄndoseâ . Me gustarĂa.
Caminaron juntos hacia la salida.
Esta vez no hubo comentarios sobre el camino. No hubo anĂ©cdotas ni historias graciosas. Solo el sonido de sus pasos en el pasillo vacĂo, el crujir de alguna puerta lejana, el silencio cĂłmplice de dos personas que no necesitan hablar para sentirse bien.
Jungkook notĂł que Taehyung caminaba mĂĄs despacio de lo necesario, ajustando su paso al suyo. NotĂł que sus hombros casi se rozaban en los momentos en que el pasillo se estrechaba. NotĂł que, a pesar del frĂo de marzo, Ă©l estaba caliente. CĂĄlido.
Llegaron a la puerta principal. El cristal reflejaba el cielo anaranjado del atardecer. Afuera, la calle empezaba a iluminarse con las primeras luces de la noche.
Taehyung se detuvo en el umbral. La luz del exterior lo bañaba, creando un halo alrededor de su silueta. ParecĂa un ĂĄngel. O un sueño. O algo que Jungkook no se atrevĂa a nombrar.
â Mañana â dijo Taehyung â . ÂżVienes mañana?
â SĂ.
â Bien. Entonces... nos vemos.
â Nos vemos.
Jungkook dio unos pasos hacia la calle. El aire fresco le dio en la cara, despejĂĄndole un poco la mente. Todo el dĂa le parecĂa irreal. Las escaleras, la hoja, la fotografĂa, el roce en la mejilla... ÂżhabĂa pasado todo realmente?
Se volviĂł.
â Taehyung.
â ÂżSĂ?
â Lo del pastel de zanahoria. ÂżLo decĂas en serio?
La sonrisa de Taehyung se ampliĂł hasta iluminar toda la calle. Hasta iluminar la noche. Hasta iluminar algo dentro de Jungkook que no sabĂa que necesitaba luz.
â Completamente.
Jungkook asintió. Una pequeña curva apareció en sus labios. Casi una sonrisa. Casi.
Y se fue, caminando calle abajo, sintiendo la mirada de Taehyung en su espalda hasta doblar la esquina.
No vio, mientras se alejaba, lo que pasó detrås de él.
Taehyung se quedĂł en la puerta mucho tiempo despuĂ©s de que Jungkook desapareciera. El viento de marzo movĂa su cabello, pero Ă©l no sentĂa el frĂo. Solo sentĂa algo raro en el pecho. Algo que no sabĂa explicar.
Y entonces las hojas empezaron a caer.
No una. No dos.
Tres hojas de cerezo, rosadas y perfectas, descendieron suavemente desde algĂșn lugar del cielo inexistente y se posaron en sus hombros y en la cĂĄmara que aĂșn colgaba de su cuello.
Taehyung levantĂł la mano y atrapĂł una al vuelo. La sostuvo en la palma, mirĂĄndola con asombro.
No habĂa ĂĄrboles de cerezo en kilĂłmetros a la redonda.
Pero allà estaba. Pequeña, frågil, real.
â QuĂ© raro â murmurĂł para sĂ mismo.
Y sonrió, sin saber muy bien por qué, mientras guardaba la hoja en el bolsillo, como un tesoro.