El látigo que hace temer a Los Ángeles
La gran sala del cielo estaba en silencio.
No era un silencio vacío, sino uno cargado de historia. Los enormes ventanales dejaban entrar una luz dorada que parecía venir de todas partes al mismo tiempo. Las columnas de mármol blanco se alzaban como gigantes antiguos que habían observado guerras, pactos, traiciones y milagros durante miles de años.
Allí estaban reunidos.
Ángeles.
Demonios.
Y los pocos humanos que se habían visto arrastrados al corazón de un conflicto milenario.
Después del caos provocado por el asunto de Excalibur, después de los enfrentamientos con los usuarios de las espadas sagradas y de las revelaciones que habían sacudido a todos los presentes, la atmósfera era distinta.
No más gritos.
No más batallas.
La Cumbre de la Paz había comenzado.
En una larga mesa semicircular se encontraban los representantes de cada facción.
Los demonios estaban representados por Sirzechs Lucifer, con su característica elegancia tranquila, acompañado por Grayfia. A su lado estaba Rias Gremory, con su grupo de peerage detrás de ella.
Los ángeles caídos estaban representados por Azazel, sentado de forma despreocupada con una sonrisa que parecía no tomarse nada demasiado en serio.
Y al centro...
Michael.
El líder de los ángeles.
Su presencia llenaba la sala con una calma solemne. Sus alas de luz permanecían plegadas detrás de él mientras observaba a todos con una mirada amable pero profunda.
Frente a la mesa, en una zona destinada para los jóvenes involucrados en los incidentes recientes, estaban Issei Hyodou, Yuuto Kiba, Asia Argento, Akeno Himejima y algunos otros.
Issei estaba nervioso.
Extremadamente nervioso.
-Oye... Kiba... -susurró inclinándose hacia su amigo-. ¿Es idea mía o esta reunión parece demasiado importante para que nosotros estemos aquí?
Kiba soltó una pequeña risa.
-Definitivamente lo es. Pero también somos parte del incidente de las Excalibur.
-¡Sí, pero una cosa es participar y otra es estar en una reunión con... con líderes de facciones! -Issei miró alrededor con pánico contenido-. ¡Ese es Michael! ¡EL Michael!
Akeno sonrió suavemente.
-Compórtate, Issei. No es momento para perder la cabeza.
-¡Pero es que no puedo evitarlo!
Azazel, que claramente había escuchado, soltó una carcajada.
-¡Relájate, chico! Nadie te va a lanzar un rayo divino... probablemente.
-¡¿PROBABLEMENTE?!
La risa se extendió por algunos de los presentes, incluso Sirzechs dejó escapar una leve sonrisa.
Michael levantó una mano con suavidad.
Y el salón volvió al silencio.
-Agradezco que todos hayan venido -dijo con voz tranquila-. La situación entre nuestras facciones ha sido... complicada durante siglos.
Hizo una pausa.
-Pero los eventos recientes nos han recordado algo importante.
Miró a los jóvenes frente a él.
-Que el mundo está cambiando.
Rias cruzó los brazos.
-Las guerras eternas ya no tienen sentido.
Azazel asintió.
-Exacto. Demonios, ángeles y caídos... hemos estado peleando tanto tiempo que casi olvidamos por qué empezamos.
Sirzechs habló entonces.
-Por eso estamos aquí. Para discutir un acuerdo que evite más conflictos innecesarios.
Issei tragó saliva.
Aquello era enorme.
Una cumbre de paz real.
Si aquello funcionaba...
Las guerras entre facciones podrían terminar.
Michael se levantó lentamente.
Sus pasos resonaron suavemente en el mármol mientras caminaba hacia donde estaban los jóvenes.
-Sin embargo -continuó-, hay otro asunto que debemos tratar.
Sus ojos se posaron en Issei.
Issei se congeló.
-¿Yo...?
-Sí, Issei Hyodou.
Issei señaló su propio pecho.
-¿YO?
Azazel cruzó los brazos.
-Sí, tú. ¿A quién más?
Issei miró alrededor buscando apoyo.
Nadie lo salvó.
Michael se detuvo frente a él.
La diferencia de presencia era abrumadora.
No era intimidante.
Pero sí... imponente.
-Issei Hyodou -dijo Michael con serenidad-. Portador del Boosted Gear. Uno de los Longinus más poderosos.
Issei se rascó la cabeza.
-Bueno... sí... supongo...
-Has demostrado valor en varias ocasiones.
Issei parpadeó.
-¿En serio?
-También has demostrado una determinación poco común.
Azazel murmuró.
-Y una obsesión enfermiza con los pechos.
-¡Oiga!
Algunos demonios rieron por lo bajo.
Michael, sorprendentemente, también sonrió un poco.
-Los humanos suelen ser contradictorios.
Luego su expresión se volvió más seria.
-Pero lo que importa es que posees algo que pocos tienen.
Issei inclinó la cabeza.
-¿Qué cosa?
Michael levantó la mano.
Y en el aire apareció una caja.
No era grande.
Era una caja larga, antigua, hecha de madera oscura con símbolos grabados que parecían extremadamente viejos.
Toda la sala se tensó.
Azazel frunció el ceño.
Sirzechs también parecía más serio.
Issei tragó saliva.
-Eh... ¿qué es eso?
Michael sostuvo la caja con ambas manos.
-Un arma.
El silencio se volvió pesado.
Michael continuó.
-Un arma que incluso los ángeles temen.
Los ojos de Issei se abrieron.
-¿Eh?
-Un arma creada para destruir a los hijos de la noche.
Azazel murmuró.
-Vaya... así que todavía existe.
Kiba frunció el ceño.
-¿Profesor...?
Azazel miró la caja con una expresión que rara vez mostraba.
Respeto.
-No pensé que volvería a verla.
Michael miró a Issei.
-Este objeto ha pasado por generaciones de cazadores.
Colocó la caja frente a él.
-Y hoy...
La abrió.
Dentro había un látigo.
No era un látigo común.
La empuñadura era de metal oscuro con grabados sagrados. La cadena parecía hecha de un material extraño que reflejaba la luz como si tuviera vida propia.
En cuanto la caja se abrió...
Una presión espiritual llenó la habitación.
Asia se estremeció.
Kiba sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Incluso algunos ángeles fruncieron el ceño.
Issei miró el arma.
-¿Eso es... un látigo?
Michael asintió.
-Su nombre es...
Hizo una pausa breve.
-Vampire Killer.
La reacción fue inmediata.
Azazel soltó un silbido.
-Vaya.
Sirzechs entrecerró los ojos.
Akeno susurró.
-Ese nombre...
Kiba lo reconoció.
-Espera... ¿no es...?
Michael continuó.
-El arma sagrada utilizada durante siglos por un linaje humano.
Issei inclinó la cabeza.
-¿Linaje?
Michael lo miró directamente.
-Los Belmont.
El nombre cayó como una piedra en el silencio.
Azazel apoyó la barbilla en su mano.
-Una familia muy interesante.
Issei levantó una ceja.
-Nunca escuché de ellos.
Azazel sonrió.
-Normal. La mayoría del mundo tampoco.
Michael cerró suavemente la caja, dejando solo la empuñadura visible.
-Los Belmont fueron una familia de cazadores.
Asia inclinó la cabeza.
-¿Cazadores de...?
-Criaturas de la oscuridad.
La voz de Michael era tranquila, pero cada palabra parecía cargar siglos de historia.
-Durante generaciones combatieron vampiros, demonios menores, espectros y toda clase de entidades que amenazaban a la humanidad.
Issei abrió los ojos.
-¿Humanos peleando contra eso?
-Sí.
Azazel agregó.
-Y no cualquier humano.
Michael asintió.
-Los Belmont portaban este látigo.
Tocó la empuñadura.
-Un arma impregnada con poder sagrado.
El aire parecía vibrar.
-Un arma que puede destruir criaturas oscuras de forma definitiva.
Akeno murmuró.
-Eso explica la presión espiritual...
Michael continuó.
-Durante siglos, el Vampire Killer fue el terror de los vampiros.
Azazel soltó una pequeña risa.
-Los clanes vampíricos literalmente contaban historias para asustar a sus crías con el nombre Belmont.
Issei levantó una ceja.
-¿En serio?
-En serio.
Michael caminó lentamente mientras hablaba.
-Los Belmont surgieron en la Edad Media.
-Se convirtieron en el principal baluarte de la humanidad contra un enemigo específico.
Se detuvo.
-Drácula.
Issei se quedó en blanco.
-...¿el Drácula?
Azazel respondió.
-El verdadero.
Issei sintió que su cerebro se apagaba un segundo.
-¿Existe?
Azazel se encogió de hombros.
-Existió.
Michael continuó.
-Cada cierto tiempo, el Señor de los Vampiros regresaba.
-Y cada vez...
Sus ojos brillaron suavemente.
-Un Belmont se levantaba para enfrentarlo.
Kiba escuchaba atentamente.
-Entonces ese látigo...
-Fue el arma que derrotó a Drácula en múltiples ocasiones.
La sala permanecía en silencio absoluto.
Michael volvió a mirar la caja.
-Pero incluso las leyendas tienen un final.
Su voz se volvió más suave.
-En el siglo XXI...
-Los Belmont desaparecieron.
Issei parpadeó.
-¿Desaparecieron?
Azazel suspiró.
-Nadie sabe exactamente qué pasó.
Michael asintió.
-Hay varias teorías.
-Algunos creen que se extinguieron.
-Otros creen que eligieron el exilio.
Akeno inclinó la cabeza.
-¿Exilio?
-Sí.
Michael continuó.
-Los Belmont siempre fueron... independientes.
-No servían a ángeles ni demonios.
-Su lealtad era solo con la humanidad.
Sirzechs habló entonces.
-Y con el tiempo...
-Las guerras entre facciones hicieron que su existencia fuera... incómoda para muchos.
Azazel rió.
-Un humano con un arma capaz de matar demonios de alto nivel no es algo que todos quieran cerca.
Michael cerró la caja.
-Sin embargo, el Vampire Killer sobrevivió.
Miró a Issei.
-Y ahora necesita un nuevo portador.
Issei se señaló de nuevo.
-¿YO?
Michael asintió.
-Sí.
Issei agitó las manos.
-¡Espere, espere! ¡¿No se supone que eso es para una familia legendaria de cazadores?!
Azazel sonrió.
-Bueno... esa familia ya no está.
Issei sudaba.
-¡Pero yo soy un pervertido de secundaria!
-También eres portador de un Longinus -dijo Michael.
Issei se quedó callado.
Michael levantó el látigo.
El metal tintineó suavemente.
-Este arma no puede ser usada por cualquiera.
-Rechaza a la mayoría.
Se acercó un paso.
-Pero creo que tú podrás portarlo.
Issei miró el látigo.
Luego a Michael.
Luego al látigo otra vez.
-...¿y si me mata?
Azazel soltó una carcajada.
-Sería una forma interesante de morir.
-¡NO AYUDA!
Michael extendió el arma.
-Issei Hyodou.
-¿Aceptarás el legado de los cazadores?
Issei sintió que todos lo miraban.
Rias.
Kiba.
Asia.
Akeno.
Sirzechs.
Azazel.
Michael.
El peso del momento era enorme.
Issei respiró hondo.
Luego extendió la mano.
Y tomó el Vampire Killer.
En el instante en que sus dedos tocaron la empuñadura...
La sala se llenó de luz.