Capítulo 1: El Gran Cataclismo
Era el año 2065.
El mundo no se acabó por escasez. Se acabó por exceso de orgullo.

La Unión del Hierro no era solo la nación más poderosa; era el estándar que todos los demás seguían a regañadientes. Motores diesel que rugían como bestias encadenadas, colosos de acero que surcaban océanos dejando estelas de humo negro, economías enteras pendientes del petróleo que ellos controlaban. Dictaban el progreso con mano de hierro. El resto del planeta compraba sus patentes obsoletas, sobrevivía a su sombra y callaba.
Pero la paranoia creció como óxido en las junturas. Temían que el “caos externo” corrompiera su perfección mecánica, que los inferiores robaran sus secretos. En 2065, tomaron la decisión final: sellaron sus fronteras. Cortaron cables submarinos, derribaron satélites propios, bajaron persianas de acero blindado. “Sin nosotros, volverán a la edad de piedra”, proclamaron desde balcones de mármol y bronce, mientras el humo de las refinerías oscurecía su propio cielo.
Se equivocaron.
Durante veinte años de silencio absoluto, la Unión se dedicó a perfeccionar lo que ya tenía: pistones más grandes, blindajes más gruesos, bombas de gravedad capaces de aplastar montañas enteras bajo su propio peso. Se volvieron expertos en un pasado que se negaba a morir.
Afuera, en la oscuridad del aislamiento, ocurrió lo impensable. Sin el monopolio del petróleo, las naciones restantes se vieron obligadas a saltar al vacío. Abandonaron el acero por estructuras de carbono ultraligero, el combustible fósil por antimateria contenida en esferas de contención cuántica, el cableado por redes neuronales que enlazaban mentes y máquinas. El mundo evolucionó en la sombra.
En 2085, cuando la Unión abrió por fin sus puertas para “reclamar” lo que consideraba suyo, no encontraron mendigos suplicando carbón.
Encontraron un mundo cyberpunk.

Ciudades que flotaban sobre pulsos magnéticos, naves que zumbaban con energía limpia en lugar de vomitar humo, drones de neón que se movían con precisión quirúrgica. Los tanques de mil toneladas de la Unión parecieron reliquias oxidadas ante esa elegancia letal. La envidia se transformó en odio en segundos. El Alto Mando no soportó que los “inferiores” hubieran alcanzado la cima sin ellos.
“Si no es nuestro, no será de nadie.”
La guerra duró apenas unas horas. Pero su eco se extendería siglos.
La Unión lanzó primero: bombas de gravedad que curvaban el espacio, succionando ciudades enteras hacia cráteres imposibles donde el peso aplastaba todo —hueso, acero, esperanza— en una masa compacta. El suelo se doblaba como tela rasgada, edificios colapsaban hacia un centro invisible, el aire se volvía denso y opresivo.
La respuesta fue inmediata y quirúrgica. Pulsos de antimateria pura: destellos cegadores que desintegraban la realidad molecular. Legiones enteras se vaporizaban en nubes de partículas luminosas, torres de neón se disolvían como azúcar en agua hirviendo, el cielo se quemó en un rojo perpetuo. El choque entre la fuerza bruta del diesel y la precisión del cyber borró la atmósfera misma. Océanos evaporados en vapor radiactivo, continentes convertidos en vidrio fundido, el polvo eterno que aún cubre el sol.

Ciento cincuenta años después...
En un valle estrecho entre montañas escarpadas, un puñado de supervivientes había construido algo que llamaban simplemente “el Pueblo”. Las cumbres altas y los pasos angostos los habían salvado de lo peor: las nubes de radiación que barrieron las llanuras, los mutantes que merodeaban caminos abiertos, los raiders que saqueaban sin piedad.
La muralla era tosca pero efectiva: carrocerías oxidadas de autos pre-guerra apiladas, troncos de pinos cortados en las alturas, chapas retorcidas y alambre de púas rescatado de ruinas lejanas. Dentro, casas de madera y adobe se apiñaban alrededor de una plaza central. Un cartel descolorido aún colgaba en la entrada: “Bienvenidos al Valle Sereno”. Nadie recordaba quién lo había puesto, ni por qué.
Las reglas eran estrictas. Cada cinco años elegían un nuevo jefe entre los más capaces: no por sangre, sino por mérito. Uno mejoraba los cultivos en terrazas áridas, otro reforzaba las defensas, un tercero negociaba con exploradores errantes. Había disputas, alianzas frágiles, a veces duelos resueltos con palabras o puños. Pero funcionaba. Cada cambio traía un soplo de progreso... o al menos evitaba el estancamiento total.
La vida era dura. Los filtros de agua, hechos con piezas pre-guerra, fallaban cada vez más; el óxido se comía las membranas y el agua sabía a metal y muerte lenta. Generadores eólicos improvisados y paneles solares rescatados parpadeaban con menos fuerza. El conocimiento pasaba de boca en boca, de libro amarillento en libro: rotar cultivos en laderas inclinadas, criar cabras mutadas que dieran leche sin envenenar, reparar un rifle con alambre y pura voluntad.
Guardias en turnos vigilaban las murallas con rifles viejos y flechas hechas a mano. Exploradores —los más valientes o los más desesperados— salían al amanecer, nunca más de un día de marcha. Regresaban al atardecer con chatarra útil, hierbas resistentes o solo cuentos: huellas extrañas en el polvo, sombras en la distancia, ecos de disparos que nadie quería seguir.
Más allá de las montañas, nadie iba. Las historias de los abuelos hablaban de un wasteland envenenado para siempre, aire que mataba despacio, criaturas acechando en la niebla radiactiva. ¿Verdad o mito? Nadie lo sabía. Nadie había regresado de un viaje más largo para confirmarlo... o desmentirlo.
Por seguridad, se quedaban cerca. Un día fuera, un día de vuelta. Era la regla que nadie cuestionaba.
Aun así, el Pueblo resistía. Pequeño, aislado, olvidado... pero vivo.

Por ahora.
El viento traía a veces un olor distinto: no solo humo de leña y aceite quemado, sino algo metálico, lejano, casi eléctrico.
Como si el wasteland, después de tanto silencio, hubiera empezado a despertar.