Diario de Perla, parte 1
Mis amigas piensan que mi marido es homosexual. Aunque es culpa mía haberles confiado la privacidad de mi matrimonio. Nelson y yo nos casamos hace dos meses, después de seis largos años de noviazgo. Él entra y sale del país por un negocio del que jamás me ha hablado, pero empiezo a creer que por fin va a quedarse. Lo único que quisiera es que nuestro matrimonio funcionara como uno de verdad. Todas las parejas que conozco tienen una vida sexual activa, mientras que entre nosotros el sexo no existe. Puede que mis amigas tengan razón, pero me gusta pensar que lo que le pasa es otra cosa y no que un hombre le pueda resultar más atractivo que yo.
Cuando recién nos estábamos conociendo, Nelson me habló de lo importante que era para él llegar virgen al matrimonio. Encontré sus ideas bastante extrañas, considerando que en ese momento tenía cuarenta y nueve años. También me contó que jamás había besado a nadie. ¿Cómo es posible que un hombre que, en su juventud, parecía un modelo de revista, jamás hubiera besado a nadie? Supongo que mi afán por ser la primera es lo que me ha llevado a entrar en una unión tan fría y distante. Porque aparte de no hacer el amor, Nelson se pasa los días escribiendo una novela. Lleva trabajando en ella desde antes de que nos casáramos y no me ha mostrado ni un miserable párrafo.
Por más que quisiera terminar la relación, dejarlo sería darle la razón a mi madre y arriesgarme a que ningún otro hombre se fije en mí. Estoy casi tan vieja como Nelson; son pocas las posibilidades de conseguir a alguien nuevo.