Prologo
El bosque estaba demasiado quieto y la golpeaba con un aire gélido.
Bella siempre recordaría ese detalle. No el tono de voz de Edward, ni su cara inexpresiva mientras soltaba aquellas mentiras ensayadas. Lo que se le quedó grabado fue el silencio sepulcral de Forks, ese aire pesado que parecía golpearle la piel sin misericordia.
—No te quiero —dijo él.
La frase no fue un golpe; fue un portazo. Bella sintió una presión aguda en el pecho, pero no se dobló. Se quedó ahí, inmóvil, sintiendo cómo la sangre se le enfriaba en las venas mientras lo veía retroceder. Sus ojos dorados estaban oscuros, fijos en una decisión que él ya había tomado por los dos, una en la que jamás tendría voz ni voto.
—No eres parte de nuestra familia, estarás mejor sin nosotros y nosotros lo estaremos sin ti —añadió, con esa disciplina irritante de quien cree que está haciendo un sacrificio heroico.
Bella quiso gritarle que era un cobarde. Que su “amor” no valía nada si lo rendía al primer problema con Jasper. Se sentía estúpida por haberse entregado tanto a alguien que la dejaba ahí tirada, en medio del barro, solo porque tenía miedo de su propia sombra, de sí mismo. Sabía que mentía, pero también sabía que Edward era demasiado terco para admitir que se estaba equivocando y ella no se quedaría rogando por él, no más.
—Vete entonces —pensó, con una mezcla de rabia y náuseas.
No lo siguió. Vio cómo desaparecía entre los árboles con esa elegancia sobrenatural y, por primera vez, le pareció patético.
Cuando se quedó sola, no hubo un vacío místico. Lo que hubo fue un agotamiento súbito. Le dolían las piernas y sentía un peso extraño en el vientre, como si hubiera comido algo que no le cayó bien. Se llevó la mano al estómago, apretando la tela de su chaqueta, un tirón que la obligaba a respirar hondo para no marearse.
Caminó de regreso a casa a trompicones. Estaba furiosa. Furiosa con Edward por dejarla y furiosa consigo misma por sentirse tan físicamente débil de repente.
Al llegar, la casa estaba vacía. Se encerró en su cuarto, se quitó los zapatos llenos de lodo y se sentó en el borde de la cama. El llanto llegó, pero no fue un llanto fuerte y sombrío; fue un llanto amargo de alguien que ha sido traicionada. Sin embargo, algo la distraía de su propia pena: tenía un hambre voraz. Una necesidad física de comer y dormir que le resultaba ajena, pero que abrazó de todos modos. Después de todo, no valía la pena dejar ir por alguien que no la amaba lo suficiente para luchar por ella.
Se tumbó de lado, encogiéndose. Su cuerpo se sentía pesado, extrañamente alerta. Su metabolismo parecía haber subido de revoluciones; sentía la piel más caliente y los sentidos más agudos de lo normal para estar en medio de un ataque de ansiedad.
Apoyó las manos sobre su vientre, simplemente porque era ahí donde sentía la tensión, supuso que su periodo estaba por llegar, a fin de cuentas ya estaba en fechas. No había nada que ver, pero el dolor del abandono de Edward se sentía un poco más lejano cada vez que se concentraba en esa extraña pesadez interna.
Él se había ido pensando que la dejaba vacía, pero Bella, mientras cerraba los ojos agotada, supo que Edward se había equivocado una vez más. No estaba sola. No sabía qué era, pero la sensación de que debía sobrevivir —de que tenía que— era más fuerte que su deseo de llorar por un amor cobarde.