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Tormenta y vacío《CharlieBabe》

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Summary

Dos hombres, dos agencias rivales, una mirada al otro lado de la pasarela. Babe es un Alfa gruñón y estricto, acostumbrado a controlar todo a su alrededor. Charlie es un Enigma, sereno y calculador, un fantasma en el mundo de las feromonas. Cuando sus caminos se cruzan en la Semana de la Moda de Milán, la atracción es inmediata e innegable. Entre diseños, rivalidades y secretos, deberán decidir si arriesgarlo todo por un amor que nadie vio venir. Lo que comienza como un encuentro prohibido podría convertirse en algo mucho más grande...si el mundo no los descubre antes.

Genre
Drama
Author
Vanesa
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

ONE SHOT

La Semana de la Moda de Milán bullía con un glamour electrizante. Bajo las altas columnas neoclásicas de la sede central, un mar de asistentes perfectamente vestidos se arremolinaba. El aire, ya de por sí denso con los aromas de los caros perfumes y el cuero nuevo, se saturaba con otra capa, una más primitiva: un cóctel de feromonas de los cientos de asistentes dinámicos. Alfas dominantes exudaban autoridad y musgo; Omegas, con sutiles notas florales o dulces, mantenían su compostura profesional; y los Betas, el aroma neutro del café y el papel, formaban la columna vertebral del evento.

En el lado oeste de la pasarela, la delegación de la agencia Aethelred se mantenía en un silencio casi militar. A la cabeza, con los brazos cruzados sobre un impecable traje gris marengo, estaba Babe. A sus 27 años, era un Alfa, pero no uno cualquiera. Su presencia era una fuerza en sí misma. Su feromona, en lugar del habitual sándalo o cedro, era una tormenta invernal: aire gélido, pino y un toque metálico que hacía que los Alfas a su alrededor se irguieran instintivamente, y que los Omegas más sensibles tragaran saliva.

Su ceño estaba permanentemente fruncido, sus ojos claros escaneaban la sala como si buscara una pelea.

—El dobladillo del modelo tres está mal.— gruñó Babe, sin siquiera mirar a su asistente Beta, que sudaba a su lado.— Si pisa mal y tropieza, que no vuelva a la agencia.

—S-sí, señor Babe. Ahora mismo voy.

Al otro lado de la enorme pasarela, en el sector este, la agencia Veridian operaba con una fluidez casi fantasmal. Y en su centro, como una araña en su telaraña, estaba Charlie. Veintiséis años. Era un Enigma. El rango más alto, una leyenda urbana hecha carne. Para los demás, era un Beta sin ningún aroma destacable, un camaleón en la multitud. Pero para aquellos con la sensibilidad suficiente para notarlo, su verdadera naturaleza era un susurro aterrador. Su feromona no olía a nada conocido; era la ausencia de olor, un vacío que succionaba los demás aromas a su alrededor, creando un silencio sensorial que ponía los pelos de punta a cualquier Alfa y Omega con dos dedos de frente. Observaba, calculador, con una sonrisa serena pero gélida en los labios.

—Las gradas del este tienen un ángulo muerto.— murmuró Charlie para sí, anotando algo en una pequeña libreta.— Perfecto para que el diseñador de Aethelred se pierda los aplausos. Qué pena.

El desfile comenzó. La música atronaba, los focos cegaban. Modelos gráciles desfilaban con las últimas tendencias. Babe no perdía detalle, criticando cada textura, cada costura.

De repente, un movimiento al otro lado de la pasarela captó su atención. Un hombre de traje azul noche, de cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás, se inclinaba ligeramente para susurrar algo al oído de una periodista. No había nada especial en él...y sin embargo.

El mundo de Babe se ralentizó. Su Alfa interior, esa bestia gruñona y desconfiada que siempre estaba en guardia, se puso tenso como un cable. No olió nada. Ese era el problema. Donde debería haber un aroma, un indicio de rango, una amenaza o un aliado, solo había un agujero. Un vacío que succionaba el calor del ambiente. Sus sentidos de Alfa se dispararon en alerta máxima, pero no por una amenaza clara, sino por un enigma. Sus feromonas de tormenta invernal se agitaron, emitiendo una oleada de confusión y desafío inconsciente.

Al otro lado, Charlie lo sintió como una bofetada de realidad en su burbuja de control.

El aroma a pino y metal helado atravesó el muro de silencio que proyectaba, llegando a él claro y potente. Era un Alfa. No uno cualquiera, un Alfa con una firma tan poderosa y definida que era imposible de ignorar. Sus ojos, que hasta entonces habían analizado fríamente el entorno, se desviaron como imanes. Sus miradas se encontraron a través del torbellino de la pasarela.

Fue un flechazo sensorial. Para Charlie, el aroma de Babe no era una invasión, sino una llave. Una puerta a un mundo de sensaciones que su rango superior le permitía saborear con una intensidad brutal. No era solo pino y metal, era la sensación de una nevada en una montaña, el crujir de la escarcha bajo las botas, la soledad orgullosa de la cima. Era magnético.

Para Babe, la experiencia fue desconcertante.

Mirar a Charlie era como intentar enfocar un objeto en la niebla. Su cuerpo le decía que allí había alguien, su Alfa le rugía que era una presencia colosal, pero sus sentidos básicos le devolvían un eco vacío. Y, sin embargo, en sus ojos verdes, serenos y calculadores, Babe vio un destello de interés. Un destello que le quemó la sangre.

Sin poder evitarlo, el Alfa gruñó por lo bajo, un sonido grave y gutural que sus compañeros de Aethelred conocían bien como preludio de una tormenta. Pero esta vez no era ira. Era...desconcierto. Atracción. Rabia por sentirse atraído.

—¿Quién es?— preguntó Babe, con la voz más cortante que nunca, señalando con la barbilla al otro lado.

Su asistente Beta siguió su mirada y palideció.

—E-es...Charlie. El director creativo de Veridian. Dicen que es un Beta...pero nadie se lo cree. Le llaman "El Fantasma".

"Fantasma", pensó Babe. Tenía sentido. Un fantasma que le helaba la sangre y se la calentaba al mismo tiempo.

Charlie, por su parte, sostuvo la mirada desafiante del Alfa. Vio el ceño fruncido, la mandíbula apretada, la postura rígida. Vio al lobo mostrando los dientes. Y una sonrisa genuina, pequeña pero real, curvó sus labios. Inclinó ligeramente la cabeza, en un gesto que podía interpretarse como un saludo educado o como la inclinación de un depredador que acaba de elegir a su presa.

Babe sintió que el vacío se expandía. La sonrisa de Charlie fue como una grieta en su armadura. Sus feromonas de tormenta, antes confusas, ahora olían a territorio en disputa. Un desafío. A algo que no había olido en su vida.

El desfile terminó. Los aplausos atronaron. La gente se levantó y el hechizo se rompió. La marea humana separó sus miradas. Pero el daño, o el milagro, ya estaba hecho.

Más tarde, en el bullicioso after-party en una azotea con vistas al Duomo, Babe se mantenía en una esquina, con una copa de whisky intacta en la mano, fulminando con la mirada a cualquiera que osara acercarse. Buscaba. Olfateaba el aire en busca de ese vacío.

Y lo encontró. Charlie estaba a su lado, de pie, también mirando las luces de la ciudad.

—Hueles a tempestad.— dijo Charlie, sin mirarlo, con una voz serena y profunda que vibró en el pecho de Babe.— Es...refrescante.

Babe se tensó. Su Alfa rugió para que se alejara, para que atacara. Pero sus pies no se movieron.

—Tú no hueles a nada.— espetó Babe, con la voz áspera.— Es antinatural. Desconcertante.

Charlie giró la cabeza y lo miró directamente. Sus ojos verdes atraparon los claros de Babe.

— Para ti debe serlo. Acostumbrado a que todo el mundo se doblegue ante tu presencia, a que tus feromonas marquen el ritmo. Y de repente, un muro. Un silencio. Debe ser...irritante. O fascinante.

Babe apretó el vaso con tanta fuerza que el cristal crujió.

—No me fascinas, fantasma. Me pareces una amenaza. Mi agencia y la tuya...—.empezó con el discurso ensayado.

—Olvida las agencias.— le interrumpió Charlie, dando un paso adelante. Invadiendo su espacio personal sin permiso. El aroma a tormenta de Babe lo envolvió, y Charlie lo inhaló profundamente, con los ojos entrecerrados por un momento, como quien saborea un vino caro.— Esto no es negocio. Esto es...química. O la falta de ella. Dime, Alfa...cuando me miras, ¿qué sientes? Además de la necesidad de querer marcarme o huir.

Ningún Omega, ningún Beta, ningún Alfa le había hablado así. Con tanta seguridad. Con tanta calma. Babe sintió que su gruñón interior, ese lobo solitario, se echaba a sus pies, mirando a Charlie con una mezcla de temor y una lealtad absurda y recién nacida.

—Siento...— la voz de Babe salió más ronca de lo que esperaba. Tragó saliva, su nuez se movió visiblemente.— Siento que el invierno se ha vuelto más frío de repente. Y que no me importa.

Charlie sonrió de nuevo, esa pequeña curva que desarmaba por completo al estricto Alfa.

—Entonces, Babe de Aethelred.— dijo Charlie, dando su nombre con una familiaridad que heló y abrazó a partes iguales.— ¿Tomas algo? Hay una cafetería aquí al lado, alejada de este circo de feromonas ajenas. Podemos hablar de moda. O de por qué tu lobo interior está aullándole a la luna que soy yo.

Babe sabía que debía decir que no. Que era una trampa. Que era el enemigo.

En lugar de eso, soltó el vaso roto en una bandeja cercana y asintió, con el ceño todavía fruncido, pero con una luz nueva, confusa y brillante en sus ojos.

—Andando, fantasma. Pero si esto es una táctica de Veridian para sacarme información, te juro que...

—Lo sé, lo sé.— Charlie comenzó a caminar, y Babe, el poderoso y gruñón Alfa, lo siguió sin dudarlo.— Me congelarás con tu tormenta personal. Pero, Babe...creo que a mí el frío no me afecta.

La cafetería, Alba Nascosta, era un pequeño refugio de mármol y terciopelo escondido en una callejuela adyacente a la plaza. El bullicio de la Semana de la Moda quedaba amortiguado por sus gruesos muros, y el aroma del café recién molido luchaba por imponerse al persistente recuerdo de las feromonas de la fiesta.

Se sentaron en una mesa apartada, en un rincón de terciopelo burdeos. Un camarero Beta se acercó, y su sonrisa profesional se congeló un instante al sentir la extraña dinámica en la mesa. Por un lado, la presión gélida y autoritaria de un Alfa enfadado. Por el otro, un hombre de mirada serena que parecía absorber la misma luz. Tomó la orden con un nudo en el estómago: un expreso doble para Charlie, un té negro muy cargado para Babe.

En cuanto se quedaron solos, el silencio se volvió un campo de batalla. Babe apoyó los codos en la mesa, su mirada clara perforando a Charlie.

—Vale, ya estamos aquí, lejos de los focos. Habla. ¿Qué quieres?

Charlie entrelazó los dedos sobre la mesa, observándolo con una calma que resultaba exasperante.

—¿Siempre eres tan directo?— preguntó, con un deje de diversión.

—Siempre. Y más con un rival que no huele a nada y me mira como si ya me hubiera ganado una partida que ni siquiera sé que estoy jugando.

—No he dicho que haya una partida.— Charlie inclinó la cabeza, sus ojos verdes brillaron con la tenue luz de la lámpara de la mesa.— Sólo he dicho que tenía curiosidad. Eres...inusual, Babe. He visto a muchos Alfas. Poderosos, arrogantes, dominantes. Tú eres todo eso, sí, pero hay algo más. Una grieta en la armadura.

Babe resopló, un sonido rudo.

—No tengo grietas.

—Claro que sí. La vi cuando nuestras miradas se cruzaron. Por un momento, tu lobo no mostró los dientes. Se quedó mirando, desconcertado. Como un cachorro que ve la nieve por primera vez.

La analogía, dicha con esa voz serena, hizo que Babe apretara la mandíbula. Sus feromonas de tormenta se agitaron, emitiendo una oleada de irritación defensiva. Pero Charlie no se inmutó. Al contrario, sus fosas nasales se dilataron ligeramente, saboreando aquella descarga química.

—Ahí está.— murmuró Charlie, casi para sí.— Ese toque metálico. Como una espada desenvainándose. Fascinante.

—¿Te estás riendo de mí?— gruñó Babe, inclinándose hacia adelante.

—Para nada. Te estoy estudiando. Es lo que hago. Observo, cálculo. Y tú eres un espécimen único. Tu feromona no es solo un aroma, es una declaración de intenciones. "No te acerques". Y sin embargo...aquí estás. Conmigo.

El camarero llegó con las bebidas, rompiendo la tensión por un momento. Babe agarró su taza como si fuera un escudo. Charlie sopló suavemente su expreso antes de probarlo, sus ojos nunca se despegaban del Alfa.

—Dime una cosa.— dijo Charlie, dejando la taza.— ¿Cómo es? ¿Cómo se siente ser tú? Llevar esa coraza de mal humor y rigidez a todas partes. Apostaría a que ni siquiera tú sabes qué hay debajo.

La pregunta fue un puñetazo inesperado. Babe parpadeó. Nadie le preguntaba eso. Nadie se atrevía. Le preguntaban por tendencias, por estrategias de negocio, por su opinión sobre un diseñador. Pero nunca por él.

—¿Debajo?— repitió Babe, con la voz más baja.— Hay…lo que hay. Lo que tiene que haber para sobrevivir en este mundo. Para mantener a raya a los idiotas que creen que por ser Alfa pueden pisarte. Para proteger lo mío.

—¿Y quién te protege a ti?— la pregunta de Charlie fue un susurro, pero resonó como un trueno en el silencio de la cafetería.

Babe sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Su Alfa interior, ese lobo gruñón y solitario, gimió suavemente. Nadie le había ofrecido protección. Él era la protección.

—Yo mismo.— respondió, desafiante, pero su voz tembló ligeramente.

Charlie asintió, como si confirmara una teoría largamente acariciada.

—Y debe ser agotador. Por eso hueles a tormenta. Las tormentas no descansan. Azotan, rugen, y siguen adelante. Pero hasta las tormentas necesitan un valle donde calmarse.

Babe se quedó mirándolo, perdido. La lógica, la frialdad calculadora de Charlie, era un arma más afilada que cualquier colmillo. Y le estaba desarmando por completo.

—Y supongo.— dijo Babe, con un dejo de ironía que no lograba ocultar su confusión.— que tú te ofreces como ese valle. Un puto valle fantasma que no huele a nada.

—Exacto.— Charlie sonrió, y esta vez su sonrisa no era gélida, sino cálida, casi humana.— Un valle donde el viento no sopla. Donde puedes, por un momento, dejar de ser el Alfa feroz y ser solo...Babe. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te llamó por tu nombre sin que fuera una orden o una pregunta de trabajo?

La pregunta flotó en el aire. Babe abrió la boca para responder, pero no encontró las palabras. No recordaba. Su vida era una sucesión de "señor Babe", "jefe", "Alfa Babe". Su nombre, a secas, era un territorio virgen.

—Mierda.— murmuró, pasándose una mano por el pelo, despeinando su perfecto peinado.— Eres peligroso.

—Lo sé.— admitió Charlie sin falsa modestia.— Pero no para ti. No de la forma que crees.

Babe lo miró largamente. El aroma de Charlie seguía siendo un vacío, pero ahora ese vacío no le parecía amenazador. Le parecía un espacio vacío esperando ser llenado. Un lienzo en blanco. Un silencio donde su tormenta podría, quizá, encontrar paz.

—Esto es una locura.— dijo Babe, negando con la cabeza.— Trabajamos para agencias rivales. Si alguien nos ve...

—Que nos vean.— Charlie se encogió de hombros.— No estamos haciendo nada malo. Dos profesionales del sector tomando café. Puede que estemos planeando un sabotaje conjunto, o puede que estemos... conociéndonos.

—¿Conociéndonos?— Babe resopló.— No sé nada de ti. Eres un puto fantasma. No sé ni qué rango tienes de verdad.

—¿Importa?— Charlie apoyó la barbilla en una mano, sus ojos verdes fijos en los de Babe.— ¿Importa la etiqueta? Yo sé lo que eres tú. Un Alfa leal, estricto, malhumorado, sí, pero con un corazón que protege lo suyo con uñas y dientes. Y me hueles a gloria. A hogar invernal. A refugio. Lo demás...son detalles.

Las palabras de Charlie, dichas con esa mezcla de frialdad analítica y una calidez inesperada, calaron hondo en Babe. Sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de algo más profundo. Una conexión. Un hilo invisible que tiraba de su pecho hacia el hombre que tenía enfrente.

—No sé qué hacer con esto.—.admitió Babe, en un susurro ronco.— No sé qué se hace cuando...cuando tu lobo deja de gruñir y se sienta a mirar.

Charlie extendió una mano sobre la mesa, con la palma hacia arriba. Una ofrenda. Una invitación.

—Empiezas por pequeños pasos.— dijo Charlie.— Como aceptar una mano. Sin condiciones. Sin agendas ocultas. Solo...una mano.

Babe miró la mano extendida. Larga, de dedos finos, elegante. La mano de un artista, de un calculador. La mano del enemigo. La mano de alguien que le había visto por primera vez sin su coraza.

Con una lentitud que delataba su lucha interna, Babe deslizó su propia mano, sobre la de Charlie. El contacto fue una descarga eléctrica. El vacío de Charlie no se sintió como ausencia, sino como una esponja que absorbía su tormenta, calmándola. Sus feromonas, antes agitadas, se suavizaron. El aroma a pino y metal se volvió más cálido, más...hogareño.

Charlie apretó suavemente los dedos alrededor de la mano de Babe, y una sonrisa genuina, amplia y luminosa, iluminó su rostro, borrando por completo su habitual expresión gélida.

—Bienvenido al valle, Babe.— murmuró.

Y en ese pequeño café, escondido del mundanal ruido de la moda, dos rivales perfectos comenzaron a escribir una historia que ninguno de sus calculados planes había previsto. Una historia que olía a tormenta en calma y a un silencio que, por primera vez, no estaba vacío.

Los días siguientes a aquel café en Alba Nascosta fueron un torbellino silencioso para ambos. La Semana de la Moda continuaba con su ritmo implacable, pero sus mentes estaban en otro lugar. En ese rincón de terciopelo burdeos. En esa mano extendida.

Día cinco: La galería de arte

Quedaron en una exposición privada de un joven escultor al que ninguno de los dos representaba. Era territorio neutral. Caminaban entre las figuras de mármol, hombro con hombro, sus cuerpos manteniendo una distancia que ambos sentían como una carga.

—Este me gusta.— dijo Babe, deteniéndose ante una escultura que representa dos figuras abrazadas, fundiéndose la una en la otra.

Charlie se colocó a su lado, tan cerca que Babe podía sentir el vacío reconfortante de su presencia.

—Habla de ti.— murmuró Charlie.

—¿Qué?

—Esta escultura. Dos mitades que se encuentran. Tú pasaste tanto tiempo siendo la montaña que olvidaste que hasta las montañas necesitan apoyarse en algo.

Babe lo miró, y por un momento, su expresión perdió toda dureza. Era un hombre de veintisiete años, confundido, mirando a otro hombre que parecía entenderlo mejor que nadie.

—¿Cómo sabes todas esas cosas?— preguntó, en un susurro.

—Porque te miro.— respondió Charlie, con una sencillez que desarmaba.— Porque cuando miro a otros, veo estrategias, movimientos, intereses. Cuando te miro a ti...veo a Babe.

El nombre, pronunciado así, desnudo, sin títulos, golpeó a Babe en el pecho. Sus feromonas de tormenta se agitaron, pero no con irritación. Con anhelo.

—Charlie.—.dijo Babe, y era la primera vez que pronunciaba su nombre en voz alta.— Esto...esto me da miedo.

—Lo sé.— Charlie dio un paso más, su pecho casi rozando el brazo de Babe.— A mí también. Los Enigmas no sentimos miedo. O no deberíamos. Pero contigo...

Babe se giró bruscamente.

—¿Enigmas?— repitió, la palabra resonando en el espacio vacío de la galería.— ¿Eres...?

Charlie lo miró fijamente, sus ojos verdes sosteniendo la mirada clara de Babe.

—Sí.

El mundo se detuvo. Babe siempre había sabido que Charlie era diferente. El vacío, la calma, esa presencia que desarmaba a su Alfa sin esfuerzo. Pero saberlo, oírlo, era otra cosa. Un Enigma. El rango más alto. El depredador supremo.

Su Alfa interior, en lugar de rugir alerta, se inclinó. No por sumisión, sino por un reconocimiento más profundo. No estaba ante un rival. Estaba ante alguien que podía, verdaderamente, igualarlo.

—Por eso no te huelo.— murmuró Babe, más para sí mismo.— Por eso siento que desapareces. Porque eres...nada.

—Soy nada.— confirmó Charlie.— Y lo soy todo. Puedo ser lo que necesites. Puedo ser el vacío donde tu tormenta descanse. O puedo ser el muro contra el que te estrelles. Depende de ti.

Babe tragó saliva. Sus feromonas, por primera vez en su vida, olieron a algo que no era tormenta. Olían a tierra mojada después de la lluvia. La calma.

—No me hagas daño.— pidió Babe, y era la petición más vulnerable que había hecho jamás.

Charlie levantó una mano y, con una lentitud que hizo que cada segundo pesara una eternidad, rozó su mejilla. El contacto fue electricidad pura. El vacío de Charlie se llenó, por un instante, con la esencia de Babe. Y Babe sintió que su tormenta encontraba, por fin, su ojo.

—Nunca.— susurró Charlie.— Eres lo único real en mi mundo de sombras.

Día siete: El apartamento de Charlie

La lluvia cayó de repente, una tormenta tardía que pilló a Babe sin paraguas después de una reunión de agencia. Charlie, que había estado esperando en una esquina cercana —porque sí, ahora lo admitía, a veces lo seguía solo para verlo— apareció con un paraguas negro y una sonrisa.

—¿Me estás siguiendo?— gruñó Babe, pero el agua escurría por su cara y su traje empapado lo hacía parecer un gato mojado, y Charlie no pudo evitar reírse.

—Vamos. Mi apartamento está aquí al lado.

—No voy a...

—Babe. Estás empapado. Vas a enfermar. Y no soporto la idea de que estés enfermo. Vamos.

La orden, dicha con esa voz serena pero firme, no admitía réplica. Babe lo siguió.

El apartamento de Charlie era como él: elegante, minimalista, con paredes blancas y muebles de diseño. Pero había detalles cálidos: una manta de lana en el sofá, libros apilados en la mesilla, un cojín con la forma de Prada, que los observó con desdén desde una estantería.

—Siéntate.— dijo Charlie, señalando el sofá.— Te traigo una toalla y ropa seca.

Babe obedeció, sintiéndose extrañamente fuera de lugar. Cuando Charlie volvió con una toalla y una sudadera gris, lo encontró de pie, mirando una fotografía enmarcada en la repisa de la chimenea.

—¿Tu familia?— preguntó Babe, señalando la foto de un hombre mayor y una mujer joven.

—Mi padre y mi hermana.— Charlie se acercó, entregándole la toalla.— Mi madre murió cuando yo era pequeño. Mi hermana vive en Londres. Mi padre...ya no está.

—Lo siento.

—No lo sientas. Fue hace tiempo. Y supe desde pequeño que era diferente. Que no encajaba. Eso me preparó.

Babe se secó el pelo con la toalla, y el gesto, tan cotidiano, hizo que Charlie sintiera un nudo en el pecho.

—¿Preparó para qué?— preguntó Babe.

—Para encontrarte.— respondió Charlie, con una honestidad brutal.— Para saber que, cuando llegaras, tenía que estar listo. Para no asustarte con lo que soy.

Babe dejó la toalla a un lado. Dio un paso hacia Charlie. Luego otro. Estaban tan cerca que podían sentir el calor del otro, a pesar del vacío que proyectaba Charlie, a pesar de la tormenta que envolvía a Babe.

—No me asustas.— dijo Babe, su voz ronca.— Me aterraba lo que siento. Pero tú no. Tú eres...lo único que tiene sentido.

Charlie levantó la mano, como en la galería, y rozó su mejilla. Pero esta vez Babe no se quedó quieto. Esta vez, giró ligeramente la cabeza y presionó su mejilla contra la palma de Charlie, cerrando los ojos.

—Hueles a calma.— murmuró Charlie.— Después de la tormenta. A tierra mojada. A...

—A ti.— completó Babe, abriendo los ojos.— Huelo a ti. Porque desde que te conocí, mi tormenta solo quiere un lugar donde quedarse. Y ese lugar eres tú.

Charlie sintió que algo se rompía dentro de él. Algo que no sabía que existía. Una coraza que ni siquiera sabía que llevaba. Porque los Enigmas no sienten, no deberían sentir. Pero con Babe, todo era diferente.

—Babe...— susurró Charlie, y su voz tembló por primera vez.

—Dime.— pidió Babe, sus ojos claros fijos en los verdes.

—Que no sé cómo hacer esto. Que soy un Enigma. Que mi naturaleza es el control, la frialdad, el cálculo. Y contigo...contigo todo eso desaparece. Contigo solo quiero...ser. Ser Charlie. Solo Charlie.

Babe sonrió. Una sonrisa pequeña, genuina, que iluminó su rostro de una forma que Charlie jamás olvidaría.

—Entonces sé Charlie.— dijo Babe.— Y yo seré Babe. Sin títulos. Sin rangos. Solo nosotros.

Charlie lo miró largamente. Luego, con una lentitud que honraba el momento, apoyó su frente contra la de Babe. Cerraron los ojos. Y en ese contacto, en ese simple gesto, sus feromonas bailaron juntas por primera vez. La tormenta y el vacío. El frío y el silencio. Encontrándose. Mezclándose. Creando algo nuevo.

Prada saltó de la estantería y se enredó entre sus pies, maullando exigente. Se separaron riendo, la burbuja rota pero el hechizo intacto.

—Creo que quiere cenar.— dijo Charlie.

—Yo también quiero cenar.— admitió Babe.— Pero no sé si quiero moverme.

—No te muevas.— Charlie sonrió, acariciando su mejilla una vez más.— Pediré algo. Te quedas. Esta noche.

No era una pregunta. No era una orden. Era una invitación. Una promesa.

Babe asintió, y cuando Charlie se giró para buscar el teléfono, lo agarró del brazo, haciéndolo volverse.

—Charlie.— dijo, serio.— Eres un Enigma. Eres lo más poderoso que existe. Y sin embargo, conmigo...eres suave. Eres...hogar. Gracias.

Charlie sintió que sus ojos se humedecían, algo que no le pasaba desde niño. Pero no le importó.

—Tú eres mi hogar, Babe.— susurró.— Lo has sido desde el otro lado de esa pasarela.

Esa noche, cenaron comida tailandesa sentados en el suelo, con Prada en el regazo de Babe —el gato, que odiaba a todo el mundo, se había enamorado del Alfa gruñón— y una botella de vino tinto. Hablaban de tonterías, de sueños, de miedos. Babe confesó que lloró con Up y Charlie admitió que aún dormía con el peluche de su infancia. Se rieron. Se miraron. Se tocaron.

Y cuando la noche avanzó y el sueño venció, terminaron en el sofá, acurrucados bajo la misma manta, Babe con la cabeza en el pecho de Charlie, Charlie acariciando su pelo con una devoción que jamás había sentido por nada.

—¿Charlie?— murmuró Babe, casi dormido.

—¿Mmm?

—Eres lo mejor que me ha pasado.

Charlie sonrió en la oscuridad, apretando suavemente el brazo que rodeaba a Babe.

—Tú eres lo único que necesito.

Afuera, la lluvia seguía cayendo. Pero dentro de aquel apartamento, en el silencio cálido de dos cuerpos que finalmente se habían encontrado, no había tormenta. Solo paz.

El apartamento de Charlie

La tarde caía con una luz dorada que se filtraba por los grandes ventanales del salón de Charlie. Prada dormía en su estantería habitual, indiferente al mundo, mientras Kaiser estaba tumbado a los pies del sofá, vigilante pero relajado. En ese sofá, Charlie estaba sentado con la espalda apoyada en el reposabrazos, y Babe estaba en su regazo, sentado entre sus piernas, recostado contra su pecho.

Habían pasado la tarde hablando. De todo y de nada. De la colección de otoño de Aethelred, de la estrategia de Veridian para la próxima temporada, de tonterías como qué sabor de helado preferían —vainilla para Babe, pistacho para Charlie—. Era fácil. Natural. Como si llevaran toda la vida haciéndolo.

Pero algo cambió.

Charlie había empezado a jugar distraídamente con el dobladillo de la camiseta de Babe, sus dedos rozando la piel de su cadera con una lentitud que no era casual. Babe se tensó ligeramente, pero no dijo nada. Luego, los dedos de Charlie comenzaron a trazar círculos perezosos en su muslo, sobre el tejido de los joggers negros que Babe llevaba.

La conversación murió.

El silencio se llenó de respiraciones y de feromonas. La tormenta de Babe comenzó a agitarse, y el vacío de Charlie succionaba cada partícula de ese deseo naciente, creando un ciclo de retroalimentación que hacía el aire irrespirable.

—Charlie...— murmuró Babe, su voz ronca.

—¿Mmm?— Charlie no detuvo el movimiento de sus dedos, que ahora subían lentamente por su muslo, acercándose peligrosamente a donde Babe más lo necesitaba.

—Si sigues así...

—¿Si sigo así, qué?— la voz de Charlie era un susurro sereno, pero sus ojos verdes ardían con una intensidad que Babe podía sentir en la piel.

Babe se giró ligeramente para mirarlo. El rostro de Charlie estaba cerca, demasiado cerca, sus labios a centímetros de los suyos. La mano de Charlie seguía acariciando su muslo con una lentitud exasperante, posesiva, dueña de cada centímetro de piel que tocaba.

—Joder.— susurró Babe.— Joder, Charlie.

Y entonces se movió.

En un solo movimiento ágil, Babe se giró por completo y se sentó a horcajadas sobre Charlie, sus rodillas a ambos lados de sus caderas, su peso apoyado en su regazo. Sus manos se enterraron en el cabello de Charlie y lo besó.

No fue un beso suave. Fue un beso de hambre, de necesidad acumulada durante días de caricias robadas y miradas que prometían. Fue un beso que decía "ya basta" y "por fin" al mismo tiempo.

Charlie respondió al instante. Sus manos, que hasta entonces habían sido pacientes, se volvieron firmes y posesivas. Una se deslizó por la espalda de Babe, presionándolo más contra él, mientras la otra se enredó en su nuca, dominando el beso, tomando el control.

Cuando se separaron para respirar, los labios de Charlie se desplazaron hacia su mandíbula, mordisqueando el camino hacia su cuello.

—Llevo días queriendo hacer esto.— murmuró Charlie contra su piel, su voz vibrando en la garganta de Babe.— Días viéndote, oliéndote, deseándote. Días conteniéndome.

—Ya no tienes que contenerte.— jadeó Babe, arqueando el cuello para darle más acceso.— Ya no.

Charlie sonrió contra su piel, y esa sonrisa se convirtió en un mordisco. No fue suave. Fue una marca de propiedad, justo donde el cuello se encontraba con el hombro. Babe gimió, un sonido bajo y ronco que excitó a Charlie más de lo que debería.

—Eres mío.— dijo Charlie, su voz de repente más grave, más dominante.— Desde el primer momento en que te vi al otro lado de esa pasarela, supe que serías mío. ¿Lo sabías tú?

—No.— susurró Babe, sus manos aferradas a los hombros de Charlie.— Pero lo sé ahora.

Charlie lo besó de nuevo, pero esta vez fue diferente. Más profundo. Más exigente. Su lengua reclamaba cada rincón de la boca de Babe, y Babe se lo entregaba todo, sin reservas. Mientras besaba, las manos de Charlie bajaron por su espalda, deslizándose bajo su camiseta, trazando cada vértebra con una lentitud que volvía loco a Babe.

—Quiero oírte.— ordenó Charlie contra sus labios.— Quiero oír cada puto sonido que salga de ti.

—Charlie...

—Dime lo que quieres.

Babe lo miró, sus ojos claros nublados por el deseo, su pecho subiendo y bajando con fuerza.

—Quiero que me toques. Quiero que me marques. Quiero que todos sepan que soy tuyo.

La respuesta de Charlie fue una sonrisa depredadora. En un movimiento rápido, cambió sus posiciones, tumbando a Babe boca arriba en el sofá y colocándose sobre él. Su cuerpo cubría el de Babe por completo, una presencia abrumadora que el Alfa recibió con un gemido de aprobación.

—Así me gustas.— murmuró Charlie, inclinándose para morder su labio inferior.— Debajo de mí. Entregado. Mío.

Sus labios descendieron nuevamente por su cuello, chupando, mordiendo, dejando un rastro de marcas que Babe acogería con orgullo. Cuando llegó a la clavícula, Charlie se detuvo, lamiendo la piel enrojecida.

—Hueles increíble.— dijo, su voz ronca.— Sabes aún mejor. Podría pasarme horas aquí, marcándote, oyendo cómo gimes mi nombre.

Babe arqueó la espalda, buscando más contacto, más de él.

—Charlie, por favor...

—¿Por favor, qué?—.Charlie levantó la cabeza, sus ojos verdes fijos en los de Babe con una intensidad abrumadora.— Dilo. Quiero oírlo.

—Tócame. Necesito que me toques. Necesito...

Charlie sonrió, y esa sonrisa prometía todo. Sus manos bajaron hasta el borde de los joggers de Babe, deslizándose por debajo de la tela, acariciando sus caderas, sus muslos, con una lentitud que era una forma de tortura.

—¿Necesitas qué, Babe?— susurró, inclinándose para morder el lóbulo de su oreja.— ¿Necesitas esto?

Su mano rodeó su erección con firmeza, y Babe gimió, un sonido desgarrado y hermoso que Charlie bebió como si fuera agua en el desierto.

—Eso es.— murmuró Charlie, moviendo su mano con lentitud.— Así. Dime cuánto tiempo llevas queriendo esto.

—D-días.— jadeó Babe, sus manos aferradas a los hombros de Charlie.— Semanas. Desde que te vi.

—Yo también.— admitió Charlie, su voz más grave.— Desde el otro lado de esa pasarela. Sabía que tenías que ser mío.

Su boca descendió entonces, dejando un rastro de besos y mordiscos por el pecho de Babe. Cuando llegó a uno de sus pezones, lo rodeó con la lengua antes de succionar con fuerza. Babe gritó, su cuerpo arqueándose contra Charlie.

—Joder, Charlie...

—¿Te gusta?— Charlie levantó la vista, sus ojos brillantes.— ¿Te gusta sentirme saboreándote?

—S-sí...

—Bien. Porque no pienso parar.

Alternó entre un pecho y el otro, chupando, mordiendo suavemente, lamiendo como si Babe fuera el manjar más exquisito. Sus manos nunca dejaban de moverse, acariciando, provocando, llevando a Babe cada vez más cerca del límite.

—Charlie.— jadeó Babe, su voz rota.— Charlie, voy a...

—No.— ordenó Charlie, deteniendo sus manos y su boca al mismo tiempo.— Todavía no.

Babe gimió de frustración, pero Charlie se inclinó para besarlo, suave esta vez, casi tierno.

—Cuando te corras.— susurró contra sus labios.— será conmigo dentro de ti. Con mi marca en tu cuello. Con mi nudo atrapándote. ¿Entiendes?

Babe tembló. Las palabras de Charlie, sucias y posesivas pero llenas de una devoción abrumadora, lo desarmaban por completo.

—Sí.— susurró.— Sí, Charlie. Quiero eso. Quiero todo.

Charlie lo miró largamente, sus ojos verdes buscando algo en los de Babe. Debía haberlo encontrado, porque sonrió, y esa sonrisa era todo lo que Babe necesitaba.

—Entonces te lo daré todo.

Lo besó una vez más, profundamente, y luego sus manos volvieron a moverse, pero esta vez para deshacerse de la ropa que aún los separaba. Con una eficiencia que hablaba de deseo contenido durante demasiado tiempo, Charlie dejó a Babe desnudo bajo él, y luego se despojó de su propia ropa con la misma urgencia.

Cuando sus cuerpos quedaron piel contra piel, Babe gimió ante la sensación. El calor de Charlie, su peso, su presencia abrumadora...era todo lo que había deseado.

—Eres perfecto.—.murmuró Charlie, recorriendo su cuerpo con la mirada.— Joder, Babe. Eres perfecto.

—No lo soy.— susurró Babe, de repente vulnerable.— Pero contigo...contigo quiero serlo.

Charlie negó con la cabeza, inclinándose para besarlo con una ternura que contrastaba con la intensidad de los momentos anteriores.

—No tienes que ser perfecto. Solo tienes que ser mío.

Y entonces, con una lentitud que honraba el momento, Charlie comenzó a prepararlo. Sus dedos, largos y hábiles, trabajaron con una paciencia infinita, mientras sus labios no dejaban de susurrar palabras de deseo y posesión en su oído.

—Así.— murmuraba.— Respira. Déjame cuidarte.

Babe se entregaba por completo, sus feromonas de tormenta calmadas por el vacío de Charlie, su cuerpo abriéndose para él con una confianza que jamás había dado a nadie.

Cuando Charlie finalmente se colocó entre sus piernas, ambos temblaban.

—Mírame.— ordenó Charlie suavemente.

Babe abrió los ojos, y en ellos no había miedo. Solo deseo. Solo entrega. Solo Charlie.

—Siempre— susurró Babe.

Y Charlie entró en él.

El mundo se detuvo. El dolor inicial fue mínimo, ahogado por el placer abrumador de sentirlo finalmente dentro. Babe gimió, sus uñas arañando la espalda de Charlie, mientras Charlie se mantenía quieto, dándole tiempo para adaptarse, temblando por el esfuerzo de contenerse.

—¿Bien?— preguntó Charlie, con su voz ronca.

—Sí.— jadeó Babe.— Joder, sí. Muévete. Por favor.

Charlie comenzó a moverse. Lentamente al principio, construyendo un ritmo que pronto se volvió más profundo, más exigente. Cada embestida lo llevaba más adentro, más cerca del corazón de Babe.

—Eres mío.— gruñó Charlie contra su cuello, mordiendo la piel.— Mi Babe. Mi Alfa. Mi todo.

—Tuyo.— confirmó Babe, su voz rota por los gemidos.— Siempre tuyo.

Las palabras de Charlie se volvían más obscenas a medida que el ritmo aumentaba.

—Te he deseado tanto.— jadeaba contra su piel.— Tanto que dolía. Cada vez que te veía, cada vez que te olía, quería hacerte esto. Quería oírte gemir mi nombre.

—Charlie...

—Me encanta cómo dices mi nombre. Me encanta cómo hueles cuando estás así. Me encanta cómo te entregas a mí.

Babe no podía responder, solo gemir y aferrarse a él mientras Charlie lo llevaba cada vez más cerca del abismo. Y entonces lo sintió. El nudo de Charlie comenzaba a formarse en la base, atrapándolo, uniéndolos de una forma que iba más allá de lo físico.

—Charlie.— jadeó Babe, sus ojos abiertos de par en par.— El nudo...

—Lo sé.— Charlie lo besó.— Vas a sentirme. Vas a sentir cada parte de mí. Y cuando termine, vas a llevar mi marca. Para siempre.

Babe asintió, sin palabras, entregado por completo. Y cuando Charlie mordió su cuello, justo donde el hombro se encuentra con la garganta, Babe gritó. No de dolor, sino de la intensidad abrumadora de la sensación. Los colmillos de Charlie se hundieron en su piel, y en ese momento, algo cambió para siempre.

El vacío de Charlie se llenó con la esencia de Babe. La tormenta de Babe encontró su ojo eterno. Sus feromonas se entrelazaron, creando un aroma nuevo, único, que ninguno de los dos había experimentado jamás. El aroma de dos almas que se reconocen, que se eligen, que se convierten en una.

Y mientras el nudo de Charlie los mantenía unidos, mientras la marca en su cuello sangraba ligeramente, Babe se corrió con un grito ahogado, seguido inmediatamente por Charlie, que enterró su rostro en su cuello marcado mientras se vaciaba dentro de él.

El mundo se redujo a sus respiraciones entrecortadas, a sus cuerpos unidos, a las feromonas que bailaban en el aire celebrando la unión.

Pasaron minutos, quizás horas, antes de que Charlie pudiera moverse. Cuando lo hizo, fue solo para recostarse sobre Babe, abrazándolo con una ternura que contrastaba con la intensidad de lo que acababan de compartir.

—Babe.— susurró Charlie contra su piel.

—¿Mmm?

—Te amo. No sé cuándo pasó, pero pasó. Te amo.

Babe sonrió, una sonrisa cansada pero radiante, y acarició el cabello de Charlie.

—Yo también te amo, fantasma. Desde el otro lado de esa puta pasarela.

Charlie se incorporó ligeramente para mirarlo. Sus ojos verdes brillaban con una luz nueva.

—Eres mío ahora.— dijo, rozando la marca en su cuello.— Para siempre.

—Lo sé.— Babe sonrió.— Y tú eres mío.

Charlie asintió, inclinándose para besarlo suavemente.

—Siempre.

En el sofá, aún unidos, aún temblando por la intensidad de lo compartido, se quedaron dormidos. Prada saltó finalmente de su estantería y se acurrucó a los pies de Babe, mientras Kaiser suspiraba y apoyaba la cabeza en el borde del sofá, vigilante pero en paz.

Afuera, el mundo seguía su curso. Pero dentro de aquel apartamento, dos almas habían encontrado su hogar definitivo.

La rutina secreta

Día 15: El ascensor

La Semana de la Moda había terminado, pero el trabajo continuaba. Las agencias rivales operaban en el mismo distrito de diseño, a solo tres calles de distancia. Demasiado cerca para la comodidad de dos amantes secretos.

Babe salía de una reunión con un proveedor de telas cuando el ascensor del edificio se detuvo en el séptimo piso. Las puertas se abrieron, y su corazón dio un vuelco.

Charlie entró, impecable con su traje azul noche, una carpeta bajo el brazo. Sus ojos se encontraron un instante antes de que ambos miraran al frente, fingiendo indiferencia.

El ascensor se cerró. Estaban solos.

—Vestido Armani.— murmuró Charlie, sin mirarlo.— Te sienta bien.

—Corbata de Hermès.— respondió Babe, su voz tensa.— Muy predecible.

—¿Predecible?— Charlie giró ligeramente la cabeza, una sonrisa bailando en sus labios.— Tú sabes que de predecible no tengo nada.

Babe apretó la mandíbula. Sus feromonas se agitaron, llenando el reducido espacio con ese aroma a pino y metal que Charlie adoraba.

—Para.—.gruñó Bajo.

—¿Para, qué?— Charlie dio un paso, acortando la distancia entre ellos. Ahora estaban hombro con hombro.— ¿Para existir? ¿Para olerte? ¿Para desearte?

—Charlie...— fue un susurro de advertencia.

—Son solo tres pisos.— murmuró Charlie, su mano rozando la de Babe.— Tres pisos y no nos vemos hasta mañana.

Babe cerró los ojos un segundo, luchando contra sí mismo. Luego, en un movimiento rápido, giró a Charlie contra la pared del ascensor y lo besó.

Fue un beso desesperado, hambriento, de esos que decían "te necesito ahora" sin palabras. Charlie respondió con la misma urgencia, sus manos enredadas en el cabello de Babe, sus cuerpos presionados el uno contra el otro.

El ascensor pitó. Piso 1.

Se separaron como si el contacto quemara, ambos jadeando, ajustando sus ropas. Las puertas se abrieron y salieron por separado, Babe primero, Charlie unos segundos después.

Nadie notó nada. Nadie vio las marcas frescas en el cuello de Charlie, escondidas bajo el cuello de la camisa. Nadie olió la mezcla de sus feromonas en el aire.

Pero ellos lo sabían. Y eso era suficiente.

Día 18: La cocina de Babe

Charlie estaba en la cocina de Babe, preparando pasta mientras Kaiser lo observaba con atención desde su esquina. Babe llegó de la ducha, el cabello aún húmedo, una camiseta vieja y joggers negros. Se quedó en el umbral, mirando a Charlie moverse entre sus cacerolas con una familiaridad que calentaba algo en su pecho.

—¿Desde cuándo sabes cocinar?— preguntó Babe, acercándose.

—Desde siempre. Los Enigmas somos buenos en muchas cosas.

—Modesto, además.

Charlie sonrió sin volverse.

—Siéntate. Casi está.

Babe no se sentó. Se acercó por detrás y rodeó la cintura de Charlie con sus brazos, apoyando la barbilla en su hombro.

—Hueles bien.— murmuró contra su cuello.

—Huelo a ajo y cebolla.

—Hueles a hogar.

Charlie se detuvo, la cuchara de madera en el aire. Algo en esas palabras, dichas con la voz ronca de Babe, le llegó al alma.

—Babe...

—Lo digo en serio.— Babe apretó el abrazo.— Antes de ti, este apartamento era solo un sitio donde dormir. Ahora...ahora huele a ti. Huele a nosotros. Y me gusta.

Charlie dejó la cuchara y se giró en sus brazos, quedando frente a frente.

—¿Sabes qué?— dijo Charlie, acariciando su mejilla.— Antes de ti, yo no sabía lo que era esto. Creía que mi vacío era completo. Que no necesitaba nada. Y luego llegaste tú, con tu tormenta y tu mal humor y tu puto perro, y llenaste todos los silencios.

Babe lo besó entonces. Suave, lento, diferente a los besos urgentes del ascensor. Era un beso después de la tormenta. De calma compartida.

—La pasta se quema.— murmuró Babe contra sus labios.

—Que se queme.

Rieron, y la pasta se quemó un poco, y terminaron pidiendo pizza y comiéndola en el sofá, con Kaiser robando trozos de pepperoni y Prada, que Charlie había traído, durmiendo en el regazo de Babe.

Semana 5: El domingo perezoso

El sol de la mañana entraba por las ventanas del apartamento de Charlie, dibujando patrones dorados en las sábanas revueltas. Babe estaba boca arriba, un brazo sobre los ojos para protegerse de la luz, mientras Charlie estaba apoyado en su pecho, trazando círculos perezosos en su piel con la punta de los dedos.

—¿Qué hora es?— gruñó Babe, la voz ronca por el sueño.

—Las diez. Domingo. No importa.

—Mi reloj biológico dice que ya debería estar en el gimnasio.

—Tu reloj biológico puede irse a la mierda.— murmuró Charlie, besando su esternón.— Hoy no te mueves de aquí.

Babe apartó el brazo de sus ojos y miró a Charlie. Su cabello oscuro estaba revuelto, sus ojos verdes brillaban con esa mezcla de ternura y picardía que solo él veía. Sus feromonas de vacío envolvían a Babe como una manta, y su Alfa interior ronroneaba de contento.

—Eres un maldito vago.— dijo Babe, pero sus dedos ya se habían enredado en el cabello de Charlie, acariciando con una suavidad que contrastaba con sus palabras.

—Soy un Enigma. Los Enigmas no somos vagos. Somos...eficientes en nuestro descanso.

Babe resopló una risa, ese sonido ronco y poco frecuente que Charlie coleccionaba como tesoros.

—Eres un idiota.

—Tu idiota.

Charlie se incorporó lo suficiente para besarlo. Fue un beso lento, sabroso, de esos que no tienen prisa porque tienen todo el día por delante. Cuando se separaron, Babe tenía esa expresión vulnerable que solo aparecía en la intimidad de su dormitorio.

—Charlie.— murmuró.

—¿Mmm?

—Gracias.

—¿Por qué?

Babe pareció pensar la respuesta, sus dedos aún jugueteando con el cabello de Charlie.

—Por esto. Por quedarte. Por hacer que esto sea...fácil. Yo no soy fácil. Nunca lo he sido.

Charlie sonrió, apoyando la barbilla en su pecho para mirarlo mejor.

—No, no eres fácil. Eres complicado, gruñón, terco, y a veces parece que te cuesta trabajo sonreír. Pero cuando lo haces.— Charlie rozó sus labios con los dedos.— iluminas la puta habitación. Y yo tengo todo el tiempo del mundo para esperar tus sonrisas.

Los ojos de Babe se humedecieron ligeramente, y desvió la mirada.

—No digas esas cosas.

—Las digo porque son ciertas.

—Charlie...

—Babe.— le imitó Charlie, con cariño.— Llevamos más de un mes. Puedes llorar si quieres. No voy a pensar menos de ti.

—No estoy llorando.

—Claro que no.

Babe lo miró, y entonces, sin previo aviso, lo abrazó con fuerza, enterrando su rostro en su cuello. Charlie lo sostuvo, acariciando su espalda, dejando que sus feromonas de calma lo envolvieran.

—Te quiero.— murmuró Babe contra su piel.— Te quiero tanto que a veces me asusta.

—Lo sé — susurró Charlie.— Yo también. Pero no tengas miedo. Estoy aquí.

Y se quedaron así, abrazados, mientras la mañana avanzaba y el mundo allá afuera esperaba. Pero ellos no tenían prisa.

La cena en casa de Babe

—Esto está increíble.— dijo Babe, con la boca llena.— ¿Seguro qué no eres un chef infiltrado?

Charlie rió, sirviéndole más vino.

—Me alegra que te guste. Es la receta de mi abuela.

—Tu abuela debía ser una mujer increíble.

—Lo era.— Charlie sonrió con nostalgia.— Fue la única que no se asustó cuando empezaron a notarse mis...diferencias. Decía que los niños especiales están destinados a cosas grandes.

Babe dejó los cubiertos y lo miró fijamente.

—Tenía razón.

—¿Sí?

—Mira a tu alrededor.— Babe hizo un gesto amplio.— Eres director creativo de la agencia más innovadora de Milán. Tienes un piso increíble. Un gato que te adora. Y.— se señaló a sí mismo.— me tienes a mí. Creo que eso cuenta como algo grande.

Charlie sintió un nudo en la garganta.

—¿Sabes qué es lo más grande de todo?

—¿Qué?

—Que tú pienses eso. Que tú, Babe, el Alfa más imponente que he conocido, el hombre que hace temblar a diseñadores con una sola mirada, estés aquí, en tu casa, comiendo mi comida y diciéndome que soy especial. Eso es lo más grande.

Babe se levantó y rodeó la mesa. Se inclinó y besó a Charlie con una suavidad que contrastaba con su habitual brusquedad.

—Eres especial.— murmuró contra sus labios.— Eres lo más especial que me ha pasado.

Y esa noche, después de la cena, terminaron en el sofá de Babe, con Kaiser dormido a sus pies y una película de fondo que ninguno veía. Solo estaban ellos, enredados, susurrándose tonterías y planes de futuro.

El primer viaje juntos

Un fin de semana largo, escaparon al Lago de Como. Un pequeño hotel boutique, una habitación con vistas al agua, lejos de la gente, lejos de las agencias, lejos de todo.

Caminaban de la mano por los senderos que bordeaban el lago, algo que jamás habrían podido hacer en la ciudad. Babe llevaba gafas de sol y una expresión de paz que Charlie no había visto antes.

—Esto es...— Babe buscó la palabra.

—¿Perfecto?— sugirió Charlie.

—Sí. Perfecto.

Se sentaron en un banco con vistas al agua. Un par de cisnes pasaban lentamente, indiferentes a su presencia.

—Charlie.— dijo Babe, de repente serio.

—¿Mmm?

—Quiero que sepas algo. Por si…no sé, por si algún día las cosas se complican.

Charlie lo miró, atento.

—Dime.

—Nunca había sido feliz. En serio. Quiero decir, tenía mi carrera, mi perro, mi vida. Pero esto.— apretó su mano.— Esto es diferente. Tú eres diferente. Me has enseñado que puedo bajar la guardia. Que puedo ser...blando. Y no pasa nada.

—No eres blando.— Charlie sonrió.— Eres...humano. Conmigo.

—Eso.— Babe asintió.— Contigo soy humano. Y no quiero perderlo. No quiero perderte.

Charlie se inclinó y lo besó suavemente, allí, a la vista de cualquiera que pasara. Por primera vez, sin miedo.

—No me pierdes.— susurró.— Por mucho que se complique, no me pierdes. Porque eres mi hogar, Babe. Y un hogar no se pierde. Se cuida.

Babe sonrió, esa sonrisa pequeña y radiante que Charlie adoraba.

—Entonces cuidémonos. Mutuamente.

—Trato hecho.

Y se quedaron allí, viendo el atardecer sobre el lago, sus manos entrelazadas, sus feromonas bailando en armonía. La tormenta y el vacío, finalmente en paz. Finalmente en casa.

La confesión de Charlie

Volvían en coche, la noche cerrada, las luces de la autopista marcando el camino. Charlie conducía, Babe iba en el asiento del copiloto, medio dormido, la cabeza apoyada contra la ventanilla.

—Babe.— dijo Charlie en voz baja.

—¿Mmm?

—¿Estás despierto?

—Ahora sí.

Charlie sonrió, sin apartar la vista de la carretera.

—Quiero decirte algo. Y quiero que me escuches bien, porque es importante.

Babe se incorporó, de repente alerta.

—Dime.

—Eres lo mejor que me ha pasado. Y no lo digo a la ligera. Los Enigmas...no sentimos. O no deberíamos. Nuestra naturaleza es la frialdad, el cálculo, la distancia. Pero contigo.— hizo una pausa, buscando las palabras.— Contigo todo eso desaparece. Contigo siento. Y duele a veces, porque es tan intenso que no sé cómo procesarlo. Pero también es lo mejor que me ha pasado. Sentir. Por ti.

Babe guardó silencio un momento. Luego, su mano buscó la de Charlie en el cambio de marchas, entrelazando sus dedos.

—Charlie.— dijo, su voz ronca.— Yo tampoco sé cómo procesar esto a veces. Pero no quiero dejar de intentarlo. No quiero dejar de sentir. Porque lo que siento por ti es lo único real que tengo.

Charlie apretó su mano.

—Entonces sigamos sintiendo. Juntos.

—Juntos.

Y siguieron conduciendo, hacia su vida, hacia los desafíos que les esperaban. Pero ya no importaba. Porque lo tenían todo el uno al otro.

La rutina que es hogar

Eran las siete de la mañana en el apartamento de Charlie. El despertador sonó, y Babe gruñó, enterrando la cabeza en la almohada. Charlie, que ya estaba despierto, lo observaba con una sonrisa.

—Hay que levantarse.— murmuró Charlie, besando su hombro.

—No.

—Tenemos reuniones.

—Que se jodan las reuniones.

Charlie rió, enredándose más a él.

—Vamos. Te preparo café.

Babe giró la cabeza, un ojo abierto.

—¿Con leche y dos terrones?

—Siempre.

—Entonces esta bien.

Se levantaron, un baile coreografiado de roces y besos robados. En la cocina, Charlie preparaba café mientras Babe alimentaba a Kaiser y Prada, que ya habían establecido una tregua incómoda.

—Charlie.— dijo Babe, apoyado en la encimera.

—¿Mmm?

—¿Te has dado cuenta?

—¿De qué?

—De esto. De nosotros. De lo fácil que es.

Charlie lo miró, una taza humeante en cada mano.

—Sí. Me he dado cuenta.

—¿No te da miedo?

—¿Miedo de qué?

Babe se encogió de hombros, un gesto poco habitual en él.

—De que sea demasiado bueno. De que un día todo esto desaparezca.

Charlie se acercó y le entregó su café. Luego, apoyó las manos en sus caderas y lo miró fijamente.

—Escúchame.— dijo, serio.— Esto no va a desaparecer. Porque no es una casualidad. No es un capricho. Es lo más real que tengo. Y voy a luchar por ello todos los putos días. ¿Entendido?

Babe asintió, sus ojos claros brillando.

—Entendido.

—Bien. Ahora bebe tu café y deja de preocuparte. Tenemos un día largo.

Babe sonrió, bebiendo su café mientras observaba a Charlie moverse por la cocina. Y en ese momento, en esa rutina cotidiana, supo que había encontrado algo que jamás creyó posible.

Un hogar. Un amor. Un Charlie.

Y eso era más que suficiente.

El anuncio

El Palazzo Reale brillaba con mil luces. La flor y nata de la moda mundial se arremolinaba bajo sus altos techos, copas de champán en mano, miradas evaluadoras, sonrisas de protocolo. Las agencias Aethelred y Veridian ocupaban mesas en extremos opuestos, como siempre.

Babe llevaba un esmoquin negro impecable, el pelo perfectamente peinado hacia atrás, su ceño fruncido en su expresión habitual. Pero sus ojos buscaban. Siempre buscaban.

Charlie entró veinte minutos después, vestido con un esmoquin azul noche que hace juego con sus ojos. Su presencia, como siempre, creó un pequeño vacío a su alrededor, un silencio expectante.

Sus miradas se encontraron a través de la sala. Y en ese momento, el resto del mundo desapareció.

El discurso de apertura terminó. La cena transcurrió en una tensión que solo ellos conocían. Y entonces llegó el momento. El brindis oficial.

El anfitrión subió al estrado, micrófono en mano.

—Y ahora, como es tradición, los directores creativos de nuestras agencias más prestigiosas tienen unas palabras para nosotros. Comenzamos con Aethelred. ¿Señor Babe?

Babe se levantó, y la sala enmudeció. No era habitual que el jefe de diseño subiera a hablar. Subió al estrado, tomó el micrófono, y su mirada encontró a Charlie en la multitud.

—Gracias.— dijo, su voz grave resonando en los altavoces.— No tengo un discurso preparado sobre moda. Tengo algo más importante que decir.

Un murmullo recorrió la sala.

—Llevo toda mi vida construyendo una reputación. Una coraza. Un personaje de Alfa estricto, malhumorado, inaccesible. Y lo era. Hasta que alguien me miró desde el otro lado de una pasarela y lo cambió todo.

Charlie sintió que el corazón se le salía del pecho.

—Ese alguien es Charlie.— Babe señaló hacia la mesa de Veridian, y todas las cabezas se giraron.— Y lo que empezó como una rivalidad se convirtió en lo más importante de mi vida.

El silencio era absoluto.

—Así que, aquí, delante de todos, quiero anunciar que Charlie y yo estamos juntos. Y que no me importa lo que piense mi agencia, ni la suya, ni nadie. Porque él es mi hogar.

Charlie se levantó, y sin pedir permiso, sin protocolo, caminó hacia el estrado. La multitud se apartó a su paso, como si el vacío que proyectaba fuera tangible.

Subió los escalones, se colocó frente a Babe, y tomó el micrófono.

—Yo también tengo algo que decir.— su voz serena cortó el aire.— Los Enigmas no sentimos. O no deberíamos. Pero Babe me enseñó que sí. Que podemos sentir, y amar, y entregarnos. Que podemos ser vulnerables. Que podemos ser felices.

Babe lo miraba como si fuera la única persona en la sala.

—Así que sí.— continuó Charlie.— Estamos juntos. Y para demostrar que esto no es una aventura, que esto es para siempre...

Charlie se giró hacia Babe, y en un movimiento que dejó a todos sin aliento, sacó una pequeña caja de su bolsillo. Se arrodilló.

—Babe.— dijo, su voz clara y firme.— ¿Quieres casarte conmigo?

La sala contuvo el aliento. Las feromonas de cientos de asistentes se agitaron en una mezcla de shock, sorpresa y, en algunos casos, admiración.

Babe lo miró, y por primera vez en su vida, delante de toda la industria de la moda, sus ojos se humedecieron.

—¿Me estás pidiendo matrimonio aquí? ¿Delante de todos?

—Sí.— Charlie sonrió.— Porque quiero que el mundo entero sepa que soy tuyo. Y que tú eres mío.

Babe soltó una risa temblorosa, y luego, con una voz que resonó en cada rincón del Palazzo, dijo:

—Sí. Joder, Charlie. Sí.

Charlie se levantó y lo besó. Allí, en el estrado, bajo las miradas de cientos de personas, de cámaras, de periodistas. Se besaron como si el mundo no existiera.

Cuando se separaron, el silencio se rompió en una ovación atronadora. Algunos aplaudían de verdad, otros por compromiso, otros miraban con desaprobación. Pero no importaba.

Solo ellos importaban.

La noticia explotó en todos los medios. "RIVALES A ENAMORADOS: LOS DIRECTORES DE AETHELRED Y VERIDIAN ANUNCIAN SU COMPROMISO". Las redes sociales ardían.

La calma tras la tormenta

Estaban en el sofá de Charlie, agotados pero en paz. Las negociaciones habían terminado. Protocolos de confidencialidad firmados. Acuerdos de no competencia revisados. Y un pequeño triunfo: podían quedarse en sus puestos, siempre que mantuvieran la profesionalidad.

—Lo hemos conseguido.— murmuró Babe, la cabeza apoyada en el hombro de Charlie.

—Sí.

—Me cago en todo el proceso, pero lo hemos conseguido.

Charlie rió, acariciando su cabello.

—Mi héroe.

—Cállate.

—Mi valiente Alfa que plantó cara a los jefes.

—Charlie...

—Mi futuro esposo.

Babe levantó la cabeza y lo miró. Sus ojos claros brillaban.

—¿Futuro esposo?

—Bueno, dijiste que sí. O espera, ¿te arrepientes? Porque si es así...

—No.— Babe lo interrumpió con un beso.— No me arrepiento. Es solo...suena tan real.

—Lo es.— Charlie sonrió.— Y quiero que sea pronto.

—¿Qué tan pronto?

—¿Seis meses? ¿Tres? ¿Mañana?

Babe rió, una risa auténtica y libre.

—Tres meses. Lo justo para organizar algo pequeño.

—¿Pequeño? ¿Tú quieres algo pequeño?

—Contigo, cualquier cosa es grande.

Charlie sintió que el corazón se le desbordaba.

—Te quiero.— dijo, simplemente.

—Y yo a ti. Y ahora, ¿podemos dormir? Estoy agotado.

—Sí. Pero antes...

Charlie se levantó y fue a su escritorio. Volvió con un pequeño estuche.

—¿Qué es eso?— preguntó Babe.

—El anillo. No tuve tiempo de dártelo en condiciones, con todo el lío.

Abrió el estuche. Dentro, dos anillos sencillos de platino, con un grabado en el interior.

Babe tomó uno y lo leyó en voz baja:

—Mi tormenta, mi calma.

Charlie asintió, mostrándole el otro.

—Mi vacío, mi hogar.

Babe lo miró, y esta vez no pudo contener las lágrimas. Una, dos, rodando por sus mejillas.

—Charlie...

—¿Te gustan?

—Son perfectos. Como tú.

Se los pusieron mutuamente, allí, en el sofá, con Prada y Kaiser como únicos testigos. Y cuando sus manos se encontraron, los anillos brillaron bajo la luz.

—Ahora sí.— susurró Charlie.— Oficialmente prometidos.

—Oficialmente tuyos.— corrigió Babe.

—Eso. Tuyos y míos. Nuestros.

La boda

La villa amanecía bañada en una luz dorada de otoño. Las hojas de los viñedos cercanos teñían el paisaje de tonos rojizos y anaranjados. Unos pocos invitados ocupaban las sillas dispuestas frente al pequeño altar montado en el jardín.

La hermana de Charlie había llegado desde Londres. El padre de Babe, un hombre mayor de feromonas apagadas pero mirada orgullosa, ocupaba la primera fila. Kaiser y Prada, los testigos de honor no oficiales, estaban sentados a un lado, observando con esa dignidad que solo los animales saben tener.

Charlie fue el primero en aparecer. Vestido con un traje blanco impoluto, el cabello perfectamente peinado, los ojos verdes brillando con una emoción que no intentaba ocultar. Caminó hacia el altar y esperó.

Y entonces apareció Babe.

Llevaba un traje negro, sencillo, elegante. Su ceño no estaba fruncido. Su mirada clara estaba fija en Charlie, y solo en Charlie. Caminó hacia él con paso firme, pero cuando llegó a su lado, Charlie pudo ver el temblor en sus manos.

—Hola.— susurró Charlie.

—Hola.— respondió Babe.

El oficiante sonrió y comenzó la ceremonia. Habló de amor, de encuentros, de destinos. Pero ninguno de los dos lo escuchaba. Solo se miraban. Solo existían el uno para el otro.

Cuando llegó el momento de los votos, Babe fue el primero. Sacó un papel del bolsillo, pero lo dejó a un lado. Hablaría desde el corazón.

—Charlie.— comenzó, su voz ronca.— Cuando te conocí, pensé que eras una amenaza. Un fantasma. Algo que no podía controlar. Y tenías razón. Eres todo eso. Pero también eres la persona que me enseñó que está bien no controlar. Que está bien sentir. Que está bien amar.

Hizo una pausa, tragando saliva.

—Contigo aprendí que mi tormenta puede ser calma. Que mi mal humor puede ser ternura. Que mi soledad puede ser hogar. Y prometo, delante de todos, que pase lo que pase, siempre elegiré tu vacío. Siempre elegiré tu silencio. Siempre te elegiré a ti.

Charlie sintió que las lágrimas se quemaban en sus ojos. Los Enigmas no lloran. Pero él no era un Enigma con Babe. Era solo Charlie.

Le tocaba a él.

—Babe.— dijo, su voz temblorosa pero firme.— Yo creía que mi vacío estaba completo. Que no necesitaba nada ni a nadie. Y luego llegaste tú. Y mi vacío se llenó de pino, de metal, de tormenta. De vida.

Sonrió, una lágrima escapando.

—Contigo aprendí que el silencio puede ser ruidoso. Que la soledad puede ser compañía. Que el amor puede ser un Enigma. Y prometo, delante de todos, que siempre estaré en tu tormenta. Que siempre seré tu calma. Que siempre, siempre, te elegiré a ti.

Se miraron. Sonrieron. Y cuando el oficiante dijo "pueden besarse", lo hicieron. Un beso suave, profundo, eterno.

Los aplausos estallaron. Kaiser ladró. Prada maulló. Y ellos, ajenos al mundo, solo existían el uno para el otro.

La celebración

La fiesta fue pequeña pero intensa. Comida, vino, música. Babe y Charlie no se separaban ni un segundo, sus manos siempre en contacto, sus miradas siempre buscándose.

—Señor y señor.— bromeó la hermana de Charlie, levantando su copa.— Por los recién casados.

—Por los recién casados.— corearon los invitados.

Más tarde, cuando el sol comenzaba a ponerse, Babe y Charlie se escaparon a un rincón del jardín, lejos de las miradas.

—Esto ha sido perfecto.— murmuró Babe, acariciando la mano de Charlie, sus anillos brillando juntos.

—Lo sé.— Charlie sonrió.— Y esto es solo el principio.

—El principio de todo.

Charlie lo miró, sus ojos verdes llenos de amor.

—¿Sabes qué es lo mejor?

—¿Qué?

—Que ahora, cuando alguien me pregunte, puedo decir que soy Charlie. Y que soy tuyo. Oficialmente.

Babe sonrió, esa sonrisa pequeña y radiante.

—Y yo soy Babe. Y soy tuyo. Oficialmente.

Se besaron bajo el atardecer, sus feromonas bailando en armonía perfecta. La tormenta y el vacío, unidos para siempre.

Dentro de la villa, la fiesta continuaba. Pero ellos solo necesitaban esto. El uno al otro. El resto del mundo podía esperar.

Por fin, después de todo, estaban en casa.

La luna de miel: París

El penthouse en el corazón de París era una burbuja de lujo y cristal. Las ventanas del suelo al techo ofrecían una vista panorámica de la ciudad de la luz, la Torre Eiffel parpadeando en la distancia como un faro testigo de su amor. Las velas aromáticas llenaban la habitación de sutiles notas de vainilla y sándalo, y las sábanas de seda carmesí estaban revueltas tras una tarde de exploración y descanso.

Babe salió del baño, el cabello aún húmedo, y solo llevaba puesta la camisa blanca de Charlie. Le quedaba grande, los botones superiores abiertos, el cuello deslizándose por un hombro, el dobladillo rozando sus muslos desnudos. Era una imagen que Charlie jamás se cansaría de ver.

Charlie estaba apoyado contra el marco de la ventana, una copa de champán en la mano, observando a su esposo con una sonrisa lenta y posesiva. Sus ojos verdes recorrieron cada centímetro de piel visible, cada sombra que la camisa dejaba adivinar.

—Esa camisa te queda mejor a ti que a mí.— murmuró Charlie, dejando la copa en una mesa cercana.

—Está cómoda.— respondió Babe, encogiéndose de hombros con fingida indiferencia, pero sus ojos claros brillaban con ese destello que Charlie conocía bien.

Charlie se acercó con pasos lentos, deliberados. Cuando estuvo frente a Babe, sus manos encontraron sus caderas con una familiaridad que ya era hogar. Lo atrajo hacia sí, pelvis contra pelvis, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la fina tela.

—¿Sabes lo qué me gusta de esta camisa?— susurró Charlie, inclinándose para morder suavemente su labio inferior.

—¿Qué?

—Que es mía. Y que ahora mismo, tú también eres mío.

Babe sonrió, enredando los dedos en el cabello de Charlie.

—Siempre soy tuyo.

—Lo sé. Pero me gusta recordarlo.

Charlie bajó la cabeza, sus labios recorriendo la mandíbula de Babe, el cuello, la clavícula. Con una lentitud exasperante, sus dedos comenzaron a desabrochar los botones superiores de la camisa, uno a uno, dejando al descubierto el pecho de Babe.

La piel pálida, los pezones endurecidos por el roce de la tela y la anticipación. Charlie sonrió contra su piel.

—Precioso.— murmuró.— Todo esto es precioso.

Y entonces, sin más preámbulos, tomó uno de sus pezones entre los labios.

Babe gimió, arqueándose contra él, sus manos aferradas a los hombros de Charlie. La sensación era eléctrica, como siempre. Pero entonces algo cambió.

Charlie succionó suavemente, y un sabor diferente, nuevo, inundó su boca. Algo cálido, ligeramente dulce, completamente inesperado. Se apartó bruscamente, mirando el pezón de Babe, donde una diminuta gota blanca brillaba bajo la luz tenue.

Sus ojos verdes se dilataron. Y entonces, el carmesí apareció.

El rojo intenso, el color de su lado Enigma, cubrió sus iris como una marea. Su mandíbula se tensó, sus feromonas de vacío se volvieron abrumadoras, succionando todo el aire de la habitación. Babe sintió el cambio, el poder bruto que emanaba de Charlie, y su Alfa interior se inclinó instintivamente.

—Charlie...— susurró Babe, su voz temblorosa pero no de miedo. De anticipación.

Charlie lo miró fijamente, sus ojos rojos como rubíes, y cuando habló, su voz era más grave, más primitiva, más dueña.

—¿Qué significa esto, mi amor?

Babe se mordió el labio inferior, ese gesto nervioso que Charlie adoraba. Sus mejillas se tiñeron de un rosa que no era solo por el deseo.

—Estoy embarazado.— confesó, su voz apenas un susurro.— Cuatro semanas. Esto era lo que quería decirte en nuestra luna de miel.

El silencio se hizo eterno. Los ojos rojos de Charlie lo miraban sin parpadear, procesando, absorbiendo, entendiendo. Y entonces, algo en su expresión cambió. No era sorpresa. No era shock. Era...posesión. Pura y absoluta.

—¿Embarazado?—nrepitió Charlie, su voz una caricia peligrosa.— ¿Mi Alfa lleva a mi cría?

Babe asintió, sin apartar la mirada.

—Sí, cachorro. Tuyo.

La palabra "cachorro" fue la chispa. Charlie lo tomó en brazos, un movimiento rápido y fluido, y antes de que Babe pudiera respirar, estaba contra la pared, su espalda presionada contra el fresco cristal que daba a París, las luces de la ciudad brillando tras él como un testigo mudo.

Charlie lo devoró con la mirada.

—¿Sabes lo qué me haces?— gruñó contra su cuello, sus manos desabrochando el resto de los botones de la camisa con una urgencia que no había mostrado antes.— ¿Sabes lo qué significa para mí que lleves a mi hijo?

Babe gimió, arqueándose contra él.

—Dímelo.

—Significa que eres más mío que nunca.— Charlie mordió su cuello, justo sobre la marca permanente.— Significa que voy a cuidarte, a protegerte, a adorarte. Pero también significa que esta noche, esta noche te voy a recordar quién te posee.

Las manos de Charlie encontraron su miembro, ya duro y necesitado, y lo acarició con una firmeza que hizo jadear a Babe.

—Charlie...

—Silencio.— ordenó Charlie, su voz un susurro dominante.— Voy a oírte gemir, voy a oírte suplicar, pero ahora, ahora quiero oírte decir que eres mío.

—Soy tuyo.— jadeó Babe.— Siempre tuyo.

Charlie lo besó entonces, un beso profundo, exigente, que dejó a Babe sin aliento. Mientras sus lenguas bailaban, sus manos bajaron hasta la cintura de Babe, deslizando la camisa por sus hombros, dejándolo completamente desnudo contra la pared.

—Precioso.— murmuró Charlie, separándose para mirarlo.— Mi Alfa preñado. Mi todo.

Se arrodilló, y antes de que Babe pudiera procesarlo, su boca estaba en su erección, succionando, lamiendo, llevándolo al borde en segundos. Babe gimió, su cabeza golpeando suavemente el cristal, sus manos enredadas en el cabello de Charlie.

—Charlie, voy a...

Charlie se apartó justo antes del clímax, una sonrisa depredadora en sus labios.

—No. Todavía no. Voy a correrme dentro de ti, Babe. Quiero sentirte, quiero sentirlo todo.

Se levantó, y en un movimiento rápido se deshizo de su propia ropa. Su miembro, duro y necesitado, presionó contra la entrada de Babe, pero no entró. No aún.

—Dime que lo quieres.— exigió Charlie, sus ojos rojos fijos en los claros de Babe.— Dime que quieres que te folle contra esta pared, mirando a París, sabiendo que llevas a mi cría.

—Lo quiero.— jadeó Babe.— Joder, Charlie. Lo quiero. Fóllame. Hazme tuyo. Otra vez.

Charlie entró en él de una embestida, profundo, completo, y Babe gritó. No de dolor, sino de la intensidad abrumadora de sentirlo dentro, de sentirlo todo.

—Así.— gruñó Charlie, comenzando a moverse.— Así quiero oírte. Así quiero sentirte. Mío. Siempre mío.

Sus embestidas eran profundas, rítmicas, implacables. Cada una lo llevaba más adentro, más cerca del corazón de Babe. Y mientras se movía, su boca no dejaba de explorar.

Mordió su cuello, justo donde la marca palpitaba. Chupó su labio inferior, saboreando cada gemido. Y luego bajó a sus pezones, tomando uno entre los dientes con suavidad, succionando, y esa gota de leche volvió a aparecer.

Charlie gimió contra su piel, el sabor mezclados con la intimidad del momento.

—Sabes a vida.— murmuró.— Sabes a nosotros. Sabes a hogar.

Babe lloriqueó, aferrado a él, sus piernas enredadas en su cintura.

—Charlie, más. Por favor. Más.

Charlie obedeció. Aumentó el ritmo, cada embestida más profunda, más posesiva. El cristal frío contra la espalda de Babe contrastaba con el calor abrasador de Charlie dentro de él, y la sensación era abrumadora.

—¿Vas a correrte?— preguntó Charlie, su voz ronca.— ¿Vas a correrte conmigo dentro?

—S-sí...

—Hazlo.— ordenó Charlie.— Córrete para mí. Ahora.

Babe gritó su nombre mientras el orgasmo lo arrasaba, su cuerpo tensándose, su esencia derramándose entre ellos. Charlie lo siguió inmediatamente, un gruñido profundo escapando de su pecho mientras se vaciaba dentro de él, su nudo formándose, atrapándolos juntos.

Quedaron así, unidos, jadeando, el sudor brillando en sus pieles. Charlie apoyó la frente contra la de Babe, sus ojos rojos suavizándose lentamente, volviendo a ese verde que Babe amaba.

—Te quiero.— susurró Charlie.— Te quiero tanto que duele.

Babe sonrió, acariciando su nuca.

—Y yo a ti. ¿Contento con la noticia?

Charlie rió, una risa temblorosa y emocionada.

—¿Contento? Babe, voy a ser padre. Vamos a ser padres. Nuestro hijo. Nuestra familia.

—Nuestra familia.— repitió Babe, y sus ojos se humedecieron.

Charlie lo besó suavemente, con una ternura que contrastaba con la intensidad de los momentos anteriores.

—Te voy a cuidar.— prometió.— A ti y a nuestro cachorro. Siempre.

—Lo sé.— Babe sonrió.— Por eso te elegí.

Permanecieron unidos, el nudo manteniéndolos cerca, mientras las luces de París brillaban tras ellos. La ciudad de la luz era testigo de su amor, de su familia naciente, de su futuro.

Y en ese momento, no había nada más que necesitaran. Solo esto. Solo ellos. Solo su hogar.

París, la ciudad del amor

La mañana en Montmartre

Caminaban de la mano por las empinadas calles de Montmartre, indiferentes a las miradas de los turistas. Babe llevaba gafas de sol y una expresión de paz poco habitual, mientras Charlie señalaba cada rincón pintoresco con el entusiasmo de un niño.

—Mira.— dijo Charlie, señalando una pequeña plaza con artistas callejeros.— ¿Quieres qué te dibujen?

—¿Yo?— Babe resopló.— No. Paso.

—Vamos, será divertido. Un retrato de nuestro primer viaje como casados.

—Charlie...

—Por favor.— Charlie puso sus mejores ojos de cachorro.— Para nuestro hijo. Para que cuando crezca vea lo guapos que éramos sus padres.

Babe lo miró, y su resistencia se desmoronó.

—Eres un manipulador.

—Un Enigma manipulador. Es parte del encanto.

Se sentaron en un pequeño banco mientras una artista callejera, una mujer mayor de sonrisa amable, comenzaba a dibujarlos. Babe estaba rígido al principio, pero Charlie le pasó un brazo por los hombros y susurró:

—Relájate. Solo somos nosotros.

Poco a poco, Babe se fue relajando, apoyando la cabeza en el hombro de Charlie. Cuando el retrato estuvo listo, la artista se lo mostró con orgullo.

Eran ellos. Babe con su media sonrisa, Charlie con su mirada serena. Juntos. Perfectos.

—Es hermoso.— dijo Charlie, pagando generosamente.— Gracias.

—Es un placer dibujar el amor verdadero.— respondió la mujer, guiñando un ojo.— Se nota que se quieren.

Ya de vuelta en la calle, Babe miró el dibujo.

—Voy a enmarcarlo.— dijo, en un tono que no admitía discusión.

—¿En serio?

—Sí. En mi despacho. Para que todos vean que soy un hombre sensible.

Charlie soltó una carcajada.

—¿Tú? ¿Sensible?

—Cállate.

Pero Babe sonreía, y eso era todo lo que importaba.

La cena en la Torre Eiffel

El restaurante en el segundo nivel de la Torre Eiffel era íntimo, elegante, con vistas panorámicas de la ciudad iluminada. Habían conseguido una mesa junto al ventanal, y Babe no podía dejar de mirar el reflejo de ambos en el cristal.

—Es increíble.— murmuró.

—¿El qué?

—Esto. Nosotros. Hace unos meses estábamos al otro lado de una pasarela, odiándonos sin conocernos. Y ahora...

—¿Ahora?— Charlie tomó su mano sobre la mesa.

—Ahora estoy sentado en la puta Torre Eiffel con mi marido, esperando a nuestro hijo. Es como un sueño.

Charlie sonrió, acariciando sus nudillos.

—No es un sueño. Es real. Y esto es solo el principio. Vamos a tener una vida entera de momentos como este.

El camarero llegó con el champán —sin alcohol para Babe, por supuesto— y hicieron un brindis.

—Por nosotros.— dijo Charlie.

—Por nosotros.— repitió Babe.

Y chocaron las copas bajo las luces de París.

Día 5: Paseo por el Sena

Habían alquilado un pequeño barco privado para recorrer el Sena al atardecer. Babe estaba recostado contra Charlie, una manta sobre sus piernas, mientras el barco se deslizaba suavemente por el agua.

—¿Sabes qué me sorprende?—.dijo Babe.

—¿Qué?

—Que no haya sido un escándalo mayor. Lo nuestro, digo. Las agencias, los medios...Al final, todo se calmó.

Charlie sonrió contra su cabello.

—La gente se aburre rápido. Y además, dimos una buena historia. Rivales que se enamoran. Es como una película.

—¿Una película?—.Babe resopló.— Más bien un culebrón.

—Un culebrón con final feliz.

Babe se giró ligeramente para mirarlo.

—¿Crees qué tendremos problemas? Con el bebé, digo. Con las agencias, con el qué dirán.

Charlie lo miró seriamente.

—Puede. Pero no me importa. Porque al final del día, volveré a casa contigo. Y con nuestro hijo. Y eso es lo único que importa.

Babe asintió, y se acurrucó más contra él.

—Te quiero, Charlie.

—Y yo a ti, Babe. Siempre.

El barco continuó su recorrido, las luces de París reflejándose en el agua, y ellos simplemente existían. Juntos.

Día 7: La última noche

Era su última noche en París. El penthouse estaba en penumbra, solo iluminado por las velas que Charlie había encendido y las luces de la ciudad al otro lado del ventanal.

Babe estaba sentado en el sofá, con una manta sobre las piernas, mirando a Charlie que preparaba una infusión en la pequeña cocina integrada.

—¿Sabes?— dijo Babe.— Podríamos quedarnos.

Charlie se giró, una taza humeante en cada mano.

—¿Quedarnos?

—Sí. No volver. Olvidarnos de las agencias, de todo. Quedarnos aquí, en París, para vivir nuestra vida.

Charlie se acercó y se sentó a su lado, entregándole la taza.

—¿Lo dices en serio?

Babe guardó silencio un momento.

—No.— admitió.— Supongo que no. Tenemos vidas allí. Trabajo, responsabilidades. Pero...una parte de mí lo desea.

Charlie apoyó la cabeza en su hombro.

—A mí también. Pero allá es nuestro hogar. Es donde nos conocimos. Donde empezó todo esto. Y dentro de unos meses, será donde nuestro hijo dé sus primeros pasos.

—¿En nuestro apartamento?

—En los dos. Porque ahora son uno solo.

Babe sonrió, acariciando el cabello de Charlie.

—Eres tan cursi.

—Es tu influencia.

—Mientes.

—Un poco.

Rieron, y se quedaron en silencio, viendo las luces de París.

—Charlie.— dijo Babe después de un rato.

—¿Mmm?

—Gracias. Por esta semana. Por esta luna de miel. Por todo.

Charlie levantó la cabeza y lo besó suavemente.

—Gracias a ti. Por decir que sí. Por confiar en mí. Por darme una familia.

Babe lo miró largamente, sus ojos claros brillando con una emoción que no necesitaba palabras.

—Siempre.— susurró.

Y se besaron de nuevo, suave, lento, eterno, mientras París brillaba tras ellos, testigo de su amor, de su historia, de su futuro.

La nueva rutina

La primera mañana solos en casa

El apartamento de Charlie —ahora su apartamento— amaneció envuelto en esa luz grisácea que tanto echaban de menos. Las maletas seguían sin deshacer en un rincón del dormitorio, pero Babe estaba donde siempre debía estar: enredado en las sábanas, con el ceño fruncido por el sol que se colaba por la persiana.

Charlie ya estaba vestido, traje impecable, cabello perfectamente peinado, pero no podía apartar la mirada de su marido.

—Deja de mirarme.— gruñó Babe sin abrir los ojos.

—No puedo. Es mi primera mañana volviendo al trabajo y ya te extraño.

Babe abrió un ojo, su mirada clara encontrando el verde de Charlie.

—Son las siete de la mañana. Llevas cinco minutos levantado.

—Cinco minutos muy largos.

Babe rodó los ojos, pero una sonrisa asomó en sus labios.

—Eres un pesado.

—Tu pesado. Y ahora, padre de tu hijo. Tengo derechos.

Charlie se sentó en el borde de la cama y deslizó una mano bajo las sábanas, posándola suavemente sobre el vientre de Babe. Aún plano, aún sin señales externas, pero ambos sabían lo que había dentro.

—¿Cómo te sientes?— preguntó Charlie, su voz más suave.

—Cansado.— admitió Babe.— Y no he hecho nada.

—Por eso tienes que descansar. El obstetra lo dijo claramente. Nada de estrés, nada de trabajo, nada de agitarte.

Babe resopló.

—Me voy a volver loco aquí solo todo el día.

—No estarás solo.— Charlie sonrió.— Kaiser y Prada se turnarán para cuidarte. Y yo volveré en cuanto pueda.

—¿En cuanto puedas?— Babe arqueó una ceja.— Tienes reuniones todo el día.

—Las reuniones pueden esperar. Tú no.

Babe lo miró largamente, y algo en su expresión se ablandó.

—Te quiero.— dijo, simplemente.

—Y yo a ti. Ahora, voy a prepararte el desayuno antes de irme. ¿Qué quieres?

—Tú. En la cama. Todo el día.

Charlie rió, inclinándose para besarlo.

—Eso también, pero más tarde. Ahora, desayuno. ¿Croissant? ¿Café con leche?

—Sí a todo. Y tráeme también a Prada. Necesito una almohada con ronroneo.

Charlie salió riendo, y Babe se quedó mirando el techo, una mano sobre su vientre, preguntándose cómo había llegado a merecer todo esto.

Babe resopló una risa y se levantó, sintiendo el peso de Prada quejarse por el movimiento. Fue a la cocina, abrió la nevera, y allí estaba la ensalada, perfectamente preparada, con una nota adhesiva pegada al táper.

"Para mi Alfa favorito. Con todo mi amor. C."

Babe se quedó mirando la nota, y sintió que los ojos le picaban.

—Joder, Charlie.— murmuró.— Me vas a volver blandengue.

Pero sonreía mientras comía.

La llegada de Charlie

Charlie entró en el apartamento a las seis de la tarde, cargado con bolsas de compras y una sonrisa cansada. Lo primero que vio fue a Babe en el sofá, dormido, con Prada en el regazo y Kaiser vigilante a sus pies.

Se quedó un momento en la puerta, observando. Su Alfa, su tormenta, su todo, durmiendo plácidamente, una mano protectora sobre su vientre aún plano. El corazón de Charlie dio un vuelco.

Dejó las bolsas silenciosamente y se acercó. Se arrodilló frente al sofá y deslizó suavemente un mechón de cabello del rostro de Babe.

—Ya llegue.— susurró.— Te he traído cosas ricas.

Babe se movió, sus ojos abriéndose lentamente.

—Charlie.— murmuró, su voz ronca por el sueño.— ¿Qué hora es?

—Las seis. Hora de cenar. Hora de cuidarte.

Babe sonrió, esa sonrisa pequeña y soñolienta que Charlie adoraba.

—Hueles bien.— dijo Babe, atrayéndolo hacia sí.— A ciudad. A estrés. A ti.

Charlie rió suavemente, apoyando la cabeza en su pecho.

—He tenido un día largo. Pero todo el tiempo pensaba en ti. En ustedes.

Babe acarició su cabello.

—¿Cómo ha ido?

—Bien. Raro sin ti. Todos preguntan por ti.

—¿Qué les dices?

—Que estás de baja médica. Nada más. Lo nuestro es nuestro.

Babe asintió, sus dedos jugueteando con el cabello de Charlie.

—Charlie.

—¿Mmm?

—Gracias. Por todo. Por cuidarme. Por ser tú.

Charlie levantó la cabeza y lo besó suavemente.

—Siempre.

Cena y confesiones

Charlie había preparado una cena ligera: sopa de verduras, pescado al horno, y una infusión para Babe mientras él bebía vino. Comían en la mesa del comedor, con velas, como si cada noche fuera especial.

—¿Sabes?— dijo Babe, dejando la cuchara.— Hoy estuve pensando.

—¿En qué?

—En cómo era mi vida antes de ti. Reuniones, estrés, soledad. Creía que era feliz. No lo era.

Charlie lo miró fijamente.

—Y ahora.

—Ahora.— Babe sonrió.— Ahora estoy aquí, sin trabajar, embarazado, más feliz que nunca. Es irónico.

—¿Irónico?

—Sí. Siempre pensé que mi valía estaba en mi trabajo. En ser el mejor. En controlarlo todo. Y resulta que lo mejor que me ha pasado es justo lo contrario: perder el control, rendirme, dejarme cuidar.

Charlie tomó su mano sobre la mesa.

—No has perdido el control. Has ganado algo mejor. Has ganado una familia.

Babe apretó su mano.

—Contigo, sí.

—Siempre conmigo.

La rutina se asienta

Pasaron los días. Charlie iba a trabajar cada mañana, y Babe se quedaba en casa, aprendiendo a vivir a un ritmo más lento. Descubrió que le gustaba leer, que cocinar no se le daba tan mal como pensaba, y que las siestas con Prada y Kaiser eran su nuevo vicio favorito.

Charlie volvía cada tarde con algo nuevo: un libro, una prenda diminuta para el bebé, un postre especial. Y siempre, siempre, se sentaban juntos a hablar del día, de sus miedos, de sus sueños.

Una tarde, Charlie llegó y encontró a Babe en el suelo de la habitación del bebé —que aún era solo un cuarto vacío—, rodeado de catálogos de muebles y muestras de pintura.

—¿Qué haces aquí?— preguntó Charlie, divertido.

—Planificando.— respondió Babe sin mirarlo.— La habitación. Tiene que ser perfecta.

Charlie se sentó a su lado, rodeando sus hombros con un brazo.

—¿Y cómo es perfecta para ti?

Babe señaló los catálogos.

—Paredes verdes, como tus ojos. Muebles de madera clara. Una mecedora junto a la ventana para leerle cuentos. Y un móvil con nubes, como el que vimos en París.

Charlie sintió un nudo en la garganta.

—¿Verde como mis ojos?

—Sí. Para que cuando mire las paredes, sepa que su otro padre lo ama desde antes de nacer.

Charlie lo abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su cuello.

—Te quiero.— murmuró.— Te quiero tanto.

—Lo sé.— Babe sonrió, acariciando su espalda.— Yo también.

La calma de lo cotidiano

La rutina se había convertido en algo precioso. Las mañanas con Charlie preparando el desayuno mientras Babe se quejaba de que el café no estaba lo suficientemente caliente. Las tardes de siesta compartida, con Prada y Kaiser como centinelas. Las noches de conversaciones infinitas, de planes, de sueños.

Una noche, acurrucados en el sofá, Babe apoyó la cabeza en el pecho de Charlie y dijo:

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto?

—¿Qué?

—Que no tengo que fingir. Que puedo ser yo, con mis gruñidos y mi mal humor, y tú sigues aquí. Sigues queriéndome.

Charlie besó su cabello.

—No es a pesar de. Es por eso. Porque eres tú. Porque cada parte de ti, incluso las que crees que son difíciles, son las que te hacen ser el hombre del que me enamoré.

Babe sonrió contra su pecho.

—Eres un pesado.

—Tu pesado. Y el padre de tu hijo. Para siempre.

—Para siempre.— repitió Babe.

Y se quedaron así, viendo la televisión sin verla, escuchando la respiración del otro, sintiendo la vida que crecía dentro.

Porque al final, eso era el amor. No las grandes declaraciones ni los gestos épicos. Sino esto: la calma de lo cotidiano, la certeza de estar en casa, la paz de saber que, pase lo que pase, no estaban solos.

Y eso, pensó Babe, era más que suficiente.

Los antojos y las ocurrencias de Babe

La logística de los antojos

Había comenzado de repente, como todo en Babe. Una tarde, sin previo aviso, había mirado a Charlie con una expresión que mezclaba deseo y desesperación.

—Charlie.

—¿Mmm?

—Necesito fresas con nata. Ahora.

Charlie había parpadeado, dejando el informe que estaba leyendo.

—¿Fresas con nata? ¿A las once de la noche?

—Sí. Y no vale cualquiera. Tienen que ser fresas pequeñas, de dulces, y la nata tiene que ser montada en el momento, no de bote.

Charlie sonrió, guardando el informe.

—De acuerdo uento, mi amor. Ahora mismo voy.

Babe lo agarró del brazo.

—¿Ahora? ¿A dónde vas a estas horas?

—A buscar fresas con nata para mi Alfa embarazado. Hay un supermercado abierto veinticuatro horas no muy lejos.

—¿Vas a ir tú? ¿En pijama?

Charlie miró su ropa: pantalones de chándal y una camiseta vieja.

—Puedo cambiarme.

—No.— Babe tiró de él.— Quédate. No tengo tanta hambre. Era un capricho tonto.

—No es tonto. Es un antojo. Y los antojos se respetan.

Pero Babe lo obligó a quedarse, y se durmieron abrazados. A la mañana siguiente, Charlie se levantó temprano y fue al mercado central. Cuando Babe despertó, había una bandeja de fresas perfectas con nata recién montada en la mesilla de noche.

—Eres un exagerado.— dijo Babe, pero sus ojos brillaban.

—Eres mi exagerado.— respondió Charlie, besando su frente.

Y así empezó todo.

Una aventura diaria

Los días siguientes fueron un desfile de antojos absurdos y adorables. A las tres de la tarde, Babe podría necesitar un sándwich de pepinillos con chocolate. A medianoche, exigiría pizza de piña —algo que Charlie detestaba—. Y a las siete de la mañana, podía despertar a Charlie porque necesitaba un batido de plátano con canela, pero solo si la canela era de Ceilán, no de Cassia.

Charlie lo anotaba todo. Tenía una libreta en su mesilla donde apuntaba cada antojo, cada hora, cada detalle. No se quejaba nunca. Al contrario, parecía disfrutarlo.

—¿Cómo puedes ser tan paciente?—.le preguntó Babe una tarde, viéndolo preparar un plato de garbanzos con espinacas —otro antojo repentino— a las once de la noche.

Charlie se encogió de hombros.

—Porque es por ti. Porque dentro de ti está nuestra hijo. Porque cada antojo es una señal de que todo va bien.

Babe lo miró largamente.

—Eres demasiado bueno.

—Soy un Enigma. Los Enigmas no somos buenos. Solo somos...eficientes.

Babe resopló una risa.

—Eres un idiota.

—Tu idiota.

El día de la cita

La mañana de la cita, Babe estaba nervioso. No lo demostraba, claro. Estaba sentado en el borde de la cama, con su habitual ceño fruncido, mientras Charlie terminaba de arreglarse.

—¿Estás bien?—.preguntó Charlie, atándose la corbata.

—Sí. ¿Por qué no iba a estarlo?

—Porque llevas diez minutos mirando la pared sin pestañear.

Babe giró la cabeza.

—Estoy pensando.

—¿En qué?

—En que hoy sabremos si es niño o niña. Y no sé...no sé por qué, pero me da miedo.

Charlie se acercó y se arrodilló frente a él, tomando sus manos.

—¿Miedo de qué?

—De que algo vaya mal. De que no sea...no sé, de que no sea real.

Charlie sonrió con ternura.

—Es real. Muy real. Y pase lo que pase, estaremos juntos. Los tres.

Babe asintió, y Charlie lo besó suavemente.

—Vamos.— dijo.— Vamos a conocer a nuestra hija...

—¿Hija?— Babe arqueó una ceja.

—Corazonada.

La consulta: La revelación

La misma obstetra, la misma camilla, la misma mano de Charlie sujetando la suya. Pero esta vez, Babe estaba más tranquilo. Había aprendido a confiar en que todo iría bien.

La doctora aplicó el gel y movió el transductor. La imagen apareció en la pantalla, y esta vez el bebé era inconfundible. Brazos, piernas, cabeza, y ese latido incansable.

—Quince semanas.— anunció la doctora.— Todo perfecto. Y miren aquí...

Señaló algo en la pantalla, algo que Charlie y Babe no sabían interpretar.

—¿Qué es?— preguntó Charlie.

—Es una niña.— la doctora sonrió.— Tienen una hija.

El silencio se hizo eterno. Babe miró a Charlie, y Charlie miró a Babe. Y entonces, sin mediar palabra, ambos rompieron a reír y llorar al mismo tiempo.

—Una niña.— susurró Babe, su voz temblorosa.— Vamos a tener una niña.

—Nuestra hija.— dijo Charlie, besando sus manos.— Nuestra pequeña.

La doctora les dio unos minutos a solas. Charlie se inclinó y apoyó la frente contra la de Babe.

—¿Lo oyes?— murmuró.— Es una niña. Va a ser como tú. Fuerte, valiente, preciosa.

—O como tú. Serena, inteligente, observadora.

—O ambas cosas. Lo mejor de los dos.

Babe sonrió, y era la sonrisa más radiante que Charlie había visto jamás.

—Te quiero.— dijo Babe.

—Y yo a ti. Y a ella. Ya la quiero.

-El regreso a casa: El nombre

Llegaron al apartamento flotando. Charlie no dejaba de sonreír, y Babe tenía una mano constantemente posada sobre su vientre, como si pudiera sentir a su hija a través de la piel.

Se sentaron en el sofá, abrazados, sin querer soltarse. Prada saltó a su lado y se enroscó en el regazo de Babe, como si supiera. Kaiser apoyó la cabeza en el sofá, moviendo la cola.

—Charlie.— dijo Babe después de un largo silencio.

—¿Mmm?

Babe se giró ligeramente para mirarlo. Sus ojos claros brillaban con una emoción pura, sin filtros.

—Su nombre será Malee, cariño.

Charlie sintió que el corazón se le detenía.

—¿Malee?

—Sí.— Babe sonrió.— Es un nombre que significa "flor" en tailandés. Lo leí una vez en un libro de viajes. Me pareció hermoso. Y ella será nuestra flor. Nuestra pequeña flor.

Charlie lo miró largamente, y luego, con una lentitud que honraba el momento, besó a Babe. No fue un beso apasionado, sino profundo, eterno, cargado de todo lo que sentían.

—Malee.— repitió Charlie contra sus labios.— Es perfecto.

—¿Te gusta?

—Me encanta. Malee. Nuestra flor.

Apoyaron las frentes juntas, respirando el mismo aire, sintiendo la misma emoción.

—Charlie.— susurró Babe.

—¿Sí?

—Gracias. Por todo. Por las fresas a medianoche, por la paciencia, por quererme. Por hacerme el hombre más feliz del mundo.

Charlie acarició su nuca.

—Tú me hiciste a mí, Babe. Me enseñaste a sentir. Me diste un hogar. Y ahora me das una hija. No hay gracias suficientes.

Babe lo besó de nuevo, suave, lento, y luego se acurrucó contra su pecho.

—Malee.— murmuró, probando el nombre.— Hola, Malee. Soy tu papá. Bueno, uno de ellos. El otro es este tonto que no para de sonreír.

—No soy un tonto.— protestó Charlie débilmente.

—Eres mi tonto. Y el mejor padre que podría tener nuestra hija.

Charlie sonrió, besando su cabello.

—Y tú el mejor. El más fuerte, el más valiente, el más hermoso.

—Cursi.

—Realista.

Se quedaron así, abrazados, mientras la tarde caía. Hablaron de nombres, de futuros, de sueños. Imaginaron a Malee dando sus primeros pasos, diciendo sus primeras palabras, yendo a la escuela, convirtiéndose en quien quisiera ser.

La noche: El despertar de los sentidos

La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por el tenue resplandor de las luces filtrándose a través de las persianas. Charlie estaba tendido boca arriba, los ojos cerrados, su respiración profunda y acompasada. Pero no dormía. Los Enigmas dormían ligeros, siempre alerta, siempre conscientes de su entorno.

Sintió el movimiento antes de abrir los ojos. El peso de Babe sobre él, las piernas a horcajadas de sus caderas, el calor de su cuerpo a través de la fina seda del pijama. Luego, los labios de Babe en su cuello, besos suaves, húmedos, que trazaban un camino desde la mandíbula hasta el hombro.

Y entonces Babe comenzó a moverse. Un balanceo lento, cadencioso, su trasero restregándose contra la erección creciente de Charlie con una intimidad que hablaba de deseo y necesidad.

Charlie abrió los ojos. En la penumbra, sus pupilas brillaron con un destello carmesí que rápidamente se controló.

—¿Son las hormonas del embarazo, mi amor?— preguntó, su voz grave y serena, pero con un deje de diversión.

Babe detuvo el movimiento, sus ojos claros encontrando los de Charlie en la oscuridad. Asintió lentamente, mordiéndose el labio inferior en ese gesto que Charlie adoraba.

—Sí.— susurró.— Pero no solo eso.

Sus manos bajaron hasta los botones de su propia camisa —una de Charlie, por supuesto— y comenzaron a desabrocharlos con una lentitud deliberada. Primero uno, mostrando la piel pálida de su pecho. Luego otro, dejando al descubierto sus pezones, visibles incluso en la penumbra.

Charlie lo observaba con una posesividad que quemaba. Sus ojos verdes recorrieron cada centímetro de piel que Babe revelaba, cada sombra, cada curva.

—Charlie.— jadeó Babe, su voz ronca.— Me duelen los pezones, cachorro. Los siento más sensibles de lo normal.

Esa palabra. Cachorro. Siempre era la chispa que encendía algo primitivo en Charlie.

En un movimiento tan rápido que Babe apenas lo vio venir, Charlie se incorporó, lo tomó por las caderas y giró, intercambiando sus posiciones. Ahora Babe estaba boca arriba, y Charlie se posicionaba entre sus piernas, su cuerpo cubriendo el de Babe como una promesa y una amenaza.

—¿Te duelen?— murmuró Charlie, inclinándose hasta que sus labios rozaron la oreja de Babe.— Déjame ver.

Babe gimió, arqueándose instintivamente contra él.

—Charlie...

—Shh— Charlie sonrió, una sonrisa depredadora que Babe había aprendido a amar.— Voy a cuidar de ti, mi amor. De todo tú. De tus pezones, de tus hormonas, de ese cuerpazo que lleva a nuestra hija.

Sus labios descendieron lentamente por el cuello de Babe, mordisqueando, chupando, dejando un rastro de marcas que desaparecerían en horas pero que en ese momento eran suyas. Cuando llegó a la clavícula, Charlie se detuvo, lamiendo la piel enrojecida.

—¿Sabes lo que me haces?— susurró contra su piel.— Cuando te pones así, cuando me necesitas así, cuando te abres para mí...me vuelves loco.

—Charlie, por favor...

—¿Por favor, qué?— Charlie levantó la cabeza, sus ojos verdes fijos en los de Babe.— Dímelo. Quiero oírlo.

Babe tragó saliva, su pecho subiendo y bajando con fuerza.

—Tócame. Necesito que me toques. Los pezones...duelen, pero de una forma que...que necesito tu boca.

Charlie sonrió, y esa sonrisa prometía todo.

—Así me gusta. Que pidas lo que quieres. Que me digas lo que necesitas.

Bajó la cabeza, y su boca encontró el pecho de Babe. Primero el izquierdo. Su lengua rodeó el pezón con una lentitud exasperante, provocando un gemido ahogado de Babe. Luego, sin previo aviso, lo succionó con fuerza.

Babe gritó, sus manos aferradas a las sábanas, su cuerpo arqueándose contra Charlie.

—Joder, Charlie...

Charlie se apartó ligeramente, observando el pezón enrojecido, sensible, y luego sopló suavemente sobre él. Babe tembló.

—¿Te duele?— preguntó Charlie, su voz una caricia.— ¿O te gusta?

—Las dos cosas.— jadeó Babe.— No pares.

Charlie obedeció. Alternó entre un pezón y el otro, chupando, mordiendo suavemente, lamiendo como si Babe fuera el manjar más exquisito. Cada vez que Babe gemía más fuerte, Charlie sonreía contra su piel.

—Me encanta cómo suenas.— murmuró.— Me encanta cómo hueles. Estas hormonas te hacen oler aún más a mí. Más a nosotros.

—Charlie...— Babe estaba perdiendo el control, su cuerpo tensándose.

—¿Sí, mi amor?

—Necesito...necesito más.

Charlie levantó la cabeza, sus ojos brillando con un destello carmesí que esta vez no intentó ocultar.

—¿Más?— preguntó, su voz más grave.— ¿Qué más necesitas?

Babe lo miró fijamente, y en sus ojos claros había deseo, entrega, y una confianza absoluta.

—Necesito sentirte. Dentro. Ahora.

Charlie sonrió, y fue la sonrisa de un depredador que ha atrapado a su presa. Pero también la sonrisa de un hombre profundamente enamorado.

—Así me gusta.— dijo, inclinándose para besarlo.— Mi Alfa, pidiendo lo que quiere.

El beso fue profundo, exigente, mientras las manos de Charlie se deshacían de la ropa que aún los separaba. En segundos, estaban piel contra piel, el calor de Babe envolviendo a Charlie, el vacío de Charlie succionando las feromonas de Babe en un ciclo infinito.

Charlie se colocó entre sus piernas, su miembro presionando contra la entrada de Babe, pero no entró. No aún.

—Mírame.— ordenó suavemente.

Babe abrió los ojos, y en ellos no había miedo. Solo deseo. Solo Charlie.

—Eres mío.— dijo Charlie.— ¿Lo sabes?

—Sí.

—Y esto.— Charlie rozó su vientre con una mano.— es nuestra hija. Nuestra flor. Y esta noche, voy a recordarte lo mucho que te quiero, lo mucho que te deseo, lo mucho que eres mío.

Babe asintió, sin palabras, entregado por completo.

Charlie entró en él con una lentitud que contrastaba con la urgencia del momento. Quería sentir cada centímetro, cada temblor, cada gemido. Babe gimió, sus piernas enredándose en la cintura de Charlie, atrayéndolo más profundo.

—Charlie.— susurró.— Eres tan...

—¿Tan qué?— Charlie comenzó a moverse, embestidas profundas y medidas.

—Perfecto. Eres perfecto.

Charlie negó con la cabeza, inclinándose para besarlo.

—No. Tú eres perfecto. Tú, llevando a nuestra hija. Tú, abriéndote para mí. Tú, confiándome todo.

El ritmo aumentó. Cada embestida llevaba a Charlie más adentro, más cerca del corazón de Babe. Sus manos recorrían el cuerpo de Babe como si fuera un mapa que quería memorizar: los brazos, el pecho, el vientre donde crecía su hija.

—¿Sabes lo qué me gusta de tu embarazo?— murmuró Charlie contra su cuello, mordiendo la marca permanente.

—¿Qué?

—Que estás más sensible. Que cada caricia te hace temblar. Que cada vez que te toco, gimes más fuerte. Me encanta oírte. Me encanta sentirte.

Babe solo podía gemir, aferrado a Charlie, sus uñas arañando su espalda.

—Charlie, voy a...

—¿Vas a qué?— Charlie aceleró el ritmo, sus embestidas más profundas, más exigentes.— Dímelo.

—Voy a correrme. Contigo dentro. Otra vez.

—Hazlo.— ordenó Charlie.—Córrete para mi, mi amor.

Babe gritó su nombre mientras el orgasmo lo arrasaba, su cuerpo tensándose, su esencia derramándose entre ellos. Charlie lo siguió inmediatamente, un gruñido profundo escapando de su pecho mientras se vaciaba dentro de él, su nudo formándose, atrapándolos juntos una vez más.

El mundo se redujo a sus respiraciones entrecortadas, a sus cuerpos unidos, a las feromonas que bailaban en el aire celebrando su unión.

Pasaron minutos, quizás media hora, antes de que Charlie pudiera moverse. Cuando lo hizo, fue solo para recostarse sobre Babe, abrazándolo con una ternura que contrastaba con la intensidad de lo que acababan de compartir.

—Babe.— susurró Charlie contra su piel.

—¿Mmm?

—Te quiero. Te quiero tanto.

Babe sonrió, una sonrisa cansada pero radiante, y acarició el cabello de Charlie.

—Yo también te quiero, fantasma. Gracias.

—¿Gracias por qué?

—Por entenderme. Por saber que esto no es solo deseo. Es necesidad. Es amor. Es todo.

Charlie levantó la cabeza para mirarlo.

—Siempre lo sabré. Porque tú eres mi todo.

Se besaron suavemente, un beso lento, eterno, mientras el nudo de Charlie cedía lentamente, permitiéndoles separarse.

Charlie se tumbó a su lado, atrayendo a Babe contra su pecho, una mano protectora sobre su vientre.

—¿Estás bien?— preguntó Charlie.

—Mejor que bien.— respondió Babe.— Estoy perfecto.

—¿Y los pezones?

Babe rió, una risa ronca y adormilada.

—Ya no duelen. Gracias por...ya sabes.

Charlie sonrió, besando su cabello.

—Siempre que los necesites, aquí estaré.

—Lo sé. Por eso te quiero.

Se quedaron así, enredados, mientras la noche avanzab. Y en ese silencio, en esa intimidad, supieron que nada podría separarlos.

Porque eran Charlie y Babe. Tormenta y vacío. Enigma y Alfa.

Y ahora, padres de una pequeña flor llamada Malee.

Nueve meses después: El regreso a casa

El hospital: Los primeros días

El parto había sido por cesárea, programada con cuidado por el equipo médico que había seguido el embarazo de Babe. A pesar de ser un Alfa especial, su cuerpo había llevado el embarazo de forma impecable.

Charlie había estado a su lado todo el tiempo, su mano siempre en la de Babe, sus ojos verdes fijos en los claros de su esposo mientras los médicos trabajaban. Y cuando el primer llanto de Malea llenó la sala, ambos rompieron a llorar.

—Es preciosa.— susurró Charlie, mirando a la pequeña criatura que la enfermera limpiaba.— Es perfecta.

Babe no podía hablar. Solo asentía, las lágrimas rodando por sus mejillas, su mano apretando la de Charlie con una fuerza que delataba su emoción.

Cuando por fin la tuvieron en brazos, los tres juntos, Charlie sintió que su corazón se expandía de una forma que no sabía posible.

—Hola, Malee.— murmuró Babe, su voz ronca por las lágrimas.— Soy tu papá. Bueno, uno de ellos. El otro es este tonto que no para de llorar.

—No soy un tonto.— protestó Charlie débilmente.— Soy un Enigma emocionado.

Babe rió, y el sonido fue la música más hermosa que Charlie había escuchado jamás.

Los días en el hospital

Pasaron tres días en el hospital. Tres días de aprendizaje, de noches interrumpidas, de pequeñas victorias. Babe, a pesar de la cesárea, se recuperaba rápidamente —ventajas de ser un Alfa especial— y pronto pudo levantarse con ayuda de Charlie.

Malea era una bebé tranquila. Dormía, comía, y miraba el mundo con unos ojos que ya prometían ser verdes como los de Charlie, aunque con un destello claro heredado de Babe.

—Va a ser una Enigma.— dijo Charlie una tarde, observándola dormir en la incubadora.— Lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque lo siento. Su presencia...es como la mía. Pero más suave. Más dulce.

Babe sonrió, acariciando el diminuto dedo de su hija.

—Una Enigma con mi mal humor.

—Dios nos ayude.

—Amén.

El regreso a casa

El día del alta, Charlie había preparado todo meticulosamente. La habitación del bebé estaba terminada —paredes verdes, muebles de madera clara, la mecedora junto a la ventana, el móvil de nubes que compraron en París—, y había contratado a una doula especializada en familias dinámicas para ayudar en las primeras semanas.

Babe lo miraba hacer con una mezcla de admiración y diversión.

—Pareces un general planeando una batalla.— dijo, mientras Charlie revisaba la lista por enésima vez.

—Es una batalla.— respondió Charlie sin mirarlo.— La batalla por la comodidad de mi familia.

—Eres un exagerado.

—Soy un Enigma eficiente.

La enfermera entró con Malee en brazos, lista para el alta. Babe la tomó con la facilidad de quien ya había aprendido, en solo tres días, a sostener a su hija como si hubiera hecho toda la vida.

—¿Listo para ir a casa, pequeña?— murmuró Babe, besando su frente.— Te va a encantar. Hay un perro enorme que te protegerá y un gato que fingirá que no le importas, pero te adorará.

Charlie sonrió, rodeándolos con un brazo.

—Vamos a casa.

La primera tarde en casa

El apartamento los recibió con luz de atardecer y el aroma de las velas que Charlie había encendido antes de ir al hospital. Kaiser se volvió loco de alegría, moviendo la cola y olfateando a Malee con una ternura que sorprendió a todos. Prada, fiel a su estilo, se limitó a observar desde su estantería, pero sus ojos seguían cada movimiento del pequeño bulto.

Babe se sentó en el sofá, agotado pero feliz, con Malee en brazos. Charlie se arrodilló frente a ellos, observando la escena con una expresión de pura adoración.

—¿Cómo te sientes?— preguntó Charlie.

—Cansado.— admitió Babe.— Pero feliz. Muy feliz.

—¿Te duele la cesárea?

—Un poco. Pero menos de lo que esperaba. Los Alfas nos recuperamos rápido.

Charlie asintió, pero su mirada se desvió a Malea, que comenzaba a moverse inquieta.

—Creo que tiene hambre.— dijo Charlie.

Babe miró a su hija, y luego a Charlie, con una expresión que mezclaba nervios y determinación.

—Voy a intentarlo.

Charlie lo ayudó a acomodarse, colocando cojines detrás de su espalda y bajó sus brazos. Babe abrió su camisa y acercó a Malee a su pecho.

La pequeña encontró el pezón por instinto, y cuando comenzó a succionar, Babe contuvo el aliento.

—¿Duele?— preguntó Charlie, preocupado.

—Un poco.— admitió Babe.— Pero es...no sé cómo explicarlo. Es raro. Pero bonito.

Charlie sonrió, sentándose a su lado y pasando un brazo por sus hombros.

—Es increíble.— murmuró, observando a su hija comer.— Tú, dándole de comer. Ella, creciendo gracias a ti. Es lo más hermoso que he visto.

Babe apoyó la cabeza en su hombro.

—Nunca imaginé esto.— dijo en voz baja.— Nunca imaginé que podría tener esto. Una familia. Un hogar. Alguien que me quiera.

Charlie besó su cabello.

—Y lo tienes. Y lo tendrás siempre.

Los primeros desafíos

Malea resultó ser una bebé nocturna. A las tres de la mañana, lloraba con una determinación que recordaba a su padre Babe en sus días más gruñones. Charlie se levantó antes de que Babe pudiera moverse.

—Yo voy.— dijo.— Tú descansa. Necesitas recuperarte.

—Charlie...

—No discutas. Duerme.

Charlie tomó a Malee en brazos con la facilidad de quien ha estado practicando. La meció suavemente, paseando por la habitación mientras le hablaba en voz baja.

—Hola, pequeña.— susurró.— ¿Qué pasa? ¿No te gusta la noche? A mí tampoco. Bueno, antes no. Ahora me gusta porque es cuando tu papá Babe se acurruca conmigo.

Malea lo miró con sus ojos aún nublados por el sueño, y por un momento pareció escuchar.

—Pero contigo.— continuó Charlie.— las noches serán diferentes. Y me encanta. Porque cada noche que pasemos despiertos contigo será una noche que recordaremos siempre.

Poco a poco, Malee se calmó. Charlie la meció hasta que volvió a dormirse, y entonces la colocó suavemente en su cuna.

Cuando volvió a la cama, Babe estaba despierto, mirándolo con una expresión que Charlie no supo descifrar.

—¿Qué?— preguntó Charlie en voz baja.

—Te he oído.— dijo Babe.— Hablándole.

—¿Te he despertado?

—No. Llevaba un rato despierto. Te he oído.

Charlie se deslizó bajo las sábanas, acercándose a Babe.

—¿Y?

—Y.— Babe tragó saliva.— Eres el mejor padre que podría tener nuestra hija. Eres increíble.

Charlie sonrió, besándolo suavemente.

—Tú también lo eres. Y ahora duerme. Mañana será un día largo.

Babe asintió, acurrucándose contra él.

—Te quiero, Charlie.

—Y yo a ti, Babe. Y a Malee. Siempre.

La rutina se asienta

Pasaron los días. La doula acudía cada mañana, ayudando con Malea mientras Babe descansaba y Charlie trabajaba desde casa. Pero las tardes y las noches eran suyas.

Charlie había aprendido a cambiar pañales con la misma eficiencia con la que dirigía reuniones. Babe había descubierto que podía dormir en cualquier posición, siempre que Malee estuviera cerca. Y ambos habían descubierto que el amor podía multiplicarse de formas que nunca imaginaron.

Una tarde, Babe estaba en el sofá, amamantando a Malee mientras hojeaba una revista de moda. Charlie llegó de su despacho y se quedó en el umbral, observando.

—¿Qué miras?— preguntó Babe sin levantar la vista.

—A mi familia.— respondió Charlie.— A las dos personas de mi vida.

Babe sonrió, y Charlie se acercó para sentarse a su lado.

—¿Cómo va?— preguntó Charlie, señalando la lactancia.

—Bien. Ya duele menos. Y ella come como una campeona.

—Como su papá Babe.

—¿Eso es un cumplido?

—El mejor.

Babe rodó los ojos, pero su sonrisa era radiante.

—Charlie.— dijo después de un rato.

—¿Mmm?

—Gracias. Por todo. Por estar. Por ser tú.

Charlie apoyó la cabeza en su hombro, mirando a Malea comer.

—Gracias a ti, Babe. Por darme todo esto.

Malee terminó de comer y soltó el pezón con un pequeño suspiro. Babe la acomodó contra su pecho, buscando el eructo, y Charlie observaba cada movimiento con una devoción que conmovía.

—¿Quieres tenerla?— ofreció Babe.

—Siempre.

Charlie tomó a Malee en brazos, y la pequeña abrió los ojos, mirándolo con esa intensidad que ya empezaba a reconocer.

—Hola, mi flor.— susurró Charlie.— Te quiero. ¿Lo sabes? Te quiero más que a nada en el mundo. Junto con tu papá Babe, claro. No le digas que he dudado.

—Te he oído.— dijo Babe desde el sofá.

—Eso era para ti.

Babe rió, y Charlie lo miró, y en ese momento, con su hija en brazos y su esposo riendo, supo que la felicidad no era un destino, sino esto. Este momento. Esta familia.

Una noche cualquiera

La casa estaba en silencio. Malee dormía en su cuna, Kaiser a sus pies, Prada en la mecedora. Charlie y Babe estaban en la cama, enredados como siempre, hablando en susurros.

—Charlie.— dijo Babe.

—¿Mmm?

—¿Crees qué seremos buenos padres?

Charlie lo miró, sorprendido por la pregunta.

—Babe.— dijo.— Llevamos una semana y ya has aprendido a cambiar pañales con los ojos cerrados, te despiertas a cada sonido de Malee, y la miras como si fuera el centro del universo. Eres un padre increíble.

—Pero soy gruñón. Y malhumorado. Y a veces...

—Y a veces eres todo eso.— le interrumpió Charlie.— Y ella te adorará igual. Porque también eres protector, leal, y la quieres más que a tu vida.

Babe guardó silencio un momento.

—¿Y tú?— preguntó.— ¿Crees qué serás buen padre?

Charlie sonrió.

—No lo sé.— admitió.— Pero lo intentaré. Cada día. Y con ustedes a mi lado, sé que lo conseguiré.

Babe lo besó suavemente.

—Lo conseguiremos. Juntos.

—Juntos.

Se quedaron así, abrazados, escuchando la respiración de su hija a través del monitor.

Y en ese momento, en esa noche cualquiera, Charlie y Babe supieron que habían encontrado algo que muchos han buscado toda la vida.

Un hogar. Una familia. Un amor para siempre.

Y eso, pensó Babe mientras cerraba los ojos, era más que suficiente.

Meses después: La nueva normalidad

La rutina

El tiempo había pasado como un susurro. Malee cumplió seis meses, y con ella, la vida de Charlie y Babe se había reorganizado en una danza perfecta de prioridades.

Charlie, fiel a su estilo, había encontrado la solución perfecta. Un Alfa de confianza, un hombre llamado Alessandro que había trabajado con él durante años, ahora actuaba como director ejecutivo de Veridian en todo menos en el nombre. Charlie supervisaba, tomaba las decisiones importantes, pero su presencia física en la oficina se había reducido a lo mínimo indispensable.

—¿No te preocupa perder el control?— le había preguntado Babe una noche, mientras Malee dormía entre ellos.

—No.— respondió Charlie, acariciando el cabello de su esposo.— Porque el control que me importa está aquí. En esta cama. En esta casa. En ustedes.

Babe lo había mirado con esa expresión suya, vulnerable y fuerte a la vez.

—Eres increíble.

—Soy práctico. Prefiero estar con mi familia que en una oficina. Y Alessandro es más que capaz.

Y así era. Charlie llegaba a casa cada día antes de las cuatro de la tarde. A veces más temprano. Siempre con una sonrisa cansada que se transformaba en radiante en cuanto veía a Malea y a Babe.

Una tarde cualquiera

Charlie entró en el apartamento y lo primero que oyó fue la risa de Malee. Esa risa burbujeante, contagiosa, que le derretía el corazón cada vez. Dejó el maletín y siguió el sonido hasta el salón.

Babe estaba en el suelo, tumbado boca arriba, con Malee sentada en su pecho, agitando los brazos y riendo mientras él hacía ruidos de animales. Kaiser estaba a su lado, moviendo la cola, y Prada observaba desde su atalaya habitual.

—¿Qué tenemos aquí?— preguntó Charlie, apoyado en el marco de la puerta.

Babe levantó la cabeza, y su sonrisa al ver a Charlie iluminó toda la habitación.

—Papá Charlie ha llegado.— dijo Babe a Malee, alzándola.— Mira quién está aquí.

Malee giró la cabeza y al ver a Charlie, sus brazos se agitaron con más fuerza y una sonrisa enorme apareció en su rostro. Era una sonrisa que combinaba lo mejor de ambos: la calidez de Charlie y la intensidad de Babe.

Charlie se acercó, tomó a Malee en brazos y la besó repetidamente en la barriga, provocando más risas.

—Te he echado de menos, mi flor.— murmuró contra su piel.– ¿Has sido buena con papá Babe?

—Ha sido una santa.— respondió Babe, incorporándose.— Hemos leído cuentos, jugado con Kaiser, y hasta ha dormido una siesta de dos horas.

Charlie lo miró con admiración.

—Eres increíble.

—Soy práctico.— le devolvió Babe la frase, sonriendo.

Charlie se inclinó y lo besó, un beso suave, agradecido, mientras Malee protestaba entre ellos por la falta de atención.

—Creo que alguien tiene celos.— rió Charlie, separándose.

—Como su padre.— dijo Babe con una ceja arqueada.

—Mentira. Yo no tengo celos.

—¿No? ¿Y aquella vez qué el cartero me sonrió?

—Ese cartero tenía intenciones.

—Era un cartero, Charlie. De ochenta años.

—No importa.

Babe rió, y el sonido llenó la habitación de una calma perfecta.

La cena familiar

Las cenas eran su momento sagrado. Malee en su trona, Babe y Charlie a cada lado, compartiendo no solo la comida sino el día, las pequeñas victorias, las anécdotas sin importancia que tejían la tela de su vida juntos.

—Hoy Malee ha dicho algo que sonaba a "papá".— dijo Babe, mientras daba de comer puré de calabaza a su hija.

Charlie levantó la cabeza.

—¿En serio?

—Bueno.— Babe sonrió.— Sonaba más a "babá", pero yo voy a contar como "papá".

—Tramposo.

—Es mi hija. Tengo derecho.

Malee golpeó la bandeja de la trona con las manos, salpicando puré.

—Y tiene tu carácter.— añadió Charlie, riendo.

—El carácter es todo tuyo.

—El carácter es de los dos. Estamos perdidos.

Rieron, y la cena continuó entre puré, risas y la sensación de que no había lugar en el mundo donde preferirían estar.

-Después del baño, del cuento, de las canciones de cuna, Malee finalmente se rindió al sueño. Charlie la acostó en su cuna, arropándola con su manta favorita, y se quedó un momento observándola.

Era perfecta. Sus pequeños dedos, sus mejillas sonrosadas, ese pequeño suspiro que emitía mientras dormía. Charlie sintió que el corazón se le desbordaba.

Salió de la habitación y encontró a Babe en el salón, con una copa de vino —para Charlie, porque él seguía sin beber mientras amamantaba— y una expresión de cansancio feliz.

—¿Duerme?— preguntó Babe.

—Como un angelito.

Charlie se sentó a su lado, y Babe apoyó la cabeza en su hombro.

—Ha sido un buen día.— dijo Babe.

—Todos los días son buenos con ustedes.

—Eres tan cursi.

—Y tú me quieres así.

Babe sonrió, girando la cabeza para besarlo. Un beso suave al principio, que poco a poco se fue volviendo más profundo, más urgente.

—Charlie.— murmuró Babe entre besos.

—¿Mmm?

—Hace días que no...ya sabes.

Charlie se separó ligeramente, sus ojos verdes brillando con un destello carmesí.

—¿Necesitas qué te recuerde lo mucho que te quiero?

Babe asintió, mordiéndose el labio.

—Sí.

Charlie sonrió, una sonrisa que prometía todo.

El dormitorio: La intimidad

La puerta del dormitorio se cerró tras ellos. Babe quedó respaldado contra ella, Charlie frente a él, sus cuerpos presionados en la penumbra.

—¿Sabes lo qué me pasa cada vez que te veo con Malee?— susurró Charlie contra su cuello.

—¿Qué?

—Que me enamoro más de ti. Verte como padre, como esposo, como todo...es lo más hermoso que he visto.

Babe tragó saliva.

—Charlie...

—Y luego.— continuó Charlie, desabrochando lentamente la camisa de Babe.— luego pienso en todo lo que tu cuerpo ha hecho. En cómo creaste a nuestra hija. En cómo la alimentas. En cómo sigues siendo tú, mi tormenta, mi todo.

La camisa cayó al suelo, dejando el torso de Babe al descubierto. Sus pechos, más llenos por la lactancia, eran especialmente sensibles. Charlie lo sabía.

—¿Te duelen?— preguntó Charlie, rozando un pezón con la yema de los dedos.

—Un poco.— admitió Babe.— Están llenos.

Charlie sonrió, y en sus ojos el carmesí brillaba con intensidad.

—Déjame ayudarte.

Se arrodilló lentamente, sus labios encontrando el pecho de Babe con una reverencia que contrastaba con la urgencia del momento. Cuando su boca tomó el pezón, Babe gimió, su cabeza golpeando suavemente la puerta.

Charlie succionó suavemente al principio, saboreando la leche que brotaba. Era dulce, cálida, vida en estado puro. El sabor de Babe.

—Charlie.— jadeó Babe, sus manos enredadas en el cabello de Charlie.— Eso...eso se siente...

—¿Bien?— Charlie levantó la vista, sus ojos rojos brillando.— ¿O mejor?

—Los dos.

Charlie sonrió y continuó, alternando entre un pecho y el otro, bebiendo la leche con una mezcla de necesidad y adoración. Sus manos recorrían el cuerpo de Babe, trazando cada curva, cada músculo, cada cicatriz.

—Me encanta.— murmuró Charlie contra su piel.— Me encanta este sabor. Me encanta que sea tuyo. Me encanta que sea para nuestra hija y también para mí.

Babe gimió, su cuerpo tensándose.

—Charlie, voy a...

—¿Vas a qué?— Charlie se levantó, presionando su cuerpo contra el de Babe, su erección evidente contra el muslo de Babe.— Dímelo.

—Necesito sentirte. Por favor.

Charlie lo besó entonces, un beso profundo, exigente, compartiendo el sabor de su propia leche. Babe gimió en su boca, sus manos bajando para desabrochar el pantalón de Charlie.

—Así me gusta.— murmuró Charlie.— Mi Alfa, pidiendo lo que quiere.

En un movimiento rápido, Charlie lo tomó en brazos y lo llevó a la cama, depositándolo con una suavidad que contrastaba con la urgencia en sus ojos. Se colocó sobre él, entre sus piernas, su miembro presionando contra la entrada de Babe.

—Mírame.— ordenó suavemente.

Babe obedeció, sus ojos claros fijos en los rojos de Charlie.

—Eres mío.— dijo Charlie.— ¿Lo sabes?

—Sí.

—Y esto.—.Charlie rozó su vientre, donde Malee había crecido.— es nuestro. Y nunca, nunca, dejaré de desearlo. De desear esto. De desearte.

Entró en él con una lentitud que contrastaba con la intensidad del momento, queriendo sentir cada centímetro, cada temblor. Babe gimió, arqueándose contra él, sus piernas enredándose en su cintura.

—Charlie...eres tan...

—¿Tan qué?— Charlie comenzó a moverse, embestidas profundas y medidas.

—Perfecto. Eres perfecto.

Charlie negó con la cabeza, inclinándose para besar sus pechos, para beber de nuevo de él mientras se movía dentro.

—Tú eres perfecto. Tú, que me diste una hija. Tú, que me elegiste. Tú, que te entregas a mí una y otra vez.

El ritmo aumentó, cada embestida más profunda, más exigente. La cama crujió bajo ellos, pero ninguno escuchaba nada más allá de sus propios gemidos, de sus respiraciones entrecortadas.

—Charlie.— jadeó Babe.— Voy a...

—Yo también.— gruñó Charlie.— Pero quiero oírlo. Quiero oírte decirlo.

—Voy a correrme. Contigo dentro. Otra vez.

—Hazlo.— ordenó Charlie.— Córrete para mí.

Babe gritó su nombre mientras el orgasmo lo arrasaba, su cuerpo tensándose, su esencia derramándose entre ellos. Charlie lo siguió inmediatamente, un gruñido profundo escapando de su pecho mientras se vaciaba dentro de él, su nudo formándose, atrapándolos juntos una vez más.

Cayeron juntos en el colchón, jadeando, sudorosos, unidos de la forma más íntima posible. Charlie apoyó la frente contra la de Babe, sus ojos volviendo lentamente al verde, pero llenos de una luz nueva.

—Te amo.— susurró Charlie.

—Y yo a ti.— respondió Babe, acariciando su nuca.

Pasaron los minutos, el nudo cediendo lentamente. Charlie rodó a un lado, atrayendo a Babe contra su pecho, una mano siempre presente en su cuerpo.

—¿Estás bien?— preguntó Charlie.

—Mejor que bien.— Babe sonrió.— Estoy perfecto.

—¿Y los pechos? ¿Siguen doliendo?

Babe rió suavemente.

—Ya no. Gracias a ti.

Charlie sonrió, besando su cabello.

—Siempre que los necesites, aquí estaré.

—Lo sé. Por eso te quiero.

La calma

El monitor del bebé emitía el suave sonido de la respiración de Malee. La casa estaba en silencio, solo roto por el ronroneo lejano de Prada y el ocasional suspiro de Kaiser.

—Charlie.— dijo Babe en voz baja.

—¿Mmm?

—¿Crees qué Malea tendrá hermanos?

Charlie se quedó en silencio un momento.

—¿Quieres más?

—No lo sé.— admitió Babe.— Pero no cierro la puerta.

Charlie sonrió, apretando su abrazo.

—Entonces hablaremos de eso. Cuando sea el momento. Pero ahora.— besó su frente.— ahora tenemos a nuestra flor. Y es más que suficiente.

Babe asintió, acurrucándose más contra él.

—Te amo, Cachorro.

—Y yo te amo a ti, mi amor. Siempre.

Y se quedaron así, enredados, escuchando la respiración de su hija a través del monitor, sintiendo la paz de un hogar construido con amor, paciencia y entrega.

Afuera, la cuidad seguía su curso. Pero dentro de aquel apartamento, tres corazones latían al unísono.

Y eso, pensó Babe mientras cerraba los ojos, era todo lo que siempre había deseado.

¡FIN!

Dedicado a @PanditaPooh41 la idea que me pediste, espero te guste…

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