Viaje al paraiso

—¡Adiós, mami! ¡Te queremos!
El grito de mi hijo mayor, acompañado por el vaivén frenético de su mano, se mezclaba con la imagen del pequeño, quien hundía el rostro en el abrigo de su padre luchando por contener un llanto silencioso.
El aire en la terminal estaba cargado de esa tristeza pegajosa de las despedidas, y me obligué a componer una máscara de melancolía. Tuve que asfixiar la euforia que me trepaba por el pecho; una buena madre y una esposa abnegada no debería sentirse tan radiante al alejarse de su hogar.
Pero la verdad vibraba en mis sienes: estaba orgullosa. No era solo el escape hacia las luces de neón de Corea; era el triunfo de mi propia ambición. Entre maletas y pasaportes, llevaba la misión de expandir mi empresa, de sembrar nuestros productos en el corazón del K-pop y abrir rutas comerciales hacia el Oriente que nadie más había logrado trazar.
—¡Adiós, mis bebés! Cuídense mucho. ¡No dejen de llamarme! —mi voz sonó firme mientras lanzaba un beso al aire, antes de cruzar el umbral del túnel de embarque y dejar que la luz de la terminal se desvaneciera tras de mí.
Ya instalada en mi asiento, el brillo del teléfono me devolvió la imagen de mis hijos en el fondo de pantalla. Sentí un pinchazo de nostalgia, una punzada breve en el estómago, pero no había retorno.
Sabía que mi esposo —ese hombre que era un padre ejemplar pero un amante frío y torpe— finalmente tendría que enfrentarse al peso de la cotidianidad que yo cargaba siempre sobre mis hombros, en absoluta soledad.
Nuestra historia se había erosionado. El fuego intenso de los primeros años se había convertido en un desierto marital, una estructura hueca donde solo sobrevivíamos como “padres” bajo el techo de una convivencia forzada.
Recordé con nitidez la tarde del quiebre, ese silencio denso en la cocina antes de que las mis hijos volvieran del colegio.
—Quiero el divorcio —solté, sin preámbulos.
—¿Por qué? —preguntó él, con una confusión tan genuina que me resultó insultante.
Apreté los nudillos contra el borde metálico del fregadero hasta que me dolieron.
—Porque quiero ser amada. Porque quiero tener el derecho de elegir quién me toca —las palabras salieron sin filtro, cargadas de un veneno acumulado por años.
—Contigo me siento asfixiada bajo una responsabilidad que no me pertenece. Eres como un hijo más en esta casa, y ya no puedo con esta carga.
—Necesitas ayuda con las niños… —murmuró él, intentando buscar una salida lógica.
Solté una carcajada seca, cargada de escarnio.
—Lo que necesito es tenerte lejos. Necesito ser libre —sentencié, volviendo a sumergir las manos en el agua jabonosa, restregando la loza con una furia contenida.
—¿Te estás acostando con alguien? —su voz sonó herida, pero yo solo sentí asco. Me giré lentamente para sostenerle la mirada.
—No soy como tú. Pero me encantaría que me follaran, ¿sabes? —esa confesión me golpeó el centro del alma y me encendió el vientre al mismo tiempo, como un grito de guerra de mi propio cuerpo.
—¿Por qué no me lo pides a mí?
La pregunta era tan patética que sentí el impulso de estrellar una de las tazas de porcelana contra la pared. No quedaba ni un rastro de deseo, ni una chispa de curiosidad. La sola idea de su piel sobre la mía, de su polla intentando reclamar un territorio que ya no le pertenecía, me revolvía el estómago.
—Porque lo único que puedo sentir por ti es lástima y rabia —lo sentencié con los ojos fijos en los suyos, dejando los platos mojados y abandonando la cocina para refugiarme en la soledad del cuarto de lavado.
Allí, entre el zumbido de la secadora y el olor a detergente, me derrumbé. Lloré con una mezcla de frustración y autocompasión, sintiéndome la arquitecta de una prisión que yo misma había creído que sería mi hogar para siempre.
Ahora, mientras las turbinas del avión rugían ganando altura hacia mi destino, sentí el frío del metal contra mi piel. Deslicé el anillo de matrimonio fuera de mi dedo, observando la marca pálida que dejaba en mi piel, y lo sepulté en el fondo de mi bolso de mano. Me hice una promesa silenciosa: este viaje me devolvería la vida. Me entregaría experiencias nuevas, intensas, dignas de un k-drama romántico o de la más cruda y liberadora fantasía erótica.








