El Evangelista

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Summary

En las largas noches recorriendo baños públicos en busca de entretenimiento casual, nos encontramos con dos machos que nos sorprenderían gratamente, o al menos eso deseábamos. Williams encontró un sereno con gustos algo violentos y con la sola intención de satisfacer sus necesidades. Yo encontré a un ferroviario evangélico con una gran debilidad por mi diminuta ropa interior. Este es un relato real y explícito de aquellos encuentros llenos de sorpresas. Espero que les guste el relato.

Genre
Lgbtq
Author
Samkzador
Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Entre las vías del tren

La estación Muñiz era frecuentada por algunas locas de la zona, pero no era una tetera ("tetera" así le decimos a los baños públicos donde hay levante) de las más concurridas de la zona oeste. Era un baño pequeño, gris y sucio, con tres mingitorios y un cubículo individual que siempre estaba cagado.

La estación está ubicada en medio de un descampado. En aquella época, los autos no entraban directamente, y en consecuencia los policías tampoco; eso hacía que nos moviéramos con cierta libertad en la zona.

En las horas que el baño estaba más concurrido, mi amigo William y yo nos íbamos a dar vueltas por los alrededores. Solíamos frecuentar los baños del club Muñiz, también veníamos jugar al fútbol a los machos en una cancha improvisada o yirábamos por los furgónes abandonados que estaban ubicados en el fondo de la estación y en los almacenes de las proximidades comprábamos vino, porque sabíamos que eso atraía a los que recién salían de trabajar. Después nos sentábamos en el fondo de la estación a esperar.

Ese lugar era elegido estratégicamente porque ahí se detenía el vagón de carga, que siempre estaba lleno de tipos que volvían de trabajar con sus bicicletas, o de algún que otro fumón. Y, si teníamos suerte, alguno se bajaba para un ordeñe casual en dúo. Raro que un chongo se haga descargar por dos locas al mismo tiempo? si, pero no imposible.

Pasaban las horas y los trenes estaban llenos de machos que solo silbaban burlonamente o gritaban algún insulto bien gastado, de esos que se supone deberían afectarnos. Decidimos ir a caminar; por la zona hay varios talleres mecánicos y pequeñas fábricas que nosotros frecuentábamos, y de vez en cuando comíamos algún sereno necesitado.

Llegamos a un bar donde compramos un vinito para ir tomando mientras nos reíamos de anécdotas viejas. Caminábamos por la calle Conesa, que cruza las vías en dirección a la plaza Muñiz. En el paso a nivel había tres vías: la primera es poco transitada y hace un recorrido desde la Capital Federal, pasando por Junín y perdiéndose en el interior de Buenos Aires; luego hay una garita de seguridad ferroviaria y, después, dos vías que conectan Capital Federal con la estación Pilar. La garita ferroviaria está dividida en dos: una gran parte pertenecía a un depósito y una más pequeña le correspondía al guardabarreras, que en aquel entonces vigilaba el paso a nivel.

El sol había bajado, dejando el cielo casi en la oscuridad. Ese es el mejor momento del día para mí.

Mucho antes de cruzar las vías pudimos ver que en la garita había dos personas hablando muy efusivamente: uno vestido con el clásico uniforme de seguridad privada y el otro con el mameluco azul de trabajo ferroviario. Si seguíamos caminando por la misma mano, eventualmente nos íbamos a cruzar con ellos. Al verlos, nos miramos con mi amigo y comenzamos a mover más las caderas, dándonos un aire más afeminado y lascivo.

El hombre uniformado tendría unos 30 años, delgado, casi esquelético. Estaba todo el tiempo tocándose el bulto, cosa que le llamó la atención de William. El otro chongo —así les decíamos en aquel momento a los machos que suponíamos que comían gays o travestis— era más gordo, de unos 50 años, con rasgos del norte de la Argentina. Tenía el pelo entrecano y el mameluco abierto hasta el ombligo. Claro que el ojete me latía con deseo al verlo.

Pasamos caminando muy afeminadas. Al llegar a su lado, ellos pararon de charlar, nos miraron extrañados; nosotras les miramos el bulto y luego subimos la mirada a sus ojos, para después agachar la cabeza en un signo de vergüenza (fingida). El silencio entre ellos fue muy obvio.

Llegamos a la segunda vía dispuestas a cruzarla cuando se escucha un silbido. Nos damos vuelta y el uniformado se toca el bulto muy evidentemente y se ríe. Nosotras seguimos caminando, hasta que escuchamos el segundo silbido. Ahí nos detuvimos y los miramos: ellos tenían esa sonrisa boba en la cara. El ferroviario hace una seña con las manos para que nos acerquemos.

En ese momento caminamos más discretamente. Pasaba de vez en cuando algún auto y, como íbamos a hablar con ellos, no queríamos dejarlos en evidencia. Lo importante ya lo habíamos logrado: acercarnos.

Igualmente, cabe decir que discretas no estábamos. Yo estaba mentira con forceps en un entallado jean elastizado, con una mini remera y una campera por encima de la cintura. Mi amigo llevaba unas bermudas de jean, todas cortadas en la cola, que no dejaban nada a la imaginación; una remerita por arriba del ombligo y una camiseta abierta.

Llegamos a la garita donde estaban los dos machos, saludamos con la voz suave.

—Buenas noche!

—¿Qué están buscando las chicas por aquí? —dijo el uniformado (así lo vamos a llamar porque, obviamente, no recuerdo su nombre), tocándose el bulto en un tic casi compulsivo.

—Estamos yendo para la plaza, viendo si encontramos algo para entretenernos —dijo William, mientras me mordía el dedo pequeño, queriendo dar un aire más inocente (cosa que es imposible).

Yo observaba al ferroviario. Mi mirada lo recorrió completo: desde sus ojos levemente almendrados, típicos del norte argentino, pasando por su voluminosa barriga, deteniéndome en su entrepierna. Luego subí la mirada a sus ojos y percibí que él también me estaba observando. Al darse cuenta de cómo me detuve a verle el bulto, sonrió.

La cosa estaba arreglada sin ponernos de acuerdo. William charlaba muy entretenido con el uniformado y yo intercambiaba escuetas palabras con mi futuro ex macho. Yo siempre tenía una actitud más callada, dando la impresión de sumisión, asintiendo a los pocos comentarios que él hacía.

—Parece que la noche va a estar linda —decía él, desinteresadamente, mientras miraba el cielo.

—La verdad que sí, pero creo que ahora se va a poner linda —dije sin sacarle la mirada. Él volvió a sonreír.

—¿Y ustedes qué gustan de hacer? —se le escuchó decir al uniformado.

—Nosotras estamos para complacerlos en lo que ustedes quieran, solo falta el lugar —respondió mi amigo.

—Lugar siempre hay. Yo trabajo ahí enfrente y acá mi amigo tiene una camita en la garita —dijo, codeando al ferroviario.

Enfrente de la garita, y también ubicada entre las dos vías, estaba Aguas Argentinas, y claramente el uniformado era el sereno durante la noche.

—Si ustedes no tienen problemas, nosotras, contentas —dije—. Tenemos un vinito para compartir —agregué, para motivarlos más.

—No tomo, pero quiero pasarla bien —dijo el ferroviario secamente; luego sabría el porqué.

—Yo no le voy a decir que no a un vasito, por mí no hay problema —respondió el macho de William y comenzó a cruzar la calle.

—Cuando terminemos nos encontramos en la parada de colectivo de la plaza —me dijo mi amigo, mientras se perdía detrás del chongo uniformado para entrar en el edificio de enfrente.

Un silencio extraño invadió el ambiente. Había quedado solo con el norteño