CAPITULO 1
Nota de la autora
Antes de empezar, quiero decir algo muy claro.
Esta historia no es para todo el mundo.
Si eres de las personas que solo disfrutan historias donde todo termina perfectamente bien, donde todos los personajes llegan juntos al final y nadie se pierde en el camino, probablemente esta novela no sea para ti. Y está bien. Cada lector tiene sus gustos, y todas las historias no tienen que ser para todas las personas.
Pero esta es una historia diferente.
Es una historia donde el amor es profundo, donde los sentimientos pesan, donde hay esperanza... pero también despedidas. Aquí los personajes aman con todo lo que tienen, incluso cuando saben que el tiempo no siempre es justo.
Por eso quiero decir algo desde el principio: si decides leer esta historia, hazlo con esa conciencia.
Y también quiero pedir respeto.
Si esta historia no es para ti, simplemente no la leas. No pasa nada. Pero por favor evita dejar comentarios malintencionados, burlas o mensajes irrespetuosos. Este espacio está hecho para quienes quieren sentir la historia, no para quienes vienen a atacar o a incomodar.
La comunidad que quiero construir aquí es una comunidad de respeto, de emoción y de amor por las historias.
Si decides quedarte, gracias por darle una oportunidad a esta novela.
Si no es tu tipo de historia, también está bien... simplemente pasa de largo.
El invierno en Seúl había llegado con una furia que nadie esperaba tan temprano.
La nieve caía sin piedad desde hacía días, acumulándose en montones espesos sobre las calles del norte de la ciudad. Las avenidas, normalmente llenas de tráfico y luces, se habían convertido en caminos blancos y resbaladizos donde los autos avanzaban con cuidado. El viento descendía desde las montañas como cuchillas invisibles, arrastrando copos que golpeaban las ventanas y se pegaban al asfalto helado.
Las temperaturas habían caído por debajo de los doce grados bajo cero, y la sensación térmica era aún peor. El aire quemaba la piel al respirarlo.
En medio de ese invierno implacable, los hospitales parecían refugios de luz. Grandes edificios de concreto gris que brillaban cálidamente desde dentro, mientras ambulancias entraban y salían de las urgencias dejando estelas de vapor en el aire frío.
En el Hospital Universitario Nacional de Seúl, la planta de oncología estaba en silencio.
La habitación 412 era pequeña, pero cálida.
Las cortinas estaban ligeramente abiertas, permitiendo que la luz blanca del exterior iluminara el interior. Desde la ventana se veía cómo la nieve seguía cayendo, lenta y constante, cubriendo los árboles del patio como si alguien estuviera borrando el mundo poco a poco.
Dentro, el sonido constante del monitor cardíaco rompía el silencio.
Bip...
Bip...
Bip...
Park Jimin estaba recostado en la cama.
La enfermedad había cambiado muchas cosas en su cuerpo. Sus mejillas estaban más delgadas, su piel pálida, casi translúcida bajo la luz del hospital. Un catéter salía de su brazo izquierdo conectado a una bolsa de suero que goteaba lentamente.
El cáncer se había extendido demasiado.
Los doctores ya no hablaban de curarlo.
Solo de hacerlo más llevadero.
Aun así, Jimin seguía sonriendo.
Sus ojos —grandes, cálidos, llenos de una luz que parecía imposible en alguien en su estado— miraban hacia la ventana mientras observaba la nieve caer.
Namjoon estaba sentado a su lado con un libro abierto sobre las rodillas, aunque llevaba varios minutos sin pasar página. Sus dedos grandes se movían distraídamente sobre el borde del papel mientras observaba a su hijo con una mezcla de preocupación y ternura.
—Hoy hace más frío que ayer —murmuró—. Pero dicen que mañana saldrá el sol.
Jimin giró un poco la cabeza.
—El sol también se ve bonito cuando cae sobre la nieve.
Namjoon soltó una pequeña sonrisa.
Al otro lado de la habitación, Seokjin estaba organizando las cosas sobre la mesita: un termo, una pequeña bolsa con mandarinas y un recipiente de sopa caliente.
—Tienes que comer un poco más —dijo mientras abría el termo—. Si no lo haces, voy a pedirle al doctor que te conecte otra cosa por la nariz.
Jimin soltó una risa suave que terminó en una pequeña tos.
—Papi... eso suena terrible.
—Entonces come.
Yoongi estaba sentado en una silla cerca de la ventana, con un vaso de café entre las manos. Sus ojos oscuros se movían lentamente entre la nieve que caía afuera y la figura de su hermano en la cama.
No hablaba mucho.
Nunca lo hacía.
Pero su presencia llenaba el cuarto de una calma silenciosa.
A veces ponía música suave desde su teléfono, canciones tranquilas que apenas se escuchaban por encima del pitido de las máquinas. Cuando eso pasaba, Jimin cerraba los ojos por un momento y simplemente respiraba.
Su familia estaba ahí.
Siempre.
Turnándose para que nunca estuviera solo. El invierno podía ser cruel allá afuera, pero dentro de esa habitación todavía había calor.
Muy lejos de allí, el ambiente era completamente diferente.
En la Prisión de Seúl Sur, el frío no venía del clima.
Venía del metal.
De las paredes grises.
Del eco constante de puertas cerrándose.
Jeon Jungkook estaba sentado en el borde de su catre cuando el médico de la prisión entró a su celda.
El hombre llevaba una carpeta bajo el brazo y una expresión seria en el rostro.
—Jeon Jungkook.
Jungkook levantó la mirada lentamente.
Sus ojos estaban cansados.
Oscuros.
—Tus análisis salieron hoy —continuó el médico mientras abría la carpeta—. Tus riñones están fallando gravemente.
Silencio.
—Los niveles de creatinina están demasiado altos. Tu cuerpo ya no está filtrando las toxinas correctamente.
Jungkook no reaccionó.
—Necesitas diálisis inmediata.
El médico levantó la vista.
—Aquí no podemos hacerlo.
Jungkook apoyó los codos sobre las rodillas.
—Entonces no lo hagan.
El médico suspiró.
—Te vamos a trasladar al Hospital Universitario de Seúl.
—No.
—No es opcional.
Jungkook apretó la mandíbula.
—No quiero tratamiento.
El médico lo miró fijamente.
—Si no recibes diálisis, morirás.
Jungkook sostuvo su mirada.
—Está bien.
Durante un momento ninguno de los dos habló.
Finalmente, el médico cerró la carpeta.
—La orden ya está firmada.
Jungkook soltó una risa seca.
—Entonces supongo que no importa lo que yo quiera.
Horas después, dos guardias llegaron a la celda.
Las esposas se cerraron alrededor de sus muñecas con un sonido metálico.
—Muévete L
o escoltaron por el pasillo de la prisión las luces fluorescentes zumbaban sobre sus cabezas el aire olía a hierro a humedad a encierro.
Lo llevaron hasta una furgoneta de transporte penitenciario estacionada afuera.
La nieve caía sobre el techo del vehículo mientras uno de los guardias abría la puerta trasera.
—Sube.
Jungkook se sentó en el asiento metálico.
Las rejas cubrían las pequeñas ventanas el motor arrancó con un rugido durante el trayecto, Jungkook observó la ciudad a través de la rejilla Seúl estaba cubierta de blanco las personas caminaban rápido por las aceras, envueltas en abrigos gruesos nadie miraba la furgoneta, nadie sabía quién iba dentro o tal vez simplemente no les importaba.
Cuando llegaron al hospital, los guardias lo bajaron las puertas automáticas se abrieron el aire caliente del interior chocó con el frío del exterior.
El sonido de pasos, ruedas de camillas y voces médicas llenó el vestíbulo.
—Traslado penitenciario —dijo uno de los guardias.
Un enfermero asintió lo llevaron por un pasillo largo hasta el ala de nefrología la habitación era simple una cama un monitor una ventana un guardia se quedó dentro.
Otro afuera.
Las esposas finalmente fueron retiradas Jungkook se sentó en la cama miró el techo blanco cerró los ojos no iba a aceptar la diálisis no iba a aceptar ningún tratamiento si su cuerpo quería rendirse, estaba bien.
El invierno afuera seguía cayendo sin detenerse.
El pasillo del hospital estaba más tranquilo esa tarde, ese tipo de silencio que solo se rompe por el zumbido lejano de las máquinas y el roce suave de las zapatillas contra el linóleo mientras enfermeras y doctores pasaban de vez en cuando. Jimin caminaba despacio, el pie del suero rodando a su lado como un perrito fiel que no lo abandonaba, llevaba puestos sus pequeños aros plateados, los mismos que siempre usaba cuando quería sentirse un poco más él mismo, aunque la bata hospitalaria le colgara floja sobre los hombros y el gorro de lana que Yoongi le había traído le cubriera la cabeza rapada. Cada paso le costaba un poco, el cuerpo todavía débil por el tratamiento y el cansancio constante, pero el movimiento le hacía bien porque le recordaba que todavía podía caminar, que todavía estaba aquí, respirando.
Seokjin lo había acompañado hasta la mitad del corredor, sujetándolo del brazo por si se mareaba, aunque Jimin había insistido con una sonrisa tranquila.
—Vuelvo en cinco minutos, papi no te preocupes.
Seokjin suspiró con esa mezcla de preocupación y resignación que tenía desde que todo había empezado, pero aun así lo dejó seguir, no sin antes acomodarle mejor la bufanda alrededor del cuello para protegerlo del frío del aire acondicionado.
—No te alejes mucho.
Jimin asintió suavemente y continuó caminando, respirando hondo el aire limpio del hospital que siempre olía a desinfectante y a algo metálico imposible de ignorar. Cuando dobló la esquina cerca del ascensor lo vio de nuevo.
Jungkook estaba allí, de pie junto a la pared, esposado por delante y acompañado por dos guardias que parecían aburridos de la rutina del turno. Llevaba el mismo uniforme naranja que había visto el día anterior, pero esta vez parecía aún más cansado, con los hombros caídos y la cabeza ligeramente inclinada hacia el suelo como si el peso del mundo descansara sobre su espalda. Uno de los guardias hablaba por radio en voz baja sobre horarios y relevos, mientras el otro lo vigilaba de reojo con la atención automática de quien lleva demasiadas horas haciendo lo mismo.
Jimin se detuvo sin darse cuenta.
Sus pies simplemente dejaron de avanzar.
En ese momento Jungkook levantó la vista, tal vez porque sintió que alguien lo observaba, tal vez porque el silencio del pasillo lo hizo consciente de la presencia de otra persona, y entonces sus ojos oscuros se encontraron con los de Jimin. No fue más que un segundo, quizá dos, pero bastó para que algo se moviera dentro del pecho de Jimin, no era exactamente lástima ni pena, era más bien curiosidad mezclada con una punzada extraña, como si hubiera reconocido a alguien que había visto antes en un sueño olvidado.
Esos ojos cansados, esa manera de mantenerse rígido, de evitar el contacto con todo el mundo, le recordaban a alguien que se había rendido hacía mucho tiempo aunque todavía siguiera respirando.
Jungkook frunció el ceño casi de inmediato y apartó la mirada con brusquedad, como si ese pequeño contacto visual le resultara incómodo o incluso doloroso. Bajó la cabeza otra vez mientras murmuraba algo que el guardia no alcanzó a escuchar, y el hombre a su lado lo empujó ligeramente para que siguiera caminando.
—Vamos, muévete.
Jimin se quedó allí unos segundos más, el suero quieto a su lado, observando cómo se alejaban hasta doblar la esquina del pasillo y desaparecer de su vista, y aunque no sabía explicar exactamente por qué, sentía que algo dentro de su pecho se había quedado enganchado en ese momento breve.
Cuando regresó a su habitación lo hizo con pasos más lentos, todavía pensando en esos ojos oscuros. Namjoon levantó la vista del teléfono en cuanto lo vio entrar, Yoongi dejó de escribir en su laptop y Seokjin se acercó enseguida para ayudarlo a sentarse en la cama.
—¿Todo bien, hijo?
Jimin asintió mientras acomodaba el suero a su lado.
—Vi al mismo preso de ayer.
Yoongi alzó una ceja con curiosidad.
—¿Otra vez?
—Sí, estaba en el pasillo con dos guardias, parecía... no sé, como si no quisiera estar aquí.
Namjoon suspiró suavemente mientras cruzaba los brazos, su expresión mostrando la preocupación inmediata de un padre que ya tenía suficiente con la enfermedad de su hijo.
—Jimin, ya te dije que no te metas en esas cosas, hay gente peligrosa.
Jimin negó despacio.
—No parecía peligroso, appa... solo parecía perdido.
Seokjin apoyó una mano sobre su hombro con cariño.
—No puedes salvar a todo el mundo, cariño.
Jimin sonrió un poco, aunque en sus ojos brillaba esa determinación suave que siempre había tenido desde pequeño.
—No quiero salvarlo, solo quiero hablar con él una vez, ¿qué daño puede hacer?
Yoongi soltó un pequeño bufido pero no dijo nada más, porque sabía que cuando Jimin se ponía así era casi imposible hacerlo cambiar de idea.
Al día siguiente esperó el momento adecuado. Namjoon estaba hablando con el doctor en el pasillo sobre los resultados de los últimos análisis, Seokjin había bajado a la cafetería a buscar más té caliente y Yoongi dormía ligeramente inclinado en la silla después de haber pasado la noche anterior allí, así que Jimin se levantó con cuidado y salió de la habitación empujando el soporte del suero.
Preguntó a una de las enfermeras jóvenes que siempre lo atendía, la misma que a veces le traía gelatina extra cuando veía que no tenía apetito.
—Disculpa, unni, ¿el preso que trajeron hace unos días... en qué habitación está?
La enfermera dudó un poco mientras miraba alrededor del pasillo.
—Jimin-ah, no deberías meterte en eso.
Jimin sonrió con dulzura.
—Solo quiero saber si necesita algo.
La mujer suspiró con resignación.
—Habitación 408, pero hay un guardia afuera, y no hagas nada loco porque si pasa algo me van a culpar a mí.
—Lo prometo.
Jimin caminó lentamente hasta la puerta indicada. El guardia que vigilaba la habitación era un hombre mayor, con una expresión cansada y seria que parecía decir que ya había tenido suficientes problemas en la vida.
—Hola —dijo Jimin con voz suave—, ¿puedo pasar un momento?
El hombre lo miró de arriba abajo, observando la bata hospitalaria, el suero, el rostro pálido.
—¿Quién eres?
—Park Jimin, estoy en oncología, solo quería hablar un momento con el paciente.
El guardia resopló.
—Es un preso, no recibe visitas.
Jimin no se movió.
—Solo cinco minutos.
El hombre lo observó unos segundos más y finalmente suspiró.
—Cinco minutos.
Jimin sonrió agradecido antes de abrir la puerta con cuidado.
Dentro, Jungkook estaba sentado en la cama con los codos apoyados sobre las rodillas, mirando el suelo. El monitor cardíaco emitía un sonido suave y constante mientras la luz gris del invierno entraba por la ventana.
Jimin avanzó un par de pasos.
—Hola.
Jungkook levantó la cabeza lentamente y sus ojos se estrecharon al reconocerlo.
—¿Qué haces aquí?
Jimin se encogió ligeramente de hombros.
—Te vi ayer en el pasillo y pensé que quizá estabas aburrido.
Jungkook soltó una risa seca.
—No necesito compañía.
Jimin asintió.
—Está bien.
Se giró para irse, pero antes de salir se detuvo.
—Estoy en la habitación 412, por si algún día quieres hablar.
Jungkook no respondió, pero cuando la puerta se cerró algo en su pecho se movió apenas, como un copo de nieve que cae y tarda en derretirse.
Al día siguiente, el invierno seguía apretando con más fuerza. La nieve no daba tregua, y el hospital parecía más aislado que nunca, como si el mundo exterior se hubiera borrado bajo esa capa blanca interminable. Jimin esperó el momento perfecto: Namjoon había bajado a hablar con el especialista, Seokjin estaba en la cafetería discutiendo con la máquina de café porque "esta cosa nunca calienta bien el agua", y Yoongi se había quedado dormido en la silla con los audífonos puestos, la música suave saliendo apenas audible.
Jimin se levantó con cuidado, el suero rodando silencioso detrás de él. Se puso los aros plateados otra vez —le daban un poco de coraje, como un amuleto diminuto— y salió al pasillo. El guardia de la 408 ya lo reconoció cuando lo vio acercarse.
—¿Otra vez tú? —dijo el hombre, cruzado de brazos, pero con menos hostilidad que ayer.
Jimin sonrió, esa sonrisa suave que desarmaba a cualquiera.
—Solo un ratito. Prometo no molestar.
El guardia suspiró, miró hacia adentro y luego a Jimin.
—Cinco minutos. Y si grita o algo, sales corriendo.
—Gracias.
Jimin empujó la puerta despacio. La habitación estaba en penumbra, solo la luz tenue de la ventana y el brillo verde del monitor. Jungkook estaba sentado en la cama esta vez, no acostado. Tenía las manos esposadas apoyadas en las rodillas, mirando fijo el suelo como si contara las baldosas. Cuando oyó la puerta, levantó la cabeza despacio.
—¿Tú otra vez? —su voz salió ronca, pero no tan cortante como el día anterior.
Jimin se acercó un par de pasos, deteniéndose a una distancia segura.
—Hola. ¿Puedo sentarme un segundo?
Jungkook lo miró un rato largo, como evaluándolo. Luego se encogió de hombros.
—Haz lo que quieras. Total, no me vas a dejar en paz.
Jimin sonrió y se sentó con cuidado en la silla junto a la cama, el suero quedando a un lado. El silencio se estiró un momento, pero no era incómodo del todo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Jimin bajito.
Jungkook tardó en responder.
—Jeon Jungkook.
—Jimin. Park Jimin.
Jungkook soltó un resoplido suave, casi una risa.
—¿Y qué hace un chico como tú viniendo a ver a un preso? ¿Caridad?
Jimin negó con la cabeza.
—No es caridad. Es que... ayer te vi en el pasillo y pensé que quizás estabas aburrido. O solo. Yo también estoy solo mucho tiempo aquí.
Jungkook lo miró de reojo.
—No pareces de los que están solos.
—Tengo a mi familia —admitió Jimin—. Pero igual hay momentos en que uno se siente... vacío. Como si nadie entendiera de verdad.
Jungkook no dijo nada, pero su postura se relajó un poquito, los hombros bajando apenas.
Después de un silencio, Jimin se animó.
—¿Puedo preguntarte algo?
Jungkook alzó una ceja.
—¿Qué?
—¿Por qué estás aquí? En la cárcel, digo.
Jungkook miró hacia la ventana, donde la nieve seguía cayendo en silencio. Tardó tanto en hablar que Jimin pensó que no iba a responder.
—Trabajaba para gente... mala. Una mafia. Tráfico, protección, lo que pidieran. Me metí joven, por necesidad. Un día hubo un operativo grande. Me atraparon con todo encima. Diez años. Llevo nueve adentro.
Su voz era plana, como si contara la historia de otro.
Jimin lo escuchó sin interrumpir, sin cambiar la expresión. Cuando Jungkook terminó, solo dijo:
—Suena pesado.
Jungkook lo miró sorprendido, esperando juicio, miedo, algo. Pero Jimin solo lo miró con calma.
—No te estoy juzgando —continuó Jimin—. Todos hacemos cosas que después nos pesan. Lo importante es que sigues aquí respirando eso ya es algo.
Jungkook soltó una risa amarga.
—No por mucho tiempo.
Jimin inclinó la cabeza.
—¿Por qué dices eso?
Jungkook se miró las manos esposadas.
—Mis riñones están jodidos fallo renal avanzado. Me trajeron aquí porque en la prisión no pueden hacer diálisis decente. Pero no quiero el tratamiento. ¿Para qué? ¿Para vivir más años en una celda? Prefiero que termine ya.
Jimin sintió un nudo en la garganta, pero mantuvo la voz suave.
—¿Y si no termina? ¿Y si hay algo después?
Jungkook lo miró fijo.
—No creo en esas cosas.
Jimin sonrió débil.
—Yo tampoco siempre creí. Pero ahora... no sé. A veces pienso que el universo nos pone a gente en el camino por algo.
Se quedaron callados un rato. Jungkook parecía estar procesando las palabras, como si fueran algo nuevo.
De repente, Jimin soltó:
—Oye... se me haces muy guapo, ¿sabes?
Jungkook parpadeó, claramente descolocado. Sus mejillas se tiñeron de un rojo leve que no pudo esconder.
—¿Qué?
Jimin se encogió de hombros, con una sonrisa tímida.
—Es verdad. Tienes ojos bonitos. Y esos tatuajes... parecen contar una historia. Te ves fuerte conclusión, guapo.
Jungkook apartó la mirada, avergonzado, rascándose la nuca con las manos limitadas por las esposas.
—No digas tonterías.
—No son tonterías —insistió Jimin, bajito—. Eres guapo.
Jungkook lo miró de nuevo, esta vez más tiempo. Sus ojos recorrieron la cara de Jimin: la piel pálida, los labios rosados a pesar de todo, los aros brillando bajo la luz tenue, la forma delicada en que la bufanda le caía sobre los hombros.
—Tú también —murmuró Jungkook, casi sin querer—. Pareces... un copo de nieve. Hermoso delicado. Como si te fueras a romper si te tocan fuerte.
Jimin sintió calor subiendo por el cuello. Bajó la vista un segundo, sonriendo.
—Nadie me había dicho algo así.
Jungkook tragó saliva.
—Es la verdad.
El silencio que siguió fue diferente. Más suave ninguno de los dos se movió, pero algo invisible se había movido entre ellos, como el primer copo que cae y se queda quieto en el suelo, sin derretirse.
Jimin rompió el momento con voz suave.
—Voy a volver mañana. Si quieres que venga, claro.
Jungkook no respondió de inmediato. Luego, casi inaudible:
—Haz lo que quieras.
Pero cuando Jimin se levantó para irse, Jungkook añadió, sin mirarlo
—Ten cuidado con el frío. No te vayas a enfermar más.
Jimin se detuvo en la puerta, sonrió.
—Gracias, Jungkook.
Salió, el corazón latiéndole fuerte.
Jungkook se quedó mirando la puerta cerrada un rato largo. Por primera vez en años, sintió algo que no era vacío. Era pequeño, frágil, pero estaba ahí.
Un calor diminuto en medio del invierno.
Los días empezaron a acumularse como la nieve afuera. Al principio pasaban despacio, casi sin notarse, pero poco a poco se volvieron más profundos, más presentes. El invierno seguía aferrado a la ciudad y el frío no daba tregua, pero dentro de la habitación 408 algo estaba cambiando.
Jimin continuaba escabulléndose cada tarde cuando encontraba el momento adecuado. A veces esperaba a que su familia estuviera distraída, otras simplemente aprovechaban esos pequeños respiros que le daba el dolor para salir con el suero rodando a su lado por el pasillo. Al principio sus visitas duraban apenas unos minutos, cinco que se estiraban a diez antes de que el cansancio lo obligara a volver, pero con el tiempo se convirtieron en quince, en veinte, a veces incluso media hora.
Jungkook ya no lo echaba de inmediato.
De hecho, algunas tardes parecía esperarlo.
Se sentaba en la cama mirando la puerta, como si supiera exactamente a qué hora aparecería ese chico pálido con aros y una sonrisa tranquila que parecía ignorar por completo que él era un preso.
Una tarde, después de casi dos semanas de esas visitas silenciosas, Jungkook habló más de lo habitual. El guardia ya no estaba tan atento como los primeros días; se había acostumbrado a ver a Jimin entrar y salir sin causar problemas, y eso había vuelto el ambiente menos tenso. Jungkook tenía las manos libres esa vez. Las esposas solo aparecían cuando había traslados, y ese pequeño detalle hacía que todo se sintiera un poco más humano.
Jimin se acomodó en la silla de siempre, dejando el suero a su lado, y le extendió un termo pequeño que llevaba entre las manos.
—Traje té de jengibre. Mi padre dice que ayuda con el frío.
Jungkook lo tomó con cierta curiosidad. Destapó el termo y el vapor tibio le rozó la cara, llevándose consigo el olor suave del jengibre.
—Gracias... copo de nieve.
Jimin parpadeó sorprendido, y después sonrió de esa manera que hacía que sus ojos desaparecieran en dos pequeñas medias lunas.
—¿Copo de nieve?
Jungkook se encogió ligeramente de hombros mientras miraba el té.
—Te lo dije la otra vez. Pareces uno.
Jimin inclinó un poco la cabeza.
—¿Por qué?
Jungkook tardó un momento en responder, como si buscara las palabras correctas.
—Porque te ves frágil... pero no te derrites. Y porque eres bonito.
Jimin bajó la mirada con una pequeña risa tímida mientras jugueteaba con el borde de su bufanda.
—Me gusta cómo suena cuando lo dices.
Después de eso el silencio volvió a instalarse entre ellos, pero no era incómodo. Era uno de esos silencios que no necesitan llenarse con palabras, donde simplemente compartir el espacio ya es suficiente.
Fue Jungkook quien volvió a hablar.
—Mis padres me escriben a veces.
Jimin levantó la vista de inmediato.
—¿Sí?
Jungkook sostuvo el termo entre las manos, mirando el vapor que salía lentamente.
—Mi mamá sobre todo. Dice que quieren venir a verme.
—¿Y por qué no los dejas?
Jungkook soltó una pequeña risa amarga.
—Porque me da vergüenza.
Guardó silencio un momento antes de continuar.
—¿Qué les digo cuando me vean? ¿Que su hijo terminó en prisión por meterse con la gente equivocada y ahora se está muriendo porque no quiso cuidarse?
Jimin no habló. Solo lo escuchó con atención.
—No quiero ver sus caras cuando se den cuenta en lo que me convertí —murmuró Jungkook—. Prefiero que sigan pensando que estoy bien aquí dentro.
Jimin se inclinó un poco hacia adelante.
—Jungkook...
Su voz era suave.
—Sentir vergüenza es normal. Pero ellos siguen siendo tus padres.
Jungkook lo miró sin decir nada.
—Si quieren venir es porque te quieren —continuó Jimin—. Tal vez les duele lo que pasó, pero eso no borra el amor que sienten por ti.
El silencio volvió a caer entre ellos.
La nieve seguía cayendo detrás de la ventana.
—Si no los dejas entrar —añadió Jimin con suavidad— vas a quedarte solo con esa vergüenza para siempre. Y no te mereces eso.
Jungkook sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Eres demasiado bueno, copo de nieve.
Jimin negó despacio.
—No soy bueno. Solo sé lo que se siente estar solo.
Los días continuaron pasando.
Las conversaciones se volvieron más largas, más fáciles, como si entre ellos hubiera nacido una confianza silenciosa que ninguno necesitaba explicar. Jungkook empezó a aceptar la diálisis, primero una sesión con evidente desgano, luego otra, y después otra más. No lo hacía por los doctores.
Lo hacía porque Jimin se sentaba con él durante el procedimiento.
Jimin hablaba de cualquier cosa para distraerlo. Le contaba cómo Seokjin insistía en cocinar aunque quemara el arroz casi siempre, cómo Yoongi componía canciones en silencio mientras fingía dormir en la silla del hospital, cómo Namjoon intentaba resolver todos los problemas del mundo usando lógica aunque el corazón no siguiera ninguna regla.
Jungkook escuchaba.
A veces sonreía de lado.
A veces soltaba comentarios sarcásticos que hacían que Jimin riera hasta terminar tosiendo.
Y poco a poco, sin que ninguno de los dos lo notara al principio, la habitación dejó de sentirse tan fría.
Jimin siempre llegaba con algo. A veces era un dibujo torcido en una servilleta, otras una canción que tarareaba en voz baja, otras simplemente su presencia tranquila que parecía decir sin palabras que no tenía prisa por irse.
Nunca lo presionaba.
Nunca lo juzgaba.
Simplemente estaba allí.
Una noche, después de casi un mes de visitas, Jimin entró en la habitación más despacio que de costumbre. Jungkook lo notó enseguida. Había algo diferente en él, algo más cansado en su forma de caminar, en las sombras bajo sus ojos.
—¿Estás bien? —preguntó.
Jimin asintió, aunque su sonrisa fue más débil que otras veces.
—Hoy dolió más.
Caminó hasta la cama y, en lugar de sentarse en la silla de siempre, se acomodó junto a Jungkook.
Sus hombros se rozaron.
—Pero quería verte.
Durante unos momentos ninguno dijo nada.
Jungkook levantó el brazo y lo pasó con cuidado alrededor de sus hombros, como si temiera lastimarlo.
—No te fuerces tanto, copo de nieve.
Jimin apoyó la cabeza contra su hombro.
—Jungkook... ¿puedo pedirte algo?
El corazón de Jungkook dio un salto.
—Lo que quieras.
Jimin levantó la mirada.
Sus ojos brillaban suavemente bajo la luz tenue de la habitación.
—Bésame.
Jungkook parpadeó.
—¿Qué?
Jimin no apartó los ojos.
—Solo quiero saber cómo se siente.
Jungkook tragó saliva. Su mano subió lentamente hasta la mejilla de Jimin y la acarició con el pulgar. Su piel era fría, delicada, como si estuviera hecha de algo demasiado frágil para este mundo.
Se inclinó despacio.
Lo suficiente para darle tiempo de apartarse.
Jimin no se movió.
Sus labios se encontraron con una suavidad casi tímida, un roce leve que se sintió más como una promesa que como un beso. Jimin cerró los ojos y suspiró apenas contra su boca. Jungkook profundizó el beso un poco más, con cuidado, sosteniendo su nuca con una mano mientras la otra se aferraba a la tela de su bufanda.
Cuando finalmente se separaron, sus frentes quedaron apoyadas una contra la otra.
—Copo de nieve... —susurró Jungkook con la voz baja— eres lo más bonito que me ha pasado en la vida.
Jimin sonrió.
Había lágrimas brillando en sus pestañas.
—Y tú eres lo más fuerte que he conocido.
Se quedaron así un largo rato, abrazados en silencio, mientras afuera la nieve continuaba cayendo sobre la ciudad dormida.
El invierno seguía siendo cruel.
Pero dentro de esa habitación, por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos sentia frio
Pasaron más días y el invierno parecía haberse instalado para siempre en Seúl. La nieve ya no caía con la misma furia de las primeras semanas, pero seguía cubriendo la ciudad con ese silencio blanco que hacía que todo pareciera más lento, más pesado. Desde las ventanas del hospital el mundo se veía quieto, como si alguien hubiera detenido el tiempo.
Dentro, los días se medían de otra manera. Se medían en sesiones de diálisis, en el sonido constante de los monitores, en las bandejas de comida que iban y venían... y en las visitas que Jimin seguía robando cada tarde.
Esa tarde entró en la habitación 408 como siempre, despacio, empujando el soporte del suero con una mano. Su cuerpo estaba más débil que semanas atrás, eso era evidente en la forma en que caminaba y en las sombras suaves bajo sus ojos, pero aun así llevaba esa sonrisa tranquila que parecía iluminar el lugar entero apenas cruzaba la puerta.
Jungkook ya lo esperaba sentado en la cama.
Alzó la vista cuando lo vio entrar y algo en su expresión cambió de inmediato, como si la habitación entera se volviera más cálida con solo verlo aparecer.
Ya no había guardias dentro. Solo ellos dos, el monitor cardíaco y el frío que se filtraba desde la ventana.
Jimin caminó hasta la cama y se sentó a su lado con cuidado. Sus hombros se tocaron. Por un momento apoyó la cabeza contra el hombro de Jungkook, cerrando los ojos como si ese pequeño contacto le diera fuerzas.
—Hoy trajeron galletas —murmuró con una sonrisa suave—. Mi papi dijo que eran especiales para chicos guapos que necesitan energía. Guardé una para ti.
Sacó la galleta envuelta en una servilleta y se la ofreció.
Jungkook soltó una risa baja mientras la tomaba.
—Tu padre va a terminar engordándome.
—Eso dice siempre —respondió Jimin, divertido— pero después igual sigue cocinando.
Se quedaron comiendo en silencio durante un rato. No era un silencio incómodo, más bien uno de esos momentos tranquilos que nacen cuando dos personas ya se sienten cómodas juntas. Los dedos de Jungkook rozaban a veces los de Jimin cuando alcanzaban la misma servilleta, y Jimin no se apartaba. Al contrario, se acercaba un poquito más, apoyando la cabeza en su pecho mientras escuchaba el ritmo lento de su respiración.
Jungkook inclinó la cabeza y besó con suavidad la coronilla cubierta por el gorro de lana.
Era un gesto pequeño.
Pero lleno de cuidado.
Lo que había entre ellos había crecido despacio, casi sin darse cuenta, y ahora se sentía enorme. Llenaba la habitación entera.
En ese momento la puerta se abrió.








