Capitulo 1
El calor en Konoha era asfixiante ese día. El sol parecía derretirse sobre los techos de tejas y el aire temblaba en ondas visibles. Dentro de la Torre del Hokage, el ventilador de techo apenas movía el aire espeso y húmedo. Tsunade había despedido a Shizune hacía horas con la excusa de “necesitar silencio para firmar pergaminos”, pero la verdad era mucho más simple y mucho más primitiva: estaba ardiendo por dentro y por fuera.
Estaba sentada en el borde del escritorio principal, el kimono verde abierto hasta la cintura, los pechos pesados y brillantes de sudor, los pezones oscuros endurecidos por el roce constante del tejido húmedo y por la excitación que ya no podía ignorar. El sudor le corría en finos riachuelos por el valle entre sus senos, bajaba por su abdomen plano y fuerte, se acumulaba en el ombligo antes de seguir descendiendo hacia el triángulo rubio empapado entre sus muslos.
Naruto entró sin llamar, como siempre hacía cuando sentía que algo lo llamaba desde el otro lado de la aldea. Llevaba la camiseta naranja pegada al torso como una segunda piel, el contorno de cada músculo definido por la tela translúcida de sudor. Sus ojos azules se oscurecieron al instante al verla.
—Tsunade-baa-chan… —la voz le salió ronca, casi un gruñido—. Joder… hace demasiado calor para estar aquí dentro.
Ella sonrió con esa media sonrisa peligrosa, felina, mientras separaba lentamente los muslos sobre el escritorio. El movimiento hizo que el kimono se abriera del todo, dejando su sexo expuesto, hinchado, brillante de humedad que no tenía nada que ver con el sudor ambiental.
—No me llames baa-chan cuando me estás mirando así, mocoso —susurró, la voz grave y cargada—. Ven aquí.
Naruto no necesitó más invitación. Cerró la puerta con el talón, el sonido del cerrojo resonó como un disparo en el silencio caliente de la habitación. Se quitó la camiseta de un tirón, dejando al descubierto el torso bronceado, los abdominales marcados, las cicatrices plateadas que brillaban con el sudor. El pantalón naranja bajó junto con los bóxers en un solo movimiento impaciente; su erección saltó libre, gruesa, venosa, la punta ya mojada de líquido preseminal.
Tsunade lo observó con hambre abierta, lamiéndose los labios mientras él se acercaba. Cuando estuvo frente a ella, Naruto colocó ambas manos en sus caderas anchas y tiró de ella hacia el borde del escritorio. Sus cuerpos chocaron con un sonido húmedo. El calor de sus pieles se fundió al instante.
—Estás empapada… —murmuró él contra su cuello, inhalando el aroma almizclado de su sudor mezclado con el perfume sutil que siempre llevaba—. Y no es solo por el calor, ¿verdad?
—Cállate y fóllame antes de que te rompa la cara, Naruto —gruñó ella, enredando los dedos en su cabello rubio y húmedo para tirar de su cabeza hacia atrás y besarlo con violencia.
Sus lenguas se encontraron en un choque desesperado, salado por el sudor, caliente, hambriento. Naruto gruñó contra su boca mientras una de sus manos subía a apretar uno de sus pechos grandes, el pulgar rozando el pezón hinchado hasta hacerla arquear la espalda. Con la otra mano guió su miembro hasta la entrada resbaladiza de Tsunade.
La penetró de un solo empujón profundo.
Tsunade soltó un gemido largo, gutural, las uñas clavándose en los hombros de él mientras su interior lo succionaba con fuerza. Estaba tan mojada que el sonido fue obsceno: un chapoteo húmedo cuando él salió casi por completo y volvió a entrar con más fuerza. El escritorio crujió bajo ellos.
—Joder… estás apretada… —jadeó Naruto, los ojos entrecerrados, el sudor goteándole de la barbilla sobre los pechos de ella—. Tan caliente… tan mojada…
—Más fuerte —ordenó ella, las piernas rodeándole la cintura, los talones clavándose en sus glúteos para obligarlo a embestir más profundo—. Quiero sentirte hasta el fondo… quiero que me llenes…
Naruto obedeció. Sus caderas chocaban contra las de ella con ritmo brutal, cada embestida hacía rebotar los pechos de Tsunade, el sudor volaba en pequeñas gotas con cada impacto. El collar con el diamante azul se balanceaba entre sus senos, brillando con cada movimiento. El líquido de ella corría por los muslos de ambos, mezclándose con el sudor, goteando sobre los pergaminos olvidados debajo.
Ella echó la cabeza hacia atrás, la garganta expuesta, gimiendo sin control mientras él lamía y mordía la piel salada de su cuello, bajando hasta capturar un pezón entre los dientes y succionarlo con fuerza. Tsunade se contrajo alrededor de él, un espasmo que lo hizo gruñir contra su piel.
—Voy a correrme… —advirtió Naruto, la voz rota—. No puedo… aguantar más…
—Dentro —exigió ella, apretándolo con los muslos—. Lléname… quiero sentir cómo palpitas… cómo me llenas toda…
Eso fue suficiente. Naruto empujó una última vez, profundo, hasta que sus caderas quedaron pegadas a las de ella. Su miembro se hinchó y comenzó a latir violentamente dentro mientras se corría con fuerza, chorro tras chorro caliente inundándola. Tsunade gritó su nombre, las paredes internas contrayéndose en oleadas, ordeñándolo mientras su propio orgasmo la atravesaba como un relámpago. El exceso de semen y fluidos de ella se derramó entre sus cuerpos unidos, goteando por el borde del escritorio en hilos blancos y transparentes.
Se quedaron así varios segundos, jadeando, temblando, pegados por el sudor y los fluidos. Naruto apoyó la frente contra el hombro de ella, respirando con dificultad.
—Esto… no va a ser la última vez que pase en esta torre… —murmuró él con una sonrisa cansada.
Tsunade soltó una risa ronca, todavía temblando por las réplicas del placer.
—Ni de coña, mocoso. Ahora bésame y prepárate… porque en cuanto recupere el aliento, te voy a montar yo encima hasta que supliques.
El calor de Konoha seguía siendo insoportable afuera.
Pero dentro de la Torre del Hokage, el verdadero incendio apenas comenzaba.








