Lo que no dijimos

All Rights Reserved ©

Summary

Ian necesita un novio falso. Alex necesita el dinero. El trato parecía simple. No lo fue. Una historia sobre dos personas que se encuentran en el momento menos indicado, que se necesitan sin querer necesitarse, y que descubren que hay cosas que no hacen falta decir en voz alta para que sean completamente reales. Aunque la premisa parte del novio falso, esta historia no va por ese camino. Es sobre identidad, sobre el miedo a arruinar lo único que está funcionando, y sobre todo lo que se queda sin decir entre dos personas que aprenden, despacio, a quedarse.

Status
Complete
Chapters
46
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

El loco de la heladería

Ese día temprano nos levantamos con mi mejor amiga Dara, para recorrer uno de los barrios exclusivos de Luque. Había tenido una buena semana trabajando como albañil y quería mimarme un poco.

El día era precioso, no hacía frío ni calor, el cielo un azul profundo, muy diferente a los días habituales en que parece que el infierno se desata sobre las ciudades.

Mientras íbamos caminando, el olor a pan casero horneado y flores de jazmín de los exclusivos jardines inundaban el aire con su fragancia. Un Tesla pasó sin hacer ruido, como un fantasma. Todo en ese barrio era hermoso, pero tenía algo de museo, como si sus habitantes estuvieran durmiendo o simplemente no existieran. Tan diferente a mi barrio, donde solo se olía a pis viejo y cerveza añeja, pero al menos ahí la gente existía.

Todo iba bien, hasta que apareció ese “loco” que no entendía lo que significan las bromas y las conversaciones privadas, todo porque le dije a Dara cuando pasamos frente a esa exclusiva heladería: “me acostaría con un viejo por uno de esos helados.”

Y ahí saltó frente a nosotros un chico rubio de ojos claros, bajito. Se veía tierno, pero estaba loco. Me miró de arriba a abajo con los ojos muy abiertos y ligeramente sonrojado. En medio de toda esa energía descontrolada había una fragancia que no encajaba, discreta, casi paciente. Contrastaba con todo lo demás.

Dara, que no era muy paciente, le apuntó con su sombrilla.

“Quieto ahí, rarito. Alejate de mi amigo” y se puso frente a mí como si pudiera protegerme con casi la mitad de mi altura.

Y sin saludar ni dar contexto soltó simplemente: “Necesito un novio de mentiras para que Marcela mi novia me vuelva a querer.”

Por unos segundos quedé sin palabras, pero no era pelotudo. Iba a aprovechar esa oportunidad. Como decía el refrán: “si la vida te da limones, hacé limonadas.”

“Bien, explicame cómo viene la mano, pero primero nos invitás a mi amiga y a mí helados, no cualquiera sino de aquella” dije, señalando con el dedo la heladería.

“¿En serio, Alex? ¿Le vas a hacer caso a este demente?” me preguntó Dara, frunciendo el ceño y aún sin bajar la guardia.

“Claro.”

“Por cierto, mucho gusto. Mi nombre es Ian” dijo, y me pasó la mano intentando dar el apretón más firme que podía.

Era un ser lleno de nervios e intenso. Trató de explicarse pero sus palabras salían como metralla, así que hice el ademán de parar con las manos para ver si disminuía sus revoluciones.

“Primero nos sentaremos. Comeremos el helado y cuando yo te diga, podés explicarme. Yo te haré preguntas, vos me contestarás. ¿Entendiste?”

“Sí.”

“Bien.”

Compramos los helados y nos sentamos. La mesa estaba cubierta con una capa de barniz que le daba ese aspecto de madera sólida, reluciente y con personalidad, nada que ver con las mesitas de plástico desteñido de mi barrio.

Cuando ya empezamos a comerlos, hice el ademán.

“Ahora podés hablar. Tratá de ir al grano porque no tengo paciencia.”

“Bien, necesito un novio falso y debe ser creíble. Vos sos un chico… lindo.”

Dara alzó las cejas. Yo me giré a mirarla.

“¿Cuánto ofrecés?” le pregunté.

“Cuatrocientos dólares.”

Me puse a pensar unos segundos. El chico vivía en un barrio lujoso, llevaba un Rolex y ropa evidentemente de marca, sin etiquetas, pero por su costura y diseño costaba más que un mes de cualquier trabajo que pudiera conseguir.

“Que sean quinientos.”

Dara intervino: “¿Y si es un asesino?”

“No seas paranoica, Dara. Firmaremos un contrato y le avisamos a tu primo el abogado.”

Ella no tenía ningún primo abogado, pero era una manera de poner paño frío al asunto. Yo necesitaba el dinero. Él lo tenía.

“Está bien, pero necesitaré que te mudes conmigo. Sino no sería creíble. Se te pagará por el mes completo que estés conmigo, y si necesitamos más tiempo, automáticamente cobrás el siguiente mes entero, aunque sean solo unos días.”

Pensé por unos segundos, no demasiados. El sofá de Dara ya me estaba destrozando la espalda y sería interesante dormir en una cama de verdad después de tanto tiempo.

“¿Y cuándo querés que me mude?”

“Hoy mismo.”

Nos levantamos para despedirnos y justo ahí, la espalda traicionera me jugó una mala pasada. Sentí una punzada y supe en el instante preciso que él se había dado cuenta, porque frunció el ceño.

Pero eso no fue lo peor.

Lo peor fue que sacó un analgésico y me lo ofreció.

¿Quién demonios lleva un analgésico consigo?