Whispers Beneath Neon Skies by Alexis at Inkitt
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Whispers Beneath Neon Skies

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Summary

En un Japón dividido entre tradición y crueldad, los Kemirins humanos con rasgos animales son perseguidos sin piedad. Yukishiro Amane, un joven de orejas y cola de gato persa, ha vivido toda su vida oculto en una isla refugio junto a su familia. Cuando su hermano menor, Kazuki, parte a Tokio en busca de un futuro mejor, Amane no puede evitar seguirlo, impulsado por un amor obsesivo y protector. Sin embargo, Tokio es un laberinto hostil donde una secta caza Kemirins. Perdido y solo, Amane encuentra a Kazuki… pero también a alguien que cambiará su destino por completo.

Genre
Fantasy
Author
Alexis
Status
Ongoing
Chapters
73
Rating
n/a
Age Rating
18+

Origen Silente

En Japón, existen aquellos que no deberían existir.

No tienen un lugar en los registros oficiales, ni en la historia que se enseña en las escuelas, ni en las leyes que rigen la sociedad. Son llamados Kemirins: humanos nacidos con rasgos animales visibles—orejas sobre la cabeza y una cola que revela su naturaleza sin posibilidad de ocultarla completamente.

No son mutaciones recientes, ni un fenómeno moderno. Los Kemirins han existido desde generaciones antiguas, dispersos, ocultos, sobreviviendo en silencio. Algunos poseen características felinas, otros caninas, algunos más raros presentan rasgos de zorros, conejos o incluso especies menos comunes. Su apariencia no solo define su físico, sino también ciertos matices en su comportamiento: instintos más agudos, emociones más intensas, sensibilidades difíciles de comprender para los humanos “completos”.

Sin embargo, para el mundo exterior, no son más que errores.

La ley no escrita es clara: los Kemirins deben desaparecer.

En las grandes ciudades, especialmente en Tokio, su existencia es castigada con una crueldad sistemática. Organizaciones clandestinas, como la Orden Kurogane, se dedican a cazarlos. Algunos son eliminados sin dejar rastro; otros son vendidos, utilizados, convertidos en algo peor que simples presas. Nadie los protege. Nadie los busca.

Por eso existe la isla.

Lejos de la tecnología, del ruido urbano y de la vigilancia constante, hay un lugar donde los Kemirins pueden respirar sin miedo. Un refugio oculto, donde aquellos que lograron escapar viven bajo normas estrictas: no salir, no llamar la atención, no confiar en el exterior.

Ahí nació Yukishiro Amane.

Desde pequeño, su mundo fue reducido a ese territorio aislado, rodeado de rostros similares al suyo. Su cabello blanco, suave y abundante, se confundía con sus orejas felinas, del mismo tono puro, mientras su cola esponjosa se movía con una sensibilidad que delataba cada emoción que intentaba reprimir. Sus ojos claros, casi apagados, observaban más de lo que expresaban.

Amane aprendió rápido. Aprendió a ocultarse, a moverse en silencio, a depender de lo poco que tenía.

Y, sobre todo, aprendió a amar.

Su familia era una excepción dentro de ese mundo. Humanos normales… y él.

Yukishiro Kazuki, su hermano menor, creció bajo un cielo distinto. Sin orejas que esconder, sin cola que delatara su existencia. Libre. Su risa era fácil, su presencia ligera, su forma de adaptarse… natural. Donde Amane dudaba, Kazuki avanzaba. Donde Amane se detenía, Kazuki elegía seguir.

Esa diferencia nunca necesitó palabras. Siempre estuvo ahí.

También estaba Souta, el menor de todos. Aún inocente, aún incapaz de entender por qué su hermano mayor no podía caminar libremente como los demás. Para él, Amane no era diferente. Solo era… Amane.

Y eso, quizás, era lo único puro en toda su vida.

Mientras tanto, en Tokio, el mundo seguía girando.

Calles llenas de luces, universidades repletas de jóvenes con sueños ambiciosos, vidas que avanzaban sin detenerse a mirar lo que se ocultaba en las sombras. Entre esas sombras, personas como Kurose Itsuki caminaban sin pertenecer realmente a ningún lado. Observando. Analizando. Entendiendo demasiado.

Tokio no era un lugar para los débiles.

Y mucho menos para alguien como Amane.

Pero esa historia… aún no comienza.

La isla de Shirohama no aparecía en mapas digitales ni en rutas comerciales. No tenía cables eléctricos extendiéndose por sus caminos ni torres de señal atravesando el cielo. Era un lugar detenido en el tiempo, donde la brisa del mar y el sonido de las hojas reemplazaban cualquier ruido artificial.

Allí, los Kemirins no eran perseguidos.

Allí… podían existir.

Las casas eran sencillas, construidas con madera clara, rodeadas de caminos de tierra y pequeños huertos. Las personas se conocían entre sí, se ayudaban, compartían lo poco que tenían. No había desconfianza… no hacia los suyos.

Y en una de esas casas, ligeramente apartada del resto, vivía la familia Yukishiro.

—Amane, ¿puedes venir un momento? —la voz de Reika sonó desde la entrada.

—Sí… —respondió él en un tono bajo, casi suave.

Yukishiro Amane apareció desde el interior de la casa, caminando descalzo sobre el piso de madera. Su cabello blanco caía en mechones suaves sobre su rostro, ligeramente despeinado, tan esponjoso como sus orejas felinas que se movieron apenas al escuchar la voz de su madre. Su cola, del mismo tono, se balanceaba lentamente detrás de él.

—Vamos a salir al mercado con tu padre —continuó Reika, acomodándose una canasta—. No tardaremos mucho.

—Cuida la casa —añadió Daigo con voz firme, cruzado de brazos en la puerta.

Amane asintió.

—Sí… cuidaré de ellos.

—¡Oye! —Kazuki apareció recargado en la pared, con expresión aburrida—. No somos niños, ¿sabes?

—No hablo contigo —respondió Daigo con sequedad.

Kazuki rodó los ojos.

—Qué exagerados…

—Kazuki —intervino Reika con un suspiro—, solo… no salgan, ¿sí?

—Sí, sí…

—Souta, pórtate bien —añadió ella, mirando al menor.

—¡Siempre me porto bien! —respondió él desde la mesa, levantando la mano con energía.

La puerta se cerró poco después, dejando la casa en silencio… o al menos, en el tipo de silencio que nunca duraba demasiado.

—…Se fueron —murmuró Kazuki, dejando caer su peso en el sofá—. Qué aburrido.

—No deberías hablar así… —dijo Amane con suavidad.

—¿Así cómo?

—De mamá…

—No estoy diciendo nada malo. Solo digo que esto es aburrido —respondió, estirándose—. Siempre lo mismo, siempre aquí.

Amane no contestó de inmediato. Sus orejas se inclinaron ligeramente hacia atrás, como si esa simple queja tuviera más peso del que parecía.

—A mí… no me molesta…

—Claro que no —murmuró Kazuki—. Tú nunca has salido de aquí.

Antes de que el ambiente se volviera incómodo, una voz más animada interrumpió:

—¡Amane!

Souta se levantó de golpe de su asiento, dejando los cuadernos abiertos sobre la mesa.

—Ven aquí —dijo, acercándose con una sonrisa brillante—. Terminé mi tarea.

—Eso fue rápido…

—Porque soy inteligente —respondió con orgullo—. Ahora me toca mi recompensa.

—¿Recompensa…?

—Sí —Souta se acercó sin dudar y abrazó a Amane por la cintura—. Tú.

La cola de Amane se tensó un segundo… y luego comenzó a moverse suavemente.

—Souta…

—Te ves suave hoy —murmuró el menor, enterrando el rostro en su pecho—. Siempre te ves suave, pero hoy más.

—Siempre dices eso…

—Porque es verdad —insistió, alzando la mirada—. Mira esto…

Sin pedir permiso, Souta llevó sus manos a las orejas blancas de Amane, acariciándolas con cuidado pero sin timidez.

—…Ah…

El sonido escapó bajo, involuntario.

—¿Ves? —sonrió Souta—. Te gusta.

—No… es solo…

—Ronroneaste —lo interrumpió, claramente divertido.

Kazuki, desde el sofá, soltó una risa corta.

—Qué ridículo…

—¡No es ridículo! —se quejó Souta—. Es adorable.

—Es un gato gigante, Souta. Obviamente va a hacer cosas de gato.

—No soy… un gato… —murmuró Amane, aunque su voz carecía de fuerza.

—Claro que lo eres —respondió Kazuki sin mirarlo—. Solo que en versión rara.

Las orejas de Amane bajaron ligeramente.

Pero Souta no pareció notar el cambio.

—A mí me gusta —dijo con firmeza, abrazándolo otra vez—. Amane es bonito. Es el más bonito de todos.

Amane lo miró en silencio.

—…Gracias…

Su cola volvió a moverse, más despacio, casi tímida.

—Ven, siéntate conmigo —insistió Souta, jalándolo hacia el suelo—. Quiero seguir tocando tu cabello.

—¿Otra vez…?

—Sí.

—Siempre haces lo mismo…

—Porque me gusta —respondió simplemente.

Amane no se resistió. Se sentó, dejando que Souta acomodara su cabeza en sus piernas.

—Eres como una almohada… —murmuró el menor, comenzando a acariciar su cabello—. Una muy suave.

El silencio que siguió fue distinto. Más tranquilo.

El leve sonido de un ronroneo llenó la habitación, apenas perceptible, pero constante.

—Ahí está otra vez —dijo Souta en voz baja, sonriendo.

Kazuki observó la escena de reojo.

—…De verdad no entiendo cómo puedes estar tan tranquilo aquí.

Amane no respondió.

Sus ojos, apagados pero suaves, permanecieron cerrados mientras las manos de Souta seguían moviéndose entre su cabello blanco.

Como si ese momento… fuera suficiente.

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