Nunca volveré a tus brazos
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Nunca volveré a tus brazos

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Summary

Isabel es un muchacha común que acaba de sufrir la ruptura de su noviazgo. Lucha por sobrevivir a la depresión que esto le provoca, cuando otro golpe devastador le llega sin aviso. Roberto no solo la abandonó, sino que la traicionó con otra. Isabel se reinventa a sí misma y cuando encausa su vida aparece Roberto nuevamente ante su puerta. ¿Lo aceptará otra vez? ¿Lo perdonará? ¿Pasará página y cerrará ese capítulo de su vida? ¡Si quieres conocer las respuestas ven y sígueme en esta fascinante historia!

Genre
Fantasy
Author
Yinet
Status
Complete
Chapters
66
Rating
5.0 (1 review)
Age Rating
16+

La ruptura

Ella ya lo sabía antes de que sucediera. Fueron pequeñas cosas. Detalles imperceptibles. Miradas esquivas. Silencios pesados, incómodos, frecuentes. Chats cada vez más escasos. Incluso algunos días inexistentes. Sin respuestas, en visto. Ausencias prolongadas. Un perfume nuevo y finalmente la frase que más temía. "Tenemos que hablar".

Quedaron en una cafetería cualquiera. Era un día caluroso, de esos que te hacen desear meterte en la nevera y sin embargo, allí estaba ella, con un frío que le venía del alma. Él no tuvo la gentileza de apartarle la silla. No la miraba a los ojos. Parecía que en su taza de café estaban todas las respuestas del universo. Tomó aire y lo soltó rápido. Sin anestesia. Sin curitas. Sin mirarla.

- Debemos terminar lo nuestro. No eres tú, soy yo. Te mereces algo mejor.

Se quitó el anillo que ella le regaló. Lo dejó sobre la mesa con alivio. Parecía que acababa de soltar una carga muy pesada. Luego se paró sin añadir ni una palabra. Ella no dijo nada tampoco.

¿Qué había por decir? ¡Qué lo quería! ¡Qué acababa de llevarse una parte vital de ella! Lo esperaba ya, pero eso no evitó que funciones vitales como respirar estuvieran casi detenidas. No. No rogaría. Creía fervientemente que si tenía que pedir algo, ya no lo quería. Porque el amor no se mendiga.

Miró su propia alianza. No se la quitó. Todavía no estaba preparada para enfrentar esa realidad. Pidió otro café. Lo sorbió lentamente. Los recuerdos felices ahora eran inoportunos. Hacían daño.

¿Por qué no había lágrimas? La respuesta le llegó instantáneamente. Esperanza. Esperaba que él volviera. Que le dijera que todo había sido una mentira. Una broma pesada. Se reprendió y entonces el dolor estalló en su pecho.

No podía derrumbarse aquí. No ahora. Mantuvo la compostura. Dejó unos billetes sobre la mesa, pero recogió el anillo de su ex. Temía llegar a casa, por eso llamó para decir que se quedaría en el departamento de una amiga.

Alquiló una habitación de hotel. Necesitaba empezar con el duelo. Permitirse sentir y llorar. Sabía que no serviría de nada evitarlo, pero dolía aceptar que estaba perdiendo algo que amaba y ahora mismo se sentía como el fin del mundo, aunque no tenía porque serlo, pero lo era para ella.

A solas, en esa impersonal habitación, lloró por todo, por nada y porque sí. Sus bonitos ojos color almendra se hincharon hasta convertirse en rendijas. Su nariz estaba enrojecida. Se sentía y se veía horrible con su pelo enmarañado, la ropa arrugada y un invierno pasajero en el alma que le asomaba por los poros de la piel, volviendo extremadamente pálida su tez.

Se obligó a ir al baño. El espejo le mostraba una imagen apagada. La peor versión de sí misma. El dolor llegaba en oleadas. Era agotador. Le robaba el apetito y el sueño. La herida era profunda. Demasiado. Estaba bien clavada en las entrañas. Se negaba a desaparecer, aunque quizás con el tiempo sus bordes se suavizaran.

Él se había ido para siempre y esto se sentía igual que si estuviera muriendo deprisa. El silencio por momentos la ahogaba y su mente se paralizaba. Los síntomas de la depresión aparecían despiadados. Todos sus pensamientos y recuerdos de él, de ellos, giraban ahora en la tristeza y las ganas de llorar.

El vacío y la desesperanza ganaban terreno por segundos y entonces llegó. El arrebato de enojo. Arrojó todo a su alcance. No había allí nadie que la detuviera. La irritabilidad, la frustración por todo lo que se guardó, por todo lo que no dijo y debió decir. El arrepentimiento.

Para él, seguro que ese instante fue un asunto breve. Sin importancia, pero para ella fue la muerte de sus ilusiones. La muerte de un futuro compartido.

Miró el desastre que causó en el baño. Se sentía miserable. El champú se había destapado. El papel higiénico quedó inservible dentro de la taza sanitaria. Las toallas estaban desperdigadas por aquí y por allá. Lo miró todo, pero no podía importarle menos. Se regresó a la cama nuevamente. Mientras dejaba que la depresión se volviera un monstruo que devoraba su alma y su mente.

Los psiquiatras te pueden decir que la depresión es el hecho de sentirte triste, melancólica, infeliz, abatida y derrumbada, pero lo que no te dicen es que todo eso se reduce a una palabra: "destruida". Así se sentía ella. Estaba destruida por dentro, por fuera y no sabía si iba a ser un período corto o solo hoy, un mes, dos meses. No, no lo sabía, porque solo había espacio para una cosa. El dolor.

Finalmente se quedó dormida. Cuando despertó, eran las siete de la mañana. Por un momento no supo ubicarse. Luego lo recordó todo. El por qué estaba aquí. No se sentía mejor. Tampoco estaba peor y eso era algo bueno. Aunque lo deseaba, no podía quedarse aquí, acurrucada en esa cama ajena, dejando el mundo afuera.

Se paró con decisión antes de que sus sentimientos negativos ganaran la partida. Fue al baño. Era un campo de batalla. No se molestó en recoger nada. Usó la ducha porque la depresión también se baña y al parecer también duerme, se maquilla, desayuna, camina, estudia, trabaja, sonríe y casi siempre se ve feliz.

En la calle tomó un taxi. Tenía que ir a la universidad. Su mundo interior estaba detenido todavía ante una taza de café, pero el otro mundo. El de afuera continuaba. Desde su ventanilla observaba a la gente. Cuántos fantasmas de amor caminarían por esas calles, por esas aceras igual que ella.

Desde el dolor, el mundo se percibía de otra manera y era también bella, pero no podía quedarse en esa perspectiva o él habría ganado. No podía dejar que eso sucediera. Él tenía derecho a no formar parte de su vida. No podía ni quería obligarlo, pero el derecho de destruirla no era de él, sino de ella y ese no se lo otorgaría.

Había leído recientemente la leyenda del fénix. Esa ave legendaria que renacía de sus cenizas. Bueno, ahora ella sería el fénix. Ya era polvo y también ardía con otro fuego. Se reinventaría, se reconstruiría.

Aceptó que la depresión la ganaba, pero en la universidad tenía amigas, en casa tenía familia. Se apoyaría en ellos. Serían su primer escalón para salir del abismo en el que había caído.

Las clases de ese día las recibió en piloto automático. Fingió ante todos y ante sí, que era como siempre. Argumentó que se había quedado dormida y por eso llegó con la misma ropa de ayer arrugada. La invitaron al cine. Aceptó. Aprovechó para llorar durante toda la película. Un drama de un niño robot que quería ser humano para que sus padres lo quisieran. Sus amigas le dijeron que era muy sensible. Ella rió. Si supieran y entonces alguien preguntó.

- ¿Y tu novio? Ya casi ni le vemos.

- Está muy ocupado estos días.

Mintió descaradamente. No quería admitir ante ellas que todo había concluido, que él la abandonó. En ese momento notó miradas cómplices, cargadas de significado. Alguien cambió de tema rápidamente y entonces lo supo. Había otra. La rabia remplazó la melancolía. Quería conocerla. Quería compararse. ¿Era más bonita? ¿Cómo se llamaba? ¿Quién era? ¿La conocía? ¿Sería una de estas amigas?

Las dudas galopaban por su mente. Las conversaciones quedaron en segundo plano. Elaboraba una estrategia. Se excusó con una cita previa inexistente y se fue de allí. Sintió las miradas clavadas en su espalda mientras se marchaba. Algunas eran de simpatía. Otras de burla.

Esta ruptura le acababa de quitar una venda de los ojos. Ahora veía cosas que antes no vio. Al parecer, ella era la última en enterarse. Llegó tarde a su propio funeral. En casa, sus padres todavía no regresaban y era temprano para recoger a su hermano. Era mejor así. Necesitaba estar sola. Necesitaba dejar de fingir que estaba bien.

Empezó a preparar la comida para los cuatro. Le gustaba cocinar y hoy fue un bálsamo para sus destrozados nervios. Cuando su familia llegó, era dueña de sus emociones otra vez.

El abrazo de ellos hoy se sentía especial. Reconfortante, maravilloso. Después de cenar le agradecieron y su padre fue a leerle un cuento a su hermano para que durmiera. Fue en ese instante que su madre le dijo:

- Isabel. ¿Cuéntame qué pasa? - las madres lo saben todo. No se les puede engañar.

- Roberto me ha dejado.

Ya estaba. Lo había dicho. Sintió el peso de esas cuatro palabras casi insoportable. Ahora sonaba a realidad. Sintió que al decirlo no había vuelta atrás.

Su madre no dijo nada. Solo la abrazó y ella lloró como cuando era pequeña. Como cuando era feliz. Se desahogó sin palabras. Dejó que su tristeza se escurriera a través de las lágrimas. Cuando se calmó, porque uno siempre termina calmándose, había aceptado el final, pero ahora lo hacía de verdad. Solo entonces, su madre le habló nuevamente.

- Toma. Te he traído algo.- la vio buscar en el bolso y luego extraer un cuaderno. Reconoció lo que era. Un diario.- Hoy al trabajo, fue un grupo de psicólogos a dar una charla de orientación profesional a los estudiantes de último curso de la prepa. Repartieron esto a todos los presentes. Creo que pudieras usarlo.

- Gracias. -dijo ella simplemente. Luego se fue a dormir. Otra vez en su espalda sintió la mirada, pero esta, era preocupada. Se sintió bien.

En su habitación no podía dormir. La cama le incomodaba. Realmente le parecía mal todo. Iba a remodelar ese cuarto, pero para eso necesitaba dinero. No podía pedirle a sus padres. Ellos ya bastante hacían pagándole la matrícula de la universidad. Se levantó y cogió el recién adquirido diario. Hizo una lista de propósitos.

1- Buscar un trabajo de medio tiempo.

2- Remodelar el cuarto.

3- Evitar estar sola.

4- Aplicarme a fondo en la universidad y obtener buenas notas.

5- Escribir todos los días al menos una frase en el diario para procesar mis emociones.

6- Establecer una nueva rutina diaria.

7- Hacer actividades que me den placer y concederse algunos caprichos.

8- Bajo ningún concepto, interferir, ni llamar y mucho menos, buscar a mi ex.

Releyó lo escrito. Se sintió satisfecha. Poco a poco recuperaba el dominio sobre sí misma. Roberto no se había ido. Simplemente cambió la forma en la que la acompañaba. Ahora lo hacía desde sus recuerdos. Consecuente con su lista, escribió la frase de hoy en el diario.

"Los diamantes se forman bajo presión."

Sonrió genuinamente. Se fue a dormir. Mañana sería otro día. Traería sus propios retos, estaba segura, pero no los temía, porque los días más difíciles son los que te hacen más fuerte.

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