It's never good
¿Por qué estaba ahí?...eso era algo difícil de contestar para Aizō.
No tenía más que diminutas historias que le habían explicado las demás mujeres; no sabía si lo que se le había dicho era real.
No tenía un apellido, no trabajaba como las demás, solo estaba.
Aizō tenía entendido que su madre había trabajado en este lugar cuando ella era niña y aún vivía con su padre, hombre al que, aunque hasta sus doce años había "vivido" con él, no recordaba. Según las mujeres del lugar, su madre había muerto un año antes de que su padre hiciera lo que hizo.
Nadie hablaba mucho de "las que estaban fuera", o así se les decía a las ex trabajadoras del lugar, más allá de la razón por la que habían dejado de trabajar.
Lo poco que se decía de las mujeres no eran en su mayoría buenas. Nunca era bueno en ese lugar.
......
Su madre la había dado a luz a sus diecisiete años, su padre se hizo cargo de ella luego de que su madre tuviera que "irse"; sus abuelos habían echado de casa a su madre al enterarse de su embarazo. Ella solo cayó en pastillas y en un chico que juró alejarla de la pobreza.
Se fue con ese hombre, sí abandonó a su padre con ella en brazos. Pero no a ella: el dinero para su comida, ropa, juguetes... llegaba a la cuenta de su padre. No la dejó, o al menos ella quería creer que no.
En ese lugar ningún nombre era real del todo; nunca supo el nombre de su madre... su padre Mazutaro no hablaba de ella, nunca.
La mujer a su cargo en ese lugar le contó que cuando su madre llegó solo fue apodada como Mika; en ese lugar ninguna mujer hablaba de quién era de verdad. Las mayores ya empezaban a olvidar sus vidas antes de esto.
¿Qué es "esto"?..."este lugar".
En palabras cortas para la comprensión de todos: un burdel... de entre los más concurridos de Shibuya. Se ponían rumores de que pertenecía a una mafia; al nombrar a los dueños siempre era un "el señor"... no tenían nombres claros.
Nunca había nombres, eso molestaba demasiado a Aizō... no le gustaba no saber de quién se rodeaba, odiaba el hecho de ser la menor.
Nunca era lo suficientemente mayor para saber cosas, pero tampoco lo suficientemente chica para seguir siendo una adolescente normal.
A sus doce años, su padre tuvo un "accidente"... entre demasiadas comillas, fue más intencional que su propia existencia. Se había enterado de que su madre había muerto en este lugar, cayó en las pastillas, arrancó esa moto roja que tenía y lo último que recordaba de él... era tener que identificar su cuerpo casi destrozado por el impacto.
No podía estar triste; a su madre no la encontró, solo sabe pequeñas cosas de cómo era. La única imagen que le había quedado en la mente de su padre era ese día que tuvo que verle la cara casi aplastada en una camilla de morgue...
Ese mismo año, nadie se encargó de ella... fue llevada a un instituto de niños sin hogar. Quizás el lugar en donde aprendió a pudrirse desde niña.
A los trece se llenó los pulmones de humo por primera vez. Un chico mayor, de unos dieciséis, le compartió su cigarro en el patio de ese lugar.
Ella tosió, se ahogó... pero aún así siguió sosteniendo el cigarro en sus labios.
Ese lugar era peor que vivir en las calles... los más grandes, que ya rozaban los dieciocho, tenían permitido salir a buscar trabajo; lo que menos hacían era trabajar.
Entraban tabaco, pastillas, alcohol... y el personal del lugar ni siquiera monitoreaba las conductas.... nadie en ese "hogar" había salido sin adicciones.
A los trece años tomó por primera vez... y así se quedó, entre risas con personas a las cuales llamaba "hermanos", entre ecos, humo... y cosas que una niña de su edad no debía probar.
A los quince sintió por primera vez lo que podía significar el placer... no fue obligada y podía jurar que fue en uno de sus días de más plena conciencia.
Ese mismo año, a fines de agosto, los de servicios sociales le dijeron que había alguien que tenía papeles para tener su custodia. Aizō pensó que tal vez saldría del bodrio... aunque sabía que ella era ese bodrio.
No fue nada como se lo esperaba: llegó a un lugar de luces led, oscuro y lleno de hombres... al entrar acompañada por un agente social la vio por primera vez.
Meirei... la mujer que la cuidaría... tenía aproximadamente unos treinta y cinco años... el trabajador social la dejó en ese lugar, sin importarle lo que le podía pasar a una joven de su edad rodeada de hombres que buscaban mujeres para satisfacerse.
Meirei solo le dijo que había sido lo más cercano a una amiga de su madre, y que la persona se había tardado tanto en pedir la custodia y dejarla en ese reformatorio porque ser una prostituta y solicitar la guarda de una menor eran cosas complicadas.
Aizō no pudo negarse a ese lugar: le daban dinero por trabajos tontos, le ofrecían un dormitorio y un techo.
Al ser una de las menores tenía permiso de salir de vez en cuando, pues aún no "pertenecía" a los jefes.
Aizō empezó a ver a Meirei como a su madre: era quien la ayudaba, quien la aconsejaba sobre ese lugar y la había alejado bastante del alcohol y las pastillas.
La confianza era tanta que en una de sus muchas charlas sobre la vida en el reformatorio, Aizō confesó sin importancia que ya no era virgen.
Meirei la miró, le hizo prometer que si un hombre le preguntaba algo así, diría que sí era pura aún... porque aunque existían esos asquerosos morbosos que buscaban jóvenes a quienes desflorar, eran pocos los que hacían esa petición en ese lugar.
Los trabajos secundarios que Aizō había tenido hasta los diecisiete consistían en ser mesera: llevar ropa bonita pero lo suficientemente cubierta y atender las mesas y bebidas de los hombres que se rodeaban de mujeres voluptuosas y con cuerpos espectaculares.
Ser una adolescente entre mujeres significaba escuchar comentarios como "¿Y tú qué? Estás como flaca"... "Muy tapada, se nota que no tiene nada que mostrar". La sonrisa de Aizō siempre temblaba; tenía ganas de partirles un vaso en el cráneo... pero no podía.
Las mujeres del lugar se encargaban de cubrirla lo más posible a Aizō, y hasta sus diecisiete años no se puso un short en ese lugar.
En su décimo séptimo cumpleaños, las mujeres del lugar la pusieron "bonita"... un maquillaje no tan cargado, un lindo peinado en su cabello castaño y una blusa negra acompañada de unos shorts vaqueros...
Era la ropa más inocente que se podía ver en el lugar: no mostraba pechos, el short llegaba a los muslos... y era lo contrario a atrevido.
Ese mismo día, para desgracia según las palabras de esas mujeres, los señores habían pisado el lugar.
......
Ya pasaba una semana de ese cumpleaños; esos... señores no la habían dejado de mirar durante todo el día, hablando entre ellos con sus ojos fijos en Aizō.
Lo único que escuchaba en los pasillos cuando ella pasaba eran comentarios mínimos de lamentos: "Pobre muchacha, ahora que la vieron", "No volverá a tener libertad".
No era directo, pero sabía que lo decían por ella... sabía que se lamentaban por ella... Meirei se acercó a ella y la metió en su cuarto... se veía más apenada que de costumbre.
—Linda, quiero que escuches, ¿sí?.... Yo... intenté pedirles que te dejaran un rato más, pero ellos insistieron— Meirei le seguía hablando como a las niñas de quince años que conoció.
—No te entiendo, Mei, ¿qué...? ¿Qué pasó?— Aizō sabía qué pasaba... pero... quería que alguien tuviera el valor de decírselo a la cara.
Sabía que este deplorable momento llegaría, que esos señores se enterarían de que le faltaba un año para la mayoría de edad, y... sabía que posiblemente querían empezar a "contratarla" desde ahora para que trabajara cuando llegara ese día.
Pero no se esperaba ese tipo de revelación.
—Aizō, necesitas entenderlo todo. Este lugar no pertenece a cualquiera... Bonten es real—, dijo Meirei con voz baja y temblorosa, mientras cerraba la puerta con cuidado. —Son la mafia más poderosa de Japón, controlan negocios en toda la ciudad y más allá. Trabajan con prostitutas, sí, pero eso es solo la punta del iceberg. Mueven hilos en la política, en los negocios legales, en el tráfico de mercancías... hay muy pocas cosas en este país en las que no tengan influencia. Los que vinieron el día de tu cumpleaños son de su cúpula misma. Ya te han elegido, y cuando decidan contratarte... no les importará tu edad, ni cómo esté tu cuerpo, y mucho menos si tú dices que no—. Meirei tomó sus manos con fuerza, sus ojos llenos de pena. —He intentado todo lo posible para demorarlo, pero ellos no aceptan negativas. Para ellos, las personas son solo herramientas para sus planes, y una vez que te tienen en su mira, no hay forma de escapar...y...
L. A. B. D