CAPITULO UNO: UN ATAQUE DE OTRO MUNDO
El destino de los mundos no suele avisar con trompetas; a veces, se manifiesta como un silencio absoluto, un vacío donde antes latía la vida.
En el Reino del Trébol, la paz era una fachada frágil. Tras la desaparición de Julius Novachrono, el trono del Rey Mago permanecía vacío, una herida abierta en el corazón de la nación. Los Caballeros Mágicos, aún recuperándose de las cicatrices de guerras pasadas, vigilaban las fronteras sin saber que el verdadero peligro no vendría de las naciones vecinas, sino de las grietas mismas de la realidad.
Sobre el cielo de la capital, el espacio comenzó a fracturarse. No hubo nubes negras ni rayos, solo una distorsión cromática que devoraba el azul del firmamento. De esa herida invisible descendieron cuatro figuras, envueltas en una autoridad que no pertenecía a este plano existencial. Eran una unidad de élite de algún lugar del universo llamada Cronos, enviados desde un planeta moribundo del lejano cosmos con una misión desesperada: recolectar la vitalidad necesaria para salvar su hogar, sin importar cuántos planetas debieran extinguirse en el proceso.
Evren, el líder, flotaba a la vanguardia. Sus ojos no miraban las torres del castillo con codicia, sino con la indiferencia de un dios que observa un hormiguero; para él, la manipulación de la realidad era tan natural como respirar. A su derecha, Zagan, un espadachín cuya sola presencia pulverizaba las piedras bajo el peso de una gravedad invisible. A su izquierda, Ubel, una mujer de belleza letal rodeada por el zumbido de mil alas venenosas. Y cerrando la formación, Orion, un ser que parecía forjado en el núcleo de una supernova, controlando el poder de la luz estelar que bailaba entre sus dedos como lenguas de fuego frío.
Estos cuatro seres, figuras de tez blanca como la nieve, cabello blanco y ojos rojos carmesí.
Los tres confiaban ciegamente en Evren. Él era su última esperanza, el único capaz de activar el artefacto que absorbería la esencia de los mundos, y salvaría su hogar.
—Este mundo exhala una vitalidad primitiva —sentenció Evren—. Es un desperdicio que estas almas la consuman en conflictos tan pequeños. Mi planeta sobrevivirá sobre las cenizas de este reino.
Sin esfuerzo, los cuatro atravesaron las barreras mágicas de la capital del reino del Trébol. Se dirigieron a las profundidades del castillo, hacia la Bóveda Prohibida. Allí descansaba la Llave del Mundo, un artefacto de la era del primer Rey Mago; la pieza final que Cronos necesitaba para sintonizar su tecnología de absorción con la frecuencia vital de este planeta.
—¡Alto ahí, invasores! —El grito de un escuadrón de los Leones Carmesí y las Águilas Plateadas retumbó en los pasillos de mármol.
Los caballeros lanzaron sus hechizos con la precisión de la élite. Pero la realidad era un juguete para Evren. Con un simple gesto, el tiempo se volvió sólido y las llamas se congelaron en estatuas de cristal inofensivas.
—Zagan. Ubel. Orion. Limpien el camino —ordenó Evren.
Zagan ni siquiera desenvainó su espada; un aumento súbito de gravedad aplastó a los soldados contra el suelo mientras sus filos invisibles cortaban el acero. Ubel liberó una neblina de insectos esmeralda que silenciaron los gritos en segundos. Orion, con una elegancia cruel, extendió su mano y lanzó ráfagas de luz estelar que perforaron los escudos mágicos como si fueran de papel, desintegrando cualquier resistencia.
Al salir de la bóveda con la Llave en mano, el cielo se llenó de magia. Charlotte Roselei, Rill Boismortier y Kaiser Granvorka intentaron un último contraataque.
Las espinas de las rosas de Charlotte sacudieron el aire, la pintura de Rill cubrió el lienzo de la realidad y la ventisca de Kaiser chocaba con fuerza.
—Demasiado ruido —susurró Evren.
Con un chasquido de sus dedos, una onda expansiva barrió la plaza. El color desapareció de los cuerpos de los Capitanes, dejándolos en un estado de estasis absoluto, como figuras de cera grabadas en el aire. El Reino del Trébol acababa de perder a varios de sus protectores más grandes.
Mientras que Cronos desapareció en un estallido de luz hacia su nave, dejando tras de sí un reino inmóvil. La Llave del Mundo estaba en su poder; el proceso de absorción total había comenzado.
Algunas horas más tarde, los capitanes restantes se reunieron en la sala de reuniones de los Capitanes, el ambiente era de funeral. Nozel Silva, con la mandíbula apretada, observaba el mapa del reino. A su lado, Fuegoleón, William Vangeance y Jack discutían con ferocidad sobre la muerte de varias unidades y el estado vegetativo en el que se encontraban los demás capitanes.
—Es una humillación —gruñó Jack, afilando sus brazos—. Que alguien entre a nuestro territorio y haga lo que le de la gana... ¡Quiero rebanarlos!
—Silencio, Jack —ordenó Nozel—. Debemos reorganizar la defensa antes de que vuelvan, no actúes como un idiota.
Jack se plantó frente a Nozel, tensando el ambiente como si el estallido de una batalla fuera inminente.
—Si quieres, puedo empezar contigo —provocó el capitán de las Mantis con una sonrisa sádica.
—Inténtalo, si es que puedes —respondió Nozel, sosteniéndole la mirada con su frialdad característica.
—Tranquilos los dos —espetó Fuegoleon, interponiéndose con voz firme.
—Fuegoleon tiene razón. No sabemos nada de los invasores y, por lo visto, no se trata de un ataque provocado por un diablo —añadió William con una calma que contrastaba con la hostilidad del ambiente.
De pronto, el aire en la sala se volvió pesado, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por plomo. Las luces se apagaron al unísono. En el centro de la mesa, el espacio se distorsiono y se abrió un portal, y de ella emergió Evren, sosteniendo un extraño control con un botón rojo en el medio. Aquel artefacto emitía un aura extraña, no era magia, pero era como si estuviera viva.
—Sus voluntades son admirables —dijo Evren con una calma aterradora—, pero ya no hay nada que puedan hacer, solo ser el abono para un propósito superior.
Antes que los capitanes pudieran reaccionar, Evren presionó el botón de aquel artefacto. Unas raíces de energía pura brotaron del suelo, enredándose en las piernas de los líderes mágicos.
—¡Maldito...! —Fuegoleón intentó invocar su fuego, pero la llama se extinguió antes de nacer.
—No se resistan. Solo estoy reclamando lo que le pertenece al universo —sentenció el alienígena.
En segundos, los cuerpos de Nozel, Fuegoleón, William y Jack cayeron al suelo, inertes. No estaban muertos, pero sus almas habían sido drenadas, dejándolos como cáscaras vacías.
La puerta de la sala se abrió de golpe. Yami Sukehiro, capitán de los toros negros, entró con un cigarrillo en la boca y su katana desenvainada. Sus ojos se abrieron de par en par al ver a sus colegas en el suelo. —¡Oigan! ¿Qué demonios...?
Evren lo miró de reojo, pero no se molestó en pelear. —Un capitán que llega tarde. Qué afortunado, pero no te preocupes, pronto te unirás a ellos —dijo Evren antes de desvanecerse en un parpadeo de realidad.
Yami corrió hacia sus compañeros, comprobando que apenas respiraban. Un sudor frío recorrió su nuca. —Maldición... esto es mucho peor de lo que pensaba. ¡Tengo que avisar a los mocosos!








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