La culpa de amarte
En medio de la oscuridad, en ese estado letárgico entre la conciencia y el sueño, escucho como la puerta de mi habitación de hotel es abierta con cuidado, emitiendo un pequeño chirrido al cerrarse. Pasos ligeros y rápidos se acercan a la cama.
Antes de que pueda entender lo que sucede a mi alrededor, tú ya estás a mi lado, bajo las cobijas, sonriéndome con ojos brillantes en plena oscuridad. Sé que eres tú, porque mi cuerpo ha memorizado el tuyo por tanto tiempo que te reconoce aún sin verte.
—Hyung~ —tu voz, ahogada sobre la almohada, eriza mi piel. Te siento acomodarte a mi lado, enredando tus piernas con las mías, y tus manos sujetan mi camisa en pequeños puños—
—Mmm —el sonido sale áspero. Acabas de interrumpir mi sueño y no tienes vergüenza alguna, llamándome con tus lindos labios y ese tono mimado que solo utilizas conmigo. Te he malcriado mucho... y espero que nunca encuentres a alguien más que te cumpla todos tus deseos, porque no quiero que tengas a nadie más que a mí.
—Estás calientito —puedo sentir cómo sonríes al decirlo. Pequeño descarado y sinvergüenza, ¿cómo puedes seducirme así, con una sonrisa que ni siquiera he visto? Aún más cuando haces un puchero, esa mueca adorable que me tiene loco—. Ni-ki no me deja dormir.
—¿Y desistes no dejarme dormir a mí como venganza? —Aunque lo intento, no puedo detener a mi cuerpo. Mis brazos te sujetan más cerca, mi rostro se entierra en tu cabello, aspirando el olor de tu champú y el perfume suave de tu piel. ¡Oh, pequeño usurpador! ¿Cómo pretendes apoderarte de mi descanso esperando que vele el tuyo? Porque lo haré. Sabes que por ti estoy dispuesto a todo—. Jake.
Tu nombre sabe dulce en mi boca. ¿Acaso eres un caramelo? Un lindo y sexy caramelo que está pegado a mí, robando mi calor y apoderándose de mi cordura.
—Hyung —repites con voz pegajosa, restregando tu cara contra mi cuello intentando impregnar tu esencia en mí. ¡Oh, cariño! ¿Acaso no te has dado cuenta? Soy tuyo, tu esclavo, tu cordero. Todo lo que desees lo seré. Acomodas tu cabeza en el hueco entre mi hombro y cuello, tu aliento me hace cosquillas. Intento apartarme; tú, como el mimado que eres, muerdes el lugar a modo de queja.
—Quieto.
La palabra sale más firme de lo que pretendía, o quizá no. Porque siento cómo te tensas un segundo, apenas un latido, y luego te ríes contra mi piel. Una risa baja, cálida, que vibra directo contra mi yugo y me recuerda que nunca he sabido decirte que no.
—No quiero —susurras, y tus dientes vuelven a rozar el mismo sitio, esta vez más lento, como si supieras exactamente lo que haces.
Y lo sabes.
Por supuesto que lo sabes.
Mis dedos se entierran en tu cintura por instinto, no para apartarte, sino para sujetarte, para que no se me escape ni un solo milímetro de ti. El pequeño sonido que haces entonces —mitad queja, mitad algo que se parece peligrosamente a un gemido— se me clava en el pecho y baja directo a la boca del estómago.
—Jake —tu nombre vuelve a salir, y esta vez no es advertencia. Es rendición.
Te mueves sobre mí como una pequeña serpiente, enredándote más, buscando más calor, más contacto, más de todo. Tu mano suelta mi camisa para deslizarse por mi abdomen, y aunque sé que estás tanteando porque en la oscuridad apenas ves, el recorrido de tus dedos me deja una estela ardiente.
—Hyung tiene el corazón muy rápido —dices con una inocencia fingida que no te crees ni tú.
—¿Y de quién crees que es la culpa?
A diferencia de ti, yo no necesito tocarte para recorrer tu cuerpo. Tu contorno suave bajo las sombras azuladas de la noche hace que mi corazón lata aún más rápido, porque en mi memoria, grabado en fuego y sudor, está tu cuerpo en cada ángulo y sentido. Sé cómo reaccionas a mi tacto, sé cómo te retuerces por mis besos y sé cómo te rindes bajo mi cuerpo. Así que dejo que toques, que explores y te diviertas con tu pequeña travesura. Yo esperaré el momento justo para atraparte y luego poder ver esos dos luceros en tus ojos cuando te haga ver la luna.
Mis dedos, que han estado quietos contra tu cintura todo este tiempo, comienzan a moverse. Lento. Tanto que casi no se nota. Sigo el borde de tu camiseta, la piel caliente que se esconde debajo, la curva de tus costillas.
—¿Ya terminaste tu juego? —pregunto contra tu oreja, y siento cómo te estremeces.
No respondes con palabras. Tu pequeña mano aventurera, con un toque juguetón, me delinea como una pluma siendo arrastrada por el viento, un tacto suave, casi fantasmal.
Me obligo a quedarme quieto, pegado de costado en la cama, dejando que tú disfrutes tanto como desees.
Mueves una pierna sobre mi cadera, acercándote más mientras tu mano sigue haciéndome soltar leves resoplidos que más parecen el gruñido de cualquier animal que los lamentos de mi ser por no poder tocarte aún.
Haces que gire sobre mi espalda para que tú puedas tomar el espacio sobre mí. Tus caderas sobre las mías y tu mano... tu bendita mano que ahora me está apretando mientras encaramas mis muslos con movimientos juguetones.
—Jake —gruño.
Tus dedos me aprietan más, miden, exploran, y tu otra mano —esa que hace un momento estaba en mi pecho— sube hasta mi cuello, los dedos rozando mi nuez, sintiendo cada vibración que no puedo contener.
—Hyung está temblando —dices, y hay una nota de triunfo en tu voz que me hace apretar la mandíbula.
Mis manos siguen en tu cintura. Quietas. Desde mi lugar puedo sentir que te estás cansando. Tus piernas tiemblan al subir y bajar, y tus labios están abiertos. Lo sé sin necesidad de verlos, solo por el suave silbido que sueltas por las ansias.
—Hyung —te quejas de tu propio juego, impaciente porque yo te consienta. Estás ansioso porque te toque, estás sediento porque te ame.
—Mmm —mi tono es burlón, no puedo evitarlo. Adoro la forma en la que pierdes el control de tu propio juego—. ¿Dime, mi vida?
Siento el espasmo que te recorre, tu debilidad por los apodos cariñosos me derrite por dentro, porque estoy dispuesto a que colapses sobre mí mientras te recito cada palabra bonita que encuentre en mi vocabulario.
—Por favor —y allí está, la súplica acompañada de voz temblorosa y ojitos brillantes. Has llegado a tu límite y quieres que yo me encargue de ti. Oh, mi amor, ese es el placer que esperé al resistir esta tortura. La sola idea de agasajarte eriza mi piel.
Mis manos comienzan a moverse al fin. Suben despacio por tu espalda, sintiendo cada vértebra bajo la tela fina de tu camiseta, cada pequeño escalofrío que dejo a mi paso. Cuando llego a tus omóplatos, te empujo hacia abajo —suave, solo lo justo para que tu pecho choque contra el mío, para que tu cara quede a centímetros de la mía.
Acaricio tu nariz con la mía, en un gesto tierno, antes de recorrer tu mejilla y bajar por tu mandíbula. Tu piel está caliente, con pequeñas gotas de sudor. Alargas tu cuello para que pueda seguir acariciándote con la punta de mi nariz.
En recompensa, beso tu garganta. Primero suaves roces, caricias de adoración sobre tu piel, pero soy codicioso, así que los transformo en besos hambrientos. Mis labios abiertos dejan sobre ti una estela de saliva y estrellas carmín. Te quejas, por supuesto que lo haces, aún así no te alejas.
Tu respiración es pesada, los movimientos son torpes y lentos. Tú, con una timidez actuada, suplicas con voz rota por algo que aún no has pedido.
—Hyung —un gemido, fuerte y vibrante, escapa de tu garganta y es atrapado por mi boca, que te devora.
—Dime —mi voz está cargada con la espera. Mis músculos están duros, pero aún así te dejo decir. Tú y solo tú decides qué quieres de mí.
—Hyung, por favor —
Súplicas desesperadas mientras aprietas mis brazos y con tus cortas uñas rayas mi piel.
—Dime qué quieres, cariño —te susurro entre besos. Tú gimes, protestas, pero ninguna es una palabra—. Con palabras, amor mío. Dime qué quieres con palabras.
—Hyung —sollozas, con voz suave y quebradiza. Te avergüenza expresar con palabras tus más profundos anhelos, pero aún así lo vas a hacer, porque sabes que si no lo haces, te voy a enloquecer hasta que obtenga lo que quiero, y tú siempre has sido débil ante mis torturas—. Por favor, Hyung, te quiero a ti.
Mis manos te agarran con una fuerza que sé que dejará marca, y te empujo contra mí, encontrando ese ritmo que conozco de memoria, que he soñado en las noches en que no estabas a mi lado. Tu gemido se ahoga en mi boca porque ya te estoy besando otra vez, devorándote, tragándome cada pequeño sonido que haces mientras tus brazos se enredan en mi cuello y tu cuerpo se rinde, por fin, contra el mío.
Tus ojos cerrados, la expresión de felicidad en tu rostro y mi nombre en tus labios son lo único que está en mi cabeza. Todo lo demás queda en el olvido: el ruido de la ciudad, las nubes que ocultan a la luna, incluso mi propia respiración.
Lo único que quiero en ese instante eres tú, y sé que tú también lo sientes.
Y cuando llegas a lo más alto, me miras.
Tus ojos brillantes como luceros, acompañados de pequeñas lágrimas, pruebas fervientes de tu dulzura, y tu sonrisa. Amado mío, ¿acaso sabes lo que ese gesto causa en mí? ¡Por supuesto que no! Me tienes a tus pies y ni siquiera te dignas en ser consciente de eso.
Cansado y feliz, te acurrucas sobre mi pecho, buscando abrigo entre mis brazos. Mimoso como solo la felicidad que te acabo de dar te vuelve, buscas caricias en mí. Y yo, sin poder negarte nada, te las doy: suaves toques en el cabello y murmullos de adoración solo para ti.
Te duermes sobre mí mientras la luna tímida aparece en la ventana, acompañada por su Lucero. Ambas nos observan, envidiosas de la adoración que tengo hacia ti. Y es que no existe ser más devoto que yo por ti.








