Nací para ser un icono de la moda
Mi nombre es Scarlett Muñoz. Solía creer que la felicidad era una línea recta, una secuencia de objetivos cumplidos y sonrisas capturadas por el obturador de una cámara. Crecí rodeada de esa calidez mexicana que te hace sentir invencible: mi padre, un comerciante que domina la ciudad con carisma, y mis abuelos, el ancla de mi realidad. A mis diecinueve años, mi vida era un ecosistema de contrastes dulces. Mi madrastra, Sanjuana, es apenas seis años mayor que yo; más que una figura de autoridad, es la cómplice que comparte mi guardarropa. Y luego está Azucena, mi hermanita, el fruto de ese amor que mis padres, con su modernidad casi quirúrgica, no pudieron mantener. Mi madre biológica, Dámaris, una mujer de negocios acaudalada y gélida, dice que mi nombre es un tributo a una musa de su época. De ella heredé la estructura ósea, la ambición y esa sed insaciable por las pasarelas. Estaba cruzando la universidad cuando el rumor empezó a correr por los pasillos como pólvora: el campamento internacional de la agencia líder mundial. El billete dorado. Llamé a todas mis amigas; nos empeñamos en investigar cada detalle, cada fecha de cierre. Desde muy chica supe que mi destino era convertirme en un icono de la moda actual; quería que mi cara fuera la portada de las mejores revistas y consolidarme en la industria para siempre. Al llegar a casa, saqué todo el material que habíamos armado y los convoqué a la sala. Todos me miraron con esa mezcla de cansancio y ternura, preguntándose con qué locura saldría esta vez. Lo sé, soy impredecible y joven, pero ellos siempre me han mimado. —Papá, no es solo un viaje —le dije durante la “reunión de junta directiva” que improvisé en nuestra estancia. Había preparado trípticos, desgloses de costos y proyecciones de carrera. Dámaris, con su mirada de tiburón, me advirtió que el mundo de la moda devoraba a las niñas vivas. Mi padre, siempre pragmático, sabía que en esta industria la juventud es la única moneda que no se devalúa. —¿Por qué Asia, Scarlett? —preguntó Sanjuana, señalando mis círculos en Tailandia, China y Corea—. Tienes Milán y París en la lista. —Corea es el futuro de la cosmética y el lujo —respondí con seguridad. En el fondo, Francia era mi sueño, pero debía dejar una puerta abierta; sabía que Europa sería la elección de la mayoría. Para una mexicana, el mercado asiático era una oportunidad de oro que nadie estaba viendo, y yo estaba dispuesta a cruzarla. Días después, me encontraba en el recinto de audiciones: un caos de perfumes caros, tacones golpeando el suelo y nervios a flor de piel. Estaba a punto de entrar a las instalaciones de España cuando una mano enguantada me detuvo. —Do you speak English? —preguntó un hombre de rasgos asiáticos. Sus ojos eran afilados y su sonrisa, aunque brillante, tenía la perfección plástica de una máscara. —Yes, I do —respondí, irguiendo la espalda. Él ojeó mi perfil. Sus dedos se detuvieron en mi foto y sonrió de una forma que me pareció providencial. —Jovencita, ¿ya has elegido campamento? Ven conmigo. Te haré una prueba en un lugar mejor. Me guio hacia el pabellón más lujoso, un santuario de luces LED y seda blanca. El aire ahí olía a éxito y a algo más... algo metálico y frío. Me pidieron un vestido con volumen. Los del perchero eran mediocres, sin alma, hasta que vi a una modelo con un diseño impecable de tul blanco que gritaba opulencia. —Compañera, ¿estás dudando en usarlo? ¿Qué tal si lo cambias por este? —le susurré, ofreciéndole una prenda más sencilla pero favorecedora—. Este te va mejor, resalta tu piel y el escote te dará el visual para ser seleccionada. Ella aceptó, intimidada por mi determinación. Salí a la pasarela y, por un momento, dejé de ser Scarlett para convertirme en una versión de mí misma forjada en acero. Caminé, giré, y cuando me pidieron pasar de la calidez a la “seducción fría”, mis ojos se clavaron en los jueces como dos puñales de obsidiana. Al terminar, el silencio fue denso. —¿Por qué tú? —preguntó uno de los hombres del jurado. Respiré hondo, recordando la negativa silenciosa de mi padre y los consejos de mi madre. No sabía que ese momento sería el inicio del contrato que vendería mi alma, mi cuerpo y mi espíritu en un giro de 380 grados. Dejé que la confianza fluyera por mis venas y respondí: —Porque no busco ser una percha para su ropa. Busco ser la razón por la que el mundo no pueda dejar de mirar su marca. El agente dio un paso al frente y me entregó un sobre lacrado. —Felicidades, Scarlett Muñoz. Has sido seleccionada para el campamento de élite. Saldremos en tres días. Prepárate. Regresé a casa flotando. Hubo brindis y promesas de llamadas diarias. Mis maletas estaban llenas de sueños y vestidos de diseñador, pero ni un solo amuleto me habría servido para el infierno que me esperaba al bajar del avión.








