La hilacha del destino.
—Está bien, en la próxima toma levanta un poco la barbilla — grita un hombre detrás de la cámara.
Ajusto mi posición, tensando con sutileza mi cuerpo mientras trato de relajar mis hombros y levanto con cuidado mi rostro. Los músculos de mi espalda se sienten rígidos, pero mi expresión no puede mostrarlo. La luz intensa de los reflectores parece quemar mis ojos. Desvío con elegancia mi pupila para evitar el destello directo y luego levanto con arrogancia la barbilla.
El clic de la cámara continúa haciendo eco en la habitación junto con luces erráticas, es casi como estar dentro de una tormenta.
—Continua así.
El sonido del obturador se dispara de nuevo y los flashes rebotan entre los paneles.
Es tan agotador como lo recordaba.
La sesión termina y me desplomo en una vieja silla. Mis dedos digitan con precisión un mensaje para mi madre.
—Ni siquiera parece que te tomaste un descanso de esto — bromea mi mejor amiga.
Guiño un ojo.
Coloca una botella de agua en mi rostro. Me alejo, pero la sensación del agua helada se mantiene en la piel. La silla cruje ante el cambio de peso.
—Deja de ser gruñón, Roseti.
Arqueo una ceja.
Francesca se ríe y se lanza a abrazarme mientras coloca sus dedos en mis mejillas para obligarme a sonreír.
—No te me pegues tanto —
La chica de cabellos castaños se aleja satisfecha tras fastidiarme mientras bailotea al ritmo de Toxic de Britney que suena al fondo.
Los restos de confecciones e hilos aún son visibles sobre su ropa.
Los gajes del oficio de ser diseñadoras.
Se aleja unos pasos y encuadra mi rostro con sus manos.
—Es insultante lo guapo que estás hoy, biondo.
—¿Solo hoy?
—Eres insufrible.
Ruedo los ojos. La chica todavía me observa a través de su cámara imaginaria. Me continúa analizando.
— Te voy a empezar a cobrar — bromeo.
Cambia de ángulo y la luz revela esas pesadas ojeras bajo sus ojos verdes. Vuelve a cambiar de ángulo y ese pedazo de hilo rojo en su dedo revolotea con el movimiento.
No puedo evitar fastidiarme al verlo.
Un suave traqueteo en el cristal rompe el silencio; ambos volteamos; fuera del lugar, una ligera lluvia arrecia.
—¿Quieres que te preste mi paraguas?
—Tranquila, ya se me ocurrirá algo.
Salgo del estudio fotográfico a mediodía. El cielo está completamente gris, pero al menos la lluvia ha cesado. El viento helado de Bóreas me congela el rostro mientras me muevo entre las elegantes calles del centro de Milán. Las tiendas de ropa y accesorios adornadas con estantes dorados y colores aristocráticos están a cada paso.
Una enorme iglesia blanca y gótica corona el centro de la plaza. Mis zancadas rompen la tensión del agua que se acumula sobre las baldosas de piedra. Las palomas caminan imperturbables en el lugar y me obligan a esquivar sus plumíferas existencias sin instinto de supervivencia. Sin mencionar a los turistas, sin consciencia corporal, que mientras avanzo abren sus brazos sin razón casi golpeándome más de una vez.
—¿Qué, no hay otros países más interesantes que visitar? —Maldigo mientras acomodo mi abrigo.
****
Llego al andén y me siento en la banqueta a esperar el metro. El resonar de los pasos a mi alrededor se siente ya como una rutina, pero mi paz no dura mucho y junto a mí se sientan, casi de inmediato, un par de chicos muy acaramelados.
Tuerzo mi rostro con asco.
Trato de desviar mi atención hacia la pantalla que señala el horario del metro, pero el sonido de sus besos resuena por el lugar. Mis hombros se tensan.
El chico acaricia con ternura el rostro de la joven mientras ella corresponde jugueteando nerviosa con sus dedos.
Ruedo los ojos y vuelvo a centrar mi atención en mi teléfono.
— El tren con destino a Bisceglie, llegando a la plataforma— se escucha resonar en el lugar— Prohibido atravesar el andén—
Doy un suspiro largo y me levanto. Cuando el metro se detiene y las puertas se abren, me uno a la multitud hacia el vagón.
La puerta se cierra y puedo ver por última vez a la pareja de enamorados sobre la banca. Observo con atención casi obsesiva sus dedos.
— Qué lindo es el amor cuando se es joven —comenta una señora junto a mí.
Mi expresión se tuerce mientras veo los hilos rojos de sus manos extenderse en otras direcciones. Desvió mi mirada fastidiado.
Levanto las cejas con escepticismo.
Se ahorrarían meses de terapia si también pudieran verlos.
**********************
Desciendo en la estación de Cadorna. Al exterior se alza la enorme escultura de una aguja plateada rodeada de hilo que se clava en el suelo. Digno de la ciudad de la moda.
Llego a la universidad y me muevo con prisa por los pasillos hasta llegar a mi clase. Soplo algo de aire a mis manos congeladas mientras avanzo hasta el último asiento del salón.
Abro mi laptop mientras espero a que llegue el resto. El tecleo llena este enorme lugar con una melodía controlada y rítmica.
—“Qué lindo es el amor joven”— repito con cierta burla mientras continúo preparando mis apuntes..
Una vibración rompe mi tranquilidad.
Nona: Aragneo, hoy vi en tu tirada de cartas: el Amante. Prepárate para algo que cambiará tu día..
Aragneo: Abuela, me dices esto todos los días, pero está bien. Si conozco a alguien, juro que será la primera en saberlo.
Presiono enviar, una expresión de fastidio aparece en mi rostro, mientras me quedo mirando un segundo la pantalla del teléfono antes de bloquearla.
—Buenos días, Aragneo —saluda al improviso un chico asiático.
—Oh, Nakayama. Buenos días.
Se sienta junto a mí y deja caer dramáticamente su cuerpo sobre el escritorio. El sonido de su cabeza estampándose con la madera me hace torcer mi expresión.
´Mejor lo ignoro y sigo tecleando.
—Sabes, ayer peleé con mi novia —inicia el chico de cabellos negros—. Últimamente no la entiendo —se queja.
Se separa de la mesa irritado y también saca su laptop.
—Entonces déjala —respondo con indiferencia sin despegar mis ojos del documento.
Gira su cabeza y me mira con asco. Si no lo conociera, hasta diría que está molesto.
—Siempre olvido lo frío que eres.
—¿Qué, no es lo más lógico?—respondo— siempre están discutiendo—
Un silencio incómodo se dispara. Solo el sonido de mis dedos sobre las teclas llena el espacio.
—Y siempre lo arreglamos a pesar de eso —reclama haciendo un puchero—. Ella es difícil, pero estoy seguro de que es mi hilo rojo —finaliza con toda la convicción posible.
—Oh, quizá solo necesitan ir a terapia ambos— bromeo mientras le regalo una mirada altiva.
Esto finalmente lo hace enfadar y suelta un discurso sobre la fragilidad de los amores actuales y la convicción de cómo el consumismo ha cambiado la percepción del mismo y cosas que: realmente no me interesan...
Aflojo perezoso mi espalda mientras el chico sigue soltando un sermón apasionado sobre el amor líquido y la importancia de saber coser cuando algo se rompe.
Dejo escapar un largo suspiro...
—El hilo rojo ¿eh?
Saco mi teléfono del bolsillo y meto un temporizador.
— Oye, idiota, ¿me estás escuchando? — reclama a mi lado.
Es como ver a un cachorrito enojado. Sonrió petulante. Es hasta divertido.
Por alguna razón, siempre que discutimos de este tema, Hiro saca esa leyenda... que el hilo rojo, blah, blah, blah... Que es irrompible, blah, blah, blah... que conecta los dedos meñiques de la mano izquierda en aquellos que están destinados a encontrarse...
Me detengo un segundo.
... y se enamorarán... y luego...
Un escalofrío me recorre el cuerpo y sin querer alzo mi brazo y observo casi con desprecio mi propia mano izquierda.
No hay nada atado a ella.
—Tonterías —susurró por lo bajo—como si fuera a permitir que un estúpido hilo cambie mi vida.
Abro otro documento en el ordenador mientras continúo ignorando el resto del discurso de Hiro.
El temporizador vibra cincuenta y cinco minutos después. Y salgo por algo de café.
***
El frío del invierno me cala en los huesos mientras camino por los pasillos a mi siguiente clase y las bisagras de la puerta se lamentan cuando entro al lugar.
—Créeme me siento igual —bromeo y me dirijo al fondo.
El silencio poco a poco es reemplazado por voces y los murmullos sutiles finalmente se convierten en el ruido visual carmesí de una multitud.
La clase inicia y mis ojos se vuelven pesados apenas la dulce voz del viejo profesor se dispersa en el salón.
—Necesitaré más de un café antes de esta clase—maldigo por lo bajo frotando mis ojos.
Un dolor contracturante se expande en mi espalda y hasta la luz pálida del salón parece ser ridículamente intensa en este momento.
¿Desde cuándo este lugar es tan luminoso?
Un ligero jalón en mi mano me hace despertar completamente y mis ojos de repente se enfocan en una silueta inquieta al fondo.
Un chico de tez morena se asoma curioso por el vidrio de la puerta. Puedo verlo estudiar cada ángulo del salón antes de ver cómo gira la perilla.
Una sonrisa malintencionada se dibuja en mi rostro.
Cuando empuja la vieja puerta, esta emite ese sonido estridente y en menos de un segundo toda la clase lo está mirando. Su cuerpo se tensa y se alza derecho al instante, casi como un militar, mientras un ligero rubor se extiende en sus mejillas morenas.
El joven de cabellos negros y ondulados saluda rápida y torpemente al profesor mientras sube a toda prisa los peldaños del salón con la cabeza baja.
La sonrisa desaparece de mi rostro... espera...
— Quédate abajo, quédate abajo... —susurro.
Mientras el joven vestido muy americano sigue subiendo.
Se detiene en mi fila. La única “completamente vacía” y sin ningún tapujo atraviesa todas las bancas y se acomoda junto a mí.
—Hola, soy Alejandro—exclama muy animado— ¡mucho gusto!—
Me extiende la mano sin dudarlo. Mi pecho se descompasa. Mis ojos lo juzgan rápidamente de pies a cabeza.
El chico de cabellos negros gira su cabeza curioso hacia mí y sonríe mientras mis ojos se entrecierran molestos y brillan incrédulos ante el espectáculo.
Un hilo azul delicado como la seda de araña se forma entre mi mano y la de este chico.
— ¿Me estas jodiendo, verdad...?








