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Los ojos azules de Aracne

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Summary

Aragneo ha visto los hilos rojos de las personas con desdén y cierto desprecio toda la vida. En especial porque él carece de uno, pero todo cambia cuando aparece Alejandro. Y lo que comienza con una interacción incomoda y hasta fastidiosa empieza a tratar de tomar lentamente otra forma. ¿Pero esto terminará bien o será una tragedia? ¿Qué harías si literalmente estuvieras atado a una persona que no te termina de agradar?

Genre
Romance
Author
DaveMarti
Status
Complete
Chapters
36
Rating
4.0 (2 reviews)
Age Rating
16+

La hilacha del destino.

—Está bien, para la próxima toma levanta un poco la barbilla — grita un hombre detrás de la cámara.

Dejo salir un suspiro desganado. Llevo dos horas en este set, mi cuello esta tan rígido que juro que sufriré una embolia.

Ajusto mi posición, tensando con sutileza mi cuerpo mientras trato de relajar mis hombros y levanto con cuidado mi rostro. La luz intensa de los reflectores parece quemar mis ojos azules mientras desvío con elegancia la mirada para evitar el destello directo. Los músculos de mi espalda se sienten tensos, ya ni siquiera hablar de mi parte posterior, no la siento desde hace rato, pero mi expresión no puede mostrarlo. Así que solo obedezco y levanto con arrogancia la barbilla.

Como una escultura griega...

La gente me contempla desde lo lejos.

—Continua así — ordena el fotógrafo.

El sonido del obturador se dispara de nuevo y los flashes rebotan entre los paneles haciendo eco en la habitación junto con luces erráticas, es casi como estar dentro de una tormenta.

Resiste solo una hora más...

La sesión termina y me desplomo en una vieja silla al fondo. Lejos de todo ese rojo. Mis dedos digitan con precisión un mensaje para mi madre cuando a la distancia escucho unos pasos acercarse a mi.

—Nada mal, para alguien que se la paso llorando antes de iniciar la sesión porque su ropa no combinaba — bromea mi mejor amiga.

Levanto el rostro y le guiño un ojo.

Sin aviso alguno, saca una botella de su espalda y la coloca en mi rostro. Me alejo al instante, pero la sensación del agua helada se mantiene en mi piel y la silla cruje ante el cambio de peso.

Frunzo mi expresión con fastidio.

—Deja de ser gruñón, Roseti— reclama.

¿Entonces la ofendida es ella? Arqueo una ceja, Francesca solo se ríe y se lanza a abrazarme mientras coloca sus dedos en mis mejillas para obligarme a sonreír.

—!Las manos donde pueda verlas Francesca¡— me quejo mientras trato de alejarla.

De repente la música del lugar sube y la chica de cabellos castaños se aleja satisfecha tras fastidiarme mientras bailotea al ritmo de Toxic de Britney que suena al fondo.

Los restos de hilo y retazos de tela aún son visibles sobre su ropa. Supongo que son los gajes de ser una diseñadora.

Se detiene a unos dos metros de mi y entonces encuadra mi rostro con sus manos.

—Es insultante lo guapo que estás hoy, biondo— recita mientras me mira de arriba a abajo.

—¿Solo hoy? — respondo.

—Eres insufrible.

Ruedo los ojos. La chica todavía me observa a través de su cámara imaginaria.

Me continúa analizando...

— Te voy a empezar a cobrar — bromeo.

— Ya lo haces.

Casi río con eso.

Francesca cambia de ángulo y la luz revela unas pesadas ojeras bajo sus ojos verdes.

Entonces vuelve a cambiar de ángulo y ese pedazo de hilo rojo en su meñique revolotea con el movimiento.

¡Me fastidia solo verlo!

De repente un suave traqueteo en el cristal rompe el ritmo; ambos volteamos; fuera del lugar, una ligera lluvia arrecia.

—¿Quieres que te preste mi paraguas? —pregunta.

—Tranquila, ya se me ocurrirá algo.


El eco de la puerta deja atrás la música y el calor del lugar. Salgo del estudio fotográfico a mediodía. El cielo está completamente gris, pero al menos la lluvia ha cesado. El viento helado de Bóreas me congela el rostro mientras me muevo entre las elegantes calles del centro de Milán. Las tiendas de ropa y accesorios adornadas con estantes dorados y colores aristocráticos están a cada paso.

Me encojo en mi bufanda, mis piernas se sienten congeladas mientras avanzo hacia la plaza.

Una enorme iglesia blanca y gótica corona el centro del lugar. Mis zancadas rompen la tensión del agua que se acumula sobre las baldosas de piedra. Las palomas caminan imperturbables en el lugar y me obligan a esquivar sus plumíferas existencias sin instinto de supervivencia. Sin mencionar a los turistas, sin consciencia corporal, que mientras avanzo abren sus brazos sin razón casi golpeándome más de una vez.

—¿Qué, no hay otros países más interesantes que visitar? —Maldigo mientras acomodo mi abrigo.

****

El frio estético de Milán es reemplazado por el frio concreto del subsuelo. Llego al andén y me siento en la banqueta a esperar el metro. El resonar de los pasos a mi alrededor se siente ya como una rutina, pero mi paz no dura mucho y junto a mí se sientan, casi de inmediato, un par de chicos muy acaramelados.

Tuerzo mi rostro con asco.

Trato de desviar mi atención hacia la pantalla que señala el horario del metro, pero el sonido de sus besos resuena por el lugar.

Mis hombros se tensan, pero no puedo evitar mirarlos de reojo.

El chico acaricia con ternura el rostro de la joven mientras ella corresponde jugueteando nerviosa con sus dedos.

Ruedo los ojos y vuelvo a centrar mi atención en mi teléfono.

— El tren con destino a Bisceglie, llegando a la plataforma— se escucha resonar en el lugar— Prohibido atravesar el andén.

Doy un suspiro largo y me levanto. Cuando el metro se detiene y las puertas se abren, me uno a la multitud que camina hacia el vagón.

La puerta se cierra detrás de mi tras el pitido y puedo ver por última vez a la pareja de enamorados sobre la banca. Observo con atención casi obsesiva sus dedos.

— Qué lindo es el amor cuando se es joven —comenta una señora junto a mí.

Mi expresión se tuerce mientras veo los hilos rojos de sus manos extenderse en otras direcciones. Desvió mi mirada fastidiado.

Levanto las cejas con escepticismo.

Se ahorrarían meses de terapia si también pudieran verlos

**********************

Desciendo en la estación de Cadorna. El ruido de los autos rompe el espejismo de soledad del metro, al exterior se alza la enorme escultura de una aguja plateada rodeada de hilo que se clava en el suelo.

Digna de la ciudad de la moda... pienso mientras me dirijo a la universidad antes de que se me paralice el rostro por el roció que aún cae en esta zona

Debí aceptar ese paraguas.

Llego al lugar y me muevo con prisa por los pasillos hasta llegar a mi clase. Avanzo hasta el último asiento del salón y abro mi laptop mientras espero a que llegue el resto.

El tecleo llena este enorme lugar con una melodía controlada y rítmica.

—“Qué lindo es el amor joven”— repito con cierto asco mientras continúo preparando mis apuntes.

Una vibración sobre la mesa rompe mi tranquilidad.

Nona: Aragneo, hoy vi en tu tirada de cartas: el Amante. Prepárate para algo que cambiará tu día...

Aragneo: Abuela, me dices esto todos los días, pero está bien. Si conozco a alguien, juro que serás la primera en saberlo.

Presiono enviar, una expresión de fastidio aparece en mi rostro, mientras me quedo mirando un segundo la pantalla del teléfono antes de bloquearla.

—Buenos días, Aragneo —saluda al improviso un chico asiático.

—Oh, Nakayama. Buenos días.

Se sienta junto a mí y deja caer dramáticamente su cuerpo sobre el escritorio. El sonido de su cabeza estampándose con la madera me hace torcer mi expresión.

Mejor lo ignoro y sigo tecleando.

—Sabes, ayer peleé con mi novia —inicia el chico de cabellos negros—. Últimamente no la entiendo —se queja.

Se separa de la mesa, irritado, y saca su laptop.

—Entonces déjala —respondo sin despegar mis ojos del documento.

Gira la cabeza y me mira con asco.

Si no lo conociera, hasta diría que está molesto.

—Siempre olvido lo frío que eres...

—¿Qué? ¿no es lo más lógico?—respondo— siempre están discutiendo.

Un silencio incómodo se dispara. Solo el sonido de mis dedos sobre las teclas llena el espacio.

—Y siempre lo arreglamos a pesar de eso —reclama haciendo un puchero—Ella es difícil, pero estoy seguro de que es mi hilo rojo —finaliza con toda la convicción posible.

—Oh, quizá solo necesitan ir a terapia ambos— bromeo mientras le regalo una mirada altiva.

Esto finalmente lo hace enfadar y suelta un discurso sobre la fragilidad de los amores actuales y la convicción de cómo el consumismo ha cambiado la percepción del mismo y cosas que: realmente no me interesan...

Aflojo perezoso mi espalda mientras el chico sigue soltando un sermón apasionado sobre el amor líquido y la importancia de saber coser cuando algo se rompe.

Dejo escapar un largo suspiro...

—El hilo rojo ¿eh?

Saco mi teléfono del bolsillo y meto un temporizador.

— Oye, idiota, ¿me estás escuchando? — reclama a mi lado.

Es como ver a un cachorrito enojado.

Sonrío petulante.

Es hasta divertido...

Por alguna razón, siempre que discutimos de este tema, Hiro saca esa leyenda... que el hilo rojo, blah, blah, blah... Que es irrompible, blah, blah, blah... que conecta los dedos meñiques de la mano izquierda en aquellos que están destinados a encontrarse...

Me detengo un segundo.

... y se enamorarán... y luego...

Un escalofrío me recorre el cuerpo y sin querer alzo mi brazo y observo casi con desprecio mi propia mano izquierda.

No hay nada atado a ella.

—Tonterías —susurró por lo bajo—como si fuera a permitir que un estúpido hilo cambie mi vida.

Abro otro documento en el ordenador mientras continúo ignorando el resto del discurso de Hiro.

El temporizador vibra cincuenta y cinco minutos después y entonces salgo por algo de café.

***

El frío del invierno me cala en los huesos mientras camino por los pasillos a mi siguiente clase y las bisagras de la puerta se lamentan cuando entro al lugar.

—Créeme me siento igual —bromeo y me dirijo al fondo.

El silencio poco a poco es reemplazado por voces y los murmullos sutiles finalmente se convierten en el ruido visual carmesí de una multitud.

—Necesitaré más de un café antes de esta clase—maldigo por lo bajo frotando mis ojos ni bien inicia la clase.

En serio este profesor es aburrido.

Un dolor contracturante se expande en mi espalda y hasta la luz pálida del salón parece ser ridículamente intensa en este momento.

¿Desde cuándo este lugar es tan luminoso?

Un ligero jalón en mi mano me hace despertar completamente y mis ojos de repente se enfocan en una silueta inquieta al fondo.

Un chico de tez morena se asoma curioso por el vidrio de la puerta. Puedo verlo estudiar cada ángulo del salón antes de ver cómo gira la perilla.

Una sonrisa malintencionada se dibuja en mi rostro.

Cuando empuja la vieja puerta, esta emite un sonido estridente y de repente toda la clase lo está mirando.

Su cuerpo se tensa y se alza derecho al instante, casi como un militar. Un ligero rubor se extiende en sus mejillas morenas.

El joven de cabellos negros y ondulados saluda rápida y torpemente al profesor mientras sube a toda prisa los peldaños.

La sonrisa desaparece de mi rostro.

— Quédate abajo, quédate abajo —susurro.

Pero sigue subiendo...

Hasta que se detiene en mi fila.

La única “completamente vacía” y sin ningún tapujo atraviesa todas las bancas y se acomoda junto a mí.

—Hola, soy Alejandro—exclama muy animado— ¡mucho gusto!

Me extiende la mano sin dudarlo. Mi pecho se descompasa. Mis ojos lo juzgan rápidamente de pies a cabeza.

El chico de cabellos negros gira su cabeza curioso hacia mí y sonríe mientras mis ojos se entrecierran molestos e incrédulos ante el espectáculo.

Un hilo azul delicado como la seda de araña se forma entre mi mano y la de este chico.

— ¿Me estas jodiendo, verdad...?

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