Capítulo 1
El aire dentro del gimnasio de alto rendimiento estaba cargado con el olor metálico de los discos de hierro y el zumbido constante de los ventiladores industriales. Para Bakhar Nabieva, ese ambiente era su santuario, su oficina y su segundo hogar. Acababa de terminar una de las rutinas de pierna más brutales de su mesograma. Y aunque se veía casi impecable, sus pulmones aún buscaban oxígeno con avaricia, y una fina capa de sudor cubría cada centímetro de su piel bronceada, haciendo que sus tatuajes resaltaran con un brillo intenso bajo las luces.
Se apartó de la máquina de sentadillas y caminó con paso ligeramente inestable hacia la zona de los espejos de cuerpo entero. Vestía sus habituales shorts de licra negros, tan cortos y ajustados que parecían una segunda piel, y una camiseta negra básica. Llevaba unas Converse negras de bota alta y calcetines blancos a media pantorrilla.

Frente al espejo, Bakhar comenzó su ritual post-entrenamiento. Se dio la vuelta, observando la monumental hipertrofia de sus piernas. El "bombeo" era irreal. Sus cuádriceps y femorales parecían tallados en granito puro. Llevó sus manos hacia la parte baja de su espalda, apoyándolas sobre sus nalgas. Sus dedos de uñas acrílicas blancas presionaron la musculatura tensa y redonda, palpando la densidad, comprobando el trabajo del día. Estaba exhausta, le ardía cada fibra muscular de la cintura para abajo, pero la satisfacción que sentía al ver los resultados en el espejo era embriagadora.
Acomodó su cabello castaño oscuro, dejándolo caer sobre su espalda, y suspiró profundamente. Estaba lista para recoger sus cosas, tomar su batido de proteínas y marcharse.
Sin embargo, el destino, o más bien, su novio, tenía otros planes.
La puerta de cristal del área de musculación no se abrió; fue prácticamente empujada con una floritura dramática. Bakhar no necesitaba darse la vuelta para saber quién había llegado. La energía de la sala entera cambió. Las miradas de los pocos atletas que quedaban a esa hora se desviaron hacia la entrada.
Satoru Gojo había llegado.
Satoru era un hombre que desafiaba la lógica. Medía más de un metro noventa, con una complexión atlética y esbelta que contrastaba con el cuerpo hipermusculado de su novia. Llevaba unos pantalones de chándal grises de diseñador, una camiseta blanca holgada que dejaba intuir sus pectorales, y su característico cabello blanco peinado hacia arriba de forma desordenada. Sus ojos estaban ocultos detrás de unas gafas de sol oscuras y redondas de montura fina, un accesorio del que rara vez se separaba, incluso en interiores.

Bakhar lo vio a través del reflejo del espejo. Una sonrisa arrogante, brillante y abrumadoramente atractiva se dibujó en el rostro de Satoru en el instante en que la localizó.
—¡Ahí está! —exclamó Satoru, su voz resonando clara y juguetona por encima de la música electrónica del gimnasio—. ¡La octava maravilla del mundo moderno!
Bakhar sintió que el calor subía a sus mejillas. Cerró los ojos un segundo, masajeándose el puente de la nariz.
—Satoru, por favor, no grites —murmuró ella, dándose la vuelta justo a tiempo para recibir el impacto de un abrazo que la levantó un par de centímetros del suelo engomado.
—¡Mi hermosa reina alienígena! —ronroneó él, apretándola contra su pecho, ignorando por completo el hecho de que ella estaba sudada.
Antes de que Bakhar pudiera protestar, Satoru bajó la cabeza, deslizó sus gafas de sol por el puente de su nariz revelando esos irises azules asombrosamente claros, y capturó sus labios. No fue un beso de saludo; fue un beso posesivo, profundo y hambriento. Bakhar soltó un pequeño jadeo de sorpresa que Satoru aprovechó para profundizar el contacto. Sus manos grandes y cálidas acunaron el rostro de ella y sus pulgares acariciaban sus pómulos.
Bakhar intentó resistirse un segundo, apoyando sus manos en el pecho de él. —Satoru... estoy sudada... apesto a gimnasio... —logró articular entre besos.
—Hueles a victoria, a feromonas y a la mujer más sexy del planeta —respondió él contra sus labios, volviendo a besarla, esta vez mordisqueando suavemente su labio inferior.
La resistencia de Bakhar se desmoronó, como siempre le pasaba con él. Dejó caer sus manos, enredando los dedos en la suave tela de la camiseta de Satoru. Le devolvió el beso con la misma intensidad, olvidándose por un momento de dónde estaban. El contraste entre la dureza implacable de ella en el entrenamiento y la forma en que se derretía en los brazos de este hombre era algo que solo Satoru conocía, y él lo adoraba.
Cuando finalmente se separaron por falta de aire, Satoru tenía una sonrisa triunfal. Le dio un beso rápido en la punta de la nariz y luego otro en la frente.
—Mimos urgentes requeridos y suministrados —declaró él, ajustándose las gafas de sol de nuevo—. Pero ahora... —Satoru dio un paso atrás, ladeando la cabeza y recorriendo el cuerpo de Bakhar con una mirada descarada que parecía tener peso físico—. Déjame apreciar el paisaje.

Bakhar puso los ojos en blanco con los brazos cruzados, intentando parecer severa, aunque un ligero rubor persistía en sus mejillas.
—Acabo de destrozarme las piernas, Satoru. Literalmente apenas puedo mantenerme en pie.
—Oh, lo sé. Llevo observándote desde la puerta los últimos cinco minutos. Estabas haciendo exactamente esto... —Satoru se movió rápidamente detrás de ella.
Bakhar se sobresaltó cuando sintió el pecho de Satoru presionado contra su espalda. Antes de que pudiera girarse, las manos grandes de su novio replicaron exactamente el movimiento que ella estaba haciendo frente al espejo minutos antes.
Satoru apoyó las palmas de sus manos sobre las nalgas de Bakhar.
—¡Satoru! —jadeó Bakhar, su voz saliendo media octava más aguda por la impresión. Instintivamente miró hacia los lados. El gimnasio estaba casi vacío, pero el tipo de la recepción estaba organizando unas toallas no muy lejos—. Estamos en público, idiota.
—El público debería pagar entrada para ver esta obra de arte —replicó Satoru, completamente inamovible.
Sus manos no se quedaron quietas. Empezó a masajear, amasando la musculatura tensa con una mezcla de firmeza y devoción. Sus pulgares presionaban justo donde la fascia muscular estaba más fatigada, y aunque la intención de Satoru era puramente juguetona y pervertida, el masaje en realidad se sentía celestial en sus músculos agotados.
—Dios mío, están duros como piedras —comentó Satoru en voz alta, maravillado, hundiendo los dedos en la carne firme y rebotando sus manos ligeramente para sentir la densidad—. Es fascinante. Mi novia es un tanque de guerra. Eres letal, amor mío.
Bakhar mordió su labio inferior, dividida entre la vergüenza absoluta y el placer del tacto de Satoru. Sentir las manos de él recorriendo su cuerpo, jugando con sus formas de esa manera tan descarada, despertaba una electricidad caliente en su bajo vientre.
—Basta, me haces cosquillas, y en serio me duelen las piernas —se quejó ella, intentando dar un paso hacia adelante, pero Satoru la sujetó por las caderas, manteniéndola pegada a él.
—No te muevas, estoy haciendo un control de calidad —Satoru deslizó sus manos por la curva inferior de sus nalgas, apretando donde se unían con los isquiotibiales descomunales de Bakhar—. Trabajo excepcional, señorita Nabieva. Diez de diez. Excelente volumen, firmeza inigualable.
Para acentuar su evaluación, Satoru levantó la mano derecha y asestó una nalgada limpia, sonora y firme.
¡Plaf!
El sonido resonó en la zona de pesas libres. Bakhar dio un pequeño salto, soltando un gritito ahogado, más por la sorpresa y la indignación que por el dolor.
—¡Satoru Gojo! —se giró bruscamente, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de furia simulada y bochorno. Levantó un dedo amenazador—. Te juro que si me vuelves a dar una nalgada aquí dentro, voy a levantarte en peso muerto y te voy a lanzar por la ventana.
Satoru se echó a reír, una carcajada genuina y cristalina que hizo que Bakhar perdiera la mitad de su enojo al instante. Era imposible mantenerse furiosa con él cuando se reía así, luciendo tan ridículamente guapo e ingenuo.
—Me encantaría verte intentarlo, preciosa. Sería una gran vista —Satoru no se inmutó por la amenaza. En cambio, dio un paso adelante, acorralando a Bakhar contra la rejilla de mancuernas.
Se inclinó, flexionando un poco las rodillas debido a la diferencia de altura. Bakhar pensó que iba a besarla en los labios de nuevo, pero Satoru, impredecible como siempre, giró a Bakhar por los hombros para que le volviera a dar la espalda.
—¿Qué haces...? —comenzó ella.
Pero las palabras murieron en su garganta cuando sintió que Satoru se agachaba. A través de la fina tela de sus shorts, sintió el aliento cálido de Satoru, seguido inmediatamente por la presión suave y húmeda de sus labios.
Satoru Gojo le estaba besando una nalga. En medio del gimnasio.
Bakhar se quedó paralizada, su rostro ardiendo hasta las orejas. Miró frenéticamente a su alrededor; afortunadamente, el empleado de recepción había desaparecido en la oficina trasera.
Satoru dejó un beso en la nalga derechs, luego otrasl en la izquierda, justo sobre la curva más pronunciada. No fue un acto apresurado, fue lento, casi reverencial. Luego, frotó su mejilla contra la parte posterior de su muslo, como un gato gigante y mimado buscando atención.
—Satoru, por el amor de Dios, levántate. Eres un hombre adulto, compórtate —siseó Bakhar, agarrando un puñado de la camiseta de él por los hombros e intentando tirar de él hacia arriba, aunque con sus piernas temblando por el entrenamiento, no tenía mucha fuerza de palanca.
Satoru se levantó lentamente, con una sonrisa de lobo satisfecho en el rostro.
—Estoy mostrando mis respetos a la deidad del gimnasio —se justificó él, ajustándose las gafas oscuras—. Son perfectos. Deberían estar en un museo, pero lamentablemente son propiedad privada. Mi propiedad, solo mia.
Bakhar bufó, negando con la cabeza, aunque una pequeña e inevitable sonrisa asomó en la comisura de sus labios.
—Eres un idiota posesivo.
—Y tú me adoras —replicó él guiñándole un ojo por encima de las gafas.
De repente, Satoru metió la mano en el bolsillo de su chándal y sacó su teléfono último modelo, con la cámara ya activada.
—Hora de documentar esto. El mundo necesita saber lo afortunado que soy —anunció.
—No, no, Satoru, estoy un desastre. Mi pelo es un nido de pájaros y no tengo maquillaje... —Bakhar levantó una mano para tapar el lente de la cámara, esquivando el teléfono.
—Estás hermosa. Eres el ser más fotogénico que existe, incluso cubierta de sudor —Satoru agarró suavemente la muñeca de Bakhar, apartando su mano y besándole la palma antes de soltarla—. Además, el foco no va a ser tu cara, amor.
Satoru se movió a su lado, pegando su cadera a la de ella. Estiró su largo brazo frente a ellos, buscando un ángulo en el espejo que capturara tanto sus rostros como la figura de Bakhar de espaldas.
—Ponte de perfil. Saca eso —ordenó Satoru, dándole un suave golpecito en la cadera.

Bakhar suspiró dramáticamente, pero la verdad era que estaba acostumbrada a las sesiones de fotos. Era parte de su trabajo y de su vida diaria. Se rindió a la excentricidad de su novio, se giró ligeramente, arqueó la espalda y tensó las piernas, haciendo que la musculatura de sus glúteos y cuádriceps se marcara con una separación impecable bajo la luz del gimnasio.
Satoru sonrió ampliamente a la cámara. Con una mano libre, bajó el borde de sus gafas de sol con un dedo para mostrar sus ojos azules, sacó la lengua de lado en un gesto infantil y rebelde, y con la otra mano formó un signo de la paz justo encima del culo de Bakhar, señalándolo como si fuera un premio de exhibición.
Click. Flash.
—Perfecto —dijo Satoru, revisando la foto en la pantalla—. Esa va para mis historias de Instagram. Con el texto: 'Mi novia levanta más peso que tú y tiene mejor culo que tu modelo favorita. Llora.'
Bakhar soltó una carcajada genuina esta vez, tapándose la cara con las manos.
—Satoru, me vas a meter en problemas con el internet otra vez. La gente va a decir que eres un engreído.
—Soy un engreído con razones de sobra. Mírate —Satoru bloqueó el teléfono, se lo guardó y se giró completamente hacia ella, su tono de voz cambiando de repente. La excentricidad bajó un poco, reemplazada por esa intensidad suave y letal que siempre derretía las defensas de Bakhar.
Dio un paso hacia ella, acortando el espacio. Bakhar bajó las manos de su rostro, encontrándose con su mirada. A pesar de las gafas oscuras, podía sentir cómo los ojos de Satoru la estudiaban, absorbiendo cada detalle de ella con adoración no disimulada.
Satoru deslizó ambos brazos alrededor de la cintura estrecha de Bakhar, entrelazando las manos en la base de su espalda. La atrajo hacia él con una fuerza firme pero gentil. Bakhar, cansada por el esfuerzo del día, no opuso resistencia y dejó que su cuerpo colapsara ligeramente contra el de él. Apoyó la frente contra el pecho de Satoru, escuchando el latido fuerte y constante de su corazón.
—Lo hiciste muy bien hoy, Baki —murmuró Satoru, su voz vibrando en su pecho. Usó el apodo cariñoso que reservaba solo para ella cuando estaban en momentos de intimidad—. Sé cuánto odiabas este bloque de entrenamiento.
Las manos de Satoru comenzaron a moverse, pero esta vez no con intenciones lujuriosas o juguetonas. Empezó a frotar lenta y profundamente los músculos de su espalda baja, sus glúteos y sus muslos. Usaba la presión perfecta, aplicando una especie de masaje de descarga deportiva instintivo.
Bakhar dejó escapar un suspiro largo y tembloroso, cerrando los ojos. Era como si Satoru supiera exactamente dónde se acumulaba la tensión y cómo disiparla.
—Dios... no pares, eso se siente increíble —susurró ella, abrazándolo por el torso, rodeando su espalda ancha.
Satoru sonrió, besando la coronilla de su cabeza, respirando el aroma de su champú mezclado con el sudor salado.
—Nunca pararía de mimarte si me dejaras —respondió él en voz baja—. Eres increíble, ¿lo sabes? Trabajas tan duro, eres tan disciplinada. A veces me das miedo de lo perfecta que eres.
Bakhar levantó la vista, apoyando la barbilla en su pecho para mirarlo. Su expresión se había suavizado por completo, sus ojos oscuros brillando con afecto. La guerrera de hierro del gimnasio se había transformado en una mujer profundamente enamorada en los brazos del hombre adecuado.
—Tú eres el que da miedo, apareciendo aquí y montando un espectáculo, manoseándome como si fueras el dueño del lugar —le reprochó suavemente, pero sin ninguna malicia real en su voz.
—Soy el dueño de ti, eso es mucho mejor —Satoru se inclinó y frotó la punta de su nariz contra la de ella en un gesto esquimal tierno y cursi—. Eres mía, mi pequeña alienígena musculosa.
Bakhar sonrió, alzándose un poco sobre las puntas de sus pies (sus gemelos protestaron ante el esfuerzo) para alcanzar sus labios. Le dio un beso suave, pausado, dulce y lleno de promesas silenciosas. Un beso que comunicaba lo mucho que apreciaba que él estuviera allí, cuidándola a su manera caótica, a pesar de que ella siempre intentaba proyectar una imagen de independencia total.
Satoru respondió al beso con lentitud, saboreando el momento. Cuando se separaron, él mantuvo sus frentes unidas.
—¿Nos vamos a casa? —preguntó Satoru acariciando el cabello de ella—. Te prepararé ese batido asqueroso de proteínas de vainilla que te gusta, y luego te daré un masaje real con aceite. Y si te portas bien, quizás deje que me aplastes la cabeza con esos muslos.
Bakhar rompió a reír de nuevo, empujándolo suavemente por los hombros para liberarse de su abrazo.
—Estás enfermo, Satoru.
—Enfermo de amor por ti —respondió él, dándole una última palmada rápida en lad nalgas antes de alejarse un paso—. Vamos, recoge tus cosas. Tengo el auto estacionado en la zona de carga y no quiero que me pongan una multa.
Bakhar asintió, caminando hacia el banco donde había dejado su bolsa deportiva de lona y su botella de agua galonera. Sentía las piernas como gelatina, pero el dolor era mucho más llevadero ahora, mitigado por las endorfinas y la abrumadora presencia de Satoru.
Se colgó la bolsa al hombro, pero antes de que pudiera dar un paso hacia la salida, Satoru se acercó, le quitó la pesada bolsa con un movimiento fluido y se la colgó él mismo.
—Yo llevo esto. Tú concéntrate en caminar sin caerte. Sería una lástima que te rasparas esas rodillas perfectas —dijo Satoru ofreciéndole su brazo libre como todo un caballero de época, a pesar de estar vestido con chándal.
Bakhar lo miró, sintiendo una oleada de calor en el pecho que no tenía nada que ver con el ejercicio. A pesar de todo su ego, de sus locuras, de su absoluta falta de vergüenza en público, Satoru Gojo la trataba como a una reina. Entendía su mundo, respetaba su esfuerzo y la amaba con una intensidad que a veces la asustaba.
Pasó su brazo por debajo del de él, entrelazando sus dedos con los suyos.
—Gracias, amor —murmuró ella sinceramente.
Satoru apretó su mano, su sonrisa arrogante transformándose en algo mucho más genuino, suave y privado.
—Siempre, Baki.
Comenzaron a caminar juntos hacia la salida, un contraste andante: él, alto, blanco como la nieve y relajado; ella, bronceada, compacta, dura, tatuada y letal. Mientras cruzaban los torniquetes de cristal, Satoru no pudo resistirse. Echó un último vistazo hacia abajo, admirando el movimiento hipnótico de las piernas y el culo de su novia mientras caminaba.
—Definitivamente... —susurró Satoru para sí mismo, pero lo suficientemente alto para que ella lo escuchara—... la octava maravilla del mundo.
Bakhar simplemente negó con la cabeza, sonriendo, y tiró de él hacia la puerta, lista para los mimos prometidos y la noche a solas con el hombre más exasperante y maravilloso del mundo.








