Prólogo
Genevieve
Veintitrés años y un día antes
Se ha roto el hechizo. Lo que tan encantador me había parecido antes, ahora es el telón de fondo para mis pesadillas. Los árboles que se mueven, tan encantadores al principio, ahora resultan terroríficos.
Soy Blancanieves, corriendo por el bosque, con zarzas que me desgarran la ropa y dejan sanguinolentas marcas rojas en mi piel.
Veo al enemigo en cada sombra, oculto en cada uno de los rincones.
Si el precio a pagar hubiera sido mi vida, tal vez habría asumido el riesgo. Puede que hubiera plantado cara y luchado. Pero esto vale muchísimo más y nada en este mundo, ni en el otro, me motiva a probar mi suerte.
No importa que esta decisión me convierta en una fugitiva por el resto de la vida. No importa que me aparte de la única persona a la que he amado de verdad.
Mis sentidos, sobreestimulados por el miedo y la adrenalina, entran en acción cuando escucho el crujido de una rama, no muy lejos de donde estoy. La boca se me seca por el pánico y mis pies se enredan entre las raíces de un árbol, haciéndome perder el equilibrio.
Consigo girar mi cuerpo en medio de la caída, no aterrizo de bruces sino de costado, con las manos alrededor del abultado vientre, protegiéndolo. La criatura en mi interior se remueve, como si percibiera el peligro que se cierne sobre nosotras. Mi mano se desliza por inercia sobre la curva de mi barriga y yo susurro un montón de palabras tranquilizadoras, aguzando el oído para ver si el ruido que me ha sobresaltado ha estado solo en mi cabeza.
Ahogo un grito cuando una mano se enrosca alrededor de mi brazo y otra se apoya en la base de mi espalda, ayudándome a levantarme.
—Tranquila —susurra la voz y mis ojos se llenan de lágrimas al reconocerla.
—¡Zander! ¡Has venido! —. Me cuelgo de su cuello, mi vientre formando una barrera entre los dos —. Estaba tan asustada…
—Te lo he prometido —replica él, lacónico—. He sufrido un retraso. ¿Te encuentras bien?
Siento deseos de decirle que no y luego echarme a llorar. En su lugar sorbo por la nariz y asiento.
—Vamos —dice tomándome de la mano y tirando de mí —. Ya vienen.
Sus palabras se meten bajo mi piel, colándose en el interior de mi columna para luego abrirse paso entre mis huesos como si fueran un cubo de hielo que se desliza de vértebra en vértebra.
—¿Sabe a dónde vamos?
—Sabe que no estás en tu habitación —dice sin mirarme.
Su ayuda resulta invaluable. Camino más rápido y tropiezo menos. No soy torpe, pero resulta difícil correr en la oscuridad del bosque cuando tu barriga no te deja ver tus pies.
Caminamos en lugar de correr, pero me siento exhausta demasiado pronto. La bebé se mueve en mi interior como si hubiese decidido que este es un buen momento para ponerse a bailar.
“Por favor”, pienso, “solo un poco más”.
Como si escuchara mis pensamientos, se queda quieta.
—Ya falta muy poco —susurra Zander—. Solo un par de kilómetros más.
—Vale —¿qué otra cosa puedo decirle?
—¿Te sientes bien?
—Algo cansada —admito.
—Lo has hecho bien. ¿Recuerdas lo que tienes que hacer al llegar?
Asiento.
—Buscar a Jezabel.
—Ella te ayudará —me promete—. Me gustaría poder ir contigo, pero él sospechará si regresa y yo no estoy ahí.
—Lo sé —mis dedos se aferran a los suyos—. ¿Sabes lo agradecida que estoy contigo? Pase lo que pase, siempre serás mi mejor amigo.
Él voltea el rostro, alarmado por mi tono.
—No puedes pensar de esa manera. Esto solo puede terminar de una forma: con ustedes a salvo. Del otro lado.
Una sonrisa cansada curva mis labios.
—Lo único que me importa es que ella pueda estar a salvo.
—Para poder estar a salvo, necesita a su madre. Necesita que cuides de ella. No le espera una vida sencilla.
El cielo empieza a cambiar de color, el negro volviéndose un poco más azul a cada segundo, distingo el círculo completo de una de las lunas y la curvatura a medias de una segunda. La tercera no está aquí esta noche.
—No soy capaz de imaginar un mundo en el que no exista —admito pasando una mano sobre mi vientre—. Más allá de lo que dicen sobre ella o de lo que será capaz de hacer, se abriría camino hacia la vida de cualquier manera. Habría estado destinada a cosas sorprendentes, no importa cuándo o cómo naciera.
Mi vehemencia parece descolocarlo un poco.
—Gen…
—No me hagas caso —le digo riéndome un poco, aunque la verdad es que casi no me queda alegría en el cuerpo—. Culpemos a las hormonas del embarazo.
Él guarda silencio por un momento.
—Será encantadora. Ya quiero conocerla.
—También yo. Pero faltan un par de semanas aún.
En la claridad del amanecer, lo veo sonreír un poco.
—Será perfecta —me promete—. Me voy a asegurar de que esté bien. Estarán a salvo.
Sus palabras desatan algo. Las escuchamos: no una o dos personas. Tal vez medio escuadrón. Pisadas amortiguadas de quienes han aprendido a cuidar sus pasos, pero que quiebran ramitas en un bosque que no es precisamente amable.
—Zander… —su nombre escapa de mis labios como una plegaria, al tiempo que un estallido de dolor surge en mi cuerpo, haciendo que me doble por la mitad y que mis pantalones se empapen cuando mi fuente se rompe.
—¡No! —dice él sujetándome por la cintura cuando mis rodillas se rinden, incapaces de seguir sosteniéndome—. No —repite con determinación y me carga como si pesara seis kilos en lugar de sesenta.
Lanza una mirada determinada por encima de su hombro antes de empezar a correr a través del bosque.
Los escuchamos acercarse, y yo me aferro a su camisa con ambas manos mientras pequeños estallidos de dolor me recorren el cuerpo, haciendo que apriete los dientes. La cabeza me pesa y siento algo, cálido y viscoso, derramarse por mis piernas.
“Solo un poco más, bebé. Aún es demasiado pronto”.
—¡Gen! —. El grito me saca de mi letargo y me hace levantar la cabeza.
—¿Es…?
—¡Genevieve!
—¿Qué está haciendo aquí? —digo en un gimoteo lastimoso. No se suponía que Orión estuviera aquí.
—Cálmate —me ordena Zander.
—Pero…
—Recuérdalo. Recuerda por qué haces esto.
Mis ojos se llenan de lágrimas, pero asiento y aprieto los dientes.
—Por favor, no hagas esto, Gen. No me dejes. —Su voz suena tan rota, tan dolida—. Lo haré mejor —me promete—. Dime lo que he hecho mal y te prometo que lo arreglaré. No te marches. No te la lleves.
Mis ojos se encuentran con los de Zander, que niega con la cabeza.
La bebé empieza a removerse, inquieta, cuando escucha la voz de su padre. No huimos de él. Pero si nos quedamos, también Orión correrá peligro.
“Lo siento, pequeña. Lamento que no puedas conocerlo”.
—¡Genevieve!
—Gen —dice Zander y yo niego con la cabeza, cerrando los ojos. En sus brazos, iluminada por el brillo escarlata del portal, me niego a llorar —. ¿Crees que puedas caminar? Solo tienes que atravesarlo. Lo destruiré en cuanto cruces.
Esta es la parte que no me gusta del plan. Con el portal destrozado de este lado, Zander debe viajar al menos tres días para encontrar el siguiente, lo que significa que estaré sola por lo menos ese tiempo. Eso si logra escabullirse de inmediato, que tampoco parece demasiado probable.
—¿Gen? ¿Puedes hacerlo?
Asiento, porque es lo que él espera. Me deja en el suelo y yo empiezo a caminar los escasos metros que me separan del perímetro del portal.
El vórtex emite una luz pulsante que pasa del rojo al morado, empezando a activarse. Funciona para mí solo porque la tengo a ella, a mi hija, en mi interior.
—¡Gen! No lo hagas, por favor…
Estoy a punto de suplicarle que me entienda cuando Zander me empuja. Caigo de rodillas en el suelo, a tiempo para ver la flecha clavada en el tronco, que no me ha dado por muy poco. No, no a mí. Le apuntaban a ella.
—¡No! ¡No le hagan daño! —. Percibo, más que veo, que Orión ha detenido su avance para frenar los ataques.
—Ahora —. Apenas si consigo escuchar a Zander.
Un gemido brota de mi garganta cuando un nuevo ramalazo de dolor recorre mi cuerpo, pero me levanto de todas formas. Siento una energía ajena recorriendo mi cuerpo y paso la mano, agradecida, sobre mi vientre.
“Nada de hospitales. Busca a Jezabel”.
Zander empieza a decirme algo más, pero mi pie hace contacto con el portal y un estallido de poder me recorre el cuerpo. La luz cambia de color, volviéndose de un blanco tan brillante que hace que las lágrimas broten de mis ojos. O quizá, simplemente, me estoy permitiendo llorar por fin. Porque conseguimos escapar.
No de Orión. Sino de él. Ni siquiera me permito pensar en su nombre.
No podrá hacerle daño. Ni ahora ni nunca.
El vórtex me atrapa en su luz. Veo a Zander escabullirse entre los árboles, una sombra que se desvanece en la nada mientras mi cabello se levanta en el aire, como si hubiera metido la mano en un enchufe.
Mantengo los ojos abiertos. Intento memorizarlo todo.
Me doblo como si fuera una hoja de papel. Cuando abro los ojos estoy tendida sobre el cemento, con una docena de personas a mi alrededor y el sonido del tráfico retumbando en mis oídos.