PRÓLOGO
Ser de la familia Yeager a Eren nunca le gustó en lo más mínimo. Los Yeager eran una familia cuyas creencias polígamas a Eren le resultaban insoportables. Si querían seguir con vida, debían tener mínimo dos esposas. Y su padre se lo inculcó a él y a Zeke siendo unos críos.
Zeke había cumplido las expectativas familiares a rajatabla. Estaba casado con Pieck y Yelena Finger, dos primas de la ciudad colindante, y estaban embarazadas. Eren, sin embargo, no había buscado ninguna mujer para que fueran las madres de sus hijos. Su madre, Carla, y su madrastra, Dina, le decían que escogiera a Mikasa y a Historia. Según las matriarcas Yeager, ambas eran de buenas familias que aceptarían sin dudar su propuesta. Pero para Eren las dos chicas de su edad eran solo sus mejores amigas, nada más. Nunca tendría nada con ellas por mucho dinero que las familias Ackerman y Reiss les dieran a cambio.
—He dicho que te casarás con ellas en un mes y no hay discusiones.
—¡Y yo te digo que ni de coña! —replicó Eren, golpeando la mesa de madera con un estruendo seco que resonó en el amplio comedor.
Grisha Yeager, sentado en su silla al otro extremo de la mesa, suspiró. Un gesto de cansancio que ya conocía bien. Los ojos de Eren, sin embargo, brillaban con una rabia contenida que amenazaba con explotar. Grisha entrelazó los dedos sobre la mesa, su mirada fija en Eren como si intentara perforarlo con la razón.
—Eren, tienes veinticuatro años y sigues sin sentar cabeza. Es hora de que dejes de ir de fiesta en fiesta y formar una familia.
—¿Una familia como la tuya? —escupió Eren, con sarcasmo—. ¿Dos esposas, hijos por compromiso, y una casa llena de silencios incómodos? No, gracias.
Grisha frunció el ceño, pero su tono se mantuvo firme.
—No entiendes lo que está en juego. No es solo por tradición. Es por supervivencia. Los Yeager han mantenido su linaje fuerte gracias a estas normas. Si tú no cumples, el resto de las familias empezarán a cuestionarnos.
—¿Y qué? —Eren se levantó de golpe, empujando la silla hacia atrás—. Que cuestionen. Que se rebelen. Tal vez así se acabe esta farsa.
—¡No es una farsa! —Grisha alzó la voz por primera vez, golpeando la mesa con el puño—. Es lo que nos ha mantenido vivos. Lo que ha protegido a tu madre, a tu hermano, a ti.
—¿Protegido? —Eren se rió sin humor—. ¿Llamas protección a obligar a Zeke a casarse con dos mujeres que apenas conoce? ¿A convertir el amor en una transacción?
Grisha se quedó en silencio. Eren aprovechó para seguir.
—Yo no soy Zeke. No voy a seguir tus reglas. No voy a casarme con Mikasa ni con Historia solo porque tú lo digas. Ellas merecen algo mejor. Y yo también.
—¿Y qué vas a hacer entonces? ¿Vivir solo? ¿Morir sin herederos? ¿Dejar que el apellido Yeager se extinga contigo?
—Si eso significa ser libre, entonces sí —dijo Eren, con los ojos encendidos—. Prefiero morir libre que vivir como un esclavo de tus normas.
Grisha se levantó lentamente, su rostro endurecido por la decepción.
—Eres igual que tu madre cuando se enamoró de mí. Rebelde. Ingobernable. Pero incluso ella entendió que hay cosas más grandes que uno mismo.
—Pues entonces tal vez no soy como ella —susurró Eren, antes de girarse y dirigirse a la puerta del comedor, dejando a su padre con sus pensamientos de troglodita.
Estaba por abrir la puerta cuando sintió como una mano firme lo detenía. La mano callosa de Grisha Yeager, el reconocido médico de cirugía plástica, le pareció una cosa inmunda cuando tocó su chaqueta de cuero. Con un movimiento brusco se liberó de su agarre.
—Ni siquiera me toques —siseó Eren. La rabia en sus ojos era un fuego helado. Se dio la vuelta, con el puño cerrado. Grisha se echó hacia atrás, como si acabara de quemarse la mano. La expresión de su padre se endureció; sus ojos de acero reflejaban una fría decepción.
—No sé en qué momento te convertiste en esto, Eren. Pero si crees que tus rebeldías van a cambiar algo, te equivocas. Eres un Yeager, y los Yeager siempre consiguen lo que quieren.
Eren se rio, una risa amarga que no llegaba a sus ojos.
—Claro que sí, padre. Siempre consigues lo que quieres. Pero esta vez, no será así. Y si para ser un Yeager tengo que casarme contra mi voluntad, entonces no quiero ser un Yeager.
Eren se giró y abrió la puerta. Antes de salir al pasillo, se detuvo un momento.
—Y por cierto, espero que con esto entiendas mis razones: soy gay —dijo, y sin esperar una respuesta, se marchó.
Salió de la casa, sintiendo el aire frío de la noche en el rostro. Su corazón latía con rabia y adrenalina. Había cruzado la línea y ahora no había vuelta atrás. No sabía qué haría ni a dónde iría, pero lo único que tenía claro era que no volvería a esa casa. Al menos, no hasta que supiera cómo enfrentarse a su padre.