SECRETOS EN EL CONGRESO (OMEGAVERSE) (ALANXPOPI)

Summary

Fernando Olivera (Popi) es un omega que odia a Alan García, son rivales desde los 80, 30 años de odio puro emanado de ellos que toda la gente puede notar a su alrededor. Pero, hay algo que Alan García como alfa, hace que Popi pueda sentir con cierta repulsión, un sentimiento de querer ser reclamado.

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Ongoing
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1
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n/a
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18+

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 1. EL RUIDO DE TU MOTOR

Fernando Olivera -Presente

Las redes ardían.

Era normal después de un debate, el debate que acababa de dar. Notificación tras notificación, era claramente una señal de que estaba dando de qué hablar.

Fernando lo sabía sin la necesidad de ver su celular. Ya conocía esa sensación, lo sentía en el aire, en el zumbido de las notificaciones que no se atrevía a abrir.

Sin embargo, siempre por estás fechas... Hablaban de él, habían vuelto a hablar de él. De Alan, de aquel que fue presidente por dos veces, del hombre que se fue de una manera trágica y años después, aún daba mucho de qué hablar. Pero, no solo eso, porque si él volvía, los rumores volvían con él. De las teorías del primer amor que nunca debió ser y que él había jurado odiar hasta los últimos días.

- No fue mi primer amor - se murmuró así mismo, mientras el viento de la noche movía las cortinas de la oficina donde se encontraba.

Mentira.

Dentro suyo, ese instinto que creía controlar de forma férrea le pasó una mala jugada. Se removía en su pecho, en su memoria, en todo su ser. Un olor que nunca pudo olvidar: cedro y tormenta.

Años después, cuando sentía el aire cargado antes de una lluvia, su nuca se erizaba, su cuerpo temblaba... todo de él lo recordaba. Porque Alan García, quien alguna vez fue el alfa más poderoso del país, olía exactamente así.

El teléfono vibró otra vez. Fernando no lo miro. Solo cerró los ojos y dejó que sus recuerdos lo arrastrarán al único lugar donde nunca había dejado de estar: la guerra política... y la tentación.

Hace 30 años - Lima, década de los ochenta

La primera vez que lo vio, Fernando era un abogado joven con una melena descontrolada que había decidido controlar en aquel momento con una pequeña coleta, una lengua afilada y la firme convicción de que los alfas eran un problema en el país, en especial aquellos privilegiados y con poder. Para él, que ya estaba metido en el ámbito político del Perú, Alan García era un claro ejemplo de la personificación de los problemas.

Una moto paró frente suyo, era una pista, así que no creyó que era importante, él también esperaba transporte. Sin embargo, la moto se quedó quieta frente a él, los autos pasaban a su costado, no pensaba moverse.

No era una moto cualquiera, era grande... de esas caras que “solo conocedores” solían utilizar, esas que rugían como un animal al arrancar.

El conductor lo miraba a través del casco, se bajó con lentitud sabiendo que la mayoría lo miraba, se quitó el casco y sus ojos se clavaron en Fernando con la precisión de un depredador mirando a su presa.

- Olivera -dijo con la voz grave, un poco ronca, como si el rugido de la moto se hubiera quedado en su garganta.

Fernando sintió un escalofrío y una punzada en la nuca. Su instinto, su Omega, ese que él mantenía cerrado bajo llave, levantó la cabeza como si se tratara de un animal que reconocía a su dueño.

“No”, pensó con furia, “A este no. A este jamás. A este y a ningún otro”.

Sin embargo, debía mantenerse firme, no demostrar ningún tipo de emoción frente a ese salvaje.

- Señor García - respondió, con un tono más cortante del que pretendía - ¿Acaso se ha perdido? El set de fotografía para la campaña no está por esta zona.

Alan sonrió, con esa sonrisa que muestra a alguien seguro. Tenía esa sonrisa de alguien que sabe el efecto que causa.

Se acercó un paso, solo uno.

Pero Fernando se mantuvo firme, no retrocedió.

- He venido a recogerlo. La conferencia de prensa es en una hora.

El Omega lo miro extrañado.

- Ya tengo movilidad.

- El auto está en el taller. ¿No sé lo avisaron? - bufo.

Fernando apretó la mandíbula. Por supuesto que no se lo habían avisado. Era una jugada. Era su jugada, una de esas que Alan hacía para descolocar, para ganar terreno antes de una partida.

Sin embargo, no le respondió en ese momento, miraba con cierta urgencia el reloj de su muñeca, el tiempo pasaba. Alan no se movía, solo lo miraba, lo miraba sabiendo que tarde o temprano tendría que acceder, pero por el momento no lo hacía.

Las calles de Lima tenían gran tráfico, las pistas se llenaban cuanto más cerca se venía el medio día, cuando pasaron más minutos y Fernndo no veía su movilidad, sintió un mal sabor de boca. Si seguía esperando, definitivamente llegaría tarde.

- ¿Y bien? - preguntó el alfa.

- Prefiero caminar...

- Son doce cuadras, con este sol y esos zapatos.

El omega miró sus propios zapatos, zapatos de vestir, de esos incómodos pero elegantes, de esos que le gustaban porque le hacían sentir impecable. Ahora, lo hacían sentirse atrapado.

- ¿Y qué le importa a usted mis zapatos? - preguntó indignado, aunque el alfa tuviera razón.

Alan se inclinó. Era alto, mucho más alto que Fernando, el omega tenía su rostro sin mostrar emoción. Pero, ese gesto, ese gesto con esa cercanía intrusiva, hicieron que el olor a cedro y tormenta se colara hacia sus fosas nasales, ese aroma lo envolvió con la fuerza de una ola.

- Me importa más de lo que debería.

El omega de Fernando se estremeció. Él lo sintió, en sus entrañas, en el punzón que tuvo en la nuca, en el latido acelerado del corazón...Y lo odio, aún más. Odio a Alan por hacerle sentir eso. Pero también se odio a sí mismo, a su cuerpo, por haber reaccionado así.

- No se preocupe - dijo, dando un paso hacia atrás - Mis pies no son su problema.

Alan lo miró largamente, incomodando a Fernando. Con esos ojos, oscuros y profundos, intensos, que hacían sentir vulnerable por qué sabía que Alan lo leía completamente aunque tratara que no.

- Súbase - dijo, señalando la moto con un gesto con la cabeza.

Fernando dudo. Ciertamente aunque Alan hubiera sido el causante de haberle arruinado el transporte, también era un contrincante digno, al menos tuvo la decencia de haber parado durante su tramo rumbo a una conferencia, conferencia dónde debería estar también y donde no podía permitirse llegar tarde. Después de todo, él era un opositor. Ahora cuando la prensa y principalmente los periódicos, estaban comprados, el tener un tiempo donde la prensa se ve obligada a entrevistar y mostrar a todos, debía de aprovechar la oportunidad.

Alan pareció notar su duda, la desconfianza que sentía Olivera hacia su persona, ciertamente justificada. Pero siendo como era, le pareció divertido.

- Le prometo que no muerdo.

Fernando lo miró directamente, serio. Sin querer, acababa de caer en la trampa de García.

- Eso sería más creíble si no fuera alfa... - soltó instintivamente una respuesta en susurro.

A pesar de que creyó haberlo dicho bajo, Alan lo escuchó.

La risa de Alan fue baja, ronca y resonó en el pecho de Fernando como un trueno lejano, haciéndolo sentir avergonzado por siquiera haberle respondido.

La risa cesó de apoco, Alan daba unas pequeñas negaciones, antes de mirarlo nuevamente.

- Justamente por eso no muerdo. Porque usted es un omega y yo soy un alfa.

Fernando parpadeo confundido, antes de ver cómo Alan esperaba aquella reacción suya.

- ¿Acaso no sabe qué es lo que pasaría si yo lo mordiera?

El desafío se colgó en el aire.

“Está bestia”, pensó Fernando, tenía el descaro de burlarse de él, lo miraba, en la media sonrisa, en la mirada juguetona, esa mirada que hacía cada vez que creía tener una victoria.

Pero no escapó ante aquel comentario que tomo como insulto y acepto el supuesto desafío.

- ¿Acaso usted cree que yo le dejaría siquiera tocarme?

Alan soltó aire, sabiendo que el omega jamás se quedaría callado.

- Yo no lo creo... Yo sé que jamás lo permitiría, Olivera - respondió, nuevamente señalando su moto - Es por eso que le digo, que no hay impedimento alguno para que me permita ser su transporte está tarde.

Fernando sintió el calor en la nuca, el pulso acelerado, la rabia y la atracción como una mezcla tan tóxica como adictiva. Miró a Alan que ya tenía ese rostro de victoria.

- ¿Tiene otro casco? - preguntó con la poca dignidad que en ese momento le quedaba.

Alan asintió, para después alzar una mano y cederle el paso a su lado. Fernando llegó y abrió con confianza el compartimiento trasero que solían tener algunas motos y lo vio, se puso el casco y espero.

Después de que Alan subiera primero a la moto, él también lo hizo en la parte de atrás. Subió a la moto no porque quisiera. Lo hizo porque perder, era peor que ceder.

Cuando Alan arrancó y el viento le golpeó la cara. Fernando cerró los ojos con fuerza, no estaba acostumbrado a aquello.

Sintió desequilibrio, aunque sus manos estuvieran sujetas en la parte trasera de la moto. Ante la rapidez de esta, en una parada, Fernando casi pierde el equilibrio. Está vez, se sujeto en la espalda de Alan, su cabeza se recostó en esta y Fernando, trató de separarse, pero no lo logró.

- Está bien que se sujete de donde pueda, señor Olivera.

Fernando cerró los ojos y se dijo a sí mismo que aquello no significaba nada, que simplemente él aprovechaba aquel aventón que García le daba y que en ese momento no tenía relevancia, el hecho de que sus manos estuvieran sujetas a la cintura de Alan y su cabeza estuviera apoyada en su su espalda. Sus manos solo se agarraban de un lugar seguro para no caerse y su cabeza solo estaba apoyada en la espalda para evitar el viento, nada más.

Sin embargo, entre sus negativas, dentro suyo, aquel instinto, su omega, sonrió.

Aquella vez, fue la primera cercanía que tuvieron fuera de la guerra política que en ese momento Olivera tenía contra García y su gobierno.

Pero no fue la última.

No fueron muchas, pero siempre fueron un campo de batalla.

Alan aparecía dónde menos lo esperaba, en los pasillos solitarios del Congreso, en las recepciones, en los estudios de televisión.

Él parecía impecable, siempre con esa altura imponente, siempre con esa sonrisa que sabía le decía a Fernando “te huelo, te veo, se que tú omega ya me reconoció“. Siempre era a las salidas, porque al parecer aunque Alan fuera el alfa más importante del país, también tenía una doble vida que incluía esa moto imponente y siempre llevar un casco para que no le reconocieran en la calle, García siempre estaba ahí, como un escape, había aceptado ser su movilidad gratuita. Pero Fernando, Fernando no cedía, no quería volver a ceder.

Aunque su instinto rogara siempre aceptar ir con él alfa, el omega lo solía ignorar constantemente e irse solo o junto a sus otros compañeros de la oposición. Pero Alan aparecía siempre, con esa señal de “algún día me necesitarás y yo estaré aquí“.

Fernando, siendo el desconfiado que era, dudaba y creía que todo era un plan de aquel político al que tenía en aprietos. ¿Acaso no sería gracioso el encabezado de un periódico con su cara? Con un título donde él era la oposición de García pero aún así se mantenía a su lado.

Fernando lo odiaba con una pasión que a veces le dolía físicamente.

Odiaba cuando Alan se sentaba cerca de él en las sesiones parlamentarias y su olor a cedro le nublaba el juicio. Lo odiaba cuando en las ruedas de prensa, Alan lo miraba directamente a la cámara como si le hablara solo a él. Lo odiaba sobre todo, porque nunca hacía nada más que observarlo y esperar. Solo estaba ahí, mirándolo y enviándole ese olor a tormenta y cedro que ya lo tenía harto pero que no podía evitar olfatear.

- ¿Por qué no hace algo? - le espetó una noche.

Era después de un debate feroz que tuvieron en el congreso, dónde Fernando siendo como era, se enfrentó a todos con rudeza. Dónde incluso, llegaron a sacar a la fuerza a Fernando. Dónde Fernando había humillado con datos y argumentos a su bancada y Alan en ese momento lo había mirado con severidad.

Se encontraron solos en un pasillo vacío. El eco de los gritos aún resonaba en las paredes.

Alan lo miró y sus ojos ardían.

-¿Hacer algo? ¿Cómo qué?

- Algo... lo que sea, dejar de mirarme así, alejarse. O solo acercarse ahora y confrontarme, pero haga algo señor García, haga algo y deje de jugar.

Alan dió un paso, Fernando no retrocedió.

- Si me acerco - dijo Alan, con la voz baja, pero peligrosa - No voy a parar, ¿estás listo para eso?

Fernando apretó los puños.

- No me hable de “tú” señor García, no tenemos ese nivel de confianza.

Alan dio otro paso, mirándolo fijamente, Fernando no retrocedió, se mantuvo firme, aunque su espalda estuviera a centímetros de la pared.

-¿Prefieres que te hablé como un omega? Porque lo eres. Y lo sabes... y yo lo sé desde que te subiste aquella vez a mi moto.

Fernando sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su omega rugía dentro de él, exigiendo, reclamando. Pero la razón, la terquedad, el miedo a perderse en un alfa que era demasiado poderoso, demasiado problemático, demasiado egocéntrico como adictivo, lo detuvieron.

-No - susurro.

Alan asintió. No se acercó más, no lo toco, aunque una de sus manos estuvieran por sujetar su mentón.

- Entonces, Olivera, seguiré esperando.

Se alejó.

Y se fue.

Fernando se quedó quieto unos segundos, antes de apoyarse en la pared, temblando, con el sabor a cedro en la lengua y la certeza de que estaba perdiendo una guerra que nunca quiso librar.

Aunque su respuesta hubiera sido un No que no sonaba sincero, García seguía ahí, pero cada vez más lejano.

Fernando fingió agradecer aquello, fingió agradecer el hecho de que García había dejado de tomarle interés, que en el congreso se atacarán severamente, que no lo tomarán con seriedad, aunque lanzará argumentos fuertes, si García no lo tomaba en serio, no había porque, los de su Parlamento, los del Congreso, no lo tomarán con seriedad.

Fue duro, pero tuvo que acostumbrarse a batallar con todo lo que tenía nuevamente.

Sin embargo, la prensa amarillista lucraba del drama, la televisión mermelera, ya empezaban a dar de qué hablar para los ciudadanos.

Siendo la sátira política, un tema del que hablar en un país como el Perú que no tenía seriedad hasta que estuvieran en crisis. Quisieron más que divertirse, porque Fernando debía aceptar que la política ya era un chiste.

Así que hubo un debate, un debate que decían sería amistoso pero que obviamente no sería así. García aceptó y la oposición, donde pertenecía Fernando también.

Sería en televisión nacional.

Siendo Fernando alguien que ya era conocido como el rival de Alan García, al final decidieron que él sería quien iría contra él, contra ese alfa.

Fernando se preparó por semanas o quizá, ya se había preparado desde mucho antes. Con la esperanza que la ciudadanía al ver el debate dejará de ser tan ingenua y no solo lo tomarán como entretenimiento. Que la gente abriera los ojos y dejarán de idolatrar a ese idiota.

Sabía que Alan esperaba un ataque político, un enfrentamiento de cifras y propuestas. Pero Fernando le dio algo peor: la verdad.

Lo desmoronó, pieza por pieza, con esa lírica que lo caracterizaba, con esa lengua afilada que lo hacía temible. Y cuando Alan intentó responder, Fernando lo interrumpió con una sonrisa que era puro veneno.

- Señor García, usted puede engañar a medio país con su retórica, puede engañar al pueblo peruano con un discurso preparado fingiendo ser alguien del pueblo, un alfa de bien, pero a mí no. A mi no me compra con palabras bonitas, ni con promesas vacías, no me comprará jamás con nada. Yo no me trago su teatro.

Fue un golpe bajo. Lo sabía, eso quería.

Alan lo miro desde el otro lado del set. Y en sus ojos Fernando no vió ira... Vio algo peor.

Vió deseo.

Después del debate, cuando las cámaras se apagaron y los trabajadores empezaron a recoger los equipos, los cables.

Él se metió a un camerino, decidió quedarse solo aunque sus compañeros le dijeron que ya se marcharán, debía de mantenerse calmado ante los demás, pero él no estaba calmado.

Esa mirada volvía a sus pensamientos y lo tenía intranquilo.

La puerta se abrió, Alan lo encontró solo y tras de sí, cerró la puerta con llave.

- Eso ha sido cruel - dijo con la voz tranquila, demasiado tranquila.

Fernando se puso de lado para mirarlo.

- La política es cruel, señor García.

- No me refiero a la política.

Alan se acercó. Fernando cómo era de costumbre, no retrocedió, aunque las feromonas cargadas del alfa hicieron que sus piernas temblaran.

- Me humillaste en directo - dijo Alan, con una sonrisa que no era de enfado, era de arrogancia o quizás, de algo más oscuro - Y lo hiciste con esa forma tan desafiante... que me vuelve loco. Con ese brillo en los ojos que tienes cuando sabes que me tienes donde quieres.

Las declaraciones fueron fuertes. Fue directo esta vez, ya no con señales, ya no con espera, deseaba que Fernando le diera una respuesta al claro interés que hace tiempo el alfa le había estado mostrando. Y esa respuesta la quería ya.

- Yo no lo tengo donde quiero...

- ¿A no?

- Sí, Señor García, si yo lo tuviera donde quisiera, estaría tras las rejas.

Trato de mostrarse severo, solo consiguió una sonrisa burlona. Alan lo sabía, sabía que no tenía nada más que decir, sabía que está vez, la respuesta sería definitiva.

El alfa levantó una mano. Lentamente, como si estuviera desarmando una bomba, rozó la nuca de Fernando con las yemas de sus dedos.

Fernando sintió sus piernas fallar.

- Si te marcó aquí - susurro Alan, con la voz ronca - No hay vuelta atrás. Tu olor será mío. Tu instinto será mío... Tú serás mío.

Fernando tembló, sabiendo que Alan lo sentía, tembló y se resistió a derretirse en la mano del alfa.

- No te dejaré...

- Lo sé, por eso no lo hago. Por eso espero...

La mano de Alan descendió hasta su cuello, descendió hasta su hombro, hasta su mano y entrelazó los dedos. Por el momento, Fernando le permitió tocarlo, le permitió seguir ahí, asfixiándolo. No era un rechazo, todavía no.

- Pero una cosa que quiero que sepas. Cada vez que me humillas, cada vez que me desafías, cada vez que me miras con ese supuesto odio que tú y yo sabemos lo que en realidad es... Mi alfa te desea mucho más.

Fernando apretó los dedos. Su corazón latía tan fuerte que sabía que Alan lo sentía a través de sus palmas, gracias a ese tacto intrusivo que no sabía porqué había aceptado.

- Yo no lo quiero...

- Lo sé.

- Lo odio.

- También lo sé.

- Entonces... ¿Qué busca?

Alan sonrió. Esa sonrisa de alfa que sabe que ya ganó, aquel no lo quiero, no fue sincero, Fernando lo sabía, Alan lo sabía. Alan había ganado, aunque Fernando se dijera así mismo que no era así.

Porque si realmente no lo quisiera, Fernando no hubiera permitido tocarlo, hasta ese momento, no lo estaría oliendo, no estaría temblando, su corazón no latiera tan fuerte.

-¿Qué buscó? Buscó que dejes de huir... El resto vendrá solo .

Y lo soltó, yéndose intranquilo. Pues no sabía si él finalmente cedería o en cambio, lo rechazaría con más ferocidad.

Fernando se quedó en el camerino vacío, con el olor a cedro impregnado en la piel y supo que había perdido la guerra mucho antes de empezarla.

Fernando Olivera - Presente

El teléfono volvió a vibrar.

Fernando abrió los ojos y se encontró en su sala, con las cortinas moviéndose, con la tarde cayendo. Había estado soñando despierto. O recordando. En algún punto las dos cosas se mezclaron.

Miro el teléfono, donde su asistente le había enviado emocionado que estaban teniendo una pequeña propaganda gratuita, gracias a las burlas, a los famosos edits, como le decía la juventud.

Había uno recurrente, uno que aparte de los cortes del debate que dio. Era diferente, pero había tenido cierto alcance en los jóvenes, por la sátira, por los rumores antiguos que siempre volvían a resurgir.

“Dicen que el primer amor nunca se olvida. Me preguntó si Popy extraña a Alan”.

Dejó el teléfono.

No, Alan no había sido su primer amor... Había sido su obsesión . Su campo de batalla. Su tentación más grande. El alfa que supo verlo, que espero y respeto sus decisiones, aquel que aunque en la mirada se notara deseo de posesión nunca lo forzó. El alfa que se fue antes de que Fernando se decidiera.

Y ahora cada vez que escuchaba una moto en la calle, cuando sentía el olor a cedro, el de la tormenta, cuando alguien volvía a mencionar su nombre en las noticias, su omega, ese terco y leal se preguntaba: “¿y si alguna vez hubiera dicho que si?“.

Fernando se levantó. Fue hacia la ventana. Abajo, en la calle, un chico con una moto negra aceleraba en el semáforo.

Pero no era él... Nunca más podría pensar que volvería a ser él.

Pero el corazón de Fernando, ese que él creía blindado por años, el orgullo y la razón tuvieron una disputa interna, dió un brinco. Solo uno.

Y en aquella reacción, lo extrañó.

Con la misma furia con la que lo había odiado. Con la misma intensidad con la que lo había deseado, Con esa misma certeza, de que si pudiera volver atrás, no cambiaría nada.

Porque perder a Alan fue la forma más honesta que tuvo de quererlo, porque la distancia fue la forma más piadosa de no hacerse daño. Porque ante sus decisiones, todo al final había salido tal y como quiso García ...

- Te odio - susurro al vacío.

Y el viento trajo, por un segundo, un eco de cedro.

O quizá solo fue su memoria.

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Escrito por: Owort_14

Editado por : ElleAlondra

Agradecimiento a ElleAlondra por su apoyo y motivación para la culminación y publicación del fanfic uwu.