Simbiosis

CAPÍTULO 1: EL PROTOCOLO DE LA SIMBIOSIS
En el año 5029 la Tierra es un territorio baldío. Tras el agotamiento de los recursos naturales, la humanidad realizó la "Ascensión", trasladándose a ciudades flotantes bajo la tutela de los ángeles. En la superficie quedaron las dos razas que los humanos nunca pudieron erradicar. Los vampiros, liderados por Acula, establecieron su dominio en ciudades de cristal, alimentándose de un néctar sintético derivado de la radiación lunar. Los demonios, bajo el mando de Asmodeo, ocuparon las zonas industriales y los núcleos volcánicos, nutriéndose del calor geotérmico y el caos. Habían pasado tres milenios desde que la humanidad ascendió a los cielos, dejando la Tierra como un tablero de ajedrez para dos especies depredadoras que jamás conocieron la saciedad.
En el horizonte de los glaciares y los bosques nevados, donde el aire corta como el cristal, reinaba Acula. Se decía que su origen no fue biológico, sino místico: la fusión exacta entre los rayos de un eclipse de luna y el susurro de una ventisca helada. Con 1.95 de altura y una piel de mármol que emitía destellos tornasol bajo la penumbra, su belleza era una trampa mortal; un rostro tan perfecto que los antiguos humanos perdían la razón con solo mirarlo.
Frente a él, emergiendo de las grietas volcánicas y el hierro fundido, se alzaba Asmodeo. Poseía la fuerza varonil de un guerrero antiguo y la belleza devastadora de la estrella de la mañana. Con 2 metros de altura, hombros que sostenían el peso de imperios y una piel bronceada grabada con runas ígneas, Asmodeo era el epítome de la masculinidad. Sus ojos dorados, capaces de contener el sol, contrastaban con su naturaleza sádica. Eran las dos criaturas más hermosas que el Creador había moldeado, pero su perfección estaba manchada por una sed de sangre que amenazaba con convertir el planeta en un desierto de huesos.
En el Valle de las Cenizas, el choque final fue inevitable.
La guadaña de obsidiana de Asmodeo silbó en el aire, levantando una estela de chispas al impactar contra la espada de cristal de Acula. El sonido del metal chocando contra la gema resonó como un trueno en el vacío.
—Tu mundo de hielo se va a derretir bajo mis pies, porcelana —rugió Asmodeo, su voz era una vibración volcánica que hacía temblar el suelo. Empujó con una fuerza bruta, obligando a Acula a retroceder un paso—. Voy a adornar mi sala de trofeos con tus cuernos de cristal.
Acula desvió el ataque con una elegancia insultante, su rostro permanecía impasible, como una estatua que desprecia el paso del tiempo.
—Tu arrogancia es tan ruda como tu aliento, animal —siseó Acula, y su velocidad fue tal que solo dejó un rastro de luz violeta antes de lanzar una estocada—. Eres solo carne y furia; yo soy el orden que tu caos nunca podrá comprender.
Se lanzaron el uno contra el otro en un último movimiento suicida. No hubo defensa, solo ataque. La punta de la espada de Acula perforó el torso bronceado de Asmodeo al mismo tiempo que la hoja curva de la guadaña se hundía en el pecho de mármol del vampiro.
Se quedaron congelados, unidos por el acero. La sangre roja y espesa del demonio comenzó a manar, mezclándose en el suelo con la esencia plateada y gélida que brotaba del corazón de Acula. En ese instante, cuando sus fluidos vitales se tocaron, la realidad se fracturó.
El cielo se desgarró en ocho alas de un blanco cegador. Gabriel descendió con una vanidad que apagó el brillo de la batalla. Su cabello rubio resplandecía como el oro puro y su armadura de seda y platino no tenía ni una mancha de polvo. Se detuvo a pocos centímetros de los reyes heridos, observando con una sonrisa cruel la mezcla de sangres a sus pies.
—Vaya... qué cuadro tan... íntimo —dijo Gabriel, su voz era una melodía cargada de veneno. Se acercó a Acula, ignorando por completo el dolor de Asmodeo, y pasó un dedo por la mejilla tornasol del vampiro—. Siglos buscándote, mi joya de cristal, y te encuentro así... mezclando tu pureza con este barro.
Gabriel miró a Asmodeo de reojo, con un desprecio que venía de un rechazo antiguo y nunca olvidado.
—El Creador se ha cansado de vuestro sadismo —anunció el ángel, desplegando un pergamino que vibraba con autoridad divina—. Ya que tanto deseáis atravesaros el pecho, ahora vuestras vidas serán una sola. A partir de hoy, sois un Vínculo de Reflejo.
Asmodeo intentó retirar su guadaña, pero sintió que su brazo se convertía en plomo. Un frío repentino, una muerte térmica, empezó a apagar sus runas. Acula, por su parte, sintió una sed abrasadora que le quemaba la garganta; su néctar lunar ya no le servía de nada.
—Tú, Asmodeo, te congelarás hasta ser estatua si no mantienes contacto físico con el Rey de los Vampiros —sentenció Gabriel—. Y tú, Acula, morirás de inanición si no bebes la sangre volcánica de este guerrero. Cuatro horas diarias de contacto obligatorio. Si falláis... la cláusula de emergencia os obligará a una intimidad total para restaurar el flujo.
Gabriel se inclinó hacia el oído de Acula, ignorando el rugido de rabia de Asmodeo.
—Piénsalo, Acula... podrías estar en el Edén conmigo, pero ahora estás encadenado a una bestia que huela a azufre. Disfruta tu condena.
Con un destello cegador, el ángel desapareció, dejando a los dos enemigos heridos, unidos por la sangre y condenados a no poder vivir el uno sin el otro.








