Philip: secretos de un príncipe

Summary

En la Londres de 1938, un príncipe exiliado y arruinado descubre que su belleza y sangre real valen más que cualquier corona. Humillado, deseado y roto, Philip se hunde en la prostitución de élite: nobles, realeza y secretos prohibidos pagan fortunas por una noche con él. Pero cuando la corona que lo rechazó lo reclama de la forma más oscura, ¿cuánto más puede venderse antes de perderse para siempre? Pasión, traición, cadenas doradas y una libertad que cuesta todo.

Genre
Lgbtq
Author
Juan
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El Hambre y las Sombras



Londres, invierno de 1937. El príncipe Philip de Grecia y Dinamarca, de apenas 18 años, rubio y alto con un cuerpo atlético forjado en remos y deportes olvidados, había caído en la más cruda pobreza. Dormía en un sótano húmedo del East End, donde el moho trepaba por las paredes como dedos acusadores. Sin dinero, sin futuro inmediato, sus días se reducían a mendigar sobras de parientes lejanos que apenas lo toleraban.


El hambre era un compañero constante, un nudo en el estómago que lo hacía sentir débil, vulnerable.

Esa noche, el viento cortante del Támesis azotaba los muelles de Wapping. Philip caminaba con pasos apresurados, el abrigo raído apenas protegiéndolo del frío. Las sombras de los barcos anclados se mecían como fantasmas, y el olor a sal y podredumbre llenaba el aire.


De pronto, un hombre lo miró fijamente desde un rincón oscuro: traje caro de lana fina, bigote recortado con precisión, ojos que brillaban con una mezcla de curiosidad y deseo.

—Diez chelines por chupártela —susurró el desconocido, su voz ronca pero confiada.


Philip se detuvo en seco, el rostro enrojecido por la ira y la sorpresa. Le enseñó el dedo medio con un gesto desafiante.

—Vete al infierno —masculló entre dientes, y siguió caminando, acelerando el paso para dejarlo atrás.


Pero el hombre no se rindió. Caminó a su lado, manteniendo el ritmo con facilidad.

—Anda, muchacho, se ve que necesitas el dinero. Estás en los huesos, como un cachorro perdido. No es vergüenza aceptar ayuda… de la forma que sea.


Philip apretó los puños, ignorándolo, pero el hambre rugía en su interior. Cuando por fin lo rebasó, jadeando levemente, el hombre gritó desde atrás:

—Permíteme conocerte aunque sea. Te invito a comer. Sin compromisos… por ahora.


Philip paró en seco. El orgullo real que aún le quedaba se rompió como un cristal frágil. Tenía prioridades claras: en el sótano de sus tíos, apenas recibía las sobras rancias de la cena. Por fin podría llenarse el estómago como no lo había hecho en meses. Giró sobre sus talones, los ojos bajos pero la mandíbula tensa.

—Está bien —murmuró —Pero solo comer.


El hombre sonrió, una curva sutil en los labios que revelaba dientes perfectos.

—Excelente elección, joven. Sígueme.


Lo llevó a un restaurante elegante en el West End, un lugar llamado The Savoy Grill, con lámparas de cristal y manteles blancos que contrastaban con la mugre de los muelles. El maître los sentó en una mesa apartada, junto a una ventana que daba a la calle nevada. Philip se sentía fuera de lugar, con su ropa desgastada, pero el olor a carne asada y pan fresco lo hizo salivar.

El hombre se presentó mientras pedía un filete para ambos y una botella de vino tinto.

—Soy Lord Archibald Harrington, del linaje de los Harrington de Sussex. Tengo conexiones… en la corte, en el Almirantazgo. ¿Y tú? Pareces un muchacho de buena cuna, no un vagabundo común.


Philip dudó, pero el vino ya calentaba su lengua. Entre bocados voraces empezó a hablar.

—Soy… era príncipe. Philip Mountbatten, ahora solo un exiliado sin un penique. Mi familia perdió todo en Grecia. Mi padre desapareció con su amante, mis hermanas se casaron con nobles alemanes, y yo terminé aquí, dependiendo de la caridad de tíos que apenas me toleran. No tengo nada.


Los ojos de Lord Harrington se iluminaron con un brillo depredador. Se inclinó hacia adelante, su mano rozando accidentalmente la de Philip al servir más vino.

—Un príncipe, ¿eh? Qué fascinante. La realeza caída siempre tiene un encanto… vulnerable. Imagina lo que un hombre como yo podría hacer por ti. Conozco a gente en la Royal Navy. Podría abrirte puertas, darte un futuro en el mar, donde un cuerpo como el tuyo brillaría.


Philip tragó un trozo de carne, sintiendo el calor subir por su cuello.

—¿A cambio de qué?


Harrington rió suavemente, su pie rozando el de Philip bajo la mesa en un toque deliberado.

—De nada que no quieras dar, alteza. Pero mírate: fuerte, hermoso, intacto. Los príncipes como tú necesitan un guía en estas sombras. Déjame serlo. Solo una noche, y te prometo… te romperé de la mejor manera, y a cambio, te elevaré de nuevo.


Philip sintió un pulso acelerado en su entrepierna, una mezcla de repulsión y curiosidad prohibida. El vino nublaba su juicio, y el estómago lleno lo hacía más receptivo.

—¿Y si digo que no?


Harrington sonrió más amplio, su mano ahora sobre la mesa, cerca pero no tocando.

—Entonces come, príncipe. Y piénsalo. La noche es joven… y yo soy paciente.


El silencio se extendió, cargado de tensión, mientras Philip cortaba un pedazo de filete con cuidado, intentando mantener los modales que le habían enseñado de niño en palacios lejanos. Pero el hambre era más fuerte: al segundo bocado, olvidó el cuchillo y empezó a comer más rápido, casi tragando sin masticar. Lord Harrington lo observaba con una sonrisa divertida, sin prisa.

—Tranquilo, alteza —dijo Harrington con tono cálido, casi cariñoso —Nadie aquí te va a juzgar por disfrutar la comida. ¿Cuánto tiempo llevas sin un plato decente?


Philip se limpió la boca con la servilleta, avergonzado pero agradecido.

—Semanas… meses, tal vez. Las sobras no cuentan.


Harrington asintió, sirviéndose más vino y empujando la botella hacia Philip.

—Bebe, te lo mereces. Y cuéntame más de tu familia. ¿Cómo están tus hermanas? Recuerdo haber oído que una se casó con un nazi… ¿eso es cierto?


Philip se tensó, el tenedor a medio camino de la boca.

—No hables así. Margarita y Cecilia… ellas hicieron lo que pudieron. La familia real griega no tenía opciones. No es como si yo pudiera juzgarlas.


Harrington levantó las manos en gesto de paz, pero sus ojos seguían fijos en Philip, evaluándolo.

—Perdón, solo curiosidad. Eres tan joven y ya has vivido tanto drama. ¿Y tú? ¿Alguna novia por ahí, o… prefieres otra cosa?


Philip sintió el calor subirle a las mejillas otra vez. Bajó la mirada al plato.

—No tengo tiempo para eso ahora.


Harrington rió bajito, inclinándose un poco más.

—Qué mejillas tan rojas tienes cuando te pones nervioso. Son adorables, como las de un chico que aún no sabe lo que quiere. Dime, Philip… ¿eres grande? Ahí abajo, quiero decir. Con un cuerpo como el tuyo, uno se imagina cosas.


Philip casi se atraganta con el vino. Tosió, rojo como un tomate, y miró alrededor para asegurarse de que nadie los oyera.

—¿Qué clase de pregunta es esa? —susurró furioso, pero su voz salió más débil de lo que pretendía.


Harrington se encogió de hombros, sin perder la sonrisa.

—Una honesta. Me gustas, muchacho. Eres guapo, tienes clase, y se nota que estás solo. No te estoy juzgando. Solo digo que un príncipe como tú merece más que un sótano húmedo.


Philip dejó el tenedor en el plato, el apetito repentinamente apagado por la incomodidad.

—No estoy interesado en… lo que sea que estés ofreciendo. Gracias por la cena, de verdad. Pero no.


Harrington no pareció ofendido. Se limpió los labios con calma y asintió.

—Está bien. No te presiono. Pero si alguna vez cambias de opinión… me encuentras todos los jueves por aquí, en los muelles de Wapping o cerca de Tower Bridge. Busca al hombre del traje gris. Estaré esperando.


Philip no respondió. Terminaron de comer en silencio, el ambiente cargado pero sin más palabras. Cuando llegó la cuenta, Harrington la pagó sin que Philip tuviera que mover un dedo.

Al salir del restaurante, la nieve caía suave sobre las calles. Harrington se detuvo en la puerta, abrió los brazos y lo abrazó con fuerza, como si fueran familia.

—¡Fue un gusto verte, sobrino! —dijo en voz alta, para que el portero y los transeúntes lo oyeran —Cuídate mucho.


Philip se quedó rígido en el abrazo, pero no se apartó de inmediato. Entonces, Harrington se inclinó, le pellizcó ambas mejillas con cariño y susurró al oído, muy despacio:

—Piénsalo, príncipe. No tardes demasiado.


Se separó con una última sonrisa y desapareció entre la gente.

Philip se quedó parado un momento bajo la nieve, el pellizco aún caliente en la piel. Luego giró y caminó rápido hacia el East End, el estómago lleno pero la mente revuelta. Entró por la puerta de servicio de la casa de sus tíos, evitando las luces del piso principal. Bajó las escaleras estrechas hasta el sótano, donde el frío lo recibió como siempre. Se dejó caer en el colchón delgado, mirando el techo agrietado.

El sabor de la carne y el vino aún estaba en su boca, pero también el eco de esas palabras: “Piénsalo”.

Cerró los ojos, preguntándose si el jueves siguiente volvería a los muelles… o si sería capaz de no hacerlo.