Correo Remanente

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Summary

En un pueblo donde los errores no se olvidan, Víctor ha aprendido a callar. Nathan, en cambio, aprendió a marcharse. Cuando unas cartas antiguas amenazan con salir a la luz, ambos emprenden un viaje para recuperarlas antes de que lleguen a su destino. Lo que no esperan es que, en el trayecto, resurjan también los años que compartieron, las palabras que nunca dijeron y la libertad que solo existía cuando estaban juntos. Algunas cartas no buscan destinatario. Solo buscan ser leídas por quien ya las entiende.

Genre
Romance
Author
DaveMarti
Status
Complete
Chapters
8
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
16+

Capitulo I: Milford, 1840

—Finalmente, mañana es el día, ¿eh? — susurro mientras miro los prados desde mi ventana.

La noche es tranquila. Puedo ver unas pocas luciérnagas destellar tenuemente comparadas a la sutil luz plateada que baña todo. Leo otra vez la carta en mi mano, la doblo con cuidado, la dejo sobre el escritorio y luego apago la luz de la lámpara de aceite.

—Pero que terrible habito desarrollé— susurro.

****************************************

Despierto sobresaltado. Helena está gritando mi nombre desde el primer piso. Cubro mi rostro con la sabana y trato de pretender que no estoy obligado a levantarme. Es inutil. Un suspiro escapa de mi ante su insistencia, así que solo me levanto, me visto rápidamente con algo formal y tomo mi maleta pequeña antes de bajar las escaleras.

—Víctor, te juro que sí el sacerdote nos regaña por llegar tarde, otra vez, hare que padre te envié al ejercito— reclama la chica de cabellos negros completamente de mal humor esperándome en la entrada.

—Lo siento, lo siento— musito mientras tomo mi sombrero y salimos de casa.

Otro domingo normal en Milford. La gente sale de sus casas vistiendo ropa elegante para visitar la catedral. Lo que involucra: Trajes planchados y perfumados, vestidos afelpados, rostros retocados y niños siendo arrastrados de mala gana por todo el lugar.

—No puedo creerlo— continua regañándome mi hermana menor— tienes veintisiete años y aún debo ser yo quien te despierte—

—Vamos Helena— respondo algo saturado— ya te pedí disculpas—

Una sencilla y clásica vida rutinaria lejos de las grandes ciudades. Aqui la mayoría de personas aún viven de la agricultura y la ganadería.

—Los listos, salen de aquí cuando pueden— solía decir el abuelo en sus últimos años de vida.

Sin embargo, creo que pese a haber asistido a la universidad no resulte ser tan listo como mis padres esperaban. Pienso con algo de melancolía.

Nos sentamos en los últimos espacios, nuestra familia nos guarda espacio en las bancas de atrás, mientras vemos al párroco del lugar, probablemente de las pocas cosas que realmente deberían cambiar aquí, salir y empezar con la liturgia. El sermón es ligeramente especial este domingo: habla sobre el hijo prodigo...

Aunque en realidad no es una coincidencia. En este pueblo es difícil que algo se mantenga en secreto: Todo es político, todo sobre dinero y todo, absolutamente todo, puede convertirse en un chisme.

<< No hay mucho que hacer, así que supongo que eso es lo que mantiene a la gente entretenida >>

Hoy el hijo mayor de la Familia Lorimer regresa tras cinco años. ¿La razón? Desconocida, pero según Madam Rose, la conocida chismógrafo de la ciudad, es debido a ciertos problemas en la ciudad y varios negocios familiares que nadie sabe pero del que todos seguramente quieren un pedazo.

—¿No te emociona un poco ver nuevamente a Nathan? — pregunta entre susurros mi hermana a mi lado sacándome de mis pensamientos.

—Supongo...— respondo mientras mi mirada regresa al panfleto en mis manos a la vez que dejo salir un suspiro cansado.

La chica de cabellos negros se limita a torcer los ojos, mientras un puesto mas adelante mi madre nos lanza una mirada de desaprobación total.

La ceremonia termina y el coro entona la ultima canción mientras la gente se levanta de sus asientos llenando el lugar de rechinidos de madera y pisadas por doquier.

Apenas dejamos la iglesia veo a una hermosa joven de cabellos rubios y un enorme vestido color verde acuoso acercarse rápidamente en mi dirección.

—Señorito Víctor—pronuncia solemne mientras hace una pequeña reverencia —espero verlo más tarde en la recepción del primogénito de la familia Lorimer— parece hacer un esfuerzo casi sobre humano en aguantar la risa.

—Elizabeth, no exageres— digo en un tono más relajado a la chica sonriente frente a mi—No necesitas ser tan formal—

—Lo sé— responde mientras mira disimuladamente hacia los lados— pero si la arpía de Madam Rose me ve hablarte sin decoro quien sabe que podría inventar— completa algo divertida.

Me despido y regreso a casa con mi familia. Nos preparamos otra vez para la recepción de la noche mientras madre y Helena están poniéndose sus mejores vestidos.

Mi amistad con Nathan resulto muy conveniente para el negocio de herrería de mi familia estos años y de cierta forma eso producía cierta agonía en mi persona. Nunca supe si me molestaba ese beneficio indirecto o los comentarios respecto a ello.

Cuando el reloj da las siete, tomamos un carruaje y nos dirigimos a la propiedad de los Lorimer. Al ser los ganaderos más grandes de la región y nosotros los herreros locales, siento que incluso sin nuestra amistad las familias se habrían cruzado en los negocios eventualmente...

El ruido de las ruedas es casi rítmico mientras avanzamos y el viento fresco de la primavera me hace encoger ligeramente.

Madre y Padre repiten un poco de ciertas reglas que debemos tener en cuenta, pero sinceramente mis pensamientos vuelan en otra dirección. El hijo mayor de los Lorimer...

Ambos crecimos en este pueblo. Nathan era el chico popular del pueblo, el centro de la atención y de los elogios. Por mi parte yo era el chico listo del lugar y sobre quien caían expectativas extrañas y exageradas. En realidad nunca cruzamos palabra durante esos años y sin embargo en la universidad nos volvimos casi inseparables.

Llegamos al lugar. Al fondo puedo ver las luces en el jardín y la gente reunida en el centro. Todo el lugar lleno de mesas blancas e inmaculadas, candelabros encendidos y los empleados organizados cuidadosamente que transportan alimentos y bebidas.

La música de varios artistas locales suena tranquila, mientras la gente forma pequeños grupos sociales y unos cuantos temerarios bailan aún tímidamente en el costado.

No es una sorpresa cuando lo veo. El está en medio de todo, como siempre, luce: radiante, relajado y altivo. Casi hace parecer que de cierta forma honra a todos con su presencia.

Nuestras miradas se cruzan casi de inmediato incluso entre la multitud y automáticamente deja todo de lado, casi corre a través de la gente y se lanza a abrazarme.

Puedo sentir como me aprieta entre sus brazos, deja caer su cabeza en mi hombro y da una inhalación profunda.

Que sensación tan nostálgica...

—Nada como el olor del acero de los Greco, para saber que estas en casa— susurra muy entusiasmado a la vez que se separa pero sin liberar el agarre en mis hombros.

—Siempre dices lo mismo cuando me ves— respondo con una pequeña sonrisa.

Luego el chico se separa y empieza a saludar muy entusiasmado a mi familia mientras nos escolta gentilmente hacia el jardín.

La fiesta continua, la gente continua brindando y celebrando. El alcohol empieza a hacer lo suyo y cada vez más personas se unen a la pista de baile, mientras el ruido de sus voces también tiene obtiene un aumento.

Me alejo un poco del ruido del centro y camino hacia las sillas que están cerca de los rosales. Helena y Elizabeth están sentadas conversando tranquilamente así que me les uno. Mi hermana sacude ligeramente su rostro con su abanico y Elisabeth sigue hablando sobre algunos negocios que espera pronto se concreten.

Volteo mi mirada hacia el centro de la fiesta y observo a Nathan que parece muy ocupado respondiendo miles de preguntas de todos los jóvenes curiosos del pueblo. Siempre ha sido bueno con eso de ser el centro de atención.

Giro nuevamente a las chicas que ahora me contemplan un poco preocupadas.

—Debe ser un poco difícil— susurra Elizabeth a mi lado mientras agita ligeramente su rostro propio abanico.

—Un poco...— admito — pero descuida prometo no hacer ninguna tontería— respondo muy tranquilo.

La rubia suelta un ligero suspiro...

—Tú no eres quien me preocupa— me contesta al tiempo que siento algo impactarme por detras.

De repente siento el peso de un cuerpo embestirme sin mas para después recargarse sobre mi y rodearme por los hombros.

Mi cuerpo se tensa mientras ese aroma conocido y mezclado con el fermento de los vinos se deja caer en mi. Trago fuerte.

—Víctor, deja de ignorarme y ven a hablar con todos — Exclama juguetonamente el rubio con una copa de vino blanco en su otra mano.

Las dos chicas intercambian rápidamente miradas fastidiadas. Ambas se ponen de pie algo molestas, pero con una elegancia soberbia.

—Creo que yo me llevare esto...— corta rápidamente Helena mientras toma suavemente la copa de las manos del rubio y se la lleva de regreso a la mesa.

El rubio abre sus ojos sorprendidos, o mas bien confundido, mientras voltea a verme y a su hermana tratando de entender lo sucedido.

—Helena, ¿desde cuando te volviste una santa?— exclama un poco molesto Nathan mientras la pelinegra se pierde en la distancia.

Un silencio incomodo se forma entre todos y el joven de ojos azules me mira algo confuso otra vez. Nadie responde nada...

Finalmente Elizabeth tuerce los ojos y exhala algo fastidiada.

— Pórtate bien — ordena sutilmente mientras aprieta la mejilla de su hermano y luego solo hace una pequeña reverencia y se dirige a la pista de baile sin siquiera mirar atrás.

Otra vez el dialogo se pausa y solo la música se escucha en el aire.

—¿Qué te parece si mejor nos escapamos un rato?— propongo tratando de cortar el momento incómodo con una sonrisa mientras le hago una señal con la cabeza.

El sonríe de vuelta.

El rubio toma una copa de vino antes de irnos y empezamos a alejarnos de la casa principal. Tomamos la alameda que lleva hacia las caballerizas. La luz de la luna es generosa y se filtra entre las hojas de los arboles mientras una brisa cálida de final de primavera recorre el lugar casi arrullando el ambiente.

Puedo sentir en cada paso las pequeñas piedras crujir, aflojo mi corbata y siento que finalmente puedo respirar otra vez. El joven Lorimer hace casi lo mismo mientras abre ligeramente algunos botones de su camisa.

—¿Entonces? — Pregunta juguetonamente Nathan después de tanto silencio —¿Me apartaste de la gente para abusar de mi inocencia de doncella? —.

—Sigues siendo un idiota— respondo entre risas.

—Y tú sigues siendo un gruñón—.

Avanzamos un poco más, el olor a heno y estiércol empieza a llenar el aire mientras buscamos un lugar donde sentarnos. De alguna forma el tiempo y la distancia se esfuman, me cuenta sobre su vida en la ciudad y estos cinco años, sus viajes y aventuras. Sonrió... aunque con cierta envidia.

—Recibí cada una de tus cartas— comenta alegre mientras se sienta en un fardo y dirige su mirada hacia a mi.

Y después su expresión se entristece ligeramente, puedo ver su mandíbula tensarse y sus labios torcerse ligeramente.

—Pero ¿por qué dejaste de escribir después del segundo año?— pregunta con cierta extrañeza en sus ojos.

La crudeza de su pregunta me toma por sorpresa, aunque no es como si no me hubiera esperado algo así durante estos años. Aflojo un poco mas el cuello de mi corbata mientras desvió la mirada hacia donde duermen los caballos.

—Lo siento... empecé a ocuparme más del negocio familiar y casi no tenía tiempo— respondo casi como si fuese un habito.

Es una mentira, pero él no lo sabe...

—Además tu tampoco me respondías con tanta frecuencia— bromeo, pero siento salir un poco de veneno en esas ultimas palabras.

El canto de las ranas hace eco en el ambiente.

Nathan me mira bastante serio con sus ojos azules, casi grises a la luz de la luna. Puedo escuchar el ritmo de mi propia respiración y sin embargo el sigue sin decir nada mientras fija su mirada en mis ojos oscuros como si tratara de encontrar algo en el fondo de ellos.

Odio que haga eso...

—¿En fin, al fin me contaras por qué regresaste? — interrumpo preguntando mientras desvió la mirada y rompo el contacto.

Se pausa un momento y lo veo apretar sus muslos con sus manos de forma muy ligera.

—Negocios— responde con una sonrisa algo torpe.

—¿Y ahora, la verdad? — vuelvo a interrogar arqueando una ceja.

—Te detesto— casi se ríe al decirlo.

Toma un poco de aire, agita su copa hacia el cielo y deja que la luz lunar la atraviese antes de darle el último sorbo. Lo veo permanecer contemplativo y con la mirada algo perdida antes de aflojar sus hombros y continuar.

—En parte es verdad...— susurra.

—Y la otra parte...—

Exhala un largo suspiro mientras delante de el gira la copa vacía y ve la ultima gota caer en el suelo...

La tierra absorbe esta gota casi de forma inmediata, casi sedienta... casi desesperada. Pero el chico delante de mi no le brinda más.

—Me voy a comprometer con la hija de la Familia Ashley— suelta finalmente.

Puedo escuchar las ranas y los pequeños animales en la noche a nuestro alrededor con claridad otra vez. El joven delante mío alza su cabeza, esboza una sonrisa muy alegre y me vuelve a mirar directamente como esperando mi reacción.

—¿Susan? — Interrogo.

—No, Emily— responde muy calmado.

—Oh ya veo—

Me muerdo el labio inconscientemente mientras trato de regalarle una sonrisa.

Estoy muy feliz por el... aprieto mi mandíbula ante ese pensamiento.

De repente se levanta de un salto y corre hacia los establos. Me quedo algo pensativo, no esperaba esa noticia. Una nube cruza el cielo y oscurece ligeramente todo, un pequeño dolor cruza por mi pecho mientras trato de respirar profundo...

Es verdad ya llegamos a la edad de casamientos. Pienso.

Puedo escuchar los pasos de Nathan regresar a mí, y cuando alzo la vista se encuentra frente mío sonriendo y con dos botellas de licor que agita como una invitación.

—Eres el primero fuera de la familia en saberlo— me dice alegremente —así que hoy celebraremos—

—Espera yo no...— trato de articular.

Su mirada se entristece y algo arde dentro de mí. Dejo salir un suspiro fastidiado.

—Esta bien...— finalmente sedo de mala gana y extraigo el corcho de una de las botellas con mis dientes.

El eco del descorche produce eco en el lugar y el joven dibuja una enorme sonrisa ante este gesto que hace tanto tiempo no había contemplado.

—El terror del campus esta de regreso— grita contento mientras destapa la segunda.

Empiezo con un sorbo. El alcohol sabe mal como siempre, y luego como para acostumbrar a mi lengua tomo otro... aunque siendo sincero quizá nunca fue el sabor de este lo que me gustaba. Si soy honesto conmigo mismo, quizá, más bien, era lo que venía después de varios sorbos lo que encontraba fascinante. Cuando el mundo se vuelve sencillo y algo borroso.

Caminamos por el prado, puedo sentir como mis zapatos se hunden en la fértil tierra, y como las hierbas rozan mi ropa. El peso de la botella disminuye mientras de manera opuesta nuestra velocidad aumenta.

De alguna forma estamos corriendo ahora... y riendo como locos. Es curioso como junto a Nathan las cosas parecen volverse más ligeras y simples. Regresamos a la fiesta y robamos más alcohol.

Él se divierte bebiendo y yo bebo para divertirme, esa siempre fue la diferencia...

Hasta que finalmente escapamos del lugar.

Estamos corriendo en medio de la nada mientras nos dirigimos hacia mi casa, quiero mostrarle al chico rubio como ha cambiado la herrería en su ausencia y durante mi administración. El, en cambio, reclama que preferiría ver que libros nuevos e acumulado.

Llegamos a la casa de los Greco, nos movemos entre los pasillos y terminamos en mi habitación. El rubio me arroja de broma sobre la cama y después salta sobre mí para luchar. La madera cruje y el algodón y las cobijas rodean mi cuerpo mientras forcejeo.

Hace calor, no puedo parar de reírme. El chico sube encima mío y sujeta mis manos sobre mi cabeza, sus palmas son tan suaves y fuertes como recuerdo. Trato de liberarme de su agarre, pero es inútil. Ahora se sienta en mi regazo y deja caer su peso sobre mi estomago. La hebilla de mi correa se aprieta contra mi abdomen dolorosamente. Siento su totalidad sobre mí y también su calor.

Mi respiración se corta por un segundo cuando comprendo que me mira fijamente... sus ojos azules me estudian un poco y antes que pueda comprenderlo del todo veo como empieza a inclinarse hacia mí con la boca abierta.

Mis ojos se abren totalmente cuando casi por instinto lo lanzo fuera de la cama de un empujón. Todo el cuarto tiembla y del escritorio cae el trozo de papel.

—Ey, eso dolió— reclama divertido mientras masajea su espalda.

—Planeabas morderme como siempre— respondo algo indignado, mientras logro sentarme, todo sigue dando vueltas.

Mi respiración sigue siendo demasiado errática...

—Me atrapaste—susurra alzando las manos.

Sin embargo, cuando baja sus brazos algo roza sus dedos y llama su atención.

Un crujido de papel se esparce por la habitación mientras el joven entrecierra los ojos ante un pedazo de papel frente a el.

—Espera no me digas que esto es...— balbucea entre risas mientras mira con asombro la carta.

Abro los ojos de par en par al notar lo que sujeta en sus manos.

—¡Devuélvemela!— le ordeno saltando de la cama pálido.

—¿Para LN? — Exclama muy curioso mientras me detiene con su mano libre— ¿no me digas que sigues escribiéndole a Louise Neils? la chica del bar cerca de la universidad—

—Solo dámela— repito algo alterado mientras trato de quitarle el papel de la mano.

—Oh vamos, déjame leerla— insiste juguetonamente—Aún recuerdo tus poemas, son probablemente las cosas más hermosas que jamás he leído— concluye con cierto cariño en sus palabras.

Tras esa afirmación me detengo en seco.

No puedo reclamarle nada por alguna razón. Me siento aun un poco ofuscado frente a el mientras el joven rubio se sienta sobre el piso y sujeta con delicadeza la carta. Su vista empieza a acariciar rítmicamente las letras en él y luego se lleva una mano a la boca con asombro.

—Oh dios, entonces tú...— susurra.

Un escalofrió me recorre el cuerpo y hundo ligeramente mis uñas en la madera del piso.

—No puedo, son tan desgarradores como recuerdo— susurra mientras desvía la mirada.

Siento un girón en mi estómago, esa quemazón otra vez...

Tomo la carta de su mano en ese descuido. La cabeza aún me está dando vueltas, abro el armario, tomo una caja negra de cartón de el y meto la carta. Cuando me giro Nathan me sigue observando sostener el objeto.

Por alguna razón me aferro a el más fuerte sin querer, como si la protegiera de algo peligroso.

—¿No me digas que los guardaste todos?— me pregunta algo preocupado.

No puedo responderle, me siento exhibido así que solo desvió la mirada.

Me giro, abro el armario y arrojo con algo de violencia la caja dentro del mueble y lo cierro con cierta amargura. Sus ojos siguen sin perderme de vista.

Deja de mirarme así...

Cierro con fuerza mis puños y camino directamente hacia él.

No, no es cierto... Camino hacia la botella en su mano, se la arrebato y le doy un trago largo.

—Ese es el espíritu— exclama Nathan que toma mi mano y me obliga a poner la botella en sus labios

No importa cuanto tragos le de, sigue siendo amargo.

Nos sentamos sobre la cama y todo está borroso. Me recuesto y Nathan se deja caer a mi lado. El colchón se hunde ligeramente ante nuestro peso y la madera deja escapar un chirrido en cada movimiento.

—Aún frunces el ceño cuando piensas demasiado— dice torpemente.

Se inclina ligeramente hacia a mi y coloca su dedo en mi frente, tratando de forzar a mi ceño a relajarse.

Intento apartarlo y levantarme, pero el deja caer su cabeza sobre mi pecho y de alguna forma me inmoviliza con una facilidad que me irrita.

—No empieces— refunfuño.

—¿Empezar que? —susurra un poco adormilado — Oh, espera tengo una idea... —

No estoy muy seguro de lo que respondo, ni de lo que digo y finalmente todo se vuelve negro.

Me pregunto si hoy también tendré ese sueño extraño...

Despierto totalmente solo en mi cama. Mi aliento apesta a alcohol; mi cabeza duele como el infierno; cada sonido, cada atisbo de luz duele como una puñalada; y cada musculo parece desgarrarse con el mínimo movimiento.

Mi mente grita que había cometido una estupidez y lo peor: ni siquiera lo recuerdo del todo.

—¿Fue un sueño?— me pregunto aún algo confundido mientras me siento en el borde de la cama.

Y entonces veo una nota sobre el escritorio resaltada con un pisapapeles muy familiar.

“Nos vemos en el Restaurante de JOE’S para el almuerzo, tuve una de mis brillantes ideas. Nathan ”

Me levanto con dificultad, me pongo algo simple y bajo las escaleras. Pero las cosas no mejoran. Helena y mis padres me reciben en la sala con miradas: frías, asesinas y decepcionadas.

—Lo siento— articulo y solo me retiro del salón.

No se hablará más sobre el asunto...

Camino por la calle y puedo sentir a la gente susurrar ligeramente a mi paso. No es que sea algo nuevo.

Estoy a pocos metros del restaurante cuando veo al joven rubio ya sentado en una mesa. Su cabello luce también desordenado, pero a comparación de mi persona luce muy relajado y feliz.

—Jo jooo— expresa casualmente al verme— así que finalmente logre vencer en bebida al legendario Víctor Greco— vitorea emocionado.

—Te la concedo esta vez— digo dejándome caer pesadamente en la silla delante de el.

Siento que mi cabeza retumba con cada movimiento en este punto.

El camarero se acerca y ordenamos la comida, los oídos aún me estalla mientras el ave parlanchina, delante de mi, sigue rellenando los espacios vacíos de la noche anterior.

—Disculpa que te interrumpa— digo — pero ¿por qué esta información es relevante?— concluyo antes de darle un sorbo al vaso de agua frente a mi

—Pues por lo mismo que te conté anoche— responde.

—No lo recuerdo—

Nathan tuerce los ojos, y le da un largo sorbo a su agua.

—El concurso de literatura, el que se celebra cada año en la capital— responde de manera infantil— Bobo, te dije que debías participar con tus poemas—

Dejo el vaso de agua frente a mi otra vez en la mesa provocando un eco sordo.

—Espera yo no...— trato de argumentar algo sorprendido — no soy tan bueno—

—Tonterías— responde.

Lo veo tomar la botella de agua y servirme un poco más.

—Digo, Nathan agradezco tu confianza pero no soy un escritor —

—aja, si aja— responde el chico rubio sin prestarme atención —Sabia que dirías eso, de hecho lo dijiste anoche también, palabra por palabra—

—Entonces, asunto cerrado— digo, alzando nuevamente el recipiente hacia mi.

—Casi— responde.

Alzo una ceja de forma inquisitiva ante esa respuesta ambigua mientras siento el agua cruzar mi garganta.

—Quien sabe, dejaste una caja llena de poemas junto a un tipo que tú mismo emborrachaste la noche anterior y quizá tomo esos poemas y los envió al concurso— termina de decir con una sonrisa inocente mientras me regala un guiño.

— ¿¡Que hiciste que!? — Grito alzándome de la mesa completamente pálido, el agua se atora en mi garganta mientras empiezo a toser duramente.

El chico delante de mi ríe inocentemente...

—Oh no no no, esto está mal— continuo.

Entro en pánico, trato de recordar lo que decía cada poema y todo siempre me lleva a uno en específico, uno entre cien poemas escrito con tinta negra, durante víspera de navidad, trágico, desgarrador y tan honestamente nostálgico...

—Idiota, escribí su nombre en una de esas cartas— grito conmocionado mientras me levanto.

La gente alrededor me mira extrañada.

—Oh basta, algún día se debía enterar— bufa burlonamente.

—No lo entiendes, ella está ahora casada— completo— Será un escándalo. Sí, eso se publica y su esposo ve que otro hombre le escribió poemas de amor a su mujer, estoy muerto—

Nathan traga saliva pesadamente...

—¡Debemos recuperar esas malditas cartas! —