Jean x Jeremy
Si tuviese que comparar a Jean con un animal, sería un gato.
Un gato arisco y desconfiado.
Un gato que huye del contacto y bufa.
Un gato con un precioso pelo negro y unos ojos grises que podían atravesar su alma.
No importaba que llevaran saliendo varios meses, acercarse a él era imposible. Cada vez que intentaba hacer algún movimiento, el francés huía como si estuviese intentando robarle. Era frustrante a la par que divertido.
Se apoyó en el marco de la puerta para poder observar la figura de su arisco novio sentado en el sofá. Su pelo negro brillaba bajo el rayo de sol que entraba en la ventana. Desde donde se encontraba, podía distinguir la curva de su cuello blanco. Se le secó la boca ante las ganas de pasar la lengua por toda la extensión de piel. Quería enredar los dedos en aquella mata oscura de pelo, acercarle a su boca y devorarle con toda el ansia que se acumulaba en su pecho tras días sin recibir ni una sola muestra de afecto.
Jean era distante la mayoría del tiempo. En los pocos casos en los que se dejaba corresponder, su cuerpo ardía ante el deseo. Tener las manos del francés por todo su cuerpo le había hecho perder la cabeza en más de una ocasión. Jean había despertado en él instintos que ni siquiera sabía que albergaba su cuerpo.
Se impulsó del marco de la puerta para poder echar a andar hacia su compañero de equipo y novio testarudo. Intentó que sus pasos fuesen lo más ligeros posibles para no llamar su atención. Se sentía como un depredador acechando a su presa. Cada paso que daba hacía que su corazón se acelerase, impaciente por lo que podía ocurrir.
Una vez que llegó a su destino, se inclinó sobre él para poder abrazarle, llevando su rostro a la curva de su cuello para esconderse en su calor, dejando que aquel precioso pelo azabache le acariciara la cara. No se perdió el momento en el que el cuerpo de Jean se tensó bajo su tacto.
—¿Qué lees? –Susurró contra su cuello, sonriendo victorioso cuando sintió que se le ponía la piel de punta.
—Apártate.
No pudo evitar reír. Jean siempre era así. Arisco. Distante. Frío, en ocasiones. Pero, ¿qué clase de capitán sería si se daba por vencido cuando pensaba que tenía las de perder?
Ignorando el comentario del de pelo negro, apretó un poco más el abrazo, la calidez del cuerpo ajeno acudió a sus manos sin demora. En las manos de Jean el libro temblaba. Posó los labios contra el costado de su cuello, disfrutando del escalofrío que recorrió el cuerpo del chico.
—Cat y Laila no están en casa. Estamos solos.
A veces, aquel tipo de insinuaciones funcionaban. Solo esperaba que ese fuera uno de ellos.
El viento provocado por lo rápido que había cerrado el contrario le libro le acarició la cara y un segundo después, la mano de Jean estaba enredada en su pelo rubio, tirando de él, obligándole a inclinarse aún más sobre el sofá hasta que sus bocas estuvieron a solo unos centímetros.
—Eres demasiado insistente.
Dejó salir una risa en respuesta a la frustración de Jean. A pesar de sus palabras, podía ver el deseo centelleando en sus ojos de mercurio. Buscó sus labios, queriendo darle el primer beso, pero la mano de Jean le seguía sujetando el cabello, así que el movimiento fue inútil.
El más alto se puso en pie, obligándole a liberarle del abrazo. Cuando le tuvo justo enfrente, sintió que el corazón se le desbocaba ante la expectativa. La mano de Jean le sujetó la nuca y su segundo después su boca estaba aprisionada contra la ajena. Gimió contra sus labios, abriéndose al chico para dejar que su lengua explotara toda su cavidad. Un nuevo gemido murió en la parte posterior de su garganta cuando Jean le tiró del pelo y le obligó a levantar aún más el rostro. La boca ajena le mordió los labios, los cachetes y la línea de la mandíbula. Cada vez que sentía el roce de su piel, una descarga le atravesaba el cuerpo.
Recorrieron el pasillo a pasos torpes, empujándose, batallando dentro de una guerra por quien devoraba antes a quién. Solo obtuvo la libertad cuando Jean le empujó hacia la cama, tomándose ese segundo para cerrar la puerta a su espalda. La tregua le sirvió para quitarse los zapatos y recuperar el aliento. Tenía los labios hinchados y húmedos por los besos.
Jean se quitó la camiseta para tirarla a un lado. Pudo ver todas las cicatrices que recorrían su cuerpo, los recuerdos de los errores que había vivido.
«Besaré cada una de tus heridas…», recordaba que le había dicho, «Hasta que te olvides de sus horribles significados.»
La ropa no les duró más de unos minutos puestas. La calidez del cuerpo de Jean se estrelló contra el suyo propio casi como una explosión. Gimió al sentir como sus miembro, completamente duros, colisionaban. Estaba desesperado y jadeante. Necesitaba que aquel hombre le hiciera suyo. Ya.
—Ah… Despacio… –Sujetó los hombros de Jean para intentar contener la energía arrolladora que poseía– Cuidado con… las marcas.
Jean le besaba el cuello como si quisiera devorarle, con fuerza y sin darle tregua. Besaba su nuez, el costado, justo bajo su lengua… y en cada sitio le hacía suspirar. Tenía las piernas abiertas, con el francés entre ellas, cada vez que se acercaba, sus erecciones se frotaban de forma suave, haciéndole perder la cabeza. Necesitaba más.
—Jean…
Agarró un puñado de aquel pelo del color de la noche y le atrajo a su boca, desesperado por sentir su calidez. Se impulsó con los talones para conseguir que la fricción entre ambos miembros aumentara, tragándose el gemido que escapaba de la boca francesa.
—Te-¡Ah!
Las palabras murieron en su boca cuando Jean agarró su miembro, dándole un tirón que le dejó sin aliento, haciendo que tuviese que respirar hondo para no correrse con el mínimo contacto. Siempre hacía aquello. Cada vez que intentaba decirle cualquier cosa, mínimamente cariñosa, le hacía callar.
Las caricias en su miembro comenzaron de forma lenta, desde la base hasta la punta, haciéndole estremecerse por completo. No perdió el tiempo, se acercó a Jean para poder besarle el cuello. En el fondo, sabía que le gustaba. El pequeño gruñido fue confirmación suficiente.
—Vous êtes très belle…
Las palabras susurradas contra su oído hicieron que su erección se agitase. No entendía lo que decía, pero escucharle hablar aquella lengua sexy le ponía muy cachondo. Las dulces palabras resbalaban de la lengua de Jean y aterrizaban en su piel, envolviéndole como si fuese miel. Si seguía escuchándole, acabaría corriéndose nada más empezar.
—No entiendo lo que dices… –Contestó en un susurro casi ahogado por el placer.
En respuesta, Jean acercó la mano hasta la pequeña mesa de noche, tomando de ella el bote de lubricante que vertió en sus dedos. La imagen del chico, asegurándose de que sus falanges estaban bien lubricadas era tan caliente que tuvo que sujetarse la base del miembro para no correrse.
Las caricias en su entrada le hicieron temblar. Cerró los ojos con fuerza mientras poco a poco los largos dedos de su novio le penetraban de forma profunda. Siempre había un segundo en el que se quedaba sin aire y se sentía completamente lleno. Le encantaba esa sensación. Cuando sus dedos comenzaron a salir, le arrancaron un suspiro tembloroso.
Escuchó el murmullo de las sábanas al ser frotadas y a continuación, junto con una nueva embestida por parte de aquellos dedos de pianista, una cálida y húmeda sensación envolvió la cabeza de su muy dura erección. Apretó los dientes con tanta fuerza que podría haberse roto una muela.
—Ah… Sí… Así…
Colocó la mano con suavidad sobre el cabello negro, sin sujetarle, sin presionarle. Siempre había dejado libertad a Jean en todo el tema del sexo. No iba a ser como los demás, no se iba a convertir en otra pesadilla.
—Jean… –Gimió su nombre al mismo tiempo que el francés engullía su erección y le embestía con profundidad, haciéndole sentir mareado.
El placer le hormigueaba por la piel. Sentía que su cara ardía y el sudor se resbalaba por uno de los laterales de su cuello. Se agarró con fuerza a las sábanas, armándose de valor para poder mirar la imagen que se desarrollaba justo en sus caderas. Los hambrientos ojos grises le devolvieron la mirada mientras se sacaba su polla de la boca, dejándola húmeda y brillante, para pasarle la lengua por la ingle, clavando sus dientes en el hueso de la cadera.
Fue un milagro que no se corriera.
—Ya… Ya… Estoy listo. –Tenía la respiración acelerada– Puedes entrar.
El pecho le subía y bajaba a toda velocidad. Estaba tenso como la cuerda de un piano. Cualquier movimiento podría hacerle perder la cabeza.
Jean colocó las manos bajo sus rodillas y empujó suavemente sus piernas para abrirle por completo. La posición y la imagen podrían haberle matado de la vergüenza, pero estaba demasiado cachondo para pensar en ello. Mantuvo la posición mientras sentía cómo la cabeza del miembro del chico comenzaba a atravesarle, entrando en él de una sola embestida que le arrancó un gemido y le obligó a morderse el labio para contener una mala palabra.
—Ah… Lento… Voy a correrme demasiado rápido…
Jean no conocía la piedad ni en la cancha ni en la cama. Colocó las manos a ambos lados de su cabeza rubia y comenzó a penetrarle a una velocidad demencial. Se agarró a sus hombros para mantenerse anclado a la realidad mientras sus caderas le impactaban una y otra vez, abriéndose paso sin tregua en su interior, golpeándole una tras otra vez. Los resoplidos del chico le acariciaban la cara y de su garganta no paraban de salir gemidos y gritos de placer.
—Oh… Dios, Jean…
El sonido de sus pieles chocando inundaba la habitación, acompañado por sus jadeos y la sensación de que iba a explotar en cualquier momento. El chirrido de la cama era preocupante, pero no podía importarle menos.
—¿Vas a correrte, Capitán?
Su cuerpo convulsionó ante el nombre. No podía describir lo mucho que le ponía que Jean le llamase así.
—Ya no estás tan hablador.
Lo único que podía salir de su boca eran gemidos y jadeos. Estaba mudo de palabra.
Jean se incorporó y colocó ambas manos en su cadera, sujetándole con tanta fuerza que le clavó los dedos en la carne, le acabaría haciendo moratones con casi toda la seguridad. Utilizó el anclaje como punto de apoyo para aumentar la velocidad. Estaba totalmente abierto a él, dejándose penetrar con fuerza, siendo embestido sin compasión. El sonido caliente que hacían sus cuerpos al entrar en contacto le tenía jadeando.
—No pares…
Estaba muy cerca.
—No pares, no pares…
Casi suplicó, con los ojos llenos de lágrimas de placer.
Jean estaba consiguiendo tocar aquel punto delicioso dentro de su cuerpo. Arremetía contra él con fuerza mientras gruñía y gemía. Aquellos gemidos roncos… La respiración se le aceleró, comenzó a sentir el hormigueo en su columna. Se agarró con fuerza a la almohada, presionando la parte posterior de su cabeza contra ella mientras la mano libre sujetaba la muñeca de Jean.
—Voy… Voy a… ¡AAHH!
El grito le desgarró la garganta mientras su cuerpo se quedaba rígido y su miembro expulsaba chorros calientes sobre su abdomen, haciendo un completo desastre en él. Se le quedó la mente en blanco, podía jurar que veía fuegos artificiales si cerraba los ojos. El placer golpeó en él como un tsunami contra un muro de contención.
Las embestidas continuaron unos segundos más hasta que escuchó una maldición en francés y le cuerpo de Jean se desplomó contra él, permaneciendo unos centímetros separado de su rostro. Amaba ver el velo de placer en aquellos ojos de tormenta.
Una sonrisa tonta cruzó sus labios mientras admiraba la preciosa cara de su novio. La inconsciencia estaba llegando a él mientras el hormigueo de placer iba mitigándose. Podía sentir cada caricia, respiración y beso de Jean, aunque sus ojos estaban cerrados. Le quería, le quería muchísimo.
—Te falta entrenamiento. Tienes poco aguante.
La risa le salió suave, sin fuerza. Lo único que pudo hacer antes de caer dormido fue besarle.
Cuánto amaba aquellos labios.