1| Mudanza
NOA
Decir que no estoy nerviosa sería mentir.
Empezar la universidad a los diecisiete años no debe ser un cuento de hadas. Estoy segura. Por algo veo muchas personas en sus veintes apenas iniciando esta etapa.
Aquí todos parecen cortados con la misma tijera. Las chicas lucen labios exageradamente voluminosos o senos imposibles. Los chicos, por su parte, encajan a la perfección en el estereotipo delfuckboy: tatuajes visibles y cuerpos grandes, trabajados hasta el último músculo. Al final, hombres y mujeres resultan atractivos... aunque se vean peligrosamente iguales.
Son niños ricos (somos), y sus padres cumplen cada uno de sus caprichos. No me vendaré los ojos. Esa es la realidad.
Escucho el parloteo constante de mamá mientras papá le pide, con paciencia, que me deje procesar esta nueva etapa de mi vida. Observo a los estudiantes ir y venir. Algunos se reencuentran con lo que claramente es su grupo habitual; otros, como yo, aún permanecen acompañados de algún familiar.
La universidad es tan inmensa que podrías recorrerla en bicicleta sin repetir camino. Me gusta el lugar. Hay zonas verdes por doquier, lagos, animales que pasean sin miedo. Además, no solo destaca por su tamaño, sino por el prestigio de quienes se gradúan aquí. Familias enteras de renombre han salido de estas aulas: abogados, médicos, empresarios... incluso arquitectos.
Aquí no hay dormitorios mixtos. Estamos separados por género y por año académico. Agradezco, en silencio, no tener que compartir baños con hombres. Es un alivio no enfrentar malos olores ni desorden ajeno.
—Bien, cariño, hasta aquí podemos traerte. —mi padre deposita unas cuantas cajas en el suelo y le veo estirar su espalda mientras se queja—La universidad es inmensa, eh.
Río y me refugio entre sus brazos y los de mamá. Ambos besan mis mejillas y mi frente.
—Oh, nuestra niñita —mamá se lleva las manos al pecho, exagerando—. No puedo creer que, poco a poco, la casa se esté quedando vacía.
—Cariño, tranquila... no llores. —papá la abraza cuando algunas lágrimas se escapan—Noa vendrá en vacaciones de verano, ¿verdad? —me lanza una mirada que suena más a advertencia que a pregunta.
—Lo haré solo si mis hermanos también van.
Hace mucho tiempo que no los veo, pero jamás admitiría que los extraño. Nuestro último encuentro fue a mitad del año pasado. Los tres tienen sus ocupaciones, además están casados y tienen hijos. Yo debo entenderlo.
Ser la menor de la familia duele cuando ves cómo poco a poco la casa se queda vacía porque tus hermanos se van.
—Hija, sabes que tus hermanos tienen una vida distinta. Hijos, esposas, responsabilidades. —interviene papá mientras mi madre me mira con pena.
—Ven aquí, amorcito. —me apretuja contra su cuerpo y suelto un quejido de dolor.
—Mamá, podrán visitarme los fines de semana... Aunque sean casi catorce horas en carro.
—Haremos lo posible. —asegura—Pórtate bien, cariño, haz muchas amistades y obtén los mejores puntajes.
—Y ve a muchas fiestas. —mi padre susurra por lo bajo y mamá le da una mala mirada—Es una adolescente. Déjala divertirse.
Quizá tenga razón. Aunque no me imagino yendo a demasiadas fiestas —aún me falta un mes para cumplir la mayoría de edad—, sí intentaré relacionarme. Dicen que la universidad es para hacer contactos... y pienso hacerlo.
Después de que mis padres se van, me quedo parada frente a las cajas de mi mudanza. No traigo mucho, pero definitivamente no puedo cargar esto sola. Aunque intento buscar algún profesor que me ayude con el equipaje, pero este lugar solo parece estar lleno de adolescentes eufóricos y ruidosos.
Maldigo cuando mi espalda recibe un fuerte golpe. Siento el aire salir de mis pulmones. Cuando recupero un poco la compostura, veo que se trata de un balón de fútbol americano. Un chico rubio se acerca a mí, mirándome con genuina preocupación.
—Por Dios, lo siento mucho. No te vimos.
Sus ojos verdes me sonríen en un intento de disculpa.
—Está bien. No te preocupes.
Llevo una mano en mi espalda para masajear la zona. Un chico pelinegro se acerca rápidamente y agarra el balón.
—Perdona, estábamos un poco distraídos. —se excusa. De repente sus ojos miran mis cajas de mudanza—¿Necesitas ayuda con eso? Vamos a compensarte.
Le veo hacer señas al resto de su grupo de amigos y se echan mis cajas al hombro para ayudarme. Simplemente asombrada, acepto su acto. De todas formas, no hubiera podido cargar eso sola. Y después de romperme la espalda, lo mínimo que podrían hacer es esto, así que no me quejo.
—Llévanos a tu dormitorio.
Camino delante de ellos con una caja más y, teniendo todo un equipo de futbol americano detrás de mí, todos a nuestro alrededor me observan de manera extraña. Conduzco a los chicos a mi dormitorio y torpemente abro la puerta. Ingresan con las cajas.
Veo dos chicas más en mi habitación charlando animadamente, pero apenas los chicos entran, su conversación se frena abruptamente.
—¿Qué carajos? —oigo el susurro.
—Bien, ¿eso es todo? —el chico pelinegro pregunta. Asiento en silencio.
—Yo soy Austin. —el rubio se presenta, extendiéndome su mano.
Es tan guapo.
—Yo soy Noa. —hablo más fuerte de lo que me hubiera gustado.
—Él es mi amigo Miles. —presenta al pelinegro.
—Muchas gracias por ayudarme con mis cosas.
—Un pago justo. —Miles se ríe.
La puerta se abre de golpe y un profesor entra con evidente molestia.
—¡Miles! —gruñe—¿Otra vez aquí? ¡Fuera!
Le reprocha y veo disgusto en la mirada del pelinegro.
—Solo la ayudábamos.
—¡Por supuesto! —el maestro habla con ironía—Apenas inicia el ciclo y ya estás persiguiendo a las chicas.
Austin se ríe por lo bajo mientras sacan a Miles casi a rastras. Antes de irse, me dedica una sonrisa cómplice y sale corriendo tras su amigo.
Bufo.
Es hora de organizar todo esto.
La habitación es bastante amplia, aunque el baño es compartido. Me adentro en una de las habitaciones vacías y empiezo a ordenar todo el espacio con lo que he traído: libros, fotos importantes, medallas y ropa. En el centro de la pared, mi tablero de afiches, en donde pondré mis actividades pendientes y una que otra frase motivadora que me ayude a mantener la cordura durante mi estancia aquí.
Al terminar de organizar todo, me doy cuenta de que ha caído la noche y estuve todo el día encerrada aquí. No tuve tiempo para preguntar por las actividades extracurriculares en la dirección. De cualquier manera, escuché que habrá actividades de bienvenida mañana, además se abrirán las inscripciones a diferentes grupos universitarios.
Mi primer y más importante objetivo: ser parte del grupo de voleibol.
Hace un tiempo tuve un esguince en mi pie y me ordenaron reposo absoluto, pero con terapias y medicamentos he mejorado bastante y podría jurar que puedo participar en los torneos nuevamente.
Intentaré ser parte del grupo de voleibol. Iré a fiestas. Conoceré nuevas personas. Y tal vez conozca a algún amor.
Me dejo caer sobre la cama unos minutos y me llevo la mano al pecho, pensativa.
Y, sin saber por qué, una pregunta incómoda se instala en mi mente antes de darme cuenta:
¿Y si esta universidad no me cambia para mejor... sino que despierta algo en mí que ni siquiera sabía que existía?








