Uno
El timbre suena y todos se levantan como si los hubieran liberado de algo, pero yo no.
Yo me quedo pasmado mirándolo, perdido totalmente por su belleza, en esa manera tan suya que tiene de mover todo su cuerpo, como si flotara, igual que una pluma que cae lentamente, ondulandose en el espacio como si acariciara el aire. Me hipnotiza como acomoda su cabello negro rebelde que cae sobre sus hombros, su perfume invade cada uno de mis sentidos, dejándome totalmente absorto en su imagen bendita.
Bill recoge sus cosas, sonríe por algo que alguien dijo, pero que yo ni siquiera escuché y mi corazón se detiene y se acelera al mismo tiempo, cuando esa curvatura perfecta aparece en sus labios. Él… él es tan suyo que nadie puede compararse, incluso cuando él no lo tiene mucho en cuenta y no es que no se sepa guapo, porque claro que lo sabe y más veces de las que quisiera admitir se aprovecha de su belleza, pero Bill tiene el tremendo problema de que solo se fija en cabrones que solo quieren divertirse un rato, por eso siempre termina llorando y con el corazón roto.
Mientras yo… yo solo lo miro como idiota, perdido en sus hermosos ojos cafes, en el brillo de sus labios que son…¿Cómo expresarlo en palabras?... son perfectos, no gruesos, ni delgados, son… son suyos y por eso son únicos.
¡Jodido!, eso es lo que estoy, jodidamente enamorado de mi mejor amigo.
—¿Vienes o qué? —me dice con esa cara de ¿Que te traes?, con la ceja levantada.
Reaccionó tarde, como siempre, sacudiendo la cabeza para intentar despertar del estado hipnótico en el que me sumerjo cada vez que lo veo, lo que seguramente me da un aire de ser estupido.
—Sí… ya voy.
Por qué si, yo siempre voy detrás de él y no me importaría seguirlo toda mi maldita vida. Sonrió y recojo mis cosas para caminar a su lado, con las mochilas al hombro; eso debería ser lo más normal del mundo....y lo es, pero justo ese es mi maldito problema, porque mientras él me habla de cualquier cosa, de tareas, de música, de gente que ni me importa, yo asiento, río, le sigo el juego, pero por dentro me preguntó en cómo sería si lo tomó de la mano, para entrelazar mis dedos con los suyos, como sería si me atreviera a besarlo delante de todos.
Luego reaccionó con un golpe de realidad en el estómago, porque soy su mejor amigo, el único al que le cuenta todo, al único que acude cuando el peso de ser él, lo hunde y lo arrastra a esas depresiones que le duran un par de días, solo yo estoy porque confía en mí, porque me quiere pero no como yo a él y eso me tiene mal, porque jamás me atrevería a romper esa conexión que tenemos siendo amigos, porque ese es mi lugar; el único que tengo en su vida pero cada día que pasa ya no es suficiente.
En clase intento concentrarme, pero terminó dibujando su nombre en la esquina del cuaderno, luego lo tacho y lo vuelvo a escribir, ¡Me caga hacer eso!, ¡Me caga no poder evitarlo!. Levanto la mirada… y ahí está, mordiendo el lápiz, mirando al frente fingiendo poner atención, pero yo lo conozco demasiado bien y sé que cuando pone esa adorable carita de concentración, entrecerrando los ojos es cuando está en otro mundo, lejos del profesor, lejos del salón, lejos de todos, incluso lejos de mi.
Cuando terminan las clases, se acerca poniendo un brazo en mi hombro y yo siento su calor tan cerca que las mariposas en el estómago me ponen enfermo de lo estupido que me siento.
—¿Te quedas hoy?
me pregunta, no sé ni para qué pregunta, si ya sabe la respuesta.
—Esta bien
Lo digo con fingida resignación girando los ojos pero con una sonrisa genuina, porque siempre me quedo, siempre estoy, siempre esperando algo que no llega.
Algunas tardes tiene ensayo con la banda de la escuela y hoy es una de esas. Cuando canta —¡mierda!— Cuando canta todo se arruina. Me olvido de cómo respirar, porque se ve… libre, feliz. Sonríe, camina en la tarima con toda esa gracia de la cual el universo lo dotó para brillar, se apasiona y se transforma en energía pura y yo daría lo que fuera por ser parte de eso. De su mundo, de su voz, de su vida. No solo… el que se sienta a escucharlo, no solo el amigo, yo quisiera ser más.
Se sienta a mi lado cuando termina, todo emocionado.
—¿Qué tal?
Lo miro y pienso mil cosas al mismo tiempo. Que es hermoso, que me está matando, que no debería sentir esto. Al final solo respondo.
—Increíble.
Porque es lo único que puedo decir sin arruinarlo todo.
—A veces siento que nadie me entiende, que no soy suficiente —dice.
Y juro que algo dentro de mí se rompe, porque estoy aquí, porque lo veo, lo conozco más que nadie y daría todo por él. —¡Porque soy yo el que te entiende, idiota!— grito para mí pero no lo digo, nunca lo digo.
—Ya llegará alguien —le respondo.
Y al decirlo siento que me traiciono, que me estoy quitando a mí mismo del juego…pero es que ni siquiera estoy en el juego, no soy candidato, porque Bill solo me mira como su mejor amigo.
Cuando caminamos de regreso a nuestras casas, siento esa calma rara, la que solo tengo con él. Como si todo estuviera bien, como si no doliera el pecho cuando lo pienso. Hasta que se detiene.
—Ahí viene…
Sigo su mirada y lo entiendo todo. Otra vez, siempre hay alguien. Pero nunca soy yo.
—Es el que te conté —me dice, bajito.
Claro, el que le gusta, el que sí tiene oportunidad. Siento algo aquí… en el pecho… como si me apretaran desde adentro. Pero sonrío, porque soy bueno en eso.
—Ve.
—¿Seguro?
—Sí, idiota.
Le doy un pequeño empujón y se ríe, se va y yo me quedo, los veo hablar y odio lo mucho que me sé cada gesto de Bill. Sé cuándo está nervioso porque le gusta alguien, sé cuándo se está cayendo poquito a poquito. Lo sé.
Y aun así… no puedo hacer nada, porque no es conmigo. Me doy la vuelta antes de que me vea. Antes de que tenga que fingir una sonrisa corta o de que me pregunte si estoy bien y tenga que mentir. Porque no lo estoy, hace mucho que no lo estoy.
En mi cuarto, todo está en silencio, al llegar tiro la mochila, me dejo caer en la cama y cierro los ojos. Ahí está otra vez, la imagen de Bill sonriendo, cantando… de Bill mirándolo a él, como nunca me ha mirado a mí y ese dolor conocido en el pecho me hace apretar los dientes para no llorar, como quisiera apagar esto, dejar de sentir y lo he intentado, juro que lo he hecho, me he enrollado con las chicas que se acercan a mi, pero ni la más hermosa con la que he compartido mi cama ha podido quitarme del corazón este sentimiento por él. No puedo olvidarlo, nunca puedo.
El celular vibra y sé de inmediato que es un mensaje de Bill porque el tono solo es suyo.
“¿Llegaste bien? ❤️”
Y me río bajito, porque claro que se preocupa, claro que me quiere. Pero no así, como yo le quiero a él. Empiezo a escribir.
“Sí. Oye, Bill…”
Me quedo mirando la pantalla con la intención de por fin vencer a esta maldita cobardía, mi corazón late tan fuerte que lo siento en la garganta.
¡Dilo, dilo ya!, ¡Dile que lo quieres, que te está volviendo loco, que ya no puedes más…!
Trago saliva, mis manos tiemblan, tengo miedo. Miedo de perderlo, porque si lo digo… todo cambia y si lo pierdo…¿qué me queda?...Nada.
Borro, escribo otra vez.
“Sí, todo bien. Mañana te veo.”
Lo envío y ya está. Otra vez no dije nada, otra vez me quedé aquí a medias, como un puñetero cobarde. Me dejo caer completamente en la cama, mirando el techo.
Y por primera vez lo acepto, sin mentirme. No es que no pueda decirlo… Es que no quiero arriesgarme a perderlo. Porque prefiero tenerlo así, incompleto…a no tenerlo. Quisiera decirle que lo quiero…Pero hay cosas que se valoran demasiado como para atreverse a romperlas con palabras Y Bill es una de ellas.