Prólogo
Prólogo.
Hubiese deseado que alguien, quién fuera, me hubiera advertido del profundo e inmenso amor que iba a sentir por mi mejor amigo, solo así hubiera podido alejarme a tiempo pues ahora, ya es demasiado tarde... (Pensamientos agridulces de Sea Tawinan).
Era una hermosa y cálida tarde de verano, el mes de abril había llegado y en una metrópoli como Bangkok, el calor se volvía algo realmente sofocante e incómodo. En aquella calurosa época del año las temperaturas solían superar los treinta y cinco grados centígrados y las lluvias eran prácticamente inexistentes. Sin embargo, el ambiente semitropical del país propiciaba que el calor estuviera acompañado de una relativa humedad que hacía al cuerpo sudar prácticamente durante todo el día.
Los expertos en la materia recomendaban a la población realizar sus actividades en horas en las que los abrasadores rayos del sol no causaran afecciones ni en la piel ni en la salud. No obstante, todas aquellas indicaciones pasaban de largo para cierto sector de los habitantes del país: los niños, quienes parecían inmunes al calor y todos sus estragos. Ellos, con tal de jugar y pasar un rato agradable con sus amigos se olvidaban sin reparo alguno de todo, el clima incluido.
Pasaban de las cinco de la tarde y en el famoso parque Lumphini, un espectacular oasis en medio de la urbe con espacios abiertos rodeados de frondosos y espesos árboles, áreas de juegos infantiles y un gran lago artificial que permitía relajantes paseos en bote, un grupo de niños jugaba con singular alegría en el área de los columpios y resbaladeros. Los gritos y las risas se escuchaban por todo el lugar. Muchos de ellos ni siquiera se conocían, pero la inocencia y pureza de su pequeña alma los hacían unos seres completamente abiertos y sociales y se llamaban entre sí ”amigo" a pesar de llevarse un par de horas conociéndose.
- No hagas ruido Sea o nos van a descubrir – un pequeño niño de ocho años, cabello castaño y ojos oscuros colocaba su manita encima de la boca de su pequeño amigo tres años menor el cual, impedido de hablar, solo pudo asentir con la cabeza.
Se encontraban jugando a las escondidas con otros niños que habían conocido ese mismo día en el parque, los infantes los habían invitado al ver como ellos dos estaban sentados a la orilla del lago artificial y aunque en un principio el menor de ellos no quería jugar, Jimmy Jitaraphol, el mayor de los dos, lo había convencido prometiéndole que sería divertido y que el jugar con los demás niños no significaba que iban a dejar de ser amigos, pues una de las mayores preocupaciones de Sea Tawinan de tan solo cinco años, era que su mejor y único amigo lo cambiara por otro niño y ya no quisiera jugar con él.
- Jimmy, no me gusta estar aquí – dijo el pequeño Sea en un susurró apenas audible, pues se habían escondido en el tronco hueco un árbol que se encontraba entre unos arbustos y le parecía escalofriante.
- ¿Por qué? – preguntó con inocencia el otro niño.
- Porque hay insectos y está oscuro – respondió el más pequeño.
- Pero aquí estoy contigo Sea, no te va a pasar nada malo porque yo te voy a cuidar – aseguró el mayor tomando la pequeña mano de su amigo entre las suyas.
Sea no dijo nada, desde que tenía uso de razón, y eso era relativamente muy poco tiempo, su amigo Jimmy siempre había estado con él, lo cuidaba, lo protegía y en todo momento estaba al pendiente de él. Jimmy era su guía y le enseñaba un montón de cosas, por lo que confiaba ciegamente en él. Además, con Jimmy había vivido un sinfín de aventuras, así que cualquier cosa que dijera su amigo mayor, él lo creía y lo seguía.
De pronto, el menor de los niños sintió como algo caminaba por su brazo y se asustó muchísimo, intentó moverse, pero el espacio era tan reducido que no pudo hacerlo con completa libertad. La molestia de tener algo paseándose libremente por su brazo lo estaba alterando bastante, no le gustaban los insectos y muchos de esos bichos le causaban verdadero terror, sin embargo, trato de guardar la calma y no hacer ruido pues los podían descubrir y hacerles perder el juego, y no quería que Jimmy se enojase con él por eso, pero al sentir un fuerte piquete en su brazo no pudo evitar gritar de dolor.
- ¿Qué pasa Sea? – preguntó su amigo verdaderamente alarmando.
- Algo... algo... me pico – empezó a llorar – algo me picó en el brazo – repitió entre sollozos cada más vez audibles mientras señalaba el lugar donde sentía dolor.
Jimmy se arrastró fuera del tronco y con cuidado sacó a su amigo por el otro extremo. El pequeño Sea se tocaba la zona afectada en donde su piel ya se veía roja y ligeramente hinchada. Y no podía dejar de llorar pues decía que no solo le dolía, sino que comenzaba a inflamarse mucho. Así que el mayor de los niños cargó en su espalda al pequeño y lo llevó corriendo con la madre de éste que estaba sentada en una banca conversando con su mamá.
- ¡Mamá de Sea, mamá de Sea! – llegó gritando muy asustado con su amigo llorando sobre su espalda – mamá de Sea, a Sea le ha picado un animal en el brazo – explicó preocupado.
- ¿Cómo pasó eso Jimmy? – le preguntó su madre.
- Estábamos jugando a las escondidas y nos metimos en un tronco, entonces Sea gritó y dijo que algo le había picado el brazo y lo saqué de ahí y... -
- ¿Por qué metiste a Sea en un tronco? – reprendió su mamá - ¡Sabes que eso es muy peligroso, Jimmy! –
- Solo estaban jugando Lawan – habló la mamá de Sea – no lo regañes, voy a llevar a Sea al doctor para que nos de algo, estoy segura de que no es nada grave – dijo con tranquilidad.
- ¡Yo quiero ir! – pidió el niño mayor.
- Tú debiste cuidarlo Jimmy, eres el mayor – volvió a reprender Lawan.
- Lo siento – el niño se disculpó bajando la cabeza, se sentía muy mal por haber obligado a Sea a jugar a las escondidas con los demás niños y a que se escondieran en ese tronco – yo no quería que le picara un animal a Sea – comenzó a decir con voz entrecortada, sin duda estaba a punto de llorar también.
- No llores Jimmy – Kanda, la madre de su amigo pasó su mano por la cabeza del menor revolviendo cariñosamente su cabello – vamos a llevar a Sea con el doctor ¿De acuerdo? -
- Si – dijo aún deprimido.
- Yo pasó a dejar a Jimmy a casa más tarde, Lawan – informó Kanda a su amiga y tomó a su pequeño hijo en brazos y le pidió a Jimmy que la siguiera.
- Pórtate bien Jimmy –
- Si mamá – respondió el infante.
La mujer se alejó con los dos pequeños caminando rumbo al coche para que llevar a su pequeño a que lo revisaran, no estaba ni molesta con Jimmy ni preocupada por su hijo, y no era por falta de amor, sino que entendía perfectamente que eran solo niños y cosas como esas solían ocurrir a menudo, además por muy mayor que fuera el hijo de su amiga, no dejaba de ser un niño también y no tenía por qué tomar la responsabilidad de cuidar de Sea, aunque siempre lo hacía maravillosamente bien. Se notaba que Jimmy quería mucho a su amigo y lo cuidaba más de lo que se cuidaba a sí mismo.
El pequeño Sea seguía llorando y se rascaba con cuidado su piel rojiza, ciertamente ya no le ardía tanto, pero seguía sintiendo molestia, además de que se sentía triste porque su amigo le había dicho que nada le iba a pasar y un insecto terminó lastimando su brazo. Desde los brazos de su mamá veía como su amigo lo observaba preocupado.
- Dijiste que ibas a cuidarme – le habló lloroso a Jimmy que caminaba sin quitarle los ojos de encima mientras que se sostenía de la falda de la madre de su amigo para guiarse al caminar.
- Y eso hago Sea, te llevo al doctor para que te cures pronto y ya no te duela – respondió el mayor serio, pero regalándole una sonrisa.
- ¿Y vas a estar conmigo cuando tenga que entrar con el doctor? – preguntó Sea sollozando.
- Siempre voy a estar contigo – fue la respuesta de su amigo.
De pronto el pequeño Sea dejó de llorar y se acurrucó más en el pecho de su madre mirando atentamente a su amigo. Algo dentro de su pequeño corazón lo orilló a sonreír, escuchar que su amigo siempre iba a estar a su lado lo hacía sentir seguro y extremadamente feliz pues él también quería estar toda la vida a su lado. Jimmy era su héroe y su mejor amigo.