Prólogo
bHubo un tiempo, antes de que los cielos se partieran en dos, en que la magia pertenecía a todos por igual. Los registros del Gran Archivo de Valdris describen ese período como la Era Blanca: siglos de equilibrio en los que ninguna designación —Alfa, Beta u Omega— determinaba el valor de un ser humano. La sangre era solo sangre. El poder era solo Eso terminó con la Guerra de los Cinco Cónclaves.
Nadie recuerda con exactitud quién disparó la primera flecha mágica, quién pronunció el primer sortilegio de sometimiento. Lo que sí permanece grabado en piedra, en los muros de todas las ciudades-estado de Valdris, es el resultado: los Alfas ganaron, y con esa victoria reescribieron las leyes del mundo desde sus cimientos.La Designación —ese rasgo biológico y mágico que define la naturaleza de cada individuo— pasó de ser una característica más a convertirse en destino inapelable. Los Alfas eran poder, autoridad, dominio. Los Betas, el engranaje funcional de la sociedad. Y los Omegas... los Omegas eran recurso. Moneda de cambio. Herramienta. Su calor especial —esa fiebre periódica de origen mágico que amplificaba la energía elemental de su portador— fue catalogado como peligroso, incontrolable, y por tanto, necesario de controlar.Las Cadenas de Vínculo no son una metáfora. Son literales: construcciones mágicas forjadas en los hornos de Valdris hace cuatro siglos, capaces de suprimir el potencial mágico de un Omega y atarlo, de por vida, a la voluntad de un Alfa. La Iglesia del Equilibrio las bautizó como "el regalo de la armonía". Los Omegas encadenados las llaman de otras formas, la mayoría de las cuales no pueden repetirse en un texto formal.En el año 1.203 del Segundo Cónclave, un Omega nació con los ojos del color incorrecto.
No dorados, como correspondía a su clase. No plateados, como los Betas. Sus ojos eran negros como el espacio entre las estrellas, con una llama de luz violeta que los atravesaba en los momentos de emoción intensa. Los curanderos que asistieron en el parto dijeron que era un signo del Abismo. Su madre, una mujer de clase baja en el puerto de Aethon, los llamó simplemente hermosos.Le pusieron por nombre Solén. Y el mundo, que todavía no lo sabía, comenzó esa noche a prepararse para arder.
Tres ciudades al norte, en el palacio de piedra negra de Casa Vorreth, otro niño nacía en medio de una tormenta que duró nueve días. Su llegada rajó las ventanas del ala este, derritió las velas de plata en los pasillos y provocó que todos los cuervos mensajeros de la ciudad alzaran el vuelo y no regresaran en una semana. Su padre, el Arkhon Draven Vorreth —el hombre más temido de la élite Alfa—, lo miró en brazos de la partera y declaró simplemente: "Será el más grande."
Le pusieron por nombre Kael.
Y así comenzó una historia que no tenía por qué terminar en amor. Que no debía terminar en nada excepto en más odio, más cadenas, más sangre.
Pero el destino, como el veneno de luna —esa flor mágica que a dosis pequeñas cura y a dosis grandes mata—, nunca hace exactamente lo que uno espera..Esta es la historia de dos hombres que se encontraron en el peor momento posible, por las razones más equivocadas, y que construyeron desde la rabia y el desprecio algo que ninguno de los dos supo nombrar hasta que fue demasiado tarde para negarlo.
No es una historia bonita. No siempre es justa. Hay partes que duelen, partes que arden, y partes que te harán cerrar el libro por un momento antes de seguir leyendo.
Pero es real. Dentro de este mundo de magia y oscuridad, es la cosa más real que existe.Valdris. Año 1.221 del Segundo Cónclave.
La historia comienza ahora.
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