Habitación 66

Summary

Brunhilde tiene la inquietud de saber si su novio Siegfred le estará siendo infiel debido a tantas cosas que han pasado entre ellos, al final descubrirá una respuesta más allá de sus dudas.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1

El vestíbulo del Valhalla Resort & Spa era un testamento a la opulencia moderna. Candelabros de cristal de Bohemia colgaban de techos abovedados, derramando una luz cálida y dorada sobre el mármol pulido del suelo. Todo allí susurraba dinero, discreción y lujo. Sin embargo, para Brunilda, el aire del lugar se sentía pesado, casi asfixiante.

Llevaba un abrigo de trinchera azul marino, atado fuertemente a su cintura, y sus tacones de aguja resonaban con un eco afilado y rítmico que hacía que más de un huésped apartara la mirada. Sus ojos, de un verde esmeralda profundo y habitualmente calculadores, hoy delataban una sombra de ansiedad.

Siegfried llevaba días actuando extraño. Él, su roca, el hombre de sonrisa amable y estoicismo inquebrantable, había estado esquivo. Mensajes leídos y no respondidos hasta horas después, llamadas cortadas abruptamente con excusas torpes, y misteriosas "reuniones de trabajo" que se extendían hasta la madrugada. Brunilda no era una mujer insegura; era la directora ejecutiva de su propia firma, una mujer de hierro. Pero poseía una intuición casi sobrenatural, y todas las alarmas en su cabeza llevaban días sonando.

Un contacto le había confirmado que Siegfried había hecho una reserva en aquel hotel. Y ella había ido a comprobarlo con sus propios ojos.

Se acercó a la recepción de caoba. Detrás del mostrador había un joven de cabello verde pálido, casi fosforescente, recogido en una trenza desordenada. Su uniforme del hotel estaba impecable, pero había algo inherentemente caótico en su postura, como un gato a punto de saltar sobre un ratón.

Al verla acercarse, los ojos dorados del recepcionista se iluminaron con un brillo enfermizo y devoto. Loki llevaba meses trabajando en ese hotel de lujo solo porque sabía que la élite de la ciudad, incluyendo a Brunilda, lo frecuentaba. Estaba perdida y patéticamente obsesionado con ella. Amaba su fiereza, su frialdad, esa mirada que podía congelar el infierno. Y odiaba, con cada fibra de su retorcido ser, al grandulón estúpido de Siegfried.

Brunilda se detuvo frente al mostrador, irguiendo la barbilla.

—Buenas tardes —dijo ella, con voz cortante—. Necesito el número de habitación de uno de sus huéspedes. Siegfried.

Loki amplió su sonrisa, mostrando dientes inusualmente afilados. De inmediato, adoptó una postura recta, proyectando la voz con una profesionalidad exagerada para que el gerente, que pasaba por allí, lo escuchara.

—¡Buenas tardes, bienvenida a su hotel de confianza! —exclamó Loki, con un tono alegre y servicial—. ¿En qué le podemos ayudar?

Brunilda parpadeó, irritada por el volumen. Iba a repetir su demanda cuando Loki, aprovechando que el gerente doblaba la esquina, se inclinó bruscamente sobre el mostrador. Su rostro quedó a escasos centímetros del de ella, invadiendo su espacio personal. El tono alegre desapareció, reemplazado por un susurro sibilante y venenoso.

—¿Buscas a tu novio? —ronroneó Loki, mirándola con una mezcla de lástima fingida y excitación sádica.

Brunilda retrocedió medio paso, frunciendo el ceño.

—No es asunto tuyo. Solo dame la llave o el número de su maldita habitación.

Loki se enderezó de un salto, volviendo a su postura rígida, y su voz volvió a resonar por el vestíbulo, clara y robótica.

—Lo siento, señorita, aquí no podemos brindar esa información por políticas de privacidad.

—Escúchame bien, niñato... —siseó Brunilda, sintiendo que la paciencia se le agotaba y las uñas se le clavaban en las palmas de las manos.

Loki se inclinó de nuevo, rápido como una serpiente. Sus ojos brillaban con pura malicia.

—¿Cómo se llama? —susurró, fingiendo teclear en su computadora—. ¿Siegfried? Ah... sí está aquí... —Loki hizo una pausa dramática, relamiéndose los labios antes de soltar el veneno—. Y la semana pasada vino con otra diferente. Una rubia, muy linda. Se reían mucho.

El mundo de Brunilda se detuvo. Fue como si le hubieran inyectado hielo directamente en las venas. ¿Otra diferente? La imagen mental de Siegfried, su Siegfried, el hombre que le había jurado amor eterno en el altar, sonriéndole a otra mujer en ese mismo hotel, la golpeó con la fuerza de un tren de mercancías. Una parte de ella, la más racional, le gritaba que aquel recepcionista extraño no era de fiar. Pero la otra parte, la que llevaba días alimentándose de las ausencias e inconsistencias de Siegfried, estalló.

Su rostro se ensombreció. Sus ojos se oscurecieron hasta parecer dos abismos sin fondo.

Loki vio la transformación y sintió un escalofrío de puro placer recorrerle la espalda. Ahí estaba. La diosa de la ira que tanto adoraba.

—Como le comento —dijo Loki en voz alta, fingiendo revisar unos papeles—, no podemos dar información de nuestros huéspedes bajo ninguna circunstancia.

Y entonces, se inclinó por tercera vez. Esta vez, su rostro estaba contorsionado en una sonrisa maníaca, incapaz de contener su propia emoción por el caos que estaba desatando.

—¡Me encanta dar esa información! —susurró, temblando ligeramente—. Acaba de pedir servicio al cuarto. Pidió una botella de champán carísima, fresas y chocolates. Un clásico, ¿no crees?

La respiración de la mujer se volvió pesada. Champán. Fresas. Chocolates. La confirmación absoluta. Siegfried la estaba engañando. La furia y el dolor se entrelazaron en su pecho, formando un nudo insoportable. Iba a matarlo. Iba a destrozar a ese hombre y a la cualquiera que estuviera con él.

—Le voy a pedir por favor que se retire, señorita —dijo Loki en voz alta, señalando la puerta con cortesía exagerada.

Brunilda giró sobre sus talones, dispuesta a irse, a quizás simplemente a llorar en su coche, o buscar un lugar en cada maldito rincón de la ciudad si era necesario para dejar el cadáver de Siegfried, y de la mujerzuela con la que está. Pero la mano de Loki salió disparada como un látigo por encima del mostrador, agarrando la muñeca de la mujer con una fuerza sorprendente.

—Ni se te ocurra moverte —le ordenó en un susurro áspero, casi demoníaco, presionando un objeto de plástico contra la palma de ella—. Fíjate bien.

Brunilda bajó la mirada. Era una tarjeta maestra del hotel. Negra, con el logo dorado.

—Vas a irte con esta tarjeta —continuó Loki, soltándola y mirándola con ojos febriles—. Si alguien te pregunta, vas a decir que te la encontraste tirada. Y escúchame bien, mi reina... —Loki apretó los dientes, su voz temblando de anticipación sádica— ¡Pobre de ti que no salgas con las greñas de la mujer en la mano! Tienes que destruirlos.

Brunilda apretó la tarjeta hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Su rostro, antes pálido por la conmoción, ahora era una máscara de pura y letal determinación.

—¡Córrele! —le animó Loki en un susurro histérico—. Es la 66. Piso seis.

Sin decir una palabra, Brunilda le dio la espalda a la recepción y caminó hacia los ascensores. Su paso ya no era ansioso; era la marcha de un verdugo. Loki se quedó apoyado en el mostrador, suspirando de forma soñadora mientras la veía alejarse, imaginando el inminente baño de sangre del que él, en su mente retorcida, sería el gran beneficiado.

El viaje en el ascensor fue el más largo de la vida de Brunilda.

Apoyó la frente contra el espejo frío de la cabina. Su mente era un torbellino de imágenes grotescas. Fresas. Chocolates. La semana pasada vino con otra. Cada palabra de aquel extraño recepcionista resonaba en su cabeza, encajando perfectamente con las noches que Siegfried llegaba tarde, oliendo a un perfume que no era el de ella (ahora se daba cuenta de que era una fragancia floral, más dulce), y con las veces que él ocultaba su teléfono móvil cuando ella entraba a la habitación.

Una lágrima solitaria e indignada resbaló por su mejilla. La limpió con rabia, manchando ligeramente su delineador. No iba a llorar. Las mujeres como ella no lloraban por cobardes ni infelices. Se vengaban.

Ding.

Las puertas del ascensor se abrieron en el sexto piso. El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por tenues luces de pared. El silencio era sepulcral, lo que solo aumentaba la sensación de que estaba a punto de irrumpir en un nido de víboras.

Caminó por la gruesa alfombra. 62... 64... 66.

Se detuvo frente a la puerta de caoba. Su corazón latía contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Tomó aire, llenando sus pulmones, preparándose para la guerra. Acercó la tarjeta maestra de Loki al lector.

Un leve clic y una luz verde le dieron acceso.

Brunilda empujó la puerta con violencia, dispuesta a gritar, a destrozar la habitación, a arrastrar a esa mujer fuera de la cama por el cabello, tal como Loki le había sugerido.

—¡Siegfried, maldito hijo de...! —El grito murió en su garganta.

La habitación estaba sumida en una oscuridad cálida. No había gemidos, ni risas, ni otra mujer. En su lugar, el suelo estaba completamente cubierto por un espeso manto de pétalos de rosas rojas y blancas. Docenas de pequeñas velas electrónicas parpadeaban estratégicamente por toda la suite, proyectando sombras danzantes sobre las paredes.

En el centro de la sala de estar de la suite, había una mesa elegantemente servida. Y sobre ella, una hielera de plata con una botella de champán, rodeada de un arreglo de fresas frescas y trufas de chocolate artesanal.

Pero lo que la paralizó por completo fue la figura que estaba de pie al fondo, cerca del gran ventanal que daba a la ciudad iluminada.

Siegfried.

Llevaba un traje a medida de color oscuro, sin corbata, con los primeros botones de la camisa abiertos. Su cabello plateado, habitualmente indomable, estaba peinado hacia atrás. Al escuchar el golpe de la puerta, se había girado bruscamente, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—¿Brunilda? —Siegfried parpadeó, completamente desconcertado, bajando una pequeña caja de terciopelo azul que tenía en las manos y escondiéndola torpemente tras su espalda—. ¿Qué... cómo entraste? Se suponía que esto iba a ser mañana. Yo... aún no estaba todo listo.

Brunilda se quedó congelada en el umbral, la tarjeta maestra cayendo de sus manos temblorosas. Su mente, preparada para una zona de guerra, chocó violentamente contra el escenario romántico. La furia ciega se convirtió en una inmensa confusión.

—¿Qué es todo esto? —exigió ella, con su voz aguda, defensiva. Aún no bajaba la guardia. La semilla de la duda de Loki seguía envenenando su mente—. ¿Para quién es esto, Siegfried? ¿A quién estabas esperando?

El rostro estoico de Siegfried se suavizó, reemplazado por una expresión de pura ternura mezclada con frustración consigo mismo por haber arruinado su propio plan. Caminó lentamente hacia ella, pisando los pétalos.

—Para ti, mi amor —dijo con voz grave y calmada, esa misma voz que siempre lograba calmar los demonios de Brunilda—. Hoy es nuestro aniversario, ¿lo olvidaste? Bueno, técnicamente es mañana, pero quería sorprenderte a medianoche. Planeaba pedirle a tu hermana Göll que te trajera con una excusa, pero... te me adelantaste. Como siempre.

Brunilda apretó los labios. Quería creerle. Dioses, cómo quería creerle. Pero las palabras del recepcionista seguían arañando su cerebro.

—El de recepción... —murmuró ella, retrocediendo un paso cuando él intentó tomar sus manos—. Un chico de pelo verde. Me dijo que estabas aquí. Me dijo que pediste fresas, champán...

—Sí, el servicio de habitaciones acaba de traerlo hace cinco minutos —confirmó Siegfried, asintiendo—. Quería que todo fuera perfecto.

—También me dijo... —A Brunilda se le quebró la voz, odiándose por mostrarse vulnerable—, me dijo que la semana pasada viniste con otra. Una rubia. Que se reían. Que te estás viendo con alguien más. ¡Dime la verdad, Siegfried! ¿Acaso… tienes otra mujer?

El silencio cayó sobre la habitación. Siegfried parpadeó, procesando la información. Luego, su expresión cambió. La ternura se transformó en una ceja alzada de absoluta incredulidad, seguida de un suspiro que sonaba a puro cansancio crónico.

—¿Otra...? Brunilda, por el amor a los cielos —Siegfried se frotó el puente de la nariz—. La semana pasada vine aquí con Göll.

—¿Göll? —Brunilda parpadeó, desconcertada.

—¡Sí, tu hermana! La rubia pequeña y ruidosa que se ríe de todo —explicó Siegfried, acercándose sin importarle la resistencia de ella—. Le pedí ayuda para elegir la habitación, para probar el menú del hotel, para saber si preferías rosas rojas o blancas... Ella me ayudó a planear todo esto porque yo soy un inútil para la decoración. Y sobre mis llegadas tarde... he estado tomando turnos extras y reuniéndome con joyeros.

Siegfried sacó la mano de detrás de su espalda y abrió la pequeña caja de terciopelo azul. En el interior, iluminado por la luz de las velas, descansaba un anillo de compromiso. Un diamante elegante, engarzado en oro blanco con pequeños detalles que simulaban plumas de valquiria.

—Quería que fuera una sorpresa perfecta —dijo él, con una sonrisa melancólica, mirándola directamente a los ojos—. Sé que a veces soy callado, y que no sé expresar lo que siento con la facilidad que mereces. Pero Brunilda... eres la única mujer en este mundo y en cualquier otro para mí. Quería pedirte que te casaras conmigo.

Brunilda se tapó la boca con ambas manos. El peso de la revelación, la estupidez de su propia paranoia, y la manipulación descarada de aquel recepcionista (al que ahora definitivamente iba a asesinar en cuanto bajara al vestíbulo) la golpearon a la vez.

La barrera de hierro que siempre mantenía levantada se derrumbó por completo.

—Yo... yo venía a matarte —confesó ella, con una mezcla de risa histérica y un sollozo ahogado—. Estaba dispuesta a destrozar esta habitación. Creí que...

Siegfried soltó una carcajada profunda, cerrando la caja y dejándola sobre una silla cercana antes de envolverla entre sus brazos. El abrazo era firme, cálido, seguro. Olía a colonia limpia y a madera.

—Conozco a la fiera que tengo por mujer —susurró él, besando la coronilla de su cabeza—. Aunque admito que me alegra que no hayas destruido nada. Me costó mucho acomodar esas fresas. Y respecto a ese recepcionista de pelo verde... creo que tendré que poner una queja formal. Parecía disfrutar demasiado mi desgracia.

Brunilda hundió el rostro en el pecho de Siegfried, aferrándose a las solapas de su traje. La tensión de los últimos días se disolvió, dejando paso a una calidez embriagadora.

—Déjamelo a mí —murmuró ella, con una sonrisa maliciosa asomando en sus labios por un segundo, antes de alzar el rostro para mirarlo—. Eres un idiota por no decírmelo. Me tenías enferma de preocupación.

—Perdóname —respondió él, rozando con su pulgar la mejilla de la mujer, limpiando el rastro de la única lágrima que había derramado—. No habrá más secretos. Solo tú y yo.

Siegfried se inclinó y capturó los labios de Brunilda. No fue un beso salvaje o desesperado como los que ella solía exigir en sus momentos de estrés, sino uno profundo, reverencial, lleno de una devoción que la dejó sin aliento. Era el beso de un hombre que había encontrado su ancla en medio de la tormenta.

Brunilda cerró los ojos, rindiéndose. Por primera vez en mucho tiempo, dejó de ser la líder implacable que cargaba con el peso de todos a su alrededor. En los brazos de Siegfried, bajo la tenue luz de las velas, solo era una mujer amada.

Sus manos acariciaron el pecho firme del hombre, subiendo hasta enredarse en su cabello plateado. Él gruñó suavemente, estrechándola más contra su cuerpo, haciéndole sentir la diferencia de sus complexiones, la fuerza contenida que él siempre le dedicaba solo a ella.

Siegfried se separó unos milímetros, rozando su nariz con la de ella.

—¿Eso significa que es un sí? —preguntó en un susurro ronco.

Brunilda soltó una risa suave, tirando de él de nuevo hacia sus labios.

—Significa que si dejas que el champán se caliente, yo misma te tiraré por esa ventana, prometido mío.

Siegfried sonrió contra sus labios, levantándola en brazos con una facilidad pasmosa, sin dejar de besarla, ignorando por completo el champán y las fresas. Esa noche, el caos del mundo exterior y las maquinaciones de un recepcionista envidioso quedarían olvidadas; en la habitación 66, solo existía el fuego de una devoción inquebrantable