La Bergère

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Summary

Reims, Francia, 1329. En una granja aislada, Suzette McKenzie vive como pastora junto a otras jóvenes, llevando una rutina sencilla y aparentemente tranquila. Sin embargo, la calma se rompe cuando comienzan a ocurrir muertes entre sus compañeras. Lo que al principio parecen accidentes pronto se vuelve imposible de ignorar. Impulsada por la inquietud y el miedo, Suzette decide investigar por su cuenta. A través de pequeños detalles —comportamientos extraños, presencias fuera de lugar y silencios inquietantes— comienza a notar que algo no encaja entre ellas. Sus sospechas la llevan a descubrir que el responsable no es humano, sino una entidad que adopta la apariencia de una pastora. Aunque viste como ellas, hay algo profundamente perturbador en su forma de mirar, de moverse… de existir. A medida que el miedo crece y la desconfianza se instala en el grupo, Suzette se ve obligada a enfrentarse no solo a la criatura, sino también a la duda constante de no saber en quién confiar.

Status
Complete
Chapters
56
Rating
n/a
Age Rating
16+

Un comienzo en la granja Connelly..

Reims, Francia. 1329.

La Granja Connelly se extendía sobre una tierra que no parecía pertenecer del todo al mundo de los hombres. No era un lugar abandonado ni descuidado; al contrario, cada cerca estaba en su sitio, cada estructura cumplía su función, cada animal tenía su espacio. Y aun así, había algo en el aire que no terminaba de asentarse, como si el viento arrastrara una inquietud que no encontraba dónde quedarse.

Los campos, amplios y abiertos, se ondulaban bajo un cielo pálido que apenas calentaba. La hierba crecía irregular, en tonos verdes apagados, y el suelo, húmedo en algunas zonas, parecía ceder con demasiada facilidad bajo el peso de las botas. A lo lejos, los límites de la granja se perdían entre árboles dispersos, delgados, torcidos por el paso del tiempo y el clima, como si observaran más de lo que deberían.

Los corrales estaban llenos desde temprano. Ovejas apiñadas en grupos, moviéndose con lentitud, rozándose unas con otras en un murmullo constante de lana y respiración. Algunas levantaban la cabeza de forma repentina, como si hubieran escuchado algo que no estaba ahí; otras simplemente seguían, dóciles, atrapadas en su rutina. Más allá, algunas gallinas picoteaban el suelo sin entusiasmo, y un par de caballos permanecían quietos, demasiado quietos, con la mirada fija en ningún punto en particular.

Entre ese paisaje se movían las pastoras.

Eran jóvenes, casi todas de la misma edad, aunque algunas apenas cruzaban la línea de la adultez mientras otras ya cargaban con una presencia más firme. Sus vestidos, largos y de caída pesada, rompían con lo que se esperaría en un lugar así. No eran prendas prácticas ni ásperas como las de otras granjas; eran de tonos rosados y blancos, con detalles cuidados que recordaban a estilos más refinados, casi fuera de lugar en medio del campo. Se movían con ellas como si fueran parte de su piel, rozando la hierba, ensuciándose en los bordes, pero sin perder esa extraña delicadeza.

Kelly Gyséle era la que más hablaba. Su cabello oscuro caía en mechones desordenados alrededor de su rostro, y su voz siempre encontraba la manera de llenar los silencios, incluso cuando no hacía falta. Tammy Khaleesi, en cambio, se reía con facilidad, una risa corta pero constante, como si intentara suavizar algo que no terminaba de entender. Zoe Colette mantenía cierta distancia, observando más de lo que decía, con el cabello claro recogido de forma descuidada. Esmeralda Béatrice destacaba sin proponérselo, no solo por su nombre, sino por la forma en que su mirada parecía detenerse un segundo más de lo normal en las cosas.

Y luego estaba Suzette McKenzie.

Dieciocho años. Cabello castaño, lacio, cayendo con orden natural hasta sus hombros. Ojos verdes que no se limitaban a mirar, sino que parecían medir, comparar, retener. No hablaba más de lo necesario, pero tampoco se aislaba; simplemente estaba ahí, presente, consciente de lo que ocurría a su alrededor de una forma que no todos compartían.

Mientras las demás conversaban o se ocupaban de las tareas asignadas, Suzette solía detenerse apenas un instante más. Observaba cómo se movían los animales, cómo reaccionaban a sonidos que otras ignoraban, cómo el viento cambiaba sin aviso. No era algo que pudiera explicar, ni algo que buscara nombrar. Solo una sensación persistente de que había detalles que pasaban desapercibidos… y no deberían.

Cerca de los corrales principales, las administradoras supervisaban la jornada.

Jessie Blaquier y Jess Blaquier.

Veinticinco años, eran difíciles de ignorar, no solo por su cabello pelirrojo casi idéntico, sino por la forma en que se movían en sincronía sin necesidad de mirarse. No eran exactamente iguales, aunque a primera vista lo parecieran. Jessie tenía una expresión más tensa, como si evaluara constantemente lo que veía, mientras que Jess mantenía una calma más contenida, pero no por ello más confiable. Hablaban poco entre ellas cuando estaban frente a las demás, pero bastaba una mirada para que ambas entendieran lo mismo.

Jeremie Bernard, el administrador, veintiún años, se encontraba no muy lejos. Su cabello castaño oscuro contrastaba con la palidez de su rostro, y su postura recta daba la impresión de alguien que no toleraba errores, aunque rara vez levantara la voz. Observaba el trabajo con una atención silenciosa, desplazándose entre los espacios sin interrumpir, pero sin perder nada de vista.

Todo funcionaba. Todo seguía su curso.

Las ovejas se movían, las pastoras trabajaban, las voces se mezclaban con el sonido del campo.

Y, sin embargo, había momentos —breves, casi imperceptibles— en los que algo no encajaba.

Suzette lo notó cuando levantó la mirada por encima del grupo.

No fue un sonido. No fue un movimiento claro.

Solo una pausa.

Como si algo hubiera cambiado de lugar… sin que nadie lo viera hacerlo.

Pero cuando volvió a mirar, todo seguía igual.

O eso parecía.