Capítulo 1
El zumbido metálico y constante del ascensor de la Torre Valhalla era el único sonido que acompañaba a la pareja. Era un edificio residencial de lujo, un rascacielos imponente en el corazón de la ciudad donde Brunhilde y Siegfried habían decidido establecer su hogar en el mundo moderno. Siegfried, con su habitual postura erguida y relajada, vestía un elegante abrigo de lana sobre un suéter de cuello alto; su sola presencia irradiaba una calma jovial y caballerosa. A su lado, Brunhilde mantenía los brazos cruzados, haciendo que sus dos generosos senos se detallarán mas. Su mirada esmeralda, siempre afilada y analítica, observaba los números digitales de la pantalla que marcaban el ascenso: Piso 15... Piso 16...
Acababan de regresar de una cena. Siegfried había sido el epítome de la perfección, sosteniendo su silla, pagando la cuenta con una sonrisa amable y escuchando sus diatribas sobre el estrés de su trabajo con infinita paciencia. Brunhilde, aunque jamás lo admitiría en voz alta, sentía que su corazón se ablandaba cada vez que él la miraba con esa devoción pura.
El ascensor se detuvo con un suave ding en el piso 20. Las puertas de acero pulido comenzaron a deslizarse para abrirse. Pero antes de que las puertas pudieran cerrarse de nuevo, una mano con las uñas perfectamente arregladas se interpuso, deteniendo el sensor.
—¡Ay, esperen, esperen! ¡No lo cierren! —chilló una voz femenina, vibrante y empalagosa.
Siegfred de manera rápida como un leopardo, colocó su mano sobre las puertas para evitar su cierre, y una hermosa mujer irrumpió en la cabina. El aroma a perfume dulce y floral, con notas de vainilla pesada, invadió instantáneamente el reducido espacio, compitiendo con la colonia sutil y amaderada de Siegfried. Brunhilde entrecerró los ojos, evaluando a la intrusa de pies a cabeza en una fracción de segundo.
Era una mujer joven, de cabello rubio, lacio y ligeramente despeinado, que caía en cascada sobre sus hombros. Llevaba unas gafas de montura metálica fina que le daban un aire falsamente intelectual, contrastando fuertemente con el resto de su apariencia. Su atuendo era deliberadamente provocativo: vestía unos pantalones vaqueros blancos y holgados de tiro bajo, y una camiseta blanca de manga corta, extremadamente ceñida al cuerpo. La tela era tan fina y ajustada que el texto azul estampado en el pecho —unas letras invertidas que parecían decir "PARIS FRANCE 1975"— se deformaba sobre la prominente curva de sus senos.

Lo que más llamó la atención de Brunhilde —y lo que hizo que la sangre le hirviera casi al instante— fue el hecho innegable de que la rubia no llevaba sostén. La temperatura del aire acondicionado del edificio parecía haber hecho su trabajo, pues la anatomía de la mujer se marcaba con absoluto descaro a través de la fina tela blanca. Además, lucía varios tatuajes: unos diseños en tinta negra asomaban por su cuello, mientras que su brazo izquierdo estaba cubierto por lo que parecía ser una media manga de tatuajes intrincados, y en su brazo derecho llevaba un pequeño diseño minimalista cerca del codo. Colgado del hombro, llevaba un gran bolso de cuero marrón.
La mujer levantó la vista de su teléfono móvil —con el cual parecía haber estado tomándose fotos en el espejo del pasillo— y sus ojos se iluminaron al ver al hombre alto y caballeroso.
—¡Siegfried! ¡Ay, por Dios, qué casualidad! —exclamó la mujer, ignorando por completo la presencia de Brunhilde, que estaba a escasos centímetros de él.
Siegfried parpadeó, un poco sorprendido por la efusividad del saludo, pero su naturaleza amable se impuso. Esbozó una sonrisa educada.
—Ah, buenas noches. Usted es la señorita del piso 25, ¿verdad? Nos cruzamos en el vestíbulo la semana pasada. Espero que se encuentre muy bien.
—¡Sí, soy yo! Chloe —dijo ella, dando un paso al frente que la colocó peligrosamente cerca del espacio personal del hombre—. Me encuentro mucho mejor ahora que te veo. Es que este edificio es tan grande que uno se siente sola a veces, ¿sabes?
Chloe se acomodó el bolso de cuero sobre el hombro. Al hacerlo, levantó ambos brazos ligeramente y arqueó la espalda, un movimiento que estiró aún más la camiseta blanca sobre su torso, proyectando sus pechos hacia adelante con una obviedad que rozaba lo ridículo. Brunhilde sintió un tic en el ojo izquierdo.
—Es un complejo residencial bastante concurrido, señorita Chloe. Seguro que pronto hará amistades —respondió Siegfried, manteniendo un tono diplomático, aunque dio un levísimo paso hacia Brunhilde, un instinto protector e inconsciente.
—Ay, por favor, dime solo Chloe —ronroneó la rubia. Su mano, cubierta de tatuajes, se extendió con rapidez y se posó sobre el brazo de Siegfried, acariciando la tela de su abrigo—. ¡Oye! Tienes unos músculos increíbles bajo este abrigo, ¿eh? Seguro que haces mucho ejercicio pesado, Me encantaría saber si podrías conmigo… ¿podrías alzarme verdad?
Brunhilde dejó escapar un sonido gutural, una mezcla entre una risa seca y un gruñido.
—Aquí lo único seguro querida, es que nunca te enseñaron que una mujer decente debe siempre salir con su sostén puesto, ni manosear al marido de otra, siendo está capaz de arrancarte las greñas.—escupió Brunhilde.
Chloe finalmente giró la cabeza para mirar a la mujer de cabello oscuro. Fingió sorpresa, abriendo mucho los ojos detrás de sus gafas.
—¡Oh! Discúlpame, no te había visto. Qué callada estabas —dijo Chloe, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Soy Chloe. ¿Tú eres...?
—Su mujer —respondió Brunhilde, dando un paso al frente para quedar hombro con hombro con Siegfried, interponiéndose ligeramente. Su mirada era letal—. Y te agradecería que quitaras tus garras de su abrigo antes de que te las arranque de cuajo.
Siegfried carraspeó, sintiendo la tensión electrificar el aire del ascensor.
—Brunhilde, cariño, no hay necesidad de... —comenzó a decir con voz suave, intentando apaciguar las aguas.
—Tranquilo, Siegfried —lo interrumpió Chloe, soltando una risita cantarina mientras finalmente apartaba la mano—. No me ofendo. Entiendo que las mujeres mayores se sientan... inseguras.
El silencio que siguió a esa declaración fue tan denso que podría haberse cortado con una espada. Brunhilde apretó la mandíbula. ¿Mujer mayor? ¿Insegura?
—No es inseguridad, cariño —dijo Brunhilde, su voz descendiendo a un susurro aterrador y sumamente vulgar—. Es simple asco. Tienes la delicadeza de una perra en celo restregándose contra un hidrante.
Chloe ensanchó la sonrisa, demostrando que no se sentía intimidada. De hecho, parecía divertirle la confrontación.
—Vaya, qué vocabulario. Alguien necesita relajarse —respondió la rubia, volviendo su atención a Siegfried—. Es una lástima que tengas que lidiar con tanto estrés en casa, guapo. Hablando de estrés... hace un poco de frío en este ascensor, ¿no te parece?
Haciendo gala de un descaro absoluto, Chloe cruzó los brazos bajo sus senos, levantándolos y apretándolos juntos. Luego, con una mano, rozó distraídamente la tela de su camiseta justo sobre su pecho izquierdo, como si se sacudiera una pelusa invisible, atrayendo la mirada hacia la forma evidente de sus pezones endurecidos.
—Aunque a mí no me molesta el frío —continuó Chloe, bajando un poco la voz para que sonara ronca y seductora, mirando fijamente a Siegfried a los ojos—. Me hace sentir viva. Me hace notar... ciertas cosas. ¿No te parece, Siegfried? Algunas cosas no están hechas para estar encerradas en jaulas o sostenes apretados. Están hechas para ser libres y para que las aprecien.
Siegfried se sonrojó visiblemente. Era un hombre de honor, acostumbrado a la nobleza, no a ser acosado sexualmente en un espacio de dos metros cuadrados.
—Yo... eh... creo que la temperatura del edificio es la adecuada, señorita Chloe —logró articular, desviando la mirada hacia el techo del ascensor con una rigidez casi cómica.
Brunhilde estalló. Ya había tenido suficiente de aquel espectáculo grotesco.
—Escúchame bien, pedazo de plástico barato —siseó Brunhilde, acercándose a la rubia hasta invadir su espacio personal, haciendo que sus senos casi toquen los de ella. Era un poco más alta y su presencia era abrumadora—. Él no está mirando tu carne barata en oferta porque tiene a una mujer de verdad en casa, la cual le da un gran banquete para su satisfacción. Así que hazte un favor: deja de intentar meterle los ojos por el escote y guárdate esos dos globos de silicona antes de que te pesques una pulmonía. Eres patética.
Chloe se echó a reír. Una risa alta y descarada.
—Uy, qué agresiva. Deberías tener cuidado, Siegfried, tanta amargura le va a sacar arrugas prematuras —Chloe miró a Brunhilde de arriba abajo con desdén—. Y para tu información, son cien por ciento naturales, preciosa. Quizás por eso tu hombre no puede evitar estar tenso. Sabe lo que se está perdiendo.
El ascensor emitió un sonido. Ding. Piso 25. Las puertas comenzaron a abrirse, revelando el pasillo enmoquetado.
—Oh, mi parada —anunció Chloe con un falso tono de decepción. Se giró hacia la salida, pero justo antes de cruzar el umbral, se detuvo y bloqueó los sensores de la puerta con la cadera.
Contoneó sus curvas de manera exagerada y se giró lentamente hacia Siegfried, ignorando a Brunhilde por completo. Levantó una mano y se llevó dos dedos a los labios, lanzándole un beso al aire.
—Siegfried, mi amor... —ronroneó Chloe, con una voz tan cargada de intenciones que el aire pareció volverse denso—. Quiero que sepas algo. Vivo en el apartamento 2504. Y quiero dejarte claro que la puerta de mi casa está abierta para ti a cualquier hora.
Hizo una pausa dramática, pasando la lengua por su labio inferior.
—La puerta de mi casa está abierta... al igual que mis piernas —declaró sin ningún pudor, disfrutando de la cara de horror de Brunhilde y el asombro paralizado de Siegfried—. Estos dos tesoros —dijo, ahuecando sus propios senos sin sostén con ambas manos, presentándoselos— estarán disponibles para tu placer y disfrute siempre que quieras un trato de verdad.
Se inclinó un poco hacia adelante, bajando el tono a un susurro obsceno que resonó en el habitáculo.
—Y si alguna vez esta mujer tan amargada no te complace como te mereces... mi boca te dará exactamente lo que necesites. Todo el tiempo que quieras. Hasta dejarte completamente seco. Nos vemos, guapo.
Con una última risita descarada, Chloe dio un paso atrás. Las puertas del ascensor se cerraron de golpe, cortando su imagen y dejando a la pareja en un silencio sepulcral mientras la cabina continuaba su ascenso hacia el penthouse.
El silencio era atronador. Siegfried seguía mirando las puertas cerradas, con el rostro teñido de un intenso color rojo. Tosió ligeramente, tirando del cuello de su suéter como si de repente le faltara el aire.
—Yo... por los dioses, qué mujer tan... peculiar —murmuró Siegfried, intentando sonreír de manera conciliadora, buscando la mirada de su esposa—. Te prometo, Brunhilde, que jamás le he dado alas. Solo la saludé una vez en la recepción por pura cortesía.
Brunhilde no respondió de inmediato. Estaba de espaldas a él, con la cabeza agachada. Sus hombros subían y bajaban con respiraciones pesadas y controladas.
Ding. Piso 80.
Las puertas se abrieron hacia su lujoso vestíbulo privado. Brunhilde salió caminando a paso firme, sin decir una palabra. Siegfried la siguió de cerca, con el corazón latiéndole con fuerza, preocupado por la explosión inminente.
—¿Brunhilde? Cariño, por favor, no dejes que esa loca te afecte. No significa nada para mí —rogó él, quitándose el abrigo mientras entraban al espacioso salón de su apartamento.
La Valquiria se detuvo en el centro del salón. Se giró lentamente. Sus ojos no mostraban furia ciega, sino un fuego oscuro, hambriento y profundamente territorial. La vulgaridad y el atrevimiento de aquella mujer habían despertado en ella un instinto primario.
—¿"Peculiar"? —repitió Brunhilde, su voz sonaba extrañamente ronca—. Le acaba de ofrecer a mi hombre abrirle las piernas y mamársela en el maldito ascensor.
—Brunhilde, yo jamás...
—¡Cállate! —ordenó ella, acortando la distancia entre ellos en tres zancadas rápidas.
Agarró a Siegfried por las solapas del suéter con ambas manos, tirando de él hacia abajo hasta que sus rostros quedaron a milímetros de distancia. Siegfried podía sentir el calor que emanaba de ella, la respiración entrecortada chocando contra sus labios.
—Eres demasiado amable para tu propio bien, Siegfried —murmuró Brunhilde, clavando sus uñas en la tela—. Eres un caballero con cualquiera que se cruce en tu camino. Pero parece que algunas perras confundidas necesitan un recordatorio visual de a quién le perteneces.
Siegfried tragó saliva, sus manos instintivamente bajaron hasta posarse en la cintura de Brunhilde. La intensidad de sus ojos lo estaba embriagando.
—Solo te pertenezco a ti, mi Valquiria —dijo él, con voz suave y sincera.
La expresión de Brunhilde se suavizó por una fracción de segundo ante sus palabras, pero el fuego posesivo no desapareció. Al contrario, se encendió aún más.
—Esa zorra te ofreció su boca —susurró Brunhilde, rozando sus labios contra los de él—. Dijo que te dejaría seco.
—No me interesa su boca —respondió Siegfried, cerrando los ojos y dejándose llevar por la cercanía de la mujer que amaba.
—Más te vale —gruñó ella, antes de capturar sus labios en un beso feroz, exigente y brutal.
No había ternura en ese primer contacto; era una reclamación absoluta. Brunhilde mordió su labio inferior, obligándolo a abrir la boca para que su lengua entrara a explorarlo con desesperación y dominio. Siegfried, siempre complaciente con su amada, respondió al beso con la misma intensidad, rodeando su cintura con fuerza y alzándola levemente del suelo.
Brunhilde rompió el beso de golpe, jadeando, con los ojos brillando con una mezcla de enojo residual y pura lujuria. Empezó a tirar del suéter de Siegfried, desesperada por sentir su piel, por borrar cualquier rastro del aroma empalagoso a vainilla que esa mujer había dejado en el aire y reemplazarlo con el suyo propio.
—Vas a olvidar a esa barata y sus pechos de plástico esta misma noche, ¿me oyes? —le susurró Brunhilde al oído, su voz temblando por la adrenalina mientras lo empujaba hacia el pasillo que conducía a la habitación—. Te voy a mostrar lo que es una verdadera mujer. Y te aseguro, Siegfried... que la que te va a dejar seco hasta que supliques clemencia, seré yo.
Siegfried, sintiendo la pasión desbordante de su esposa, sonrió con aquella calidez que solo le reservaba a ella. La tomó en brazos, llevándola hacia la habitación, dispuesto a dejar que Brunhilde demostrara, una y mil veces, que no había nadie más en el mundo para él.