Capítulo 1: el torneo de las sombras
El rugido de la multitud era un animal hambriento, una marea de euforia y sed de sangre que inundaba el coliseo subterráneo. Aziel se encontraba en el epicentro de aquel frenesí, sus pies descalzos sobre el frío lienzo del ring. No era un cuadrilátero cualquiera, ni un evento deportivo al uso. Esto era el Torneo de las Sombras, una contienda clandestina donde la fuerza bruta y la técnica eran meros preámbulos para el verdadero espectáculo: los poderes latentes que residían en el interior de cada luchador. Aziel, con sus músculos cincelados por años de entrenamiento y una mirada que prometía tanto dolor como determinación, había llegado hasta aquí impulsado por un único y desgarrador objetivo: desenterrar la verdad detrás de la desaparición de su hermana.
"¡En esta esquina, pesando 70 kilos, el Fénix Oscuro, Aziel!" La voz cavernosa del anunciador retumbó por los altavoces, elevándose por encima del clamor de la multitud.
Aziel levantó un puño al aire, y por un instante, una pequeña llama púrpura danzó alrededor de sus nudillos. Su poder no era el fuego elemental que otros manifestaban, sino una energía oscura y maleable, una sombra viviente que podía moldear a su antojo. Se manifestaba en golpes que pulverizaban el acero o en escudos que desviaban lo imposible, un eco de la noche más profunda.
Frente a él, al otro lado del ring, su oponente sonreía, una mueca burlona que desvelaba dientes afilados. Era un coloso, un hombre cuya piel estaba marcada por cicatrices que contaban historias de batallas incontables. Su apodo, "El Demoledor", era un eco de su habilidad innata: la Piel de Roca. Su cuerpo se transformaba en una fortaleza viviente, casi invulnerable a cualquier ataque físico. Era una pared de piedra con puños, y el favorito de las apuestas.
El sonido metálico de la campana atravesó el aire, un disparo de salida para la violencia que estaba a punto de desatarse. El Demoledor no perdió un segundo. Con un gruñido gutural, cargó contra Aziel, su puño, ahora una masa rocosa, cortando el aire con una velocidad sorprendente para su tamaño.
Aziel, sin embargo, era un torbellino de agilidad. Se deslizó bajo el golpe con una elegancia felina y contraatacó con una ráfaga de puñetazos. Cada impacto iba envuelto en el aura púrpura de su energía oscura, generando un sonido que recordaba el trueno. Pero la Piel de Roca del Demoledor era implacable. Los golpes de Aziel parecían rebotar en él, apenas dejando una marca.
"¡Jajaja! ¿Crees que eso es todo lo que tienes, mocoso?" rugió El Demoledor, su risa una burla ensordecedora mientras Aziel retrocedía, sus puños aún ardiendo con la energía púrpura. "¡Vas a necesitar más que eso para romperme!"
Aziel sabía que la fuerza bruta no sería suficiente. El Demoledor era una pared, y él no podía derribar una pared de piedra con solo sus puños. Tenía que ser más astuto, más impredecible. Mientras El Demoledor avanzaba, acortando la distancia con cada paso, Aziel extendió su mano abierta. La energía oscura, en lugar de acumularse para un golpe, comenzó a coalescer de una manera diferente, más sutil. No era para un ataque directo, sino para una manipulación del entorno.
De repente, una ráfaga de aire helado sopló sobre el ring, un frío antinatural que hizo temblar el aire. El Demoledor, confiado en su invulnerabilidad, no lo notó hasta que fue demasiado tarde. El lienzo bajo sus pies se cubrió de una fina capa de hielo oscuro, un espejo gélido que reflejaba las luces del coliseo.
El Demoledor, con su imponente masa, resbaló. Sus ojos se abrieron de par en par al sentir cómo perdía el equilibrio, su arrogancia desvaneciéndose en un instante de pánico. Ese breve momento de desequilibrio fue la apertura que Aziel había estado esperando.
Con una explosión de velocidad, se lanzó hacia adelante, una borrosa figura púrpura. Toda su energía, cada gramo de su ser, se concentró en un único movimiento ascendente, un uppercut devastador que se gestó desde las profundidades de su desesperación.
"¡Puño del Fénix Ascendente!" gritó Aziel, su voz mezclándose con el rugido de su energía.
El golpe impactó en la barbilla de El Demoledor con la fuerza de un meteorito. Esta vez, la Piel de Roca no fue suficiente. Una grieta, del tamaño de una telaraña, se extendió por la "piedra" que cubría su rostro, y el coloso se desplomó en el lienzo, inconsciente. Un estruendo sordo que silenció momentáneamente a la multitud.
Luego, la explosión. La multitud estalló en vítores, el nombre de Aziel resonando por todo el coliseo. Aziel, jadeando, sus pulmones ardiendo, miró a su alrededor. Un paso más. Un paso más cerca de la verdad, de su hermana. Pero sabía que este era solo el principio. Los verdaderos desafíos, los luchadores más poderosos y peligrosos, aún estaban por venir. Su camino hacia la verdad apenas había comenzado, y estaba dispuesto a quemar el mundo si era necesario para encontrarla.
El vestuario tras las bambalinas del coliseo olía a linimento, sudor rancio y ozono quemado. Aziel estaba sentado en un banco de madera astillada, con una toalla blanca sobre la cabeza. Sus nudillos aún palpitaban, no por el esfuerzo físico, sino por el residuo de la energía púrpura que se negaba a apagarse del todo.
La victoria contra El Demoledor le había otorgado el pase a la siguiente ronda, pero el precio era el agotamiento espiritual. En este torneo, cada vez que invocaba el Fénix Oscuro, sentía que una parte de su propia vitalidad era consumida por la sombra.
—Una técnica impresionante, Aziel. Aunque un poco descuidada al final.
Aziel levantó la mirada. En la penumbra de la puerta estaba una figura delgada, vestida con un traje impecable que contrastaba con la suciedad del lugar. Era Kaelen, un informante que decía saber dónde habían llevado a su hermana tras el incidente en el Distrito 9.
—No vine aquí a recibir críticas de estilo —respondió Aziel con voz ronca—. Vine por el nombre del siguiente oponente y la información que prometiste.
Kaelen se acercó, dejando un sobre amarillento sobre el banco.
—Tu próxima pelea es contra "La Tejedora de Rayos". Ella no es como El Demoledor; no puedes simplemente esperar a que cometa un error. Ella crea sus propias oportunidades. Y sobre tu hermana... los rastros de su energía fueron vistos en el sector de los laboratorios de la Corporación Zenith.
El corazón de Aziel dio un vuelco. Zenith era la misma entidad que patrocinaba secretamente el torneo. Todo era una trampa circular.
—Si ganas la semifinal, te darán acceso a la zona VIP —continuó Kaelen, dándose la vuelta—. Allí es donde guardan los registros de los "sujetos de prueba". No mueras antes de llegar, sería un desperdicio de talento.
Aziel apretó el sobre. Cerró los ojos y trató de visualizar el rostro de su hermana, pero la imagen se veía borrosa, eclipsada por la llama púrpura que ardía en su mente. Se levantó y caminó hacia el espejo roto del vestuario. Su reflejo mostraba a un hombre que estaba dejando de parecerse al chico que solía ser.
De repente, las luces del lugar parpadearon y una presión eléctrica hizo que los vellos de sus brazos se erizaran. El aire se llenó de chispas azules. No tenía que esperar a mañana; su oponente ya estaba allí, reclamando su territorio en las sombras del pasillo.
—¿Eres tú el que juega con sombras? —una voz femenina, afilada como un relámpago, resonó desde la oscuridad—. Veamos si tu fuego púrpura puede brillar más que mi tormenta.
Aziel no respondió con palabras. Sus manos se envolvieron en esa neblina oscura y fría, iluminando el vestuario con un resplandor siniestro. El Torneo de las Sombras no daba tregua, y el segundo capítulo de su pesadilla acababa de comenzar.
El pasillo del vestuario se convirtió en un túnel de alto voltaje. Aziel apenas tuvo tiempo de lanzarse hacia un lado cuando un arco de electricidad azul destrozó el banco donde segundos antes estaba sentado. La madera saltó en astillas carbonizadas.
—¡En el ring o en el lodo, te acabaré igual! —gritó Lyra, la Tejedora de Rayos, emergiendo de la penumbra.
Ella era pura energía cinética. Sus movimientos eran espasmódicos, casi demasiado rápidos para el ojo humano. No usaba guantes; sus manos estaban envueltas en bobinas de cobre que canalizaban su poder.
Aziel se puso en pie, su aura púrpura expandiéndose como una mancha de aceite en el agua. Sabía que un solo roce de esos rayos detendría su corazón.
—Si quieres morir antes de la semifinal, no seré yo quien te detenga —sentenció Aziel con frialdad.
Lyra se impulsó contra las paredes, rebotando con una velocidad cegadora. Lanzó una ráfaga de proyectiles eléctricos. Aziel no esquivó esta vez; cruzó sus brazos y manifestó el "Escudo del Vacío". La energía púrpura absorbió los impactos, pero el esfuerzo le hizo hincar una rodilla en el suelo. El poder de Lyra era más denso de lo que esperaba.
—¡Demasiado lento! —Lyra apareció justo encima de él, con su palma cargada de una esfera de luz blanca.
Aziel reaccionó por puro instinto. En lugar de bloquear, expandió su sombra hacia el techo, creando una columna de oscuridad absoluta que envolvió a ambos. En la oscuridad total, los ojos de Aziel brillaron con un tono violeta intenso. Su poder no dependía de la vista, sino de la vibración de las almas.
Sintió el latido acelerado de Lyra a su izquierda. Ella, privada de su vista, entró en pánico y disparó descargas en todas direcciones, iluminando el pasillo como una discoteca infernal. Aziel se deslizó por las sombras, silencioso como un depredador.
Apareció detrás de ella y, en lugar de un puñetazo, le puso la mano en el hombro. La energía oscura de Aziel comenzó a "drenar" la electricidad de Lyra. Ella gritó, sintiendo cómo su fuente de poder se apagaba bajo el frío toque del Fénix.
—Se acabó —susurró Aziel.
Un golpe seco en la nuca dejó a la Tejedora de Rayos inconsciente antes de que la oscuridad se disipara. Aziel quedó solo en el pasillo destruido, jadeando. Su brazo derecho temblaba violentamente; el uso excesivo de su poder estaba empezando a agrietar su propia piel, dejando marcas negras que subían por su cuello.
De repente, una pantalla en la pared se encendió. Un hombre con máscara de hierro apareció en video.
—Impresionante, Aziel. Has derrotado a nuestra mejor asesina fuera del horario oficial. Como recompensa, no te eliminaremos por romper las reglas. Al contrario... te espero en el Sector Zenith. Si quieres ver a tu hermana viva, tendrás que cruzar la puerta de seguridad 4. Pero ten cuidado: allí no hay árbitros, y las sombras muerden más fuerte.
La pantalla se apagó. Aziel miró sus manos, que ahora humeaban con un vapor negro. Ya no era una cuestión de ganar un torneo. Era una infiltración suicida.
Aziel sabía que ir directo por la puerta 4 era una sentencia de muerte. Sus marcas negras, esas grietas en su piel que palpitaban con un frío gélido, le recordaban que su energía no era infinita. Necesitaba precisión, no solo fuerza bruta.
Encontró a Kaelen en un callejón trasero del coliseo, oculto entre los generadores de energía que zumbaban como insectos gigantes. El informante estaba fumando, pero al ver a Aziel con el cuello marcado por las sombras, dejó caer el cigarrillo.
—Estás usando demasiado ese poder, Aziel —dijo Kaelen con una mezcla de lástima y miedo—. Si llegas al corazón de la energía, no habrá vuelta atrás. Te convertirás en un espectro.
—No me hables de mi salud. Dame el acceso al Sector Zenith —exigió Aziel, agarrándolo de la solapa. Un pequeño rastro de neblina púrpura escapó de sus dedos, chamuscando la tela.
Kaelen, sudando frío, sacó una pequeña unidad de datos (pendrive) de su bolsillo.
—Escucha bien. La puerta 4 está protegida por un escáner de frecuencia de alma. No basta con una clave; necesitas engañar al sensor para que crea que eres uno de sus ejecutivos. Este dispositivo emitirá una señal que enmascarará tu aura por exactamente tres minutos.
—Tres minutos es más que suficiente —respondió Aziel, soltándolo.
—Hay un problema más —añadió Kaelen mientras Aziel se alejaba—. El pasillo que lleva a los laboratorios está patrullado por "El Silenciador". Es un guerrero biomecánico que no tiene alma, lo que significa que tus sombras no pueden "sentirlo". Tendrás que confiar en tus sentidos humanos.
Aziel se dirigió hacia el nivel inferior. Al llegar a la pesada puerta de acero marcada con el logo de la Corporación Zenith, conectó el dispositivo. El escáner láser pasó por su rostro, bañándolo en una luz roja. El dispositivo de Kaelen emitió un pitido agudo y, tras un segundo de tensión, la puerta se deslizó hacia los lados con un susurro hidráulico.
El interior era un mundo aparte: pasillos blancos, luces fluorescentes cegadoras y un silencio sepulcral que le ponía los pelos de punta. Aziel avanzó pegado a las paredes, sintiendo cómo el cronómetro en su muñeca marcaba los segundos restantes de su camuflaje.
Cuando apenas quedaba un minuto, el aire se volvió pesado. No hubo pasos, no hubo ruido. Solo una ráfaga de viento cortante. Aziel se agachó por instinto justo cuando una hoja de metal negro pasaba por donde había estado su cabeza.
Frente a él estaba El Silenciador. No era un hombre, sino una armadura esbelta y oscura de tres metros de alto, con un solo ojo rojo en el centro de su casco. Sus movimientos eran fluidos, sin la vibración que Aziel solía detectar en los seres vivos.
—Intruso detectado —la voz del robot era una grabación mecánica sin emociones—. Iniciando protocolo de eliminación.
Aziel apretó los puños. Su poder de sombra era inútil para rastrear a una máquina, pero su entrenamiento como boxeador seguía ahí. En este lugar de ciencia y metal, tendría que pelear como el humano que alguna vez fue.
El cronómetro en la muñeca de Aziel parpadeaba en rojo: 00:42 segundos. El Silenciador no respiraba, no dudaba y, lo más aterrador, no emitía esa "vibración de alma" que Aziel utilizaba para anticipar los movimientos de sus rivales. Era como pelear contra un fantasma de acero.
La máquina lanzó una estocada con su brazo derecho, que se transformó en una hoja de plasma vibratorio. Aziel realizó un pivot hacia la izquierda, sintiendo el calor del arma rozando su hombro. En el boxeo tradicional, un luchador siempre deja una pista antes de golpear: un hombro que se tensa, un cambio en la mirada. El Silenciador era pura lógica mecánica, pero Aziel se dio cuenta de algo: para moverse a esa velocidad, los servomotores de sus rodillas debían liberar presión hidráulica.
—¡Ahí estás! —exclamó Aziel para sus adentros.
En lugar de lanzar sus característicos golpes cargados de energía oscura, Aziel se mantuvo en una guardia cerrada, asumiendo una postura de contraatacador purista. El robot lanzó un jab metálico que habría atravesado un muro de concreto; Aziel lo desvió con el antebrazo, sufriendo un dolor punzante, pero aprovechó la inercia para deslizarse por debajo del brazo mecánico.
Con el cronómetro marcando 00:15 segundos, Aziel vio su oportunidad. Justo cuando El Silenciador giraba sobre su eje para un tajo horizontal, Aziel concentró una cantidad mínima de energía púrpura, no para destruir, sino para lubricar su propia velocidad.
Se lanzó en un dash explosivo hacia la pierna de apoyo de la máquina. Con un gancho preciso y seco, golpeó la articulación trasera de la rodilla, donde los cables estaban expuestos por una fracción de segundo.
El metal crujió. Una chispa eléctrica saltó y la pierna del robot falló por un microsegundo.
Aziel no se detuvo. Aprovechando que la máquina se inclinaba, saltó sobre su espalda y lanzó un combo de "uno-dos" directamente al procesador central ubicado en la base del casco. Sus nudillos sangraron al impactar contra el blindaje, pero la vibración del golpe, potenciada por un hilo de sombra, penetró las capas de acero.
00:03... 00:02... 00:01...
La luz roja del ojo del Silenciador parpadeó y se apagó. La enorme armadura se desplomó pesadamente contra el suelo blanco, quedando inmóvil. En ese mismo instante, el dispositivo de camuflaje de Aziel murió con un pitido largo.
Jadeando, Aziel se apoyó contra la pared. Sus manos temblaban y las marcas negras de su cuello se habían extendido hasta su mandíbula. El silencio volvió al pasillo, pero ahora era diferente. Al fondo, una puerta automática se abrió, revelando una sala llena de tanques criogénicos.
En el tanque central, rodeada de cables y un fluido azul brillante, estaba ella: su hermana. Pero no estaba sola. Junto al tanque, un hombre de cabello blanco y bata de laboratorio le daba la espalda, observando unos monitores.
—Llegas justo a tiempo, Aziel —dijo el hombre sin girarse—. Ella está a punto de despertar... pero me temo que ya no te reconocerá como su hermano, sino como su primera presa.
La visión de su hermana, Maya, flotando en aquel líquido viscoso y azulado, hizo que la poca paciencia que le quedaba a Aziel se evaporara. Ignoró por completo las palabras del científico. No había espacio para la diplomacia ni para las explicaciones científicas cuando el tiempo se medía en los latidos agonizantes de su corazón.
—¡Apártate de ella! —rugió Aziel.
Sin esperar respuesta, Aziel cargó contra el tanque central. El científico apenas tuvo tiempo de lanzarse al suelo mientras el boxeador concentraba toda la frustración de los últimos meses en su puño derecho. No fue un golpe ordinario; invocó el "Núcleo de la Sombra", una técnica prohibida que concentraba la energía oscura en un punto tan denso que comenzaba a distorsionar la luz a su alrededor.
¡CRACK!
El primer impacto resonó como una explosión en la sala estéril. El cristal reforzado, diseñado para resistir bombardeos, se agrietó formando una telaraña plateada. Aziel no se detuvo. Sus nudillos ardían y las marcas negras de su piel comenzaron a sangrar un humo púrpura, pero lanzó un segundo y un tercer golpe con una furia ciega.
—¡Detente, insensato! —gritó el científico desde el suelo—. ¡El fluido es lo que mantiene su mente bajo control! ¡Si rompes el ciclo abruptamente, el Fénix Blanco en su interior la consumirá!
Aziel no escuchó. Un último golpe, cargado con un grito de pura agonía y esperanza, atravesó finalmente el blindaje transparente.
El cristal estalló en mil pedazos. El fluido azul inundó el suelo del laboratorio, cubriendo las botas de Aziel y haciendo que los sistemas eléctricos del lugar comenzaran a cortocircuitarse, lanzando chispas por doquier. El cuerpo de Maya cayó hacia adelante, lánguido. Aziel la atrapó entre sus brazos justo antes de que tocara el suelo empapado.
—Maya... Maya, mírame. Soy yo, Aziel —susurró, con la voz quebrada por el cansancio.
Por un segundo, hubo un silencio sepulcral. Maya abrió los ojos. Pero no eran los ojos castaños y dulces que Aziel recordaba. Eran dos esferas de una luz blanca cegadora, sin pupilas, que irradiaban un calor abrasador.
De repente, una onda de choque de energía pura barrió la habitación, lanzando a Aziel contra las consolas de control. El frío de su sombra fue repelido violentamente por un calor solar. Maya se puso en pie, flotando a unos centímetros del suelo. Su cabello se agitaba como si estuviera bajo el agua y de su espalda brotaron dos alas de fuego blanco incandescente.
—Sujeto 02 activado —susurró Maya con una voz que no era la suya, sino una superposición de miles de frecuencias—. Objetivo detectado: Energía de Sombra. Iniciando purificación.
Aziel se levantó con dificultad, limpiándose la sangre de la comisura de la boca. Había rescatado a su hermana, pero el monstruo que Zenith había creado ahora lo veía como su enemigo natural.
El calor que emanaba de Maya era insoportable. No era el calor de un incendio, sino una radiación pura que parecía querer evaporar la misma esencia de Aziel. Ella avanzó, y cada paso que daba derretía el metal del suelo bajo sus pies.
—¡Maya, detente! ¡Soy tu hermano! —gritó Aziel, pero ella no respondió. Solo levantó una mano y lanzó un rayo de luz blanca que casi le atraviesa el pecho.
Aziel sabía que no podía golpearla. Un solo impacto de su Fénix Oscuro podría ser fatal para el cuerpo debilitado de su hermana. Tenía que hacer lo contrario: no usar su sombra como un arma, sino como un refugio.
—Si quieres purificarme, tendrás que atraparme primero —susurró para sí mismo.
Aziel comenzó a liberar su energía de una forma que nunca antes había intentado. En lugar de concentrarla en sus puños, dejó que fluyera hacia afuera, expandiéndose por toda la habitación como una niebla densa y fría. Era la técnica del "Manto de la Luna Negra".
Maya, desorientada por la súbita pérdida de visibilidad, empezó a lanzar ráfagas de fuego blanco en todas direcciones. Aziel se movía entre la niebla, esquivando los ataques con la agilidad de sus años en el ring, pero sin contraatacar. Cada vez que pasaba cerca de ella, dejaba una estela de su sombra, envolviéndola lentamente, como si estuviera tejiendo un capullo de oscuridad alrededor de una estrella.
—¡Basta de luz, Maya! ¡Vuelve a casa! —exclamó Aziel mientras se lanzaba a un abrazo suicida.
Cerró sus brazos alrededor de ella. El dolor fue instantáneo. Sentía que su piel se quemaba, que sus propias sombras gritaban al ser consumidas por la luz de las alas de Maya. Pero Aziel no la soltó. Usó su energía para absorber el exceso de calor, actuando como un pararrayos humano. Las marcas negras de su cuello se extendieron por sus mejillas y brazos, brillando con una intensidad violeta mientras intentaban contener el fuego blanco.
Poco a poco, el resplandor de Maya comenzó a disminuir. La luz blanca se volvió más tenue, y las alas de fuego se deshicieron en chispas que desaparecían al contacto con la niebla de Aziel.
—Aziel... —la voz de Maya volvió a ser la de una niña asustada.
La luz en sus ojos se apagó, dejando paso a sus ojos castaños, ahora llenos de lágrimas. Maya se desplomó en los brazos de su hermano, completamente agotada. Aziel también cayó de rodillas, con el cuerpo cubierto de quemaduras y el aura casi extinguida.
Pero no había tiempo para celebrar. Desde las sombras del laboratorio, el sonido de unos aplausos lentos y metálicos los sobresaltó. No era el científico; era alguien mucho más imponente.
—Una actuación conmovedora —dijo una voz profunda. De una plataforma elevada descendió el Director de Zenith, vistiendo una armadura dorada que parecía absorber la luz de la habitación—. El equilibrio entre la sombra y la luz... es justo lo que necesitábamos para estabilizar el proyecto final. Gracias, Aziel. Has completado la última fase de mi experimento.
El Director levantó una mano, y el suelo bajo Aziel y Maya comenzó a vibrar. Unas esposas magnéticas surgieron del piso, atrapando sus tobillos.
El Director de Zenith los miraba con la frialdad de quien observa insectos en un frasco. Las esposas magnéticas emitían un zumbido de alta frecuencia que parecía clavar alfileres de hielo en los huesos de Aziel. Maya, débil y apenas consciente, gemía suavemente entre sus brazos.
—Es inútil, Aziel —sentenció el Director, bajando por la plataforma—. Ese magnetismo se alimenta de tu propia energía cinética. Cuanto más luches, más fuerte te apretará. Estás vacío. Has dado todo lo que tenías para salvarla, y ahora ambos son propiedad de la Corporación.
Aziel bajó la cabeza. Sus brazos le pesaban como si fueran de plomo y la visión se le nublaba. Tenía razón: estaba vacío. O al menos, eso es lo que el Director creía.
En el boxeo, el golpe más peligroso no es el que se lanza con fuerza, sino el que se lanza cuando el oponente cree que ya no puedes levantar los brazos. Aziel recordó las palabras de Kaelen: "Si llegas al corazón de la energía, no habrá vuelta atrás".
—Maya... cierra los ojos —susurró Aziel.
—¿Qué haces? —preguntó el Director, deteniéndose a pocos metros.
Aziel no respondió. En lugar de luchar contra las esposas, hizo algo impensable: dejó de intentar contener la sombra. En lugar de proyectarla hacia afuera, la colapsó hacia adentro, hacia su propio corazón. Las marcas negras de su piel dejaron de ser grietas para convertirse en abismos profundos.
"Sobrecarga de Vacío: Réquiem de Sombra"
No fue un grito, fue un rugido silencioso. La energía oscura estalló desde el centro de su pecho con una violencia volcánica. No era una llama, era la ausencia total de luz. La onda de choque fue tan potente que los generadores de las esposas magnéticas implosionaron, incapaces de procesar tal cantidad de energía negativa.
El cristal del laboratorio, las luces y las computadoras estallaron al mismo tiempo. El Director fue lanzado hacia atrás por la presión, su armadura dorada agrietándose bajo la fuerza gravitatoria del ataque.
Aziel sintió cómo su conciencia se deshilachaba. Era como si su alma se estuviera convirtiendo en humo. Con un último esfuerzo sobrehumano, utilizó la inercia de la explosión para envolver a Maya en una burbuja de sombra protectora y lanzarla hacia el conducto de ventilación que Kaelen le había señalado anteriormente.
—¡Vete... corre! —logró articular Aziel antes de que sus piernas cedieran.
Maya gritó su nombre, pero la succión de la despresurización de la sala la arrastró por el conducto, poniéndola a salvo fuera del laboratorio central.
Aziel cayó al suelo, rodeado de escombros y oscuridad. La luz de la sala parpadeaba, agonizante. El Director se levantó entre las ruinas, con el casco destrozado y el rostro lleno de sangre, pero con una sonrisa retorcida.
—Lo lograste... rompiste tus límites —dijo el Director, tosiendo—. Pero te ha costado la vida. Estás muriendo, Aziel.
Aziel cerró los ojos. Sus manos, antes fuertes y marcadas por el entrenamiento, ahora se veían pálidas y casi transparentes. Había ganado tiempo para su hermana, pero el Fénix Oscuro finalmente había reclamado su tributo.
Sin embargo, en la oscuridad total de su mente, una pequeña chispa púrpura volvió a encenderse. No estaba muerto... todavía.
El Director de Zenith se acercaba con un puñal de energía dorada, listo para dar el golpe de gracia. Pero justo cuando la hoja descendía, una mano fría como el hielo le sujetó la muñeca.
No era la mano de un hombre moribundo. Era una garra de oscuridad sólida.
—¿Creíste que el vacío era el final? —la voz de Aziel resonó con un eco de ultratumba, pero cargada de una vitalidad renovada.
El cuerpo de Aziel comenzó a absorber la energía residual de la explosión del laboratorio. Las marcas negras, en lugar de consumirlo, se reorganizaron, fusionándose con sus músculos. Su piel recuperó el color, pero ahora desprendía un aura de color púrpura neón que hacía vibrar el aire. No se había convertido en un espectro; había alcanzado la Sincronía Total.
Aziel se puso en pie con una lentitud imponente. De un solo movimiento, le arrebató el arma al Director y la pulverizó entre sus dedos.
—Ahora —dijo Aziel, poniéndose en su guardia de boxeador—, vas a ver cómo pelea alguien que no tiene nada que perder.
El Director, en un acto de desesperación, activó el núcleo de su armadura dorada, transformándose en un titán de luz solar. Se lanzó contra Aziel con una ráfaga de golpes a la velocidad de la luz.
La pelea fue un espectáculo de contrastes. El Director lanzaba ataques que habrían nivelado una ciudad, pero Aziel se movía como una sombra entre los rayos de sol. Usó un bob and weave perfecto, esquivando cada destello y devolviendo golpes que no solo dañaban el metal, sino que "apagaban" la luz de la armadura.
—¡Izquierda! —Aziel conectó un hook que le arrancó la hombrera al Director.
—¡Derecha! —Un cross directo al pecho que hizo que el núcleo dorado se agrietara.
La batalla alcanzó su clímax cuando el Director cargó toda su energía en un golpe final: "El Juicio Solar". El laboratorio entero se volvió blanco. Pero Aziel no retrocedió. Concentró toda su sombra en su brazo derecho, no como una llama, sino como un punto de gravedad infinita.
—¡Impacto Final: El Eclipse de Aziel!
El puño de Aziel atravesó la luz del Director como si fuera papel. El impacto fue tan preciso que toda la energía de la armadura se revirtió, colapsando hacia adentro. El Director salió disparado, atravesando tres muros de concreto antes de quedar sepultado bajo las ruinas de su propia ambición.
El silencio volvió, pero esta vez era un silencio de paz.
Aziel caminó hacia la salida, donde Maya lo esperaba junto a Kaelen. Su hermana corrió hacia él y lo abrazó con fuerza. Aziel, aunque seguía teniendo las marcas del Fénix en sus brazos, ya no sentía dolor. Había dominado a la bestia.
—Se acabó, Maya. Vamos a casa —susurró.
Mientras se alejaban del complejo de Zenith que comenzaba a derrumbarse, Aziel miró sus manos una última vez. Ya no era solo un boxeador, y ya no era solo una víctima de un torneo. Era el hombre que había caminado por el abismo y había regresado con el fuego de las sombras bajo su mando.
El torneo había terminado, pero la leyenda de Aziel, el Fénix Oscuro, apenas comenzaba.
![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)







