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EL PESO DEL ESTANDARTE

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Summary

Gabriel Vicuña es un joven dirigente estudiantil puro, de esos que leen a Kropotkin en la calle mientras los carabineros lo golpean. Cuando el sistema político lo alza como candidato presidencial, jura que será diferente. Pero el poder no es una herramienta: es una sustancia que transforma a quien la toca. Una cena en Zapallar con un empresario. Un traje italiano que no le aprieta. Un contrato que no recuerda haber firmado. Una ley que aprueba sin leer. El mundanismo, la connivencia, la necesidad —el sistema no corrompe con un soborno millonario, sino con una pequeña concesión a la vez. Elena, su jefa de campaña, renuncia. Soler, su mentor, muere sin hacer las paces. La foto de una mujer pobre —pegada en la pared de su departamento como promesa de cambio— termina doblada en su billetera, convertida en un símbolo vacío. Gabriel se mira al espejo y ya no se reconoce. Pero ya no le importa. El Peso del Estandarte es la tragedia de un hombre que quiso cambiar Chile y terminó cambiándose a sí mismo para adaptarse a Chile. Inspirada en las tesis de Antonio García-Trevijano sobre la partitocracia. No hay redención. Solo diagnóstico. Porque la esperanza, sola, no cambia nada.

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Chapters
21
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n/a
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16+

Capítulo 1: El humo antes del incendio

Libro Primero: La Inocencia del Asfalto

El humo ascendía desde la taza de café como una pregunta sin respuesta.

Gabriel Vicuña llevaba treinta y siete minutos mirando la misma página de La conquista del pan de Kropotkin, sin leer una sola línea. Sus ojos recorrían las palabras —propiedad, reciprocidad, solidaridad— pero su cerebro estaba secuestrado por otro texto, uno que no estaba escrito en ningún libro: el mapa de la derrota del gobierno anterior, que había dejado las calles de Santiago ardiendo tres veces por semana durante dieciocho meses.

Santiago Centro no era una ciudad a las siete de la mañana. Era una herida abierta.

Desde la ventana de su departamento de dos ambientes en calle San Isidro, a media cuadra de la Alameda, Gabriel podía ver los restos de la parroquia San Agustín —fachada llena de rayados, vidrios rotos que nadie había repuesto porque el seguro del arzobispado declaró «actos políticos» lo que los feligreses llamaban «desesperación». Más allá, hacia el poniente, los edificios del barrio universitario mostraban un eccema de consignas superpuestas: No son treinta pesos, son treinta años. El agua no se negocia. Que se vayan todos. Algunas ya estaban pintadas encima tres o cuatro veces, como papiros reutilizados por escribas de la rabia.

Gabriel apuró el café. Estaba frío. Hacía frío. El junio santiaguino se filtraba por los marcos de aluminio que el dueño del departamento había instalado en los ochenta y nunca reemplazó. Sopló sobre la superficie negra del café como si el gesto pudiera devolverle la temperatura, pero no lo hizo. El café frío es una metáfora barata, pensó, pero las metáforas baratas también son verdad cuando llevas cuatro años durmiendo cuatro horas por noche.

Tenía veintiséis años.

Parecía de treinta y cinco.

El teléfono vibró sobre la mesa de pino sin barnizar. Elena Rivas. Su jefa de campaña. Su socia en la fundación. La única persona que lo había visto llorar después de que la estación de Metro Baquedano se convirtiera simbólicamente en la Plaza de la Dignidad y la policía cargara contra estudiantes que pedían lo mismo que él había pedido a los diecinueve: educación gratuita, salud pública, fin de las AFP.

—¿Gabriel? —la voz de Elena tenía esa urgencia controlada que ella dominaba como nadie, esa capacidad de sonar calmada mientras el mundo ardía—. ¿Viste el tuit de Fernández?

—No he visto nada. Estoy... —miró la página sin leer de Kropotkin—. Estudiando.

—Fernández renunció. Oficial. Hace diez minutos. El pacto está buscando candidato. Tienen que resolver hoy, porque mañana cierran inscripciones.

Gabriel sintió lo mismo que había sentido a los diecisiete años, cuando subió por primera vez al cerro San Cristóbal y miró toda la ciudad desde la cima y entendió que las cosas podían ser distintas si alguien tenía el valor de hacerlas distintas. Una electricidad que no venía del café ni del frío ni del miedo. Una electricidad que venía de un lugar más antiguo que él: la certeza de que el tiempo, a veces, se detiene y te ofrece una rendija.

—No voy a ser el candidato, Elena.

—No te pregunto si vas a serlo. Te aviso que ya lo eres. El pacto quiere a alguien de la sociedad civil. Alguien que no tenga sangre en los expedientes. Alguien...

—¿Joven? —dijo Gabriel con una sonrisa que ella no podía ver.

—Inocente, Gabriel. Quieren a alguien que todavía parezca inocente. Y tú eres el único que no ha tenido que ensayar la inocencia.

Colgó sin despedirse. Era su forma de decirte quiero pero no vamos a perder tiempo en eso.

Gabriel se quedó en la silla plegable de la cocina. La cocina medía un metro con veinte de ancho; cabía él, un refrigerador ruidoso y una cocina a gas de dos hornallas que olía a gas incluso cuando estaba apagada. La inmobiliaria llamaba a esto departamento tipo estudio. La realidad lo llamaba lo que puede pagar un dirigente social que dona el noventa por ciento de su sueldo a comedores populares.

Sobre el refrigerador, un imán con la cara del Che Guevara que le había regalado su madre —«para que no te olvides de quiénes somos, Gabrielito»— junto a un imán de la Virgen del Carmen. Su madre era una contradicción andante, como la mayoría de las mujeres que habían vivido la dictadura en sus veintes: comunista y católica, como si ninguna de las dos cosas pudiera sostenerse sin la otra.

Se levantó. Caminó los cuatro pasos que separaban la cocina de la ventana. Apoyó la frente en el vidrio frío.

La ciudad comenzaba a moverse abajo. Un camión de reparto de Coca-Cola dobló por San Isidro con un rugido de motor mal afinado. Dos mujeres con delantales blancos caminaban hacia la fuentes de soda de la galería del lado, las manos metidas en los bolsillos de sus chaquetas negras, el aliento convertido en pequeñas nubes de despedida. En el quinto piso del edificio de enfrente, una luz se encendió: alguien más estaba despierto demasiado temprano, alguien más miraba el día con la misma mezcla de esperanza y asco.

El teléfono volvió a vibrar. No era Elena. Era un número que no tenía agendado, pero que Gabriel conocía de memoria porque lo había visto en quinientos volantes, mil afiches, tres mil cartas: el número de la casa de Andrés Soler.

Andrés Soler. Setenta y dos años. Ex ministro de un gobierno que ya nadie recordaba bien. Filósofo político formado en Madrid y exiliado en Caracas durante la dictadura. Autor de La democracia secuestrada y El peso del estandarte—este último, un ensayo de 1987 que Gabriel había leído a los veinte años y que le había cambiado la vida no por lo que decía, sino por lo que insinuaba: que la izquierda no sería derrotada por la derecha, sino por su propio deseo de ser aceptada por la mesa que antes le estaba vedada.

—Andrés —dijo Gabriel al contestar, sin saludo previo. Entre ellos no hacía falta.

—¿Supiste lo de Fernández? —La voz de Soler era grave y pausada, como un cello viejo que hubiera aprendido a no apurarse porque el tiempo ya no era su enemigo.

—Sí. Elena me acaba de llamar.

—¿Y qué vas a hacer?

Gabriel se sentó en el alféizar de la ventana. Las persianas rotas dejaban pasar una franja de luz gris que caía sobre sus manos. Se miró los nudillos. Los tenía moretones, no de pelear, sino de sujetar megáfonos durante horas.

—No sé si quiero ser presidente, Andrés.

Una pausa larga. Tan larga que Gabriel pensó que la llamada se había cortado. Pero no. Soler estaba pensando. Cuando pensaba, el silencio se volvía denso, casi sólido.

—Nadie quiere ser presidente, Gabriel. El presidente es un cargo que se sufre, no se disfruta. Lo que quieres —o lo que deberías querer— es cambiar las reglas. Y para cambiar las reglas necesitas el poder. Y para tener el poder necesitas ganar. Y para ganar necesitas que te vean. Y para que te vean necesitas...

—...dejar de ser quien soy —completó Gabriel.

—No. Dejar de ser quien eras. Son dos cosas distintas. Quien eras es un activista de veintidós años que leía a Kropotkin en la calle mientras los pacos lo molían a balazos de goma. Quien serás es otra cosa. Y esa otra cosa puede ser maravillosa o monstruosa. Depende de cuánto estés dispuesto a olvidar.

Gabriel cerró los ojos. Vio la Plaza Baquedano llena de gente. Vio la estatua del general mirando hacia el sur mientras miles de personas le daban la espalda. Vio las banderas mapuche, las banderas LGBTI+, la bandera chilena ondeando al revés como un grito de auxilio. Vio su propia cara en una pantalla gigante, la cara que tenía a los veintidós, antes de que las ojeras fueran permanentes, antes de que aprendiera a sonreír para las cámaras sin que le temblara el labio.

—Tengo miedo —dijo, y la honestidad le supo a algo que no probaba desde hacía años: a vulnerabilidad sin estrategia.

—Bien —dijo Soler—. El miedo es el único filtro que separa a los tiranos de los estadistas. Los tiranos no tienen miedo. Los estadistas aprenden a gobernar con el miedo sentado al lado. Ahora, escúchame con atención porque no voy a repetirlo nunca más.

Gabriel abrió los ojos. La ciudad seguía ahí. El camión de Coca-Cola ya no se veía. Las dos mujeres con delantales blancos habían entrado a la galería. En el quinto piso del edificio de enfrente, la luz seguía encendida.

—Vas a aceptar la candidatura —dijo Soler—, pero vas a poner tres condiciones. Primera: no vas a pedir un peso a ningún empresario. Tu campaña se financia con aportes voluntarios y con lo que la fundación pueda recolectar. Segunda: no vas a hacer acuerdos programáticos con nadie. Tu programa lo escribes tú, con tu equipo, y no se negocia. Tercera: nunca, bajo ninguna circunstancia, vas a poner la mano en el bolsillo del Estado para financiar las ambiciones de tu partido.

—Eso es suicida —dijo Gabriel—. El pacto no me va a aceptar esas condiciones.

—Por eso mismo las pones. Si las aceptan, significará que quieren un cambio real. Si no las aceptan, significará que querían un títere. Y tú, Gabriel Vicuña, no naciste para ser títere de nadie. Ni siquiera mío.

Colgó.

Otra vez la ciudad. Otra vez el frío. Otra vez la página sin leer de Kropotkin.

Gabriel se levantó y fue al baño. El baño medía un metro cuadrado. La ducha era una manguera con un rociador chino que escupía agua en tres direcciones distintas. El espejo del botiquín estaba manchado por la humedad, como si la pared misma estuviera llorando.

Se miró.

Las ojeras eran dos manchas moradas que se extendían hasta la mitad de sus mejillas. La barba de tres días no era una barba intencional —como la que usaban los candidatos para parecer «auténticos»—, sino el resultado de no haber tenido tiempo de afeitarse. Su nariz, rota a los veintitrés años por un perdigón de goma en una manifestación en Valparaíso, tenía una joroba que a algunas mujeres les parecía sexy y a él le parecía el mapa de una guerra que nadie había declarado.

—Vas a ser presidente —se dijo al espejo, y la frase sonó tan absurda que casi se ríe—. Vas a ser presidente y después te van a destruir. Como a Allende. Como a Frei. Como a todos los que intentaron tocar las estructuras sin preguntar permiso.

Pero esa noche, cuando la ciudad se fue apagando y los autos dejaron de sonar y solo quedó el zumbido del refrigerador ruidoso y el silencio cómplice de San Isidro, Gabriel tomó una decisión que no compartiría con nadie hasta mucho después: iba a aceptar. No por ambición. No por deber. Sino porque había una foto que no podía sacarse de la cabeza.

La foto de una mujer de setenta años, en Puente Alto, haciendo fila para comprar pan a las seis de la mañana. La mujer llevaba una chaqueta de lana que había sido verde pero ahora era gris. Sostenía una bolsa de tela con un agujero en la costura. Miraba al vacío con una expresión que no era tristeza ni rabia: era normalidad. La normalidad del que ha sido aplastado tantas veces que ya no recuerda cómo se siente estar de pie sin que algo le duela.

Gabriel había visto esa foto en un periódico independiente, hacía tres meses. Había recortado la página y la había pegado en la pared frente a su cama. Todas las noches, antes de dormir, la miraba. Todas las mañanas, al despertar, la miraba.

Esa mujer no tenía nombre en su recuerdo. Pero tenía un rostro. Y ese rostro era, para Gabriel Vicuña, más importante que cualquier libro, cualquier teoría, cualquier discurso.

Antes de acostarse, escribió un mensaje a Elena:

«Acepto. Pero hay condiciones. Mañana te las digo. Y prepárate, porque no te van a gustar.»

Elena respondió a los tres segundos:

«Nunca me ha gustado nada de ti, Vicuña. Por eso sé que vamos a ganar.»

Gabriel apagó la luz. La pieza quedó a oscuras. Desde la calle llegó el eco lejano de un carrete que terminaba, una botella rota, una risa que se perdía en el frío. Y entonces, justo antes de dormirse, escuchó algo que lo erizó.

No era un sonido real. Era un recuerdo transformado en alucinación auditiva.

La voz de Andrés Soler, en su última conversación presencial, hacía dos meses, en el departamento de Soler en Providencia:

«Mira, Gabriel. El problema no es si la izquierda llega al poder. El problema es qué hace la izquierda con el poder cuando ya no tiene enemigos afuera y todos sus enemigos están adentro, sentados en su misma mesa, compartiendo su misma copa de vino. La corrupción no es cuestión de dinero. La corrupción es cuestión de soledad. Cuando llegues a La Moneda, todos los que hoy son tus hermanos de lucha van a empezar a tratarte como usted. Y esa distancia, ese trato de usted, ese pasillo enorme que nadie cruza sin pedir permiso... esa es la droga. La droga más adictiva que existe. Más que la cocaína. Más que el sexo. Más que el poder mismo. El trato de usted. Porque el trato de usted te convence de que eres distinto. Y cuando crees que eres distinto, empiezas a creer que las reglas no aplican para ti.»

Gabriel dio vuelta la almohada. La parte fresca le acarició la mejilla. Cerró los ojos.

No pudo dormir hasta las cuatro de la mañana.

Y soñó con una fila infinita de gente esperando pan bajo una lluvia que nunca terminaba.

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