"El todo es una parte de algo mucho mas grande"
La batalla en Shinjuku estaba por llegar a su fin. El Rey de las Maldiciones había derrotado a la mayoría de los hechiceros. Enfrente, solo quedaba Yuji Itadori, quien había logrado seguir en pie frente al Rey tras tanta batalla intensa. Además de ser el único en pie, Sukuna, aunque con poca energía maldita, se encontraba más que decidido a matar a Itadori... pero aun así... una semilla de duda se había sembrado en el Rey, aunque fuera solo por unos segundos. El propio Sukuna pensó en sí mismo perdiendo, y en Itadori logrando ganarle.
Ese pensamiento surgió porque, a pesar de todo el daño que le había causado, ese mocoso al que siempre había despreciado mientras compartían cuerpo, le estaba demostrando una convicción tan firme como la suya. Pero, a diferencia de Sukuna, no lo movía el deseo de ser el más fuerte ni la necesidad de satisfacer su ego; luchaba por algo más grande, algo que lo impulsaba a seguir levantándose una y otra vez.
Aunque solo fue por un instante, aquella idea que cruzó la mente de Sukuna generó un efecto inesperado: lo distrajo lo suficiente como para no notar de inmediato la energía de Itadori, que comenzaba a concentrarse y comprimirse a su alrededor. Fue únicamente gracias a su vasta experiencia en combate que el Rey de las Maldiciones logró percibir, justo a tiempo, que Yuji había expandido su dominio, utilizándolo como su carta final para derrotarlo.
Sukuna e Itadori recorrieron los recuerdos del joven hechicero, mientras este intentaba darle una lección al Rey de las Maldiciones. Sin embargo, para Sukuna, escuchar a Itadori hablar sobre la vida y el valor que esta posee -a través de sus propias vivencias y memorias- no era más que un intento ingenuo de convencerlo con ideas que jamás formaron parte de su mundo.
Sukuna, al escuchar todo aquello, no respondió a Itadori... no porque no pudiera hablar, sino porque simplemente no le interesaba. Las palabras del joven hechicero tocaban temas que no formaban parte de su visión del mundo, ideas ajenas a su naturaleza y que no tenía intención alguna de adoptar. Incluso dentro del dominio de Itadori, el Rey de las Maldiciones mantenía su carácter imponente, firme ante los ideales del muchacho, sin dejarse afectar en lo más mínimo.
Sukuna: —Entiendo perfectamente lo que me dices... pero hace mucho que abandoné ese camino. No tendría sentido cambiar ahora mi forma de pensar sobre los demás. Tú valoras la vida en función de cómo la perciben quienes te rodean, de una apreciación subjetiva. Pero eso solo demuestra que la vida, por sí misma, no vale nada. Solo adquiere valor cuando alguien decide otorgárselo. Por eso, arrebatar una vida no significa nada... otra ocupará su lugar. Y no importa lo que pienses... jamás podrás detenerme.
Tu dominio es una zona de no violencia, creado por un pacifista como tú. Podría destruirlo para matarte... pero prefiero probar algo diferente.
Itadori: —No necesito hacerlo... porque voy a derrotarte ahora mismo.
Sin más palabras, Itadori se lanzó hacia Sukuna para atacarlo, con determinación ardiente en los ojos. Pero justo cuando estaba por alcanzarlo... el Rey de las Maldiciones desapareció. Sin dejar rastro, se desvaneció ante su vista. Yuji, desconcertado, lo buscó por todos los rincones de su dominio, sin éxito. Al no hallarlo, decidió regresar a comprobar el estado de sus compañeros.
Mientras tanto
Tras su repentina desaparición, Sukuna se encontró flotando en el vacío del espacio, contemplando el planeta Tierra desde la lejanía. Seguía en el cuerpo del mocoso... o algo muy parecido. Una réplica exacta, sí, pero... algo era distinto.
Algo andaba mal.......
Miró alrededor, y entonces lo vio: una figura encapuchada, observándolo en silencio desde la oscuridad. Su rostro permanecía oculto, y la vastedad del espacio impedía distinguir con claridad su silueta.
Entonces, una voz profunda y serena resonó directamente en su mente.
???: —Ryōmen Sukuna... Has demostrado una habilidad superior a la de los hechiceros en casi todos los mundos y eras. Me has brindado el mejor entretenimiento posible... incluso más que Satoru Gojo.
Pero aún te falta pulir tus capacidades. La escasez de rivales dignos en tu mundo ha frenado tu verdadero potencial.
Sukuna: —Qué truco tan extraño... No sé qué estás tramando mocoso, pero no caeré en ninguna trampa.
Mientras hablaba, su mente fue invadida por visiones.
Realidades alternas...
Y otras posibilidades...
Y en medio de ese torbellino de información Sukuna entendió que esto no era obra del mocoso. Las palabras de aquel ser empezaban a tener peso.
Sukuna: —Admito que lo que ofreces es tentador... Desatar mi potencial encaja con mis objetivos. Pero no me utilizarás. No serviré a nadie.
???: —No deseo que me sirvas. Puedes hacer lo que quieras. Solo quiero observar cómo te desarrollas enfrentando a enemigos más fuertes, en mundos donde los límites son mayores...
Si mueres, aquellos que te derroten ocuparán tu lugar. Pero si los aniquilas a todos... te llevaré a donde desees. Hay infinitos mundos, infinitas posibilidades.
Sukuna: —Aceptaré... por ahora. Pero necesito estar completo. De lo contrario, cualquier insecto con algo de suerte podría matarme.
???: —No te preocupes. He restaurado tu alma, cuerpo y mente.
Te he otorgado una réplica perfecta del cuerpo y habilidades de Itadori Yuji. Pero eso no es todo... también restauré el cuerpo y la mente de Megumi Fushiguro, junto con su Técnica de las Diez Sombras. Aunque tengas un nuevo cuerpo... el alma de Fushiguro sigue anclada a ti.
Sukuna: —Ya veo... Así que quieres que siga experimentando con Mahoraga.
???: —Quiero conocer los límites de la hechicería... frente al poder absoluto.
Sukuna: —Si eso era todo lo que querías, habérmelo dicho desde el principio. Entonces escucha bien: Desmantelaré todo lo que pongas frente a mí.
Justo al pronunciar esas palabras, Sukuna desaparecio.
Y asi.....
La Travesía del Rey...
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