Prologo
En el centro del Valle no hay templos ni juicios. Solo hay un sauce llorón cuyas hojas nunca tocan el suelo y, bajo su sombra, una mesa de madera que parece haber sobrevivido a mil inviernos.
Sobre la mesa, cuatro tazas de porcelana desconchada dejan escapar un vapor fino que se confunde con la bruma. Allí se sientan ellos. No son jueces, son testigos.
—Ha llegado otra —dice el Ángel de la Muerte, su voz suena como el roce de las hojas secas. No hay oscuridad en sus ojos, solo una calma infinita.
El Ángel de la Guarda remueve su taza con una cuchara de plata que no hace ruido. Tiene la mirada cansada de quien ha corrido una carrera que no pudo ganar. —Era pequeña. Aún olía a jabón y a promesa —susurra—. Dejé su juguete favorito sobre la almohada, pero ya no había manos que lo apretaran.
—Las manos de su madre todavía están cerradas en la oscuridad —interviene el Ángel del Duelo, cuya túnica está impregnada del aroma de la sal de las lágrimas—. Ella cree que se ha quedado sola, pero yo me sentaré en el borde de su cama hasta que el sol deje de lastimarle los ojos.
El Ángel de la Luz se pone de pie. No mira a sus compañeros, sino al horizonte negro del Valle. Abre la palma de su mano y una chispa diminuta, un punto de luz esmeralda, comienza a aletear. No es un insecto, aunque lo parece. Es el amor que un padre no pudo entregar esta mañana, el beso de buenas noches que se quedó suspendido en el aire, la canción de cuna que se ahogó en un sollozo.
—Aquí no hay olvido —dice la Luz mientras la luciérnaga se une a los millones de luces que titilan en la distancia—. El Valle es el lugar donde el amor que se quedó sin dueño en la Tierra encuentra sus alas.
En el Valle de las Luciérnagas, los relojes no marcan las horas, sino los latidos de los que se quedaron allá abajo, aprendiendo a caminar de nuevo con un vacío en el pecho que, poco a poco, se va llenando de luz.
Los cuatro ángeles levantan sus tazas. Un brindis por los que se fueron antes de tiempo. Un brindis por los que se quedan a aprender que amar, a veces, es dejar volar.