Como en un cuento de Hadas.
16 de noviembre, Ciudad de México… en mi departamento de soltera.
-Estoy escuchando “Cinnamon girl- Lana del Rey”
Como en un cuento de Hadas.
Me pregunto si soy la Heroína que lo pierde todo o el Hada a la que nadie le importa.
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Cuando era niña, solía soñar con un monstruo que entraba en mi cuarto y me pedía que fuera con él. Aunque me resistía, aunque corría, siempre me alcanzaba. Siempre. Me cargaba y me llevaba a algún lugar que nunca lograba recordar al despertar. No sé si era una cueva o algo parecido a “Nunca Jamás”. Solo sé que, al abrir los ojos, mi cuerpo ya sabía lo que mi mente se negaba a entender.
Con los años, las pesadillas se volvieron menos frecuentes. El monstruo dejó de visitarme… o eso creí. Ahora entiendo que nunca se fue. Solo aprendí a no verlo.
Hacía días que no podía dormir. Aunque prefería el insomnio a las pesadillas, extrañaba el consuelo de poder descansar ocho horas seguidas. No podía tomar las pastillas que le había robado a mi madre antes de regresar a México, y cada vez que cerraba los ojos, las náuseas se intensificaban, como si mi propio cuerpo se negara a dejarme caer.
Así que me quedaba tumbada, mirando el techo, repasando uno a uno los errores de mi corta vida, como si no tuviera nada mejor en qué pensar. El catálogo era amplio, demasiado para alguien como yo. Incluso añadí aquel de cuando tenía quince años y mi padre me atrapó robando una de sus botellas de vino importado. Supongo que, desde entonces, mi peor error ha sido no aprender a ser más precavida.
Había regresado a este país para ayudar a mi mejor amiga, Maya, con su boda. Aún me costaba entender cómo alguien tan pequeña y dulce había terminado casándose con un hombre como Dmitri. No era un mal tipo pero perteneció por mucho tiempo a la Bratva—eso era lo inquietante—, le daba todo lo que necesitaba eso sí, y se le notaba a kilómetros lo enamorado que estaba de ella. Pero cuando éramos niñas, yo estaba convencida de que ella terminaría con alguien distinto: un príncipe azul, de esos fáciles de leer, fáciles de querer, vibrantes y con paz interior. Alguien que equilibrara su carácter, porque Maya siempre tuvo un fuego difícil de contener. Pero si ella era feliz… eso debía bastar.
Verla en el altar, vestida de blanco, sonriendo como si el mundo por fin le hubiera dado algo bueno, me obligó a enfrentar algo que había estado evitando: yo no tenía nada. Ni a nadie. Maya empezaba su vida. Javier, su hermano mayor y mi mejor amigo se iría a Estados Unidos. Y mi familia… bueno, ellos siempre habían estado mejor sin mí.
Nunca supe exactamente en qué momento me volví prescindible. Tal vez fue por no ser el hijo que esperaban. O porque, aunque estudié Administración para complacerlos, nunca logré fingir que no quería algo más. Yo quería medicina. Quería salvar algo. A alguien, por eso, cuando Maya y yo nos graduamos, empecé a prepararme para entrar a Veterinaria. Era lo único que sentía realmente mío. Pero entonces él lo arruinó todo.
Mi tío decidió jugar a ser alguien que no era. Malgastó el dinero familiar, se involucró con gente peligrosa… y cuando ya no pudo sostener sus propios errores, tomó lo único que sabía que nos rompería: secuestró a Maya.
En el recuento de los daños, él terminó muerto… y yo convertida en garantía.
Cuando Maya me explicó que su madre me había llevado hasta California para ayudar a rescatarla presionando a mi tío con alguien de su misma sangre para que diera información valiosa, no me sorprendí. Ya lo sabía. Siempre lo supe. Y no los culpé. La vida de la persona más importante para mí estaba en riesgo por culpa de alguien de mi sangre. Era justo. Era lógico querer
Además… no es como si alguien fuera a notar mi ausencia.
Mi padre, demasiado ocupado para recordarme.
Mi hermano, demasiado importante para necesitarme.
Mi madre… demasiado perdida en sí misma.
Yo era lo que quedaba cuando todos los demás ya habían sido elegidos.
Con la muerte de mi tío, el monstruo de mis pesadillas desapareció… pero no se llevó nada más consigo. Las secuelas se quedaron, adheridas a mi piel, respirando conmigo, susurrando en los momentos de silencio. Porque el verdadero horror nunca fue verlo… sino aprender a sobrevivirlo.
Cuando lo nombraron mi tutor, en mi estadía en México, mientras estudiabamos mi hermano Peter y yo en el instituto, mi mundo se redujo a sus reglas. Insultos que se incrustaban bajo la piel. Prohibiciones que me aislaban. Castigos lo suficientemente medidos como para no dejar prueba, pero sí memoria. Tenía una fijación enfermiza por las chicas jóvenes y bonitas. Yo fui la primera, el ensayo. Pero cuando conoció a Maya, algo en él se deformó aún más. La miraba como si ya le perteneciera. Como si el tiempo fuera lo único que lo separaba de reclamarla.
Me prohibió alejarme de ella. Me obligó a mantenerla cerca. A ser el puente.
Y yo obedecí.
La mantuve a mi lado como quien protege algo frágil con las manos rotas, vigilando cada gesto, cada silencio, cada instante en que él pudiera acercarse demasiado. Intentando evitar que la destruyera… como me destruyó a mí.
Alguien más valiente hizo lo que yo nunca pude.
Alguien lo detuvo antes de que tuviera que convertirme en algo peor para detenerlo yo misma.
Ahora éramos libres del monstruo.
Pero la libertad no se sentía como esperaba.
Maya estaba construyendo una nueva vida, lejos de los negocios criminales de su familia, lejos del cártel y de la bratva. Yo… yo solo era libre. Y la libertad, cuando no tienes a nadie con quien compartirla, se siente demasiado parecida al vacío.
Volver con mis padres no era una opción. Sería regresar a la jaula de oro en la que siempre viví: vigilancia, control, castigos disfrazados de disciplina. Ya lo habían hecho antes. Cuando regresé de California, mi padre mandó por mí y durante semanas no pude salir de mi habitación, como si tuviera otra vez quince años.
México siempre había sido mi mejor opción… y, al mismo tiempo, el lugar donde vivían todos mis recuerdos, incluidos los terribles. Aún temblaba al salir de compras y pensar que alguno de los hombres de mi tío me seguía, como era su costumbre.
Necesitaba un nuevo comienzo. Uno de verdad. Lejos. Lo suficientemente lejos como para no mirar atrás.
Tal vez el bebé que estaba esperando podía ser eso. Un punto de partida. Una especie de reinicio. Como empezar una historia nueva con personajes distintos. Sin monstruos. Sin sombras. Solo la heroína… y algo parecido a la paz.
Siempre me gustaron los romances. Durante mucho tiempo los busqué en los lugares equivocados: en amantes de una noche, en promesas vacías, en cuerpos que no sabían quedarse. Yo quería algo más. Algo que durara, para toda la vida. Algo que no se rompiera.
Pero la realidad no funciona así.
Porque, como ya había demostrado antes, no ser precavida siempre tenía consecuencias. Y esta vez, la consecuencia crecía dentro de mí. Tenía que dejar de pensar en finales felices y empezar a tomar decisiones. Decisiones reales. Frías. Correctas. Por mí… y por mi bebé.
Aun así, el miedo estaba ahí, porque estaba sola.
En nuestra amistad, Maya siempre había sido la que sabía qué hacer, qué decir. Yo era otra cosa. La cara. La presencia. Pero ahora no podía recurrir a ella. Tenía su propia vida, su propia familia.
¿Y qué le diría? “Hola, amiga, voy a ser mamá”. Sonaba absurdo.
Podía imaginarlo, eso sí. Un niño de piel clara, cabello rizado color miel y ojos cafés. Como los de él. Tal vez, en otro futuro, la hija de mi mejor amiga y mi hijo podrían tener algún romance cliché como las novelas que leíamos ella y yo en el descanso del instituto Un cuento distinto con un final feliz.
Aunque ni siquiera sabía a ciencia cierta si era niño o niña —aún era muy pronto—, en el fondo lo sentía: sería un niño.
Un pequeño con cara de ángel, como su padre. Yo me encargaría de enseñarle a ser un buen hombre, un caballero amable con las mujeres y un amigo leal con los hombres. Algo que yo nunca tuve lo suficiente cerca como para aprenderlo.
Tal vez él le heredaría otras cosas. Tal vez su carácter apacible. Tal vez esa calma que creo recordar en él… si es que no me la inventé.
Porque la verdad es que no lo conozco.
No realmente.
Esa noche, cuando lo creamos, no hubo tiempo para eso. No hubo preguntas ni historias, solo miradas, manos que no sabían detenerse y el impulso irracional de perdernos el uno en el otro, como si el mundo alrededor no existiera.
Solo éramos él, yo… y la necesidad, la pasión.
Ahora, al escribir esto en este tonto diario —el mismo que Maya me obligó a empezar si sentía que iba a colapsar, siguiendo el consejo de su nueva psicóloga—, no puedo evitar cierta ironía.
Creo recordar haber visto a esa misma psicóloga en una situación bastante… comprometida con uno de los hombres del padre de Dmitri. Así que, si alguna vez terminará frente a ella, dudo mucho que pudiera juzgarme por haber llevado a un hombre a una de las habitaciones de la casa de mi amiga y perderme con él hasta la mañana siguiente.
Supongo que, al final, todas navegamos en aguas similares… aunque finjamos lo contrario.