Templo Del Hierro by Elbuscado1 at Inkitt
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Templo del Hierro

Summary

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Genre
Drama
Author
Elbuscado1
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El gimnasio estaba inmerso en su habitual sinfonía de tarde: el choque metálico de los discos, el zumbido constante de las cintas de correr y la música electrónica con graves profundos que rebotaba en los altos techos del recinto. Las pantallas gigantes del fondo proyectaban programas deportivos que nadie miraba realmente. En medio de ese ecosistema de sudor y esfuerzo, Bakhar Nabieva era, como siempre, el centro de gravedad.

Estaba de pie frente a los racks de sentadillas, rodeada por una pared de discos olímpicos de un rojo brillante y azul intenso. Llevaba puesto exactamente lo que la hacía sentir invencible ese día: una chaqueta deportiva negra de manga larga, ceñida, que marcaba la estrechez de su cintura; unos micro-shorts de color morado que apenas contenían la asombrosa musculatura de sus glúteos y piernas; y unas zapatillas Nike blancas con detalles en rosa pastel que contrastaban con la ferocidad de su físico. Su larga y oscura melena caía en una coleta perfecta y pesada por su espalda.

Bakhar se ajustó la manga de la chaqueta, tirando de la tela oscura mientras miraba la pantalla de su reloj inteligente. Su respiración aún era un poco pesada después de su última serie de hip thrusts. El bombeo de sangre en la parte inferior de su cuerpo era irreal; sentía sus cuádriceps e isquiotibiales tensos, listos para estallar. Sabía que las miradas furtivas de los demás usuarios del gimnasio caían sobre ella como moscas, pero hace mucho tiempo que había aprendido a ignorarlas. Solo le importaba la mirada de una persona.

Y justo en ese momento, por las puertas dobles de cristal, entró él.

Siegfried.

Incluso a treinta metros de distancia, Bakhar sintió que una sonrisa pícara, casi depredadora, se formaba en sus labios. Siegfried caminaba con esa seguridad tranquila que a ella tanto le volvía loca. Llevaba unos pantalones de chándal grises que se ajustaban muy bien a sus propias piernas trabajadas, y una camiseta negra ajustada que delineaba sus hombros anchos y su pecho. Cuando sus ojos se encontraron a través de la sala llena de máquinas, el rostro de Siegfried se iluminó.

Bakhar dejó su botella de agua sobre el banco y se apoyó contra la estructura de hierro, cruzando una pierna sobre la otra, haciendo que el músculo de su muslo resaltara aún más. Lo vio acercarse, esquivando a un par de tipos que hacían bíceps, sin apartar la mirada de ella.

—Llegas exactamente cuatro minutos tarde, cariño —ronroneó Bakhar cuando Siegfried finalmente estuvo frente a ella.

Siegfried soltó una risa baja, un sonido profundo que le vibró en el pecho, y sin importarle quién estuviera mirando, acortó la distancia entre ellos. Sus manos grandes encontraron la cintura de Bakhar, deslizándose por la tela suave de su chaqueta hasta descansar justo en el borde de sus shorts morados, donde la piel de su cadera estaba al descubierto.

—El tráfico de la avenida principal estaba infernal. Además, sabía que estarías ocupada construyendo esas armas de destrucción masiva que llamas piernas —respondió él, con la voz cargada de adoración.

Bakhar sonrió, echando la cabeza hacia atrás, y Siegfried se inclinó para besarla. No fue un simple roce de saludo; fue un beso profundo, húmedo y posesivo. Los labios de él sabían a café y menta. Bakhar respondió con entusiasmo, abriendo la boca y dejando que sus lenguas se encontraran por un breve y electrizante instante, antes de que él se separara, dejándola sin aliento por segunda vez en los últimos diez minutos.

—Mmm... —murmuró ella, lamiéndose el labio inferior—. Estás perdonado.

—¿Cómo va el entrenamiento, reina? —Siegfried dio un pequeño paso atrás, pero sus ojos hicieron un escaneo completo, lento y descarado de su cuerpo, desde el cuello de su chaqueta hasta las zapatillas rosas, deteniéndose deliberadamente en el volumen irreal de sus muslos—. Te ves... Woo, Bakhar. Estás brillando. Y esos shorts deberían ser ilegales.

A Bakhar le encantaba esto. Se alimentaba de ello. Podía tener millones de seguidores en internet adorando su físico, pero la única devoción que realmente le aceleraba el pulso era la de Siegfried. Le fascinaba que él fuera su mayor fan, que literalmente venerara cada curva musculosa y cada centímetro de su cuerpo esculpido a base de hierro y disciplina.

—Día de glúteos y femorales —dijo ella, con falsa inocencia, encogiéndose de hombros—. Ya sabes, lo de siempre. Solo un bombeo ligero.

—"Ligero", dice —Siegfried bufó, negando con la cabeza—. Bien podrías romper sandías con esas piernas ahora mismo.

—¿Quieres comprobarlo? —le retó ella, con los ojos brillando de picardía.

Siegfried tragó saliva de forma cómica.

—En otro momento. Y en privado, preferiblemente, si aprecio mi vida.

Bakhar soltó una carcajada cristalina. Se giró para recoger su toalla que estaba colgada en uno de los soportes rojos de los discos. Pero no lo hizo de forma normal. Sabiendo perfectamente dónde estaban los ojos de Siegfried, flexionó ligeramente las rodillas, arqueó la espalda para acentuar la lordosis natural de su columna y, con un movimiento exageradamente felino, dejó que el peso de su cuerpo cambiara de una pierna a la otra.

El resultado fue un movimiento hipnótico, un bamboleo espectacular de sus glúteos bajo la ajustada tela morada. Fue intencional, rítmico y absolutamente devastador.

Escuchó a Siegfried emitir un sonido estrangulado a sus espaldas, como si se hubiera olvidado de cómo respirar.

—Dios santo, Bakhar... —murmuró él, con la voz ronca—. Tienes que dejar de hacer eso si quieres que salgamos de aquí sin ser arrestados por alteración del orden público.

Bakhar se dio la vuelta, con la toalla en la mano, luciendo una sonrisa triunfal de oreja a oreja. Le encantaba volverlo loco. Era su pasatiempo favorito.

—¿Hacer el qué, mi amor? Solo estaba recogiendo mi toalla. No es culpa mía si te distraes tan fácilmente.

—Eres una súcubo. Una súcubo del fitness —sentenció él, acercándose de nuevo.

—Y tú eres un hombre muy, muy suertudo —respondió ella, dándole un toque juguetón en la nariz con el dedo índice.

Se sentó en uno de los bancos planos acolchados para descansar antes de su siguiente ejercicio. Siegfried se paró frente a ella, mirándola desde arriba. Bakhar, en un movimiento rápido y fluido, abrió sus piernas y envolvió sus masivos cuádriceps alrededor de las caderas de Siegfried, atrapándolo contra el borde del banco.

Siegfried apoyó las manos en el banco, a ambos lados de las caderas de ella, inclinándose hacia su rostro.

—Me tienes atrapado. ¿Y ahora qué, señorita Nabieva?

—Ahora... te quedas exactamente ahí entre mis piernas, porque me gusta tenerte cerca —susurró ella. Empezó a mover sus piernas suavemente, ejerciendo presión con la parte interna de sus muslos contra las caderas y la parte superior de las piernas de él. Era un agarre firme, una demostración casual de su asombrosa fuerza, pero al mismo tiempo era un gesto increíblemente íntimo.

Jugaba con él. Apretaba sus piernas de acero, lo empujaba unos milímetros hacia atrás y luego tiraba de él de vuelta hacia su vagina. La fricción, incluso a través de las capas de ropa deportiva, enviaba chispas eléctricas por la columna vertebral de Siegfried.

—Bakh... —Siegfried cerró los ojos un segundo con su mandíbula apretándose—. Estamos en medio del gimnasio. Hay un tipo en la máquina de remo que nos está mirando.

—Que mire —dijo ella, con voz aterciopelada, apretando sus piernas con un poco más de fuerza alrededor de su cintura, empujando la pelvis de él directamente contra la de ella—. Que mire cómo el hombre más guapo del mundo está completamente a mi merced.

Siegfried abrió los ojos, que ahora estaban oscurecidos por el deseo.

—No estás jugando limpio. Sabes lo que me hace sentir cuando usas tu fuerza contra mí.

—Lo sé. Y me fascina —Bakhar sonrió, pasando las manos por el pecho de Siegfried, subiendo hasta su cuello—. Me encanta que me mires como si fuera una obra de arte. Como si quisieras comerme viva.

—Es porque quiero hacerlo —gruñó él, bajando la cabeza para besarle el cuello, justo donde la mandíbula se encontraba con la garganta. El contraste del frío del gimnasio y el calor húmedo de la boca de Siegfried la hizo estremecerse.

Bakhar soltó un pequeño jadeo, pero no iba a dejar que él ganara esta ronda de provocaciones. Con un movimiento ágil, soltó el agarre de sus piernas y se puso de pie, obligando a Siegfried a retroceder un paso.

—Muy bien, semental, no te emociones tanto que aún tengo que terminar mi rutina —dijo ella, arreglándose la chaqueta con aire de suficiencia.

Pero antes de que Siegfried pudiera recuperar el aliento y la compostura, Bakhar dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal por completo. Deslizó sus manos con suavidad por los costados de él, bajando por la tela de su camiseta. Siegfried esperaba que le agarrara de la cintura o le diera un abrazo, pero Bakhar tenía otros planes.

Sus manos pequeñas pero fuertes bajaron más allá de su cintura y se aferraron con firmeza, y con bastante fuerza, a las nalgas de Siegfried por encima de la tela gris del chándal.

Siegfried dio un respingo, abriendo los ojos de par en par.

—¡Bakhar! —exclamó en un susurro escandalizado, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas. Miró a su alrededor de forma frenética para ver si alguien había notado el flagrante apretón.

Bakhar soltó una carcajada sonora, un sonido alegre y descarado. No solo los había agarrado; los estaba amasando, comprobando la densidad del músculo.

—Tengo que admitirlo, amor —dijo ella, mirándolo a los ojos con una expresión de evaluación cómica—, esas sentadillas pesadas que te obligué a hacer el mes pasado están dando sus frutos. Estás bastante duro por aquí atrás.

—Por el amor de Dios, suéltame el culo, hay cámaras de seguridad —siseó Siegfried, aunque no estaba haciendo ningún esfuerzo real por apartarse. De hecho, tenía una sonrisa estúpida y avergonzada en el rostro.

—Mmm, no quiero —Bakhar apretó un poco más, acercando su cuerpo al de él de nuevo—. Siempre eres tú el que me toca a mí, el que me admira. Creo que es justo que yo también aprecie el duro trabajo de mi novio. Tienes un culo muy bonito, Siegfried. Casi tan bonito como el mío. Casi.

Siegfried rió, finalmente rindiéndose ante la actitud imparable de su novia. Le pasó un brazo por los hombros, atrayéndola hacia su costado para que sus manos tuvieran que soltar su agarre.

—Eres un peligro público. Lo digo en serio.

—Soy tu peligro favorito —respondió ella, apoyando la cabeza en el hombro de él por un momento, sintiendo el latido acelerado de su corazón—. Y me encanta cuando te pones rojo. Eres adorable cuando te avergüenzas.

—No me avergüenzo, es que tengo algo de decencia pública. Algo de lo que tú careces, salvaje.

Bakhar se separó, dándole una palmada sonora (y no muy suave) en uno de las nalgas. El sonido resonó sobre el ruido metálico del gimnasio.

—¡Ay! —se quejó él, frotándose la zona.

—Decencia pública, mis ovarios —se burló ella, guiñándole un ojo—. Anda, ve a calentar. Yo voy a terminar con unas series de peso muerto rumano. Si te portas bien y dejas de quejarte como un niño pequeño, tal vez te deje ayudarme a estirar cuando lleguemos a casa.

La mención de "estirar en casa" hizo que el ambiente cambiara drásticamente de nuevo. La comedia dio paso a una tensión pesada y eléctrica. Los ojos de Siegfried se oscurecieron y su mandíbula se tensó. Sabía perfectamente lo que ella quería decir con eso; sus sesiones de "estiramiento post-entrenamiento" raramente tenían algo que ver con la recuperación muscular.

Siegfried dio un paso al frente, ignorando ahora a cualquier persona que pudiera estar mirando, y la agarró por la cintura de nuevo, tirando de ella hasta que sus cuerpos chocaron. Se inclinó hasta que sus labios rozaron la oreja de ella.

—Termina rápido esas series, Bakhar —susurró él, con una voz tan ronca que le provocó a ella un escalofrío en la nuca—. Porque te prometo que cuando crucemos la puerta del apartamento, voy a adorar cada músculo de ese cuerpo tuyo hasta que no puedas ni caminar.

Bakhar sintió que las rodillas le flaqueaban un poco, pero mantuvo su sonrisa desafiante. Se separó lentamente de él, lamiéndose los labios.

—Eso espero, cariño —dijo ella, retrocediendo hacia la barra olímpica—. Más te vale estar a la altura.

Siegfried se alejó hacia la zona de mancuernas, dándose la vuelta una última vez. Bakhar ya estaba en posición, con las manos aferradas al hierro, la espalda recta y esos glúteos perfectos apuntando hacia el techo, listos para la tensión. Ella lo miró por encima del hombro, le regaló una última sonrisa pecaminosa y levantó el peso.

Siegfried suspiró, sacudiendo la cabeza. Su entrenamiento del día iba a ser un desastre; toda su sangre estaba bombeando hacia lugares muy distintos a sus bíceps. Pero mientras la miraba moverse, poderosa, segura y absolutamente perfecta, supo que no lo querría de ninguna otra manera. Estaba irrevocablemente perdido por ella, y ella amaba cada segundo de su perdición.

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