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El ángel de la música

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Summary

**Perdió su música. Perdió a su familia. Casi se pierde a sí mismo.** Engél Dubois toca el violín como vive: sintiendo hasta el límite exacto, sin cruzarlo jamás. Rescatado de las calles de Manhattan y criado entre los teatros parisinos bajo la protección de un maestro bondadoso, Engél creció construyendo una armadura de perfección. Pero la noche en que sus padres mueren, su mundo se fractura para siempre. A los dieciséis años, se convirtió en el único sostén de sus hermanos. Abandonó el violín, enterró sus emociones y se refugió en el control absoluto. Su única excepción es Alex: la joven que siempre supo leer sus silencios y que lo ha amado desde la infancia. Pero el pasado no olvida. Un encuentro violento en Manhattan despierta algo más que su música: un secreto enterrado por veinte años. Mientras un detective obsesionado sigue su rastro y una red de sombras vuelve a acechar, Engél se ve obligado a cumplir una promesa que le exige cargar el peso de unas alas inmensas sobre la espalda, llevando un nombre que no le pertenece, pero al que juró darle voz. El Ángel tendrá que elegir: seguir siendo perfecto... o aprender a ser humano. Un teatro, dos ángeles, una máscara. Uno cubría su rostro, el otro su alma... Solo la música fue capaz de liberarlos a los dos.

Status
Ongoing
Chapters
16
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. Obertura en blanco

La melodía del violín se deslizaba a través de las paredes de roble, y la acústica de la mansión la transformaba en algo parecido a un aliento antiguo, persistente. El instrumento lloraba la tristeza que su intérprete se negaba a sí mismo, esa que se instala en el pecho como un inquilino del que es imposible deshacerse.


No era una pieza de catálogo. No figuraba en los archivos de la biblioteca ni en las partituras amarillentas que Erick coleccionaba con celo. Era una "Obertura en blanco", una composición que Engél había rescatado de los rincones más profundos de su memoria. En su origen, no había sido más que un tarareo difuso, una canción de cuna sin letra que le traía una paz extraña, casi ajena. Con los años la había transformado, añadiendo capas de complejidad técnica hasta convertirla en una sonata que solo él sabía interpretar. Al tocarla, Engél no buscaba evocar recuerdos —pues no los tenía—, sino habitar ese vacío cálido donde nada dolía.

Cada nota arrastraba ecos de vidas que no pertenecían a quienes escuchaban, y aun así los sirvientes no podían evitar detenerse a contemplar aquel sonido, tan bello como desgarrador. El violín, de arce flameado y pátina de fuego, parecía haber absorbido la sabiduría de los siglos para despertar solo bajo su arco. Tchaikovsky, Paganini, o una sonata olvidada en el tiempo: la música era, sencillamente, el idioma de Engél. Su técnica era precisa, de esas que solo da el tiempo y la disciplina, sin fallos ni desafinaciones. Pero contenida. Engél tocaba como vivía: permitiéndose sentir hasta el límite exacto, sin cruzarlo jamás, como si una sola nota fuera de lugar pudiera desmoronar el escenario que tanto le había costado construir.

Chasquido.

La puerta del estudio se abrió, revelando un salón lo bastante amplio para albergar una orquesta de cámara, donde la opulencia histórica convivía con detalles del presente. Las cortinas de terciopelo acallaban el rumor de los vehículos del exterior; columnas de nogal tallado alternaban con papel tapiz de damasco en tonos burdeos y dorados, diseñadas para la música que ahí se tocaba. Del techo altísimo colgaba una araña de cristal y bronce cuyas luces LED bañaban la estancia en un cálido dorado.

La melodía se detuvo al instante, como si la madera hubiera percibido la interrupción antes que el propio intérprete.

—¿Estás seguro de que no quieres venir, Engél?

La pregunta flotó en el aire, ya gastada por la repetición de las últimas horas. Tras una respiración de tres tiempos —tomar el aire, retenerlo, soltarlo despacio—, el joven violinista de cabello tan oscuro como la noche y ojos de zafiro se giró, dándole la espalda al atril, el violín en una mano y el arco en la otra. Recuperó, antes de hablar, la serenidad educada que era su armadura.

—Seguro, maestro. La pequeña Juliette sigue un poco delicada tras su resfriado; será un placer quedarme a cuidarla.

Ambos sabían que era mentira. La bebé llevaba días completamente recuperada: dormía tranquila por las noches y, durante el día, reía con esa risa capaz de calentar hasta los corazones más fríos. Aun así, Erick no lo contradijo. Con los años había aprendido que Engél rara vez decía los motivos reales de sus decisiones.

La realidad era que Engél detestaba las fiestas del Palais Garnier. El brillo de la gran araña central le resultaba cegador en aquellas noches de felicitaciones huecas, donde se sentía como una rareza a exhibir. Para el mundo, era el prodigio de los Dubois; para sí mismo, seguía siendo el niño huérfano que esperaba a que el sueño terminara. Ahora que tenía la excusa perfecta para no asistir, pensaba aprovecharla.

Acomodó el instrumento sobre su clavícula, anticipando las vibraciones incluso antes de tocar, escuchando ya la sonata en su cabeza, cuando la sombra de Erick proyectándose sobre él lo interrumpió de nuevo.

El ensayo ha terminado por hoy, pensó, al notar que su maestro aún tenía algo más que decir.

creo que el ensayo terminará por hoy, pensó a ver qué su maestro aún tenía más que decir.

Bajó el instrumento y fijó la mirada en el hombre sentado en el sillón de terciopelo verde oliva. Erick lo observaba con una preocupación marcada en sus ojos grises. Llevaba el cabello dorado peinado hacia atrás, apenas platinado por unas canas en las sienes, y vestía con la impecable elegancia de un traje victoriano: levita oscura, chaleco verde esmeralda y un ascot plateado sujeto por un broche en clave de sol. Era un estilo que solo él y Engél conservaban en una casa, por lo demás, completamente moderna. Al levantarse, la levita se ajustó con un gesto que Engél había imitado hasta hacerlo propio.

—He dejado los documentos sobre el escritorio —dijo Erick, casual—. Laurent pasará pronto por ellos. Si algo ocurriera, él tiene las llaves de la caja fuerte.

—Solo saldrán por unas horas, ¿qué podría pasar? —Ante la mirada de su maestro, Engél asintió—. De acuerdo: papeleo sobre el escritorio, Monsieur Laurent tiene las llaves. ¿Algo más que deba saber, maestro?

Erick guardó silencio un momento. Dio un paso hacia él, rompiendo la distancia que Engél solía imponer.

—Sabes que te amo igual que a Pierre y a los gemelos, ¿cierto? —dijo al fin—Eres mi hijo, igual que tus hermanos. No dejes que el ruido del mundo te haga dudar de eso.

—Lo sé. —Engél bajó la mirada. Nunca había dudado de la sinceridad de su maestro y, sin embargo, seguía atragantándose cada vez que lo llamaba hijo—. Nunca hiciste diferencia —susurró para sí, la última palabra apenas un hilo de voz.

Doce años atras.

El recuerdo apareció sin aviso, más crudo que de costumbre. El frío húmedo de Nueva York no era solo un clima, era un peso muerto sobre los hombros de un niño de cuatro años. Engél había escapado de un infierno para caer en otro: las calles de Manhattan bajo una lluvia que parecía querer borrar su existencia. Tenía hambre, una que no se calmaba con migajas, y un frío que le calaba hasta los huesos. Pero lo que más le dolía era el terror de ser atrapado.

Huía de los silbatos de la policía con una hogaza de pan robada apretada contra el pecho cuando dobló una esquina sin mirar y chocó de frente contra algo sólido. Cayó de espaldas sobre el asfalto helado, encogido sobre sí mismo, esperando el primer golpe de bota. Los cuidadores del orfanato retumbaban en su cabeza, llamándolo como siempre: "el pequeño mala sangre". Nunca había entendido el origen de aquel apodo, pero sabía que era una sentencia, algo en su origen que se consideraba impuro, una mancha que justificaba los golpes y las noches sin cena.

Cuando alzó la vista, temblando, no encontró el rostro de un policía. Frente a él había un joven de abrigo largo y elegante, con ojos grises que lo miraban sin juzgar. Lo cubrió con los pliegues de su abrigo, lo ocultó en las sombras de un callejón mientras los silbatos se alejaban, y cuando el pánico cedió, el cuerpo del niño simplemente se apagó. La hogaza de pan se resbaló de sus dedos congelados y él se desvaneció en la inconsciencia, sostenido por unos brazos que no lo soltaron.

Aquel día, Erick no solo le dio sopa caliente y una cama limpia. Le quitó el estigma de la "mala sangre". Al bautizarlo como Engél, le dio permiso de existir sin la sombra del orfanato.

Durante siete años, Engél fue el centro del mundo de Erick, el único heredero de su conocimiento y de su afecto. Pero entonces, cuando tenía once años, Christine regresó, y de su mano llegó Pierre: el hijo que Erick no sabía que tenía, el vínculo de sangre que Engél nunca podría replicar.

En los primeros meses tras la llegada de Pierre, Engél mantuvo, mentalmente, la maleta siempre lista junto a la puerta. Esperaba el momento en que Erick comprendiera que ya no necesitaba a un niño recogido de las calles ahora que tenía a "un verdadero Dubois". El rechazo nunca llegó. Al contrario: Erick parecía tener por él una debilidad casi protectora, un amor que no entendía de sangre.

Fue precisamente esa certeza de un afecto incondicional la que, un año más tarde —con Engél ya en los doce—, terminó por sellar su destino, tras un descubrimiento que ocurrió en las profundidades del Garnier.

Aún recordaba el eco de sus propios pasos de niño, junto a los de Pierre, descendiendo hacia un refugio de piedra y secretos olvidado en la penumbra, un lugar que Engél reclamó como suyo desde el primer instante. Allí abajo, en aquel silencio, encontró algo que iba más allá de la lealtad filial: la certeza de que aquel lugar guardaba un legado que clamaba por un heredero. Alguien dispuesto a vivir envuelto en la oscuridad. Allí hizo el juramento silencioso de entregarse a las sombras y mantener, al mismo tiempo, intacta la luz de su maestro. Tomó su lugar como el hijo de la música y asumió, para siempre, el papel del Ángel.

Cuatro años después de aquel juramento, a sus dieciséis, esa decisión seguía guiando cada uno de sus movimientos con precisión milimétrica.



—No tardaremos —la voz de Erick lo devolvió de golpe al presente

—Tu madre no quiere dejar a los niños solos demasiado tiempo. Pierre y Romeo vendrán con nosotros.

Engél asintió con un gesto seco. La mención de Christine tensó apenas sus facciones, pero no dijo nada. Para él, ella era la mujer que había dejado a su maestro destrozado, la causa de aquellas noches en que las partituras de Erick terminaban manchadas de lágrimas y ginebra.

Salieron al jardín, donde la nieve comenzaba a cubrir los cipreses como un sudario blanco. Cerca del automóvil, Christine esperaba envuelta en su abrigo de piel. Se volvió primero hacia la mujer que permanecía un paso detrás de los jóvenes.

—Nana, por favor, cuídalos mucho —pidió Christine, delegando la seguridad del hogar al ama de llaves.

Luego se acercó a Engél. Él se mantuvo erguido, conteniendo la respiración mientras ella acortaba la distancia y le dejaba un beso maternal en la mejilla. Fue un gesto cálido, sincero, pero el cuerpo del adolescente respondió con la rigidez de una estatua de mármol.

Para Christine no existía diferencia alguna entre él y Pierre; lo amaba con la devoción de una verdadera madre, buscando sanar heridas que adivinaba en sus ojos. Pero Engél no podía permitirse aceptarlo. Tenía grabada a fuego la imagen de su maestro destruido, consumido durante siete años por una mujer que lo había abandonado mucho antes de que él supiera siquiera lo que era tener un hogar. Respetaba a Christine porque era la esposa de Erick, pero el afecto era un puente que su lealtad le prohibía cruzar.

—Cuídate tú también, Engél —murmuró ella antes de retirarse hacia el auto, fingiendo no notar la barrera invisible que los separaba

—Estarán a salvo, madame —respondió Nana, mientras el chico solo asentía.

La tensión se disipó cuando Pierre apareció en el umbral, cargando a Romeo envuelto en una manta azul, balbuceando contra su hombro. Engél, por su parte, sostenía a Juliette, protegida por su manta roja. Era una imagen de simetría casi poética: cada hermano cuidando a un gemelo, custodiando el futuro de los Dubois. Aunque Engél era mayor por apenas un año, y por sus venas no corría la sangre de la familia, la conexión entre ambos era absoluta. Pierre jamás había permitido que el peso de ser "el hijo biológico" creara una distancia entre ellos.

—Hermano, no pongas esa cara de funeral —dijo Pierre, acercándose con esa energía que siempre lograba romper el hielo de Engél. Le dio un golpe juguetón en el hombro antes de ajustarse la bufanda—. Mañana terminamos de revisar esa sonata que siempre tocas y no vallas a dejar que Juliette te use de mordedor mientras no estoy.

Engél soltó una pequeña risa, la única nota genuina que su rostro había mostrado en toda la tarde. Solo frente a Pierre se permitía ser, sin más, el adolescente que era.

—Ve tranquilo. Cuida a Romeo.

El automóvil se puso en marcha y se perdió poco a poco entre la niebla invernal. Engél permaneció en el umbral, inmóvil, sosteniendo a la bebé contra su pecho. No le gustaban las despedidas; para alguien que a los cuatro años había tenido que escapar hacia la nada, cualquier partida sabía a abandono. Sintió una mano suave posarse en su antebrazo.

—Entra ya, petit, que el frío no perdona a los que se quedan mirando al vacío.

La voz de Nana lo hizo reaccionar. Antes de que avanzara, ella le acomodó el cuello de la levita y rozó su mejilla, justo sobre el beso de Christine.

—No tienes que estar siempre en guardia, mon ange. Aquí dentro, las paredes te conocen.

—Las paredes tienen oídos, Nana —respondió él, con una sonrisa mínima—Y yo soy el encargado de que escuchen solo música perfecta.

—Incluso la música necesita silencios para ser bella —sentenció ella, dándole una palmadita en el brazo antes de retirarse hacia la cocina.

Había visto a aquel niño de ojos llenos de fuego y desconfianza convertirse en un caballero de modales exquisitos, y sabía que, bajo la levita, su corazón seguía siendo una fortaleza inalcanzable.

Engél subió la escalera central, cuyos peldaños de nogal no emitían un solo crujido bajo sus pies. Al pasar frente a la galería de retratos, sus ojos evitaron los óleos de los antepasados Dubois: rostros que compartían la barbilla de Pierre o los ojos de Erick, una cadena de sangre a la que él no pertenecía por nacimiento, pero que protegía con la ferocidad de quien ha elegido su propia estirpe.

En la habitación de los gemelos, depositó a Juliette en su cuna de madera tallada con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que sus manos solían imprimir al violín. Se quedó allí unos minutos, observando el ascenso y descenso del pecho de la niña. En la cuna de al lado, el vacío que había dejado Romeo se sentía como una nota discordante en la partitura de la casa.

La inquietud no lo abandonó. Regresó a su estudio, donde la penumbra parecía tener vida propia. No encendió las luces; dejó que la araña proyectara sombras alargadas sobre el papel tapiz burdeos. Necesitaba que la música apaciguara esa sensación incómoda que le martilleaba las sienes.

Tomó el violín, lo acomodó en su clavícula y cerró los ojos. Retomó la "Obertura en blanco" justo donde la había dejado. Sus dedos se movían con agilidad matemática, el arco recorriendo las cuerdas con una presión impecable. Pero la melodía, por primera vez, no le trajo paz. Se sintió forzada, como si el aire mismo se hubiera vuelto espeso, difícil de atravesar

De pronto, en medio de un crescendo que exigía el máximo del instrumento, un sonido seco y violento rasgó el aire.

¡Zas!

La cuerda de Mi —la más fina, la que cantaba con voz de ángel— se partió de golpe. El extremo de acero salió disparado con la velocidad de un latigazo, le rozó la mejilla, y quedó enroscado como una serpiente herida sobre el puente del violín.

Engél se quedó petrificado, el arco suspendido en el vacío. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el latido desbocado de su propio corazón.

Bajó el instrumento despacio, observando la cuerda rota. No era normal. Aquellas cuerdas eran de la mejor calidad, revisadas esa misma mañana, incapaces de ceder bajo una ejecución habitual. Un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de París le recorrió la nuca, un presentimiento que le supo a ceniza en la boca.

Se llevó una mano a la mejilla, donde un rastro de calor delataba el roce del metal. Aquel estallido no había sido un error técnico. Había sido un aviso.

Miró hacia el ventanal, donde la niebla ya no solo cubría el jardín, sino que parecía querer devorar la casa entera. La quietud de la mansión, antes reconfortante, se transformó de golpe en el preludio de algo que estaba por comenzar.

Algo que, esta vez, Engél no podría dirigir.

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Good Writing

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author

Hola, saludos, es interesante y además bien escrita la historia.

3 months

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