1. Obertura en blanco
La melodía del violín se deslizaba a través de las paredes de roble, haciendo que la acústica de la mansión lo hiciera sonar como un aliento antiguo, persistente. El violín lloraba la tristeza que su intérprete se negaba a sí mismo. Esa tristeza que se instala en el pecho como un inquilino fastidioso, al que es imposible echar.
No era una pieza de catálogo. No figuraba en los archivos de la biblioteca ni en las partituras amarillentas que Erick coleccionaba con celo. Era una “Obertura en blanco”, una composición que Engél había rescatado de los rincones más profundos de su mente. En su origen, hace muchos años, no había sido más que un tarareo difuso, una canción de cuna sin letra que le traía una paz extraña, casi ajena. Con el tiempo, la había transformado, añadiendo capas de complejidad técnica hasta convertirla en una sonata que solo él sabía cómo ejecutar. Al tocarla, Engél no buscaba evocar recuerdos —pues no los tenía—, sino simplemente habitar ese vacío cálido donde nada dolía.
Cada nota arrastraba ecos de vidas pasadas que no pertenecían a quienes escuchaban y, sin embargo, los sirvientes no podían evitar detenerse a contemplar aquel sonido hipnotizante, tan bello y desgarrador a la vez. Aquel instrumento de arce flameado y pátina de fuego, cuya madera parecía haber absorbido la sabiduría de los siglos para despertar solo bajo el arco de Engél. Sin importar si se trataba de la delicadeza de Tchaikovsky, el fuego de Paganini o una sonata olvidada en el tiempo, la música siempre era el idioma de Engél. Su técnica era precisa, la que solo se consigue con el tiempo y años de práctica, sin fallos o desafinaciones, pero también contenida. Engél tocaba como vivía: permitiéndose sentir hasta el límite exacto, sin cruzarlo jamás, como si temiera que una sola nota fuera de lugar pudiera desmoronar el mundo que tanto le había costado construir.
Chasquido...
La puerta del estudio se abrió revelando un majestuoso salón, lo suficientemente amplio para que pudiera caber una orquesta de cámara, contrastando la opulencia histórica con la actualidad del momento. Las cortinas gruesas de terciopelo acallaban el sonido de los ruidosos vehículos del exterior; sus columnas altas de nogal tallado alternadas con papel tapiz de damasco en tono burdeos y dorados, estaban diseñadas especialmente para la música que ahí se tocaba. Un techo altísimo del que colgaba una monumental araña de cristal y bronce, cuyas bombillas de LED proyectaban una cálida luz dorada sobre la estancia.
La melodía se detuvo al instante, como si la madera hubiera percibido la interrupción antes que el propio intérprete.
—¿Estás seguro de que no quieres venir, Engél? —la pregunta flotó en el aire, gastada por la repetición de las últimas horas... de los últimos días, en realidad.
Tras una respiración de tres tiempos, tomando el aire, reteniéndolo unos segundos para después expulsarlo lentamente, el joven violinista de cabello tan oscuro como la noche y ojos zafiro se giró, dándole la espalda al atril con el violín en una mano y el arco en la otra, no sin antes recuperar la serenidad educada que era su armadura.
—Seguro, maestro. La pequeña Juliette sigue un poco delicada tras su resfriado; será un placer quedarme a cuidarla.
Ambos sabían que era mentira. La bebé mencionada llevaba días completamente recuperada: dormía tranquilamente por las noches y por los días reía con esa risa que era capaz de calentar hasta los más gélidos corazones. Aun así, Erick no lo contradijo; con el pasar de los años había aprendido que Engél rara vez decía los motivos reales de sus decisiones.
La realidad era que Engél detestaba las fiestas en el Palais Garnier. El brillo de la gran araña central le parecía cegador e insoportable en aquellas noches de felicitaciones huecas donde lo veían como un mono de feria al cual exhibir. Para el mundo, él era el prodigio de los Dubois; para sí mismo, seguía siendo el niño huérfano que esperaba que el sueño terminara. Ahora que, después de una década, tenía la excusa perfecta para no asistir, la aprovecharía.
Acomodó el instrumento sobre su clavícula, anticipando las vibraciones incluso antes de frotar las cuerdas, escuchando ya la sonata en su cabeza antes de tocar la primera nota, cuando la sombra de Erick proyectándose sobre él lo interrumpió de nuevo.
Creo que el ensayo terminará por hoy, pensó al notar que su maestro aún tenía más que decir.
Bajó el instrumento de nuevo, ahora con la mirada fija sobre el hombre que se encontraba sentado en aquel sillón de terciopelo verde oliva. El hombre lo veía con una preocupación marcada en sus ojos grises; el cabello dorado perfectamente peinado hacia atrás, con apenas unas cuantas canas platinándolo por las sienes, vestido impecablemente con ese traje estilo victoriano. Al levantarse, la levita se ajustó un poco, a juego con el chaleco verde esmeralda combinado con un Ascot en color plateado con un broche en clave de sol sujetándolo. Se movía con una elegancia que Engél había imitado hasta hacerla propia.
—He dejado los documentos listos sobre el escritorio —mencionó Erick de forma casual—. Laurent pasará la próxima semana por ellos. Si algo ocurriera, él tiene las llaves de la caja fuerte.
—Solo saldrán por unas horas, ¿Qué podría pasar? —Ante la mirada de su maestro, Engél asintió—. De acuerdo: papeleo sobre el escritorio y Monsieur Laurent tiene las llaves de la caja fuerte. ¿Algo más que deba saber, maestro?
Erick guardó silencio un momento. Se acercó un paso, rompiendo la distancia profesional que Engél solía imponer.
—Sabes que te amo igual que a Pierre y a los gemelos, ¿cierto? —respondió tras un momento de silencio, sorprendiendo al muchacho—. Tú eres mi hijo al igual que tus hermanos. No dejes que el ruido del mundo te haga dudar de eso.
—Lo sé. —Engél bajó la mirada; nunca había dudado de la sinceridad de su maestro y, aun así, seguía atragantándose cada vez que lo llamaba hijo—. Nunca hiciste diferencia, nunca —susurró para sí la última palabra.
Doce años.
El recuerdo apareció sin aviso, más crudo y afilado que de costumbre. El frío húmedo de Nueva York no era solo un clima, era un peso muerto sobre sus hombros. Con apenas cuatro años, Engél había escapado de un infierno para caer en otro: las calles de Manhattan bajo una lluvia que parecía querer borrarlo de la existencia. Tenía hambre, una que no se calmaba con migajas, y un frío que le calaba hasta los huesos, pero lo que más le dolía era el terror de ser atrapado.
Cuando aquella mano firme y suave se cerró sobre su brazo antes de que pudiera robar esa billetera, Engél no sintió arrepentimiento, sino un pánico animal. Se paralizó, apretando los dientes, esperando los gritos de la policía o, peor aún, que lo arrastraran de vuelta al orfanato. Podía escuchar las voces de los cuidadores retumbando en su cabeza, llamándolo como siempre lo hacían: “el pequeño mala sangre”. Nunca había entendido el origen de ese apodo, pero sabía que era una sentencia; algo en su origen era considerado impuro, una mancha que justificaba los golpes y las noches de encierro sin cenar.
Sin embargo, en lugar de un oficial o un castigo, se encontró con una mirada gris que no juzgaba.
—¿Tienes hambre, pequeño? —había preguntado aquel hombre.
Aquel día, Erick no solo le dio sopa caliente y una cama limpia. Le quitó el estigma de la “mala sangre”. Al bautizarlo como Engél, le dio permiso de existir sin la sombra de ese orfanato.
Durante siete años, Engél había sido el centro del mundo de Erick. Había sido el único heredero de su conocimiento y de su afecto. Pero entonces regresó Christine y, de su mano, llegó Pierre. Y con ellos llegaron las “verdades difíciles”: el hijo biológico que Erick no sabía que tenía, el vínculo de sangre que Engél no podía replicar.
Aquellos primeros meses tras la llegada de Pierre, Engél mantuvo su maleta mental siempre lista cerca de la puerta. Esperaba el momento en que Erick se diera cuenta de que ya no necesitaba a un niño recogido de las calles de Manhattan ahora que tenía a “un verdadero Dubois”. Sin embargo, el rechazo nunca llegó. Al contrario, Erick parecía tener una debilidad casi protectora por él, un amor inquebrantable que no entendía de ADN.
Fue precisamente la confirmación de ese amor incondicional la que, apenas un tiempo después, tras un descubrimiento accidental en las profundidades, selló su destino. Aún recordaba el eco de sus propios pasos de niño, resonando junto a los de Pierre, mientras descendían hacia aquel santuario olvidado en la penumbra: un refugio de piedra y secretos que Engél reclamó como suyo. Allí abajo, en el silencio sepulcral, Engél encontró algo que iba más allá de la lealtad filial. Comprendió que aquel lugar guardaba un legado que clamaba por un heredero. Alguien que viviera envuelto en la oscuridad. Allí hizo el juramento silencioso de entregarse a las sombras y seguir manteniendo intacta la luz de su maestro. Tomó su lugar como el hijo de la música, asumiendo para siempre el manto del Ángel.
Una decisión que ahora, a sus dieciséis años, guiaba cada uno de sus movimientos con una precisión milimétrica.
*****
—No tardaremos —la voz de Erick lo devolvió de golpe al presente—. Tu madre no quiere dejarlos solos demasiado tiempo. Pierre y Romeo vendrán con nosotros.
Engél asintió con un movimiento seco. La mención de Christine tensó apenas sus facciones, pero no dijo nada. Para él, ella era la mujer que había dejado a su maestro destrozado, la causa de aquellas noches en que las partituras de Erick terminaban manchadas de lágrimas y ginebra.
Salieron al jardín, donde la nieve comenzaba a cubrir los cipreses como un sudario blanco. Cerca del automóvil, Christine esperaba envuelta en su abrigo de piel. Se volvió primero hacia la mujer mayor que permanecía un paso detrás de los jóvenes.
—Nana, por favor, cuídalos mucho —pidió Christine con voz suave, delegando la seguridad de su hogar al ama de llaves.
Luego, se acercó a Engél. Él se mantuvo erguido, conteniendo la respiración mientras ella acortaba la distancia y le depositaba un beso maternal en la mejilla. Fue un gesto cálido, sincero, pero el cuerpo del adolescente reaccionó con la rigidez de una estatua de mármol.
Para Christine, no existía diferencia alguna entre él y Pierre; amaba a Engél con la devoción de una verdadera madre, buscando sanar las heridas que adivinaba en sus ojos zafiro. Pero Engél simplemente no podía permitirse aceptarlo. En su mente estaba grabada a fuego la imagen de su maestro destruido, consumido por la agonía durante siete años a causa de una mujer que lo había abandonado mucho antes de que Engél siquiera supiera lo que era tener un hogar. Engél respetaba a Christine porque era la esposa de Erick, pero el afecto era un puente que su lealtad le prohibía cruzar.
—Cuídate tú también, Engél —murmuró ella antes de retirarse hacia el auto, fingiendo no notar la barrera invisible que los separaba.
—Estarán a salvo, madame —respondió Nana, mientras que el chico solo asentía.
La tensión se disipó únicamente cuando Pierre apareció en el umbral, cargando a Romeo. El pequeño gemelo iba envuelto en una manta azul, balbuceando contra el hombro de su hermano. Engél, por su parte, sostenía a Juliette, protegida por su manta roja. Era una imagen de simetría casi poética: cada hermano protegiendo a un gemelo, custodiando el futuro de los Dubois. A pesar de que Engél era el mayor por apenas un año, y de que por sus venas no corría la sangre de la familia, la conexión entre ambos era absoluta. Pierre jamás había permitido que el peso de ser el “hijo biológico” creara una distinción entre ellos.
—Hermano, no pongas esa cara de funeral —intervino Pierre, acercándose con esa energía vibrante que siempre lograba romper el hielo de Engél. Le dio un golpe juguetón en el hombro antes de ajustarse la bufanda. Para Pierre, Engél era el muro donde se apoyaba, su mejor amigo, su hermano mayor en todo lo que importaba.
—Mañana terminaremos de revisar esa sonata que siempre tocas —le susurró Pierre—. No dejes que Juliette te use de mordedor mientras no estoy.
Engél soltó una pequeña risa, la única nota genuina que su rostro había mostrado en toda la tarde. Solo frente a Pierre se permitía ser el adolescente que realmente era, dejando a un lado la pesada armadura de su genialidad.
—Ve tranquilo, Pierre. Cuida a Romeo.
El automóvil se puso en marcha, perdiéndose lentamente entre la niebla invernal. Engél permaneció allí, inmóvil en el umbral, sosteniendo a la bebé contra su pecho. No le gustaban las despedidas; para alguien que a los cuatro años había tenido que escapar hacia la nada, cualquier partida tenía un regusto a abandono. Sintió una mano arrugada y cálida posarse en su antebrazo.
—Entra ya, petit, que el frío no perdona a los que se quedan mirando al vacío.
La voz de Nana lo obligó a reaccionar. Antes de avanzar, ella le acomodó el cuello de la levita y rozó su mejilla, justo sobre el beso de Christine.
—No tienes que estar siempre en guardia, mon ange. Aquí dentro, las paredes te conocen —le susurró.
—Las paredes tienen oídos, Nana —respondió él con una sonrisa mínima—. Y yo soy el encargado de que escuchen solo música perfecta.
—Incluso la música necesita silencios para ser bella —sentenció ella, dándole una palmadita suave en el brazo antes de retirarse hacia la cocina. Ella había visto cómo aquel niño que llegó con los ojos llenos de fuego y desconfianza se convertía en un caballero de modales exquisitos, pero sabía que, bajo la levita, el corazón de Engél seguía siendo una fortaleza inalcanzable.
*****
Engél subió la escalera central, cuyos peldaños de nogal no emitían ni un solo crujido bajo sus pies. Al pasar frente a la galería de retratos, sus ojos evitaron los óleos de los antepasados Dubois. Eran rostros que compartían la barbilla de Pierre o los ojos de Erick, una cadena de sangre a la que él no pertenecía por biología, pero que protegía con la ferocidad de quien ha elegido su propia estirpe.
Al llegar a la habitación de los gemelos, depositó a Juliette en su cuna de madera tallada con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que sus manos solían imprimir al violín. Se quedó allí unos minutos, observando el ascenso y descenso rítmico del pecho de la niña. En la cuna de al lado, el vacío que había dejado Romeo se sentía como una nota discordante en la partitura de la casa.
La inquietud, sin embargo, no lo abandonó. Regresó a su estudio, donde la penumbra parecía haber cobrado vida propia. No encendió las luces; dejó que la araña de cristal proyectara sombras alargadas sobre el papel tapiz burdeos. Necesitaba que la música apaciguara esa sensación incómoda que le martilleaba las sienes.
Tomó el violín, lo acomodó en su clavícula y cerró los ojos. Retomó la “Obertura en blanco” justo donde la había dejado. Sus dedos se movían con una agilidad matemática, el arco recorriendo las cuerdas con una presión impecable. Pero la melodía, por primera vez, no le traía paz. Se sentía forzada, como si el aire mismo se hubiera vuelto espeso y difícil de atravesar.
De pronto, en medio de un crescendo que exigía el máximo del instrumento, un sonido seco y violento rasgó el aire.
¡Latigazo!
La cuerda de Mi —la más fina, la que cantaba con la voz de un ángel— se partió de golpe. El extremo de acero salió disparado con la velocidad de un rayo, dándole un latigazo de metal en la mejilla, antes de enroscarse como una serpiente herida sobre el puente del violín.
Engél se quedó petrificado, con el arco suspendido en el vacío. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el latido desbocado de su propio corazón.
Bajó el instrumento lentamente, observando la cuerda rota. No era común. Aquellas cuerdas eran de la mejor calidad, revisadas esa misma mañana, incapaces de ceder bajo una ejecución normal. Un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de París le recorrió la nuca, un presentimiento amargo que le supo a ceniza en la boca.
Se llevó una mano a la mejilla, donde un rastro de calor delataba el golpe del metal. Aquel estallido no había sido un error técnico. Había sido un aviso.
Miró hacia el ventanal, donde la niebla ya no solo cubría el jardín, sino que parecía querer devorar la casa entera. La quietud de la mansión, antes reconfortante, se transformó de repente en el preludio de una melodía mucho más oscura que estaba a punto de comenzar. Una música que, esta vez, Engél no podría dirigir.