Con la espuma del café - Ayelen Fernandez Esker

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Summary

Un desconocido interrumpe los pensamientos de Renata mientras bebe un café en una confitería muy concurrida. Luego de que ese individuo desordenara sus ideas y clavara la duda en su conciencia, un accidente provoca el desorden de la cuadra. Entretanto, la hija de Renata continúa desaparecida y su obsesiva ex mujer le declara la guerra por medio de mensajes subversivos que no dejan de llegar a su móvil. Así comienza este nuevo y caótico capítulo en la vida de una fotógrafa argentina que sólo encontrará refugio en los oídos de su confesor.

Genre
Drama
Author
WNLesb
Status
Complete
Chapters
33
Rating
n/a
Age Rating
13+

Preámbulo

Llevó el cigarrillo a sus labios pintados de rojo carmesí y aspiró una pitada profunda, luego soltó el humo suavemente mientras se sumergía en la tragedia de la noche anterior: “¡Vos no sos mi mamá, sos una torta desubicada que no tiene derecho a criticarme ni decirme qué hacer con mi vida!“, las palabras de su hija retumbaban en su conciencia. Aún estaba desconcertada por la reacción de Lucía, una Lucía que siempre había sido tranquila, alegre y reservada. Desde muy chica entendió la orientación sexual de su madre y se manifestó orgullosa de sus decisiones.

Renata no hubiera esperado en absoluto una transformación tan violenta por parte de la dulce niña que adoptó doce años atrás, cuando las circunstancias de la vida la trajeron hasta sus brazos sin avisar y, del mismo modo, nacieron en su corazón los sentimientos más profundos que alguna vez pudo percibir hacia otro ser. Sin embargo ahora entendía que no había sido capaz de protegerla de la influencia del mundo y de sus propios conflictos emocionales, no había podido evitar que le llegaran los temores y el sufrimiento que implicaba la existencia tal como ella misma la concebía. Al parecer su hija atravesaba una etapa conflictiva de la que se estaba percatando lentamente, mientras también descubría que no era capaz de contenerla.

Renata era una lesbiana de treinta y nueve años de edad con un fuerte impulso hacia la justicia y una pasión bien definida por la fotografía. Era madre soltera aunque se había casado y convivido durante un par de años con la esposa de la que ahora se estaba divorciando. Por herencia genética, Renata lucía un cutis de porcelana y una figura de pasarela a pesar de sus vicios. Tenía los ojos almendrados en forma y color, los labios carnosos y la nariz apenas puntiaguda. Llevaba su cabello oscuro y lacio a la cintura, lo lucía suelto sin molestia alguna porque se había acostumbrado a que retozara sobre su espalda, aunque a veces necesitaba apartarlo del camino y entonces lo recogía en un rodete con un palillo o con sus propias mechas a modo de lazo.

Dejó el cigarrillo sobre el cenicero y bebió un sorbo de su taza mientras observaba de reojo a la pareja que iba ingresando al café de esa esquina tan concurrida. Allí había citado al sacerdote de la iglesia a la que asistía sólo para confesarse, aunque no para ser absuelta de sus pecados sino para conversar con alguien que no le cobrara para darle la razón como a los locos. Había tenido la suerte de que aquel religioso fuera una persona de mente abierta y no juzgara su falta de fe, pero además de que aceptara beber café con ella en un lugar público a las cuatro de la tarde. Él actuaba definitivamente como uno de los personajes osados de Pedro Almodóvar, ese director español que la había eclipsado varios años atrás y que aún era uno de sus preferidos. La noche pasada ella había asistido a un desfile inquietante de recuerdos perturbadores y ahora necesitaba descargar su angustia en los oídos de alguien que no se viera perjudicado en tal proceso de explosión, ¿quién mejor entonces que el sacerdote?

Después de la reacción exacerbada e inédita de su hija, Renata no había podido dormir. En realidad ni siquiera lo intentó, en lugar de eso se dedicó a beber Coca Cola Zero y a trabajar con un proyecto personal en el estudio improvisado de fotografía que había montado en su casa por simple hobby. Mientras lo hacía, su mente inquieta la trasladó a la época en que dejó de tratar a su madre luego de haber soportado sus presiones y juicios por largo tiempo, seguía extrañándola pero además enojada porque jamás recibió las disculpas que esperaba de ella. También volvió a ver, como en una película antigua, la imagen de la primera mujer que amó apasionadamente, primero durmiendo a su lado y luego dejándola de rodillas con el rostro inundado de llanto y el corazón acelerado a punto de estallar en mil pedazos.

Los recuerdos de la noche anterior habían vuelto a su cabeza. Su hija, su madre, su primer amor… las mujeres que definieron su historia.

— ¿Estás sola?—alguien la sacó de su trance. Era un hombre de esos con edad imposible de calcular a simple vista, con ojos claros y de cabello escaso, un sujeto que solía mirarla sin reservas desde la distancia cuando coincidían en ese café exclusivo para fumadores, sitio que ella consideraba la mejor guarida para pensar o escribir cuando necesitaba estar sola.

— ¿Me puedo sentar?—insistió el extraño.

—Espero a alguien—contestó ella mientras presionaba con la yema de los dedos la colilla coloreada del cigarrillo que se había consumido sobre el borde del cenicero.

—No me parece, hace más de media hora que estás sola— corrió desde el respaldo la silla vacía frente a ella para sentarse sin permiso.

Renata se sonrió con sarcasmo y encendió un nuevo cigarrillo sin prestarle mayor atención, había aprendido que la forma más efectiva de rechazo era la ignorancia.

— ¿En serio no se acuerda de mí señorita?— preguntó él encimándose sobre la mesa, —o nuestra historia fue una mancha endeble en su vida, o su memoria es demasiado débil.

— ¿De qué habla?—cuestionó ella luego de soltar el humo hacia un lado, considerando la teoría de que aquel hombre extraño tenía algún problema psicológico o se estaba burlando de la persona equivocada.

El negó con la cabeza mientras sonreía sin emitir palabra.

—Si hubiera tenido algún tipo de relación con usted, le aseguro que lo recordaría— apoyó el cigarrillo en el cenicero y bebió el último sorbo de café frío, tras el cual emitió una mueca de asco y levantó la mano para llamar al mesero, se había dado cuenta de que no pudo practicar la ignorancia.

El insolente que se había sentado a su mesa ahora estaba reclinado sobre el respaldo de la silla mirándola con un gesto de bobera, los labios entreabiertos y la mirada encendida.

—Ya me está irritando, ¿quién es usted?— preguntó la mujer intrigada, ahora deseaba que el sacerdote siguiera retrasado para conocer el misterio que aquel hombre frente a ella había plantado en su mente, ¿acaso sería verdad que la conocía? La duda comenzaba a picarle en la nuca.

Él llevaba unos pantalones angostos que resaltaban su vientre prominente, zapatos de punta cuadrada y una camisa morada prendida hasta el cuello. Sus ojos de mar se aguzaban hacía las sienes debajo de unas cejas casi extintas como su cabellera. Tenía anillos en todos sus dedos y una pulsera gruesa con dijes brillosos abrazada a una de sus muñecas. Era imposible que no recordara a una persona tan excéntrica, que tal como el sacerdote, podría formar parte del elenco de una de las películas de su amado Almodóvar.

De pronto se oyó el chirrido de las gomas de un auto frenando sobre el asfalto, seguidamente el sonido seco de un impacto y el grito desgarrador de una mujer. Todos en el bar se levantaron para espiar a través de los inmensos vidrios que daban a la vereda, ella no fue la excepción, se puso de pie pero caminó parsimoniosamente. No había más espacio detrás de los cristales así que salió a la calle, y mientras algunas personas corrían, otras se agarraban la cabeza y un joven llamaba por teléfono a la ambulancia, Renata descubrió a su amigo Juan tendido bajo el chasis de un vehículo.

La sorpresa la paralizó, y aunque su mente alborotada le exigía que corriera en su ayuda, no lograba mover las piernas. Para cuándo salió de aquel entumecimiento emocional los paramédicos ya subían al hombre de sotana en la camilla. Se apresuró entonces hasta ellos e insistió en acompañarlos, “es mi amigo”, les dijo frunciendo el ceño y los uniformados debieron acceder a su pedido para no demorarse en discusiones absurdas. Mientras la ambulancia se ponía en marcha sonando la sirena, Renata acariciaba el brazo de Juan preocupada por su destino, pensando además en las posibilidades reales de saltarse sus retorcidas reglas… si es que en verdad había un destino y tenía reglas que romper.

Dos horas después de haber llegado al hospital, mientras tomaba un café amargo y tibio que obtuvo en vaso de plástico de una máquina expendedora en la sala de espera, una enfermera se acercó para indicarle que el paciente estaba fuera de peligro: “todavía no sabemos con certeza las lesiones neurológicas, pero sus signos vitales se estabilizaron”. Renata agradeció el gesto y aunque la mujer de uniforme blanco le recomendó que volviera más tarde, ella permaneció allí, caminando por los pasillos, bebiendo café frío y pensando en su hija adolescente, en la mujer que amaba pero ya no quería a su lado, en el extraño personaje del bar y el sacerdote accidentado.

Si lo analizaba bien, aquel cura con quien tenía tan buena química era una réplica del actor que protagonizó la primera película que había visto de Almodóvar catorce años atrás. En La mala educación, el personaje principal se llamaba Juan, igual que su amigo, tenía los mismos ojos celestes, el cabello castaño, cuerpo delgado pero atlético, labios carnosos y sonrisa encantadora. Quizás, la única diferencia entre el protagonista de aquella ficción y la persona real, eran los roles que jugaban. El Padre Juan no se vestiría jamás como una prostituta a la que le gustaban los hombres, en cambio usaba sotana y un crucifijo al cuello porque le fascinaban las mujeres. Y sí, para qué negarlo, los religiosos no dejan de ser humanos aunque prometan su vida al dios del color que les dicte la consciencia, tampoco son demasiados los que alcanzan un estado de vibración tan alta que se hacen inmunes al deseo ordinario y al sufrimiento. El personaje de la película era además un estafador, un hombre sin escrúpulos, pero este amigo de la Iglesia resultó ser una de las personas más pacíficas y bondadosas que Renata conocía, aunque eran su costado débil, sus vicios y su falta de estructuras los aspectos que más le atraían de él. Esta mujer de largos cabellos trigueños y ojos profundos tenía bien clara su propia e “irremediable” condición de homosexual, aunque no podía negar un cierto embelesamiento por ese personaje que bien podría comparar con un Gael García Bernal de aquella época de travestismo y genialidad.

¿Sería acaso que entre sus retorcidas neuronas se dibujaba una peluca en torno al rostro del cura? Si fuera mujer, o al menos vistiera como el actor de La mala educación, sin dudas se hubiera fijado en él de una forma menos amistosa y más hambrienta. Por el momento, lo que más la unía a ese hombre que permanecía internado en terapia intensiva era la confianza con que lograba expresarle sus más íntimos pesares y una gran cuota de sus ideas más disparatadas. Él solía compartir también algunas de sus experiencias maestras para explicarle cómo había incorporado ciertas lecciones que bien podrían servirle a ella, y así Renata mantenía una recíproca confidencialidad con el joven hombre de sotana que tenía embelesadas a más de una señora con enaguas y varias muchachas de la zona, quienes sólo asistían a misa para escuchar su deleitable voz en los altoparlantes y recibir la ostia de su mano.