Lago Ranco
Una señora de cuerpo firme y abundante sale corriendo de su casa mientras se seca las manos en un paño de cocina. Está fresco, muy fresco; aun así, Doña Marta lleva las mangas arremangadas y viste solo lo que parece una polera y un chaleco. Me saluda y, al hablar, le sale vapor de la boca.
—¡Mijita, qué bueno que ya llegó! ¿Cómo está? ¿Cómo estuvo el viaje? —me dice con una alegría y una familiaridad que me sorprenden.
No la veía desde hacía veinte años, pero ella sigue igual. La miro y sonrío, no por cortesía, sino por una nostalgia verdadera al verla y recordar mis primeros años, cuando vivía más en su casa que en la mía.
Me abre el portón nuevo; es de fierro, pesado, y rechina al moverlo. Atrás quedó el de madera apolillada. Me desconcierta el apretón que me regala con toda su humanidad. Toma mi maleta; se la cambio por mi mochila, que está más liviana, y noto de inmediato que es una mujer de fuerza, entrenada por años en la vida rural.
Entramos a la casa. El calor me abofetea y me derrite al mismo tiempo; en comparación con el frío de afuera, esto es el paraíso. Nos sentamos, me ofrece un mate, y dejamos que la conversación fluya.
—Hija, tantos años sin verte. ¿Qué has hecho de tu vida? Estás tan linda y grande, ya eres toda una mujer. ¿Te casaste, verdad? Lamento tanto lo de tu papá... ¡Ay, qué tonta soy! Disculpa, estoy puro cacareando y no me puedo quedar callada.
—No se preocupe, tía —le contesto—. Hoy nos ponemos al día. No tengo ganas de nada más, pero mañana sí tengo que ponerme las pilas y ver qué voy a hacer con la casa de mi papá.
Nos pusimos al día. Me contó que ella no se movía de su ranchito y que sus niños ya habían crecido y se habían casado. Se la querían llevar para La Unión, pero ella y Don Marcos se negaron a dejar su vida de campo; eso sí, uno de sus hijos, que estaba a cargo de otros campos, vivía unos kilómetros más abajo y siempre estaba pendiente de ellos. Por mi parte, le conté que había terminado de estudiar, que trabajaba, y le hablé de Clemente, mi hijo de diez años, que ahora estaba con Daniel, mi exmarido. También le dije que mi madre estaba bien, como ella ya sabía.
—¿Pero hija, está segura de que la quiere vender? —me dice, rascándose los nudillos.
—Sí, tía, mi papá siempre me dijo que vendiera.
—Pucha, qué tontera, tan relindo ese campo. Pero a tu papá le costó llevarlo solo —me responde.
—Sí sé, tía, es lindo, pero yo no sé manejar un campo como para quedármelo. Además, algo tiene ese campo que hacía que mi papá no le tuviera cariño.
—Mi niña, es que desde que pasó lo de la Moni, muchos le tomamos respeto al sector entero —complementó, como para aclarar que no solo la hacienda era tierra maldita.
Entonces noté la llaga: se había rascado hasta abrirse la piel.
Ya era hora de dormir. La tía me tenía una habitación lista; tomamos once y me levanté de la mesa junto con ella. La abracé y le dije con total honestidad que me perdonara por no haber vuelto después de la separación de mis padres; que la vida pasaba rápido en la capital, pero que, al llegar, sentía que recuperaba lo perdido por haberme ido de allí. Ella me besó la mejilla y me devolvió el abrazo.
La cama me daba una calidez que mi piel agradecía. Las sábanas olían a detergente y pulcritud; la oscuridad de la noche era total, aunque la luna se colaba y aclaraba la penumbra. Tratando de disfrutar esa tranquilidad, recordé las palabras de la tía Marta: desde que pasó lo de la Moni. Nunca me contaron toda la historia de la muerte de mi tía Mónica en La Llovizna.










Muchas gracias! No sabes lo importante que es para mí tu opinión.
Lo has corregido muy bien. y creo que, poco a poco, el suspenso va subiendo. Uno sabe que no puede ser todo paz y tranquilidad y está a la expectativa...
te felicito, hasta aquí se ve entretenida.