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Kuroba

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Summary

Venganza. Ese es el camino elegido por tres hermanas del periodo Sengoku. El camino las convirtió en sombras letales que solo las motiva una cosa. Hitomiko, Noriko y Samara no buscan estatus ni poder en un Japón devorado por la guerra. Solo buscan cobrarse la deuda por el día en que les arrebataron lo único que tenían. Ahora, convertidas en las armas de KUROBA, las hermanas han dejado de ser víctimas para transformarse en el castigo de quienes destruyeron su mundo.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1 : Tres Hermanas . Una misión

La luz del amanecer apenas se filtraba por las ventanas de papel mientras el complejo interior de KUROBA permanecía en silencio absoluto. En Ueno la vida ya comenzaba a moverse afuera, pero allí dentro reinaba una calma tensa, hecha de disciplina y secretos.

En la sala interior, Etsuko aguardaba.

De pie, inmóvil, con las manos cruzadas detrás de su espalda, la líder de KUROBA era la imagen misma del control. Su kimono oscuro caía limpio, sin una sola arruga, y su mirada firme parecía capaz de atravesar la pared si lo deseaba.

La puerta corrediza se abrió con suavidad.

Hitomiko entró primero, con su larga trenza reposando sobre la espalda. Tras ella llegó Noriko, con ese andar atento y ligero que caracterizaba a los arqueros. Samara fue la última en entrar, silenciosa, con las mangas ocultando sus dagas y pequeños frascos.

Etsuko inclinó la cabeza apenas.

-Acérquense.

Las tres se colocaron frente a ella en línea perfecta.

-KUROBA ha aceptado un contrato del clan Oda

-anunció Etsuko sin rodeos-. Y ustedes serán quienes lo ejecuten.

Ni un gesto de sorpresa. Solo respiración controlada.

Sobre la mesa, Etsuko colocó un pequeño pergamino enrollado y una bolsa cerrada con cordón oscuro.

-Un vasallo del clan Oda fue capturado anoche durante un movimiento militar -explicó-. Transportaba información sensible que Oda no puede permitir que llegue a oídos enemigos.

Samara apretó los labios.

Noriko inclinó ligeramente la cabeza.

Hitomiko mantuvo una expresión neutra.

-Su tarea es recuperar a ese hombre -continuó Etsuko-. Vivo, si es posible. Si no lo es, deben traer pruebas de que no podra volver a hablar.

Hitomiko habló por primera vez.

-¿Tenemos una ubicación?

-Aún no -respondió Etsuko-. Pero el clan Oda enviará a un emisario para entregársela. Lo encontrarán en un puesto de vigilancia abandonado, al borde del bosque de Takane. Llegarán allí antes del mediodía.

Noriko asintió con rapidez.

-¿Cómo lo reconoceremos?

Etsuko tomó un pequeño medallón de madera con el símbolo Oda grabado y lo mostró.

-Él llevará uno idéntico. No hablen con nadie más.

Luego extendió la bolsa roja hacia ellas.

-El adelanto del pago. La partida es inmediata. No deben perder tiempo: el vasallo podría ser trasladado en cualquier momento.

Samara levantó la mirada.

-¿Alguna otra instrucción, señora?

-Sí -respondió Etsuko, seria-. No actúen sin la información del contacto. Este trabajo requiere precisión, no precipitación.

Después fijó su mirada en Hitomiko.

-Tú dirigirás la operación. Mantén unidas a tus hermanas.

Hitomiko inclinó ligeramente la cabeza.

-Lo haré.

Etsuko dio un paso atrás, señal clara de que la reunión había terminado.

-Bien. Vayan. Regresen con el vasallo... o con la certeza de que ya no puede hablar.

Las tres hicieron una reverencia profunda y se retiraron sin una palabra más.

Afueras de la sala, sus pasos resonaron como un único movimiento, sincronizado, letal.

El cuarto donde se preparaban era estrecho y cálido, saturado por el olor a madera húmeda y a incienso consumido. Las lámparas de aceite chispeaban con un sonido suave, como pequeños suspiros. Mientras las tres hermanas se desvestían de sus uniformes de KUROBA, el tatami crujió apenas bajo su peso.

Hitomiko dejó caer su ropa oscura sobre una cesta. El aire frío de la mañana se coló por la ventana entreabierta y acarició su piel, erizándole los brazos. Se colocó un kimono gris claro; la tela áspera se deslizó sobre su espalda como una caricia seca. Luego enrolló su trenza alrededor del cuello, sintiendo cómo el peso familiar se acomodaba contra su nuca.

Noriko ajustó su kimono verde apagado con un nudo firme, sintiendo cómo la tela le apretaba el torso justo donde necesitaba estabilidad para disparar. El olor tenue de las plumas de las flechas escondidas se mezclaba con el de la cera del suelo. Respiró hondo, preparándose.

Samara, más pequeña, se puso un kimono azul oscuro. El roce del tejido al levantar los brazos hizo un sonido suave, casi imperceptible, pero ella lo sintió vibrar en su pecho. Guardó los frascos entre sus mangas; los tapones de corcho desprendían un aroma leve, agrio, casi metálico. Sus dagas vibraron apenas cuando las acomodó, como si reconocieran el movimiento.

-Listas -susurró Hitomiko, su voz rompiendo el silencio con la suavidad de una hoja rozando una piedra.

Salieron con sigilo, mezclándose con los sonidos de Ueno: el murmullo de comerciantes preparando puestos, el golpe de cubetas llenas de agua, risas apagadas de mujeres saliendo a la calle, el ladrido distante de un perro. Los kimonos les daban apariencia de simples viajeras; nadie giró la cabeza para mirarlas dos veces.

El aire estaba húmedo, cargado con esa sensación espesa que anuncia lluvia. Un leve olor a arroz recién cocido flotaba desde alguna cocina cercana. Samara lo inhaló sin querer, sintiendo un nudo de nostalgia que no podía permitirse.

En cuanto dejaron atrás las calles principales, el sonido del viento entre los árboles reemplazó el bullicio. Las ramas crujían suavemente. Una bandada de pájaros levantó vuelo en la distancia, generando una vibración en el aire que hizo a Noriko tensar los dedos.

Caminaban con pasos precisos, midiendo cada piedra del suelo, cada sombra alargada por el amanecer. A veces solo se escuchaba su respiración sincronizada.

El puesto de vigilancia apareció entre la maleza al cabo de un rato. Tenía el techo inclinado, cubierto de musgo, y las paredes resquebrajadas despedían olor a madera vieja y lluvia atrapada. El viento colaba un silbido irregular entre los huecos de las tablas.

Y allí, como una estatua mal colocada, estaba el hombre.

Su kimono marrón estaba arrugado, y aunque intentaba aparentar calma, sus hombros rígidos delataban tensión. Cuando las vio, su respiración se agitó apenas. No lo oyó Hitomiko... lo sintió. Ese tipo de vibración contenida no se podía esconder.

Él levantó la mano y el medallón brilló con el reflejo tenue del sol.

-¿Son las mensajeras de KUROBA? -dijo, y su voz tembló como una cuerda mal tensada.

Hitomiko asintió solo cuando vio el medallón idéntico.

-Habla -ordenó con suavidad.

El hombre buscó en su bolsa. El movimiento produjo un sonido seco, como huesos chocando. Sacó un mapa arrugado que olía a humedad y tinta vieja, y lo estiró sobre una piedra rugosa.

-Aquí... -dijo, señalando con un dedo que temblaba ligeramente-. Los Uesugi trasladaron al vasallo a un puesto menor, entre estas colinas. Si toman este camino... -trazó la ruta- ...podrán evitarlos. Es el paso más seguro.

Un silencio espeso cayó de golpe.

Noriko apretó los labios.

Samara tragó saliva; sintió amargor en la boca, una mala señal.

Hitomiko sostuvo la mirada del hombre.

Algo en sus ojos se movía demasiado rápido.

Demasiado consciente.

Demasiado nervioso.

Pero su respiración seguía estable. Era un buen mentiroso.

-Muy bien -dijo Hitomiko, guardando el mapa-. Te ocupaste de tu parte.

El hombre hizo una reverencia apresurada.

-Les deseo suerte... -su voz bajó a un murmullo casi inaudible-. La necesitarán.

Y se marchó con pasos cortos, casi tropezados, perdiéndose entre los árboles. La brisa llevó consigo el aroma de su sudor nervioso.

Las hermanas quedaron solas. Un silencio denso, cargado de humedad, cayó a su alrededor.

Samara frotó su manga.

-Hay algo en él... que no me gustó.

Hitomiko respondió sin volverse:

-Da igual. Tenemos lo que vinimos a buscar.

Un trueno lejano vibró en el cielo.

Noriko aferró su cinturón.

-Será un día largo.

Hitomiko asintió.

-Avanzamos.

Y las tres, envueltas por la humedad del bosque y el olor de la tierra mojada, caminaron hacia el sendero marcado.

El sendero se estrechaba entre dos enormes paredes de roca que se elevaban como columnas naturales. El aire era más frío allí, atrapado en el pasaje como si no pudiera escapar. El sonido del viento se convertía en un susurro grave, casi un gemido. A cada paso, el eco de las pisadas devolvía un latido apagado.

Hitomiko levantó una mano, deteniendo a sus hermanas.

-Estamos cerca -susurró.

El olor a tierra húmeda y musgo fresco era más intenso. Samara pasó los dedos por la rugosidad de la roca, sintiendo su frialdad. Noriko miró el cielo: el sol estaba bajando detrás de las montañas, tiñéndolo todo de un naranja oscuro.

Fue entonces cuando Hitomiko señaló hacia un costado.

Una abertura estrecha, casi invisible a simple vista, se escondía entre dos rocas. La entrada estaba cubierta por plantas secas y sombras densas.

-Una gruta -dijo Noriko, con alivio contenido.

-Perfecta para esperar a que oscurezca -añadió Samara.

Entraron agachadas. El aire dentro de la gruta olía a piedra mojada y hojas en descomposición. Pequeñas gotas caían desde el techo, golpeando el suelo con un tic constante que parecía marcar el tiempo.

La oscuridad las envolvió como un manto.

Hitomiko dejó caer su bolso contra la pared.

-Aquí nos cambiamos.

Las tres comenzaron a quitarse los kimonos. El sonido del tejido deslizándose era suave pero claro, amplificado por las paredes de roca. En la penumbra, sus figuras parecían sombras en movimiento.

Hitomiko se puso su uniforme negro y rojo con movimientos controlados. Sintió el peso familiar del ninjato cruzado en la espalda, frío contra su piel.

Noriko se ajustó el cinturón, acomodando sus flechas cortas.

El olor a madera y cuerda húmeda llenó el pequeño espacio.

Samara sacó sus frascos y dagas, revisándolos con el tacto. Sus manos temblaron apenas, pero lo escondió mordiéndose la lengua.

Cuando las tres estuvieron completamente equipadas, el silencio se hizo más profundo.

Fue Samara quien lo rompió:.

-Ya han pasado cinco años... -dijo en un murmullo-. Cinco años desde que entramos a KUROBA.

Noriko sonrió apenas, aunque en la oscuridad su sonrisa apenas er un brillo.

-Cinco años... y dejamos de ser niñas al segundo mes.

Hitomiko apoyó la espalda contra la roca fría.

La escuchó el eco de su respiración tranquila.

-Cinco años entrenando, sobreviviendo, completando misiones. -Su voz era firme, sin exagerar-. No hay nada que temer esta noche.

Samara levantó la mirada hacia su hermana mayor.

-Hitomiko... ¿De verdad no tienes miedo?

Ella tardó un instante en responder.

-El miedo es un aviso -dijo finalmente-. No se elimina. Se controla.

Noriko se sentó, sacudiéndose un poco el polvo del uniforme.

-Controlamos el miedo, controlamos la noche, controlamos la misión.

Miró a sus dos hermanas-. Estamos juntas. Eso basta.

Una brisa fría recorrió la gruta, llevándose consigo el olor a humedad y trayendo un aroma distante: pino, tierra removida... y algo metálico.

Hitomiko lo percibió.

-Ya casi oscurece -dijo mientras asomaba la cabeza hacia afuera.

La luz estaba muriendo, reemplazada por tonos azul profundo y sombras alargadas-. En cuanto el sol desaparezca, nos movemos.

Samara apretó los puños.

Noriko ajustó la cuerda de su arco invisible.

Hitomiko cerró los ojos un segundo, respirando el aire frío de la noche que se aproximaba.

Afuera, el último rayo de luz se extinguió entre las montañas.

La noche cayó de golpe, espesa, silenciosa, perfecta para ellas.

Hitomiko habló sin levantar la voz, pero con una seguridad que cortó la oscuridad:

-Es hora.

Nos movemos.

Samara olió el aire primero.

-Huele... extraño -susurró-. Como hierro... y humo viejo.

Noriko tensó la mandíbula.

Hitomiko levantó una mano, indicando que avanzaran despacio.

La luna estaba oculta detrás de las nubes, pero la oscuridad no era un obstáculo para ellas. Los uniformes negros y rojos se fundían con la noche, y sus pasos eran silenciosos como susurros.

A medida que se adentraban, el viento desapareció.

Ni un soplo.

Ni un insecto.

Nada.

El silencio absoluto.

Hitomiko sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

-No me gusta -murmuró Noriko, apenas audible.

-Estamos cerca del punto que marcó el contacto

-respondió Hitomiko-. Manténganse atentas.

Samara se agachó, tocando el suelo con la palma. La tierra estaba removida. Muy reciente. Sus dedos notaron vibraciones leves, como si algo hubiera pasado por allí hacía poco.

-Hitomiko... -susurró-. Hay huellas... muchas.

Antes de que pudiera decir más, un sonido rompió la quietud.

Clang.

Un metal chocando contra una piedra.

Cerca.

Demasiado cerca.

Las tres se tensaron al instante.

Noriko susurró:

-No estamos solas.

Entonces ocurrió.

Una lluvia de flechas descendió desde lo alto de las rocas, cortando el aire con un silbido mortal.

-¡Agáchense! -gritó Hitomiko.

El sonido de las puntas clavándose en el suelo y en las paredes resonó como un trueno seco. Samara rodó a un costado, sintiendo una flecha rozarle la oreja. Noriko se cubrió tras una roca baja, sacando una flecha corta y lista para lanzar.

Segunda oleada.

Más flechas.

Más rápido.

Más precisas.

Samara gritó:

-¡Vienen de ambos lados!

Sombras se movieron entre las rocas, veloces.

Figuras negras, rostros cubiertos con telas Uesugi.

Los ojos apenas brillaban bajo la luz tenue.

Hitomiko desenvainó su ninjato.

El sonido metálico cortó la oscuridad.

-Noriko, flanco izquierdo. Samara, conmigo.

Noriko asomó desde su cobertura y lanzó una de sus flechas modificadas. Golpeó a uno de los Uesugi en la clavícula, haciéndolo caer con un gemido ahogado.

Samara lanzó un pequeño frasco contra un grupo que descendía por las rocas. El vidrio chocó y explotó en una nube oscura. No era veneno letal, pero sí irritante. Los ninjas retrocedieron cegados, tosiendo.

Hitomiko se adelantó como una sombra veloz.

Dos atacantes saltaron hacia ella desde lo alto.

Giró, el ninjato brillando en un arco perfecto.

¡Clash!

La espada chocó contra una lanza corta.

Un golpe vibró en su brazo.

Retrocedió un paso... luego avanzó dos.

Samara gritó:

-¡A tu derecha!

Hitomiko se agachó justo cuando una hoja pasó silbando donde había estado su cuello. Respondió con un tajo rápido, sintiendo la resistencia de la tela y la carne.

Noriko, desde atrás, lanzó otra flecha corta.

Impacto limpio.

Pero por cada enemigo que caía... aparecían dos más.

Los Uesugi descendían por las paredes como arañas humanas.

Silenciosos.

Organizados.

Preparados.

Demasiado preparados.

Noriko sintió un golpe en el hombro que la hizo caer de rodillas.

-¡Noriko! -gritó Samara, corriendo hacia ella.

Pero antes de llegar, una mano salió de las sombras y la sujetó del brazo. Samara se soltó con un giro rápido y clavó su daga en el muslo del atacante. Él soltó un gruñido y cayó.

Hitomiko giró hacia ellas.

-¡Retírense hacia la pared! ¡A la roca grande!

Pero la roca grande ya estaba ocupada.

Una figura descendió lentamente desde lo alto.

Su silueta cortaba la luna.

Un Uesugi distinto, con armadura ligera y máscara oscura.

Tenía la postura de un comandante.

Y en su mano... algo familiar.

Un medallón de madera.

El mismo que había mostrado el contacto.

Samara jadeó.

-No puede ser...

El hombre dejó caer el medallón al suelo.

Resonó con un clac hueco.

-Bienvenidas a su tumba -dijo con voz tranquila.

Las hermanas sintieron el golpe en el estómago.

Era demasiado tarde para retroceder.

Hitomiko apretó su ninjato.

Sus ojos ardían.

-No hoy -susurró.

Chapters
1. Capitulo 1 : Tres Hermanas . Una misión
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